Obra destacada: La metamorfosis de la locura, Eduardo Esparza

 

(Cuentos sobre Violencia en Colombia 4 de 5)*

 

Un cuento de Harold Kremer*

 

Hoy voy a la oficina a las seis de la tarde. La secretaria dice que Carepasa me necesita. Subo. Me hace sentar. Los pies me duelen. Tengo ampollas en uno de ellos. Sin mirarme pide las facturas, sin mirarme las observa una a una y toma apuntes en una libreta.

—¿Apenas cinco cajas?

—Apenas —respondo.

Se rasca la cabeza. Coge el lapicero y luego se echa hacia atrás.

—Creo que voy a enviarte a ese curso de inducción. ¿Qué hiciste hoy, hijo?

Paso la tarde llamando a casa desde un teléfono público. Suena ocupado. Estoy por la galería Santa Elena. Dejo el teléfono y voy a uno de los puestos. Hago la introducción, el gancho de gelatina con doble vitamina C. No se vende, me responde una anciana casi ciega. Estamos para servirle. Dejo una tarjeta. Vuelvo al teléfono. Ocupado. Voy a otro granero. Saludo de mano a un viejo grasiento. Ahí tengo todo el pedido anterior, señala. Y ahí están las cajas descoloridas. Vuelvo al teléfono y marco despacio. Es una eternidad. Ocupado. Quiero ir a casa y matar a Ana.

—Recorrí toda la zona de la galería Santa Elena—digo—. Alrededor de quince graneros.

Carepasa no me quita los ojos de encima. Le sostengo la mirada.

—¿De dónde crees, hijo, que sale el dinero para pagar los empleados?

Nunca lo he pensado. No me interesa.

—De la venta de productos de panadería —respondo.

—Correcto… Cuando una empresa tan importante como la nuestra lanza al mercado un producto nuevo, tiene que invertir. Por lo general se da un año muerto, sin ganancias, pero ¿sabes cuánto tiempo llevamos con la gelatina en el mercado?

Hace una anotación en la libreta.

—Dímelo, hijo…

Odio al viejo cabrón.

—Tres años —digo.

—Estás en un error. Llevamos cinco años en el mercado y somos la segunda fábrica de gelatinas en Colombia. El primer lugar en ventas lo ocupa Bogotá, el segundo Barranquilla, el tercero Medellín… ¿Sabes qué lugar ocupa Cali?

Hace otra anotación. Siempre anota cosas, lleva estadísticas, tiene a la mano tablas. Y siempre me hace preguntas que no puedo responder.

—Dímelo, hijo…

—El cuarto. Estamos en el cuarto lugar.

—Estás en un error. Ocupamos el séptimo lugar —se señala la cabeza varias veces con el índice—. Piensa un momento: ¿es justo que la tercera ciudad en importancia del país, ocupe el séptimo lugar?

Digo no con la cabeza. Pero el viejo quiere oír mi voz y espera la respuesta.

—Pues no…

Estoy cansado y cambio de posición. Pienso en Ana. Quiero llegar a casa y oírle decir que nada ha pasado.

—Eso es cierto, hijo. Cada mes tengo que enviar un reporte a Bogotá y cada mes me avergüenzo de las ventas. Hace tres años ocupábamos el segundo lugar, peleábamos cada panadería, cada tienda, convencíamos a la gente de la necesidad de nuestros productos… pero el primer convencido debe ser el vendedor. Dime la verdad: ¿en tu casa consumes Gelreina?

Coloca las manos sobre el escritorio y me observa.

—Nos encanta —digo—. Sobre todo a la niña. Le gusta mucho la de tutti frutti. A veces la compro aquí mismo.

Mi hija odia la Gelreina. “Parece un caucho y sabe a pintura”, dice.

—Eso es, hijo. El buen vendedor empieza por casa. Sueño con el día en que la gente no pueda vivir sin Gelreina. Ese día seremos grandes. ¿Entiendes?

Muevo la cabeza afirmativamente y aprovecho otra vez para cambiar de posición.

Entonces se levanta y va a la pequeña biblioteca empotrada en la pared. Busca entre un montón de papeles y libros polvorientos. Saca un libro y lo sacude contra el escritorio. El polvo lo hace toser.

—El vendedor más grande de América del doctor Pedro Mejía Arana.

En la carátula aparece el mapa de Norteamérica y un hombre sonriendo, de gafas, con un trofeo entre las manos.

—Este libro es una Biblia, hijo. Tienes que leerlo cuatro o cinco veces al año. Yo todavía lo leo.

Lo abro. Es un librito de mierda con capítulos como: ¿Qué es un producto? ¿Qué es un cliente? ¿Qué es vender?

—Una Biblia —repite.

Se sienta y me observa. Sigo hojeándolo, leo títulos en voz alta. Carepasa sonríe.

—Ya tendrás tiempo, es un regalo. Quiero hacer de ti un hombre de bien, un gran vendedor. Ahora cuéntame: ¿estás casado? ¿Cierto?

—Sí, don Ismael.

—¿Cuántos hijos tienes…?

—La niña nomás, don Ismael…

—¿Y tu mujer…?

Mi mujer es la puta más grande de América. Dos semanas atrás descubrí que tiene un romance con un tinterillo. Ella no lo niega pero dice que aún no ha pasado nada. Según Ana es un hombre interesante con el que habla de cosas interesantes. Y si aún no ha pasado nada es porque me quiere. Mientras tanto yo me la paso gastando zapatos, mis pies se deforman, las ampollas me torturan, mi cabeza es una porción de gelatina. Anoche llegó a la una de la mañana. Negó que andaba con el tinterillo. Salió de la universidad con unos compañeros y se metió a La casona a beber unas cervezas. Estaba borracha, pero no tuve fuerzas para evitar que se durmiera, para empezar una pelea y despertar a la niña.

—Se llama Ana —digo—. Estudia para abogada… es una maravilla, una esposa ejemplar… nos quiere a la niña y a mí… creo que juntos vamos a triunfar en la vida.

—Así me gusta que hables —dice el cabrón—. Más adelante, hijo, cuando seas un vendedor estrella, la empresa te hará préstamos para que compres tu casa y tu carro. Así empecé yo hace treinta y cinco años. En esa época era un joven parecido a tí… incrédulo y rebelde… y ahora estoy convencido que la familia nos otorga la felicidad, la empresa el bienestar y el estado la libertad.

Traerme el recuerdo de Ana me amarga. Quiero levantarme y estrangularlo, tirarlo por la ventana, cortarle el cuello con la navaja. Lleva tres meses echándome el discurso. Cuando mi mujer demora en la calle y no puedo dormir me pongo a pensar cosas bonitas para evitar la mala sangre. Pero son pocas las cosas bonitas que han sucedido en mi vida. Entonces oigo la voz de Carepasa y ya no puedo evitar la mala sangre. Todo lo que odio empieza a bullir en mi cabeza: la gelatina, la familia, la empresa, el estado. Sigue mi madre, mi mujer y luego otra vez la gelatina.

—Ahora vete, hijo —dice—. Tu familia te espera.

Salgo a la calle y subo por San Nicolás a la quince. Buses repletos. Carros. Vendedores. Ladrones. Putas. Empuño la navaja y atravieso la avenida. Me duelen los pies.

Hoy llego a la oficina temprano. Carepasa me necesita. Le entrego a la secretaria las facturas y el maletín y le digo que vuelvo enseguida. Voy a la universidad. Es viernes y necesito hablar con Ana. Le pregunto al portero por la facultad de derecho. Me mira de arriba a abajo.

—¿Cuál curso?

—Primer año.

—¿Cuál salón?

No sé. Me informa que hay siete primeros. Quiero entrar y me detiene. Es un indiecito con cara de sapo.

—Necesito a mi mujer. Mi suegra está en el hospital y en cualquier momento puede morir.

Alega que necesito carné. Es una orden de rectoría. Hay rumores de que la guerrilla quiere tomarse la universidad.

—¿Y mi suegra?

Habla con otro guardia. Pide mi cédula y me requisa. Encuentra la navaja, una automática que siempre cargo.

—Para defenderme de los ladrones —aclaro.

El otro guardia también me requisa.

—¿Entonces?

—Siga, pero la navaja se la guardo aquí.

Voy a los salones y echo un ojo desde las puertas. Sesenta, setenta estudiantes por curso: todos hablan de familia, leyes y sociedad. Doy una vuelta por los corredores, leo las carteleras. La quiero sorprender con el tinterillo. Al final arrimo por mi navaja y voy a la cafetería de en frente. No encuentro donde sentarne. Traen una banquita. Ningún conocido. Todo el mundo grita, todos se van de rumba, el equipo de sonido apaga las voces. Pido una cerveza. A las nueve y media empiezan a salir. Pago y me instalo en la puerta. Espero media hora. Ana no está en la universidad. Entonces toco mi navaja y bajo a La casona.

El portero no quiere dejarme entrar. Alega que no hay mesas, pero lo empujo y sigo. Adentro está oscuro. Voy de mesa en mesa, me acerco a las parejas que bailan. De pronto me agarran por un brazo: es el portero. Me suelto y empuño la navaja.

—¡Le dije que no hay mesas!

—¡Ya lo sé, maricón!

Se va y vuelve con dos meseros.

—Le pedimos el favor de retirarse, señor —dice uno.

Saco la navaja y disparo el dispositivo.

—¿Quién va a sacarme?

Dos mujeres que vuelven del baño nos ven y empiezan a gritar. Al momento todas las mujeres están gritando. Las mesas se desocupan. Me muevo hacia adelante, abriendo un poco los pies. Los meseros retroceden. La música calla. Hago un amague y saltan atrás. Uno de ellos da un paso adelante y le lanzo un navajazo que casi le abre la barriga. El hombre retrocede y cae hacia atrás. De un lado alguien habla.

—¿Pero qué pasa? ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es lo que quiere?

Se acerca con las manos a la altura del pecho. Me volteo un poco. Me están arrinconando. Se dirige a los meseros.

—Yo hablo con él… vamos amigo: ¿qué es lo que quiere?

Oscilo entre el grupo de meseros y el hombre. Veo el reflejo de las luces en la navaja. La hago girar.

—¡Este maricón me insultó! —grito señalando al mesero con la navaja.

El tipo los mira, les hace una seña con la cabeza.

—Le pedimos disculpas, señor… La casa lo invita a lo que quiera, pero le ruego el favor de que guarde esa navaja.

Conozco el truco. Guarde la navaja, somos amigos y luego ensalada de puños y patadas. Oigo una sirena. Me muevo, de espaldas, a la puerta. Frente a la calle hay un grupo de personas. La sirena se oye más fuerte. Salgo con la navaja en la mano y todos gritan y corren. No se ve la radiopatrulla. Corro en dirección a la universidad, tres cuadras loma arriba. Salto un antejardín y me tiro al piso. Espero como una hora. La radiopatrulla pasa varias veces. Espero otra hora. Voy por los lados de la universidad y compro una botella de aguardiente. Llego a casa y, antes de abrir, sé que está vacía.

Hoy me levanto a las nueve. Vomito y tomo cuatro pastillas de legalón. La casa es un desastre: platos sucios, ropa tirada, basura por todos lados. Abro la nevera y no hay hielo. Ana me abandonó hace una semana. Se fue a vivir con Angelita donde mi suegra. Todos los días intento hablar con ella y nunca está. El miércoles y el jueves esperé, hasta tarde, en el parque que da a la casa de mi suegra. La muy puta vive ahora en moteles, con el tinterillo. Me dejó una nota diciendo que quiere estar sola por un tiempo. Habla del futuro, de la niña, de mi alcoholismo. Sé que ella no la escribió: se la dictó el tinterillo. Me baño y marco el teléfono. Es ella.

—Voy para allá —digo—. Necesito que hablemos.

—No quiero verte. Una amiga me contó lo que hiciste en La casona. Esto se acabó.

—Quiero que me lo digas en persona.

—¡No quiero verte! —grita—.¡Si vienes llamo a la policía!

Oigo su respiración. No tiene fuerza.

—¡Vas a impedirme ver a la niña!

Silencio. Dice que espere. Oigo, al fondo, voces. Creo que una es de hombre. Vuelve al teléfono.

—Puedes venir.

La sangre se me sube a la cabeza.

—¡Allí está el tinterillo hijueputa!

Silencio.

—No… lo de nosotros no tiene nada que ver con él… sólo es un amigo.

—¡Y desde cuando los amigos le meten la mano a las amigas!

Tira el teléfono. Me visto rápido y corro a parar un taxi. ¿No hay taxis en Cali un sábado a las 11 de la mañana? La niña al verme corre a abrazarme. Quiero a mi bebita. Tiene cinco años y la dejo hacer lo que quiera. La bruja de mi suegra quiere apartarla de mí. Angelita me cuenta cosas de Ana: duerme hasta tarde, no le da la comida, vive pegada al teléfono. Y si la niña insiste en alguna cosa, como jugar o salir, la castiga. Odio a Ana. Con Angelita siempre invento juegos. Vamos al parque. Le pregunto si Ana está en la casa. Aprieta los labios y niega con la cabeza. Alcanzo a ver la cortina moviéndose. Le pregunto otra vez.

—Es la abuela —dice.

Y luego ríe. Se suelta de mi mano y corre a esconderse en un árbol. Me recuesto en él y hago que lloro por mi hija perdida. Angelita sale con los brazos abiertos y rodamos por el suelo. Jugamos a que el parque es un bosque.

—¿Quién soy yo?

—Eres un gallo perdido en el bosque —dice Angelita abriendo los ojos, mostrando sus dientecitos al reír.

Y me pongo a hacer como gallo. La bruja sigue detrás de la cortina. Salto y grito con más fuerza.

—¿Para qué sirven los gallos? —pregunto.

—Para que le ayuden a las gallinas a hacer los pollitos.

Es muy inteligente Angelita. Corre hasta mí con los brazos abiertos y caemos otra vez. La siento en mis piernas. Un viejo nos está mirando.

—¿Quién es ése?

—Un viejo —dice. Acerca la carita a mi oreja, la cubre con las dos manos y me secretea—: nos está mirando.

Me levanto y le grito:

—¡Qué nos mira, viejo marica!

El viejo corre al otro lado del parque. Angelita ríe. Nos sentamos y me cuenta La sirenita. Luego nos acostamos en la hierba y jugamos a los animales en las nubes. De pronto la niña me habla al oído:

—Mamá se daba besos con un señor.

Mi corazón se agita. Cierro los ojos. Siento que me hundo. Empiezo a sudar.

—¿Quién es? —le pregunto con la voz ahogada.

—El doctor Gerardo… y… y… y mamá se fue en un carro grande con el doctor.

Entro a la casa y le digo a la niña que empaque sus cosas.

—¡La niña no sale de aquí! —grita la bruja.

La agarra por un brazo y la tira hasta hacerla llorar. Empujo a la vieja. La niña grita. Saco la navaja y se la acerco a la cara.

—¡La suelta o la marco!

La suelta. La llevo hasta el cuarto para que empaque. Vuelvo a la sala. La vieja está llorando. Quiere transar, me habla de la ropa, de la comida, de la educación. Ella paga los vestidos de Ana, el colegio de Angelita y a veces manda un mercadito. Le grito que mi hija no puede educarse en una casa de putas, en un barrio de maricas.

La vieja corre a su cuarto. Doy vueltas por la sala: porcelana extranjera, sillones grandes y limpios, alfombrita para la mesa. Le pego una patada a un jarrón grande. Revienta contra la pared. Abro la navaja y la hundo en un sillón. Quiero rajarlo, pero no puedo. Por más esfuerzos que hago apenas logro hacer un hueco pequeño. Entonces lo cojo a navajazos. Luego sigo con los otros. Agarro tierra de una matera y la tiro sobre la alfombrita. Voy a la cocina y traigo una jarra con agua: riego la mitad sobre la alfombra y restriego los pies. El resto del agua lo echo en los respiraderos del televisor. Angelita demora. Oigo que grita. La bruja la tiene bajo llave.

—¡Papá, papá! —grita detrás de la puerta—. ¡La abuela me encerró!

Está con ella. Le digo que la deje salir o voy a tumbar la puerta. Me grita que la policía está en camino. Empujo con el hombro, retrocedo dos pasos y lanzo una patada a la mitad de la puerta. Cimbra un poco. Tomo impulso y cargo con el hombro, pero reboto y caigo al suelo. Me levanto y sigo con las patadas. Paro un momento para tomar aire y entonces veo a los policías. Uno arrodillado en una pierna y el otro de pie, apuntándome con los revólveres.

—¡Quieto o disparo! —grita uno de ellos.

Angelita llora. Les digo que la niña es mi hija y la tienen secuestrada. Dudan un momento.

—¡Contra la pared! —dice el que está arrodillado. Angelita sigue llorando. El policía insiste—: ¡Contra la pared con las manos en alto!

Me requisan y encuentran la navaja. La vieja abre y la niña corre a mis brazos. Vamos a la sala. Llevo a la niña cargada. La bruja grita al ver los muebles. Dice que soy un degenerado, que estoy loco. Yo grito que tiene secuestrada a mi hija. Mi suegra quiere que me lleven por daños en propiedad ajena.

—Esos muebles rotos y el jarrón quebrado ¿estaban así? —le pregunto a la niña.

Todos miramos a Angelita. Dijo, señalando a mi suegra:

—La abuela los dañó.

—¡Ella lo hizo para culparme! —digo enseguida.

Afuera se forma un corrillo: veo al viejo marica y le guiño un ojo. Me montan atrás. En el camino no hablan.

Hoy decido no ir a trabajar. Llamo a la oficina y le comunico a la secretaria, con voz trémula y desfalleciente, que estoy muriendo de fiebre. Me pasa a Carepasa. La voz me tiembla, de verdad, al escucharlo. Quiere hacer de mí un hombre de bien. Me da consejos para el escalofrío y la fiebre.

—Dígale a su mujer que le prepare una aguadepanela caliente.

Como aún no llega la tarjeta del seguro social, me da el nombre de un médico contratado por la empresa. Hago el que voy por un lapicero y papel, tapo la bocina con una mano, y me quedo escuchando. Habla con alguien.

—Es uno de esos vendedores… ahora resulta enfermo…

Tapa la bocina y todavía puedo oír.

—…qué se va a perder si apenas vende cinco cajas a la semana…

Luego silencio. Escucho risas lejanas. Dicta la dirección y me habla del curso de inducción. Ya me inscribió y empieza en una semana. Utilizo el truco de la línea cortada: mientras hablo cuelgo el teléfono. Lo dejo descolgado y me meto en la cama. Llevo tres noches sin dormir. Hay días en que ni borracho puedo dormir. Tengo miedo. Oigo los ruidos de la noche y pienso que algo va a sucederme, que la policía viene a llevarme o que unos sicarios entran a matarme. Mi corazón se acelera. Me cubro hasta el cuello con la cobija, cierro los ojos y que sea lo que sea. Cuando logro dormir sueño escenas de mi infancia, cosas que luego no logro recordar.

A las once salgo y busco un carromoto. Montamos la nevera, la estufa, el equipo de sonido y el televisor. Vamos a una casa de empeño. Me dan doscientos mil pesos. Entonces voy a la calle 11 y pregunto por Chucho. Me llevan por piezas de inquilinato, corredores y huecos de tapias que dan a otras casas de inquilinato. Huele a basuco, mierda y orines. Quiero una pistola con silenciador, pero el dinero no alcanza. Negociamos un revólver y veinte balas.

Hoy es miércoles. El lunes fui a la cantina de Gerardo. Se sienta en mi mesa una zorrita. No esta mal y la invito a unas cervezas. Tiene veinte o veinticinco años y le falta un diente. Me gusta así, sin diente, con los ojos grandes y negros. Es pequeña, bien armadita y cuando vamos por la cuarta cerveza me pregunta si quiero acostarme con ella. Le digo que yo no pago putas. Me replica que no es puta, que lo hace porque tiene una necesidad y me cuenta una historia en la que aparecen marido, hijo, madre, hermanos, arriendos. Parece una telenovela. Sonrío. Pido más cerveza y le digo otra vez que yo no pago putas. Charlamos un rato y se marcha. Va de bar en bar buscando nido. Al rato vuelve y se sienta. Seguimos bebiendo.

—¿Y qué?

Me mira con sus ojazos y se queda callada. Me doy cuenta que está trabada. Le digo que soy vendedor y le vomito El vendedor más grande de América. Le explico qué es una mercancía y cómo se vende. Me escucha con atención, o eso creo. Le hago ver que su error está en combinar la mendicidad con la prostitución.

—Si vivieras en Norteamérica tendrías alguien que manejara el negocio por ti, alguien que te indicara qué debes vender, cómo hacerlo y cuánto cobrar…

María prende un cigarrillo.

—…y que no puedes ir por allí rogando, haciendo rebajas.

Me pregunta cómo me va en las ventas. Pienso un momento y le digo la verdad: mal.

—La Gelreina es una mierda. El que la compra por primera vez nunca la vuelve a comprar.

Le explico que estoy detrás de un puesto en una empresa lechera. Bebo cerveza. Me levanta el ánimo el discurso que acabo de inventar. Varias veces he soñado con un gran puesto de vendedor. Quizá se solucionarían mis problemas, quizá podría volver con Ana y la niña, tendría tiempo para volver a estudiar, sería… María me habla.

—Te cobro la mitad.

No pago putas, le repito. Sigue rebajando. Está borracha, un poco más que yo. Al final dice que gratis.

—Pagas la pieza.

Pago la cuenta y la llevo a casa. Cuando llegamos se queda dormida, vestida. La desnudo. No está mal. Tiene una cicatriz arriba del ombligo y otra en la espalda. Parecen cierres. Me acuesto a su lado y me siento bien, tranquilo. Traigo un poco del perfume de Ana y le unto en el cuello, las orejas y los hombros. Le tomo una mano y duermo profundo. Al amanecer despierto. María sigue a mi lado. Aún está oscuro. Voy al baño a orinar. Luego bebo dos vasos de agua, vuelvo a la cama y enseguida me duermo.

A las diez despierto sudando. María no está. La busco por toda la casa. Recuerdo el revólver en la cocina. Sigue allí. Lo echo en la maleta y corro a bañarme. Tengo hambre, tengo prisa. Subo a la calle quinta. El bus demora y estoy a punto de cancelar todo. Pero el bus aparece.

La casa es perfecta. Queda frente a un parque y a los lados hay dos lotes vacíos. Barrio de ricos, lotes de ricos, calles de ricos, carros de ricos. Odio a los ricos. A las doce el vigilante va a almorzar. Camino con mi maleta en dirección a la montaña. Paro en una tienda y bebo una cocacola con dos pandebonos. Trato de pensar en otras cosas: en la niña, en Ana, en María, en Carepasa, en la caución que me obligó a firmar la inspectora de policía para dejarme libre. Podía ver a la niña tres horas cada quince días hasta que una juez de menores decidiera otra cosa. No podía ni acercarme a la casa de mi suegra. ¿Y la demanda por el secuestro de mi hija?, pregunté. Tiene que hacerla en un juzgado penal, dijo. Cuando me sacaron de la celda vi en el otro cuarto, por un instante, a Ana con el tinterillo. Si no firmaba corría el riesgo de una demanda por amenaza de muerte y daño en propiedad ajena. Firmé. Me llevaron a la celda. Al rato me soltaron.

Voy al parque y no veo a nadie. Camino a la casa imaginando a Ana con el tinterillo en la cama, explicándole sus derechos frente a la niña. Entonces me carga el rencor. Abro la verja y toco el timbre. Se asoma la sirvienta. Pregunto por doña Francisca y al tiempo saco del maletín un sobre de manila.

—El doctor Gerardo mandó estos papeles.

Quiere que se los pase por la ventana. Le digo que son papeles para firmar, debo llevarlos otra vez.

—¡Apúrate que tengo hambre! —le digo—. Tengo que ir hasta Aguablanca a almorzar.

Duda un momento. Abre. Empujo con el hombro la puerta y entro sacando el revólver del maletín. La sirvienta cae de culo al suelo. Le pego con el revólver de lado y me machuco un dedo.

—¡Cállate o te mato!

La cojo del pelo, pero se revuelca y arranca a correr. La persigo hasta el cuarto de servicio. Allí se pone a gritar, a llamar a doña Francisca. Al verme se monta sobre la cama. Se acurruca en un rincón, llorando.

—¡Cállate o te mato! —repito.

La voz se me quiebra cuando le pregunto cuántos hay en casa. De pronto no tengo fuerzas y me siento a su lado. La calmo: sólo quiero robar.

—Nada de gritos —digo acercándome a su rostro—. ¿Cuántos hay?

Doña Francisca y ella, dice. El doctor llega a la 1. ¿Habrá escuchado doña Francisca los gritos? Le meto el revólver entre los ojos. Está dormida, dice. Eso está bien. Las doce del día y aún durmiendo. Puta vieja rica. Me levanto y prendo el televisor a buen volumen. Le paso una cobija.

—Te vas a quedar viendo la telenovela mientras subo. Échate encima la cobija.

Se cubre toda. Dice que no la mate, que arriba está el dinero, las joyas y los dólares, que ella no me va a denunciar. Cojo un cojín y se lo pongo en la cabeza. La empujo.

—Quédate allí.

Coloco el revólver y disparo. El cuerpo deja de moverse. Desde la puerta de la cocina veo el rostro de la sirvienta. Por el cuello le cae sangre. Tiene los ojos abiertos, la mirada fija a un lado. Regreso y le tiro encima otra cobija y me siento en la cama. En la televisión dan una propaganda. Oigo un timbre y le bajo al televisor. Estoy sudando. Vuelve a sonar. Es el teléfono. De arriba contestan. Corro a la sala y levanto el auricular. Es el tinterillo. No puede venir a casa, tiene mucho trabajo. Sé cuál es el trabajo que hace con Ana. Maldigo mi mala suerte. Me siento unos segundos y decido subir. Las puertas de los cuartos están abiertas. Doña Francisca sigue hablando. Entro cuando cuelga. Está acostada pensando en lo bueno que es su marido.

—¡Esto es un asalto! —grito—. ¡Cállese o la mato!

Se frota los ojos. Es una vieja cincuentona, ajada, rechoncha.

—¿Qué es lo que quiere? —dice atragantándose—. En mi cartera tengo dinero y… las joyas están allí…

Señala con una mano un cofrecito.

—Así me gusta —le digo—. Si grita la mato. Solo quiero el billete.

Busco en la cartera. Por lo menos doscientos de los grandes. Una ñapa. Voy al cofrecito: anillos, pulseras, candongas. Le pregunto por los dolaretes.

—Eso… es todo…

—¡Levántate, vieja puta!

La cojo por el pelo y le meto el revólver en las costillas. La acerco al armario y la obligo a abrirlo.

—Sólo hay ropa —dice—. Las joyas y el dinero es todo lo que tengo.

Empujo con el cañón. Se lo hundo varias veces, con fuerza. Se corre contra la pared.

—¡Quieres que te meta un tiro!

Cree que no es en serio. Levanto el revólver y le pego en la cabeza. Se dobla un poco y pega un chillido como de rata. La levanto del pelo y le apunto en el rostro. Me señala un cajón. Tiro la ropa y ahí, envueltos en un plástico, están los duros, los dolaretes. Doña Francisca llora. La ayudo a levantar y la acuesto en la cama.

—Quédese tranquila —le susurro—. Ya me voy.

Le tiro la cobija.

—Quédese viendo la telenovela mientras me largo de aquí. Prendo el televisor a buen volumen. Están en el noticiero. Pasan una noticia de una masacre en Urabá. Diecisiete muertos. Me siento a un lado en la cama y veo la noticia. Doña Francisca está como un ovillo envuelta en la cobija. Le pego un tiro por la espalda. Bajo un poco el volumen y voy al baño a lavarme.

Hoy me levanto tarde. Llamo a la oficina y le digo a la secretaria que sigo enfermo. Ella cree que me van a echar. Quiere pasarme a Carepasa. Cuelgo el teléfono y voy a meterme a la cama. María está dormida. Anoche bebimos donde Gerardo hasta tarde. Quería dinero, que le pagara lo de la otra noche.

—Ni siquiera te toqué —dije.

No me creía. Se encabrita y la echo de la mesa. Llamo a Gerardo. Aparece con una varilla.

—Te he dicho que no molestes a mis clientes.

Jura portarse bien, agacha la cabeza y le pide perdón. Hace lo mismo conmigo. Bebemos una botella y luego vamos a casa. María está borracha y grita en la calle que es una puta, que puedo cogerla cuando quiera. Gratis. Al llegar la meto al baño.

—Tienes que bañarte —digo—, hueles a puta.

No quiere. Me meto con ella bajo el chorro y la restriego por todos lados. Traigo el perfume de Ana. Casi no puede mantenerse en pie. La arrincono en el baño. La seco bien, le unto el perfume, le hago poner un pijama. Vamos a la cama. La acaricio y me pego a su cuerpo apretándola. Y enseguida duermo.

María despierta casi al mediodía. Estoy a punto de salir. Le digo que tengo un pedido. Tiene hambre. Voy a la tienda por pan y gaseosa.

—Si me esperas traigo comida.

En la calle compro los periódicos. Voy donde Gerardo y le pido mi maleta. Saco los dolaretes, los meto en una bolsa de manila y se los entrego. Le digo:

—Esto quema, Gerardo.

Me mira a los ojos y guiña un ojo.

—Yo no sé nada —dice.

Otra vez donde Chucho. Piezas, corredores, huecos. El olor me hace vomitar. Está sentado en una silla de cuero. En la penumbra distingo una silueta de mujer.Sólo oigo murmullos. Media hora después me hacen seguir. Chucho hace una seña y los dos hombres que me acompañan desaparecen. La habitación es inmensa, de paredes altas, llena de cajas, televisores, equipos de sonido. Casi a la altura del cielo raso hay una ventanita por la que entra algo de luz. Chucho ríe. Le faltan varios dientes. Es pequeño y flaco. Me observa unos instantes antes de hablar.

—¿Qué quieres?

—Quiero algo mejor… la bonita con silenciador…

Le paso el revólver y las joyas. Se voltea para mirarlas a la luz de la ventanita. Aseguro que valen más de cinco millones. Chucho se ríe. Dice que valen diez veces menos. Las recojo, pido el revólver y me despido. Chucho sigue riendo.

—¿Y quién te las compra?

Le hablo de una peña. Vuelve a reír. En cada casa de empeño hay un policía esperando por ellas.

—Ya lo sé —le digo—, pero donde Joaquín las reciben por la puerta de atrás.

Prende un cigarrillo, se rasca un hombro y se queda mirándome.

—¿Sabes quién era la sirvienta de la Faunita?

—¿Quién?

—La sirvienta…

Quedo mudo. Chucho aspira del cigarrillo. Trago saliva.

—¿De qué me estás hablando?

Chucho sonríe.

—… a uno le cuentan aquí, oye allá, pregunta un dato y el resto lo adivina.

—¿Y quién era la sirvienta?

—La hermana de un policía —dice.

Busco donde sentarme. No hay asientos. Chucho me sigue con la mirada.

—Todo se sabe y nada se sabe.

—¿Quién más sabe de esto? —pregunto.

Chucho ríe.

—Nadie sabe —dice—. Ni yo.

Quiero irme y busco la salida. Chucho me detiene.

—¿Y qué quieres?

Lo miro. Sigue allí, sentado, con el cigarrillo entre los dedos. Me hace una seña para que me acerque.

—La bonita con silenciador…

La trae. La limpia con la falda de la camisa. Le quita el silenciador y lo vuelve a colocar.

—Una belleza.

Me pide las joyas, el revólver, trescientos grandes. Afirma que todo esta sucio. Pido rebaja.

—Ni un peso y no te conozco.

Le entrego todo. El resto con Gerardo. Me enseña a montarla, a descargarla, a quitarle la bala de la recámara.

Vuelvo a casa. María está durmiendo. La despierto y comemos. Me llamaron dos veces del trabajo. Me acuesto y prendo la radio.

Hoy llego a la oficina temprano. Subo donde Carepasa. Me hace sentar, pide la excusa médica. Le explico que no la tengo, que no fui al médico, que no tenía un centavo para la droga. Carepasa me escudriña.

—Eso es grave, hijo. ¿Por qué no me llamaste?

Le digo de los recados con la secretaria.

—Los recibí —señala—, pero te digo por lo de la droga.

Agacho la cabeza.

—Me daba pena con usted, don Ismael.

Toma un apunte y se rasca la cabeza calva.

—Vete a trabajar, hijo. En la tarde vienes a mi oficina. Tengo algo para tí.

Subo a la quince y compro El caleño. Allí está la noticia. “Por robar matan a dos mujeres”, es el titular. Leo todo. Hay investigaciones y sospechosos. No saben nada, pienso. Voy a la galería Alameda. Utilizo el gancho de la doble vitamina C, el sabor exclusivo de tutti frutti, la caja con cincuenta gramos más. Ni me miran. ¿Saben que la Gelreina es un caucho con sabor a mierda? ¿Por qué insisto? Por Angelita y por Ana. Si triunfo como vendedor sé que volverán a casa. Me propongo vender diez cajas, subir el promedio. Voy a la galería Siloé y arranco de puesto en puesto. Y al final logro vender una caja surtida. Un enano me dice que la gelatina sólo la compran los ricos. Coloco la maleta en el mostrador. Me apoyo en un pie, enseguida en el otro.

—Eso no llena la barriga —afirma.

Quiero explicarle lo de las vitaminas, la nutrición, pero ni lo intento. Y agrega:

—Hay gente allá arriba que ni nevera tienen.

Miro hacia la montaña: casas amontonadas, calles sin pavimentar. Pido una cerveza y le ofrezco una. El enano acepta un aguardiente. Saca la botella debajo del mostrador y se sirve una copa doble. Dejo allí la maleta y voy a un teléfono. Me contesta Ana. Le ruego que no cuelgue, estoy arrepentido y la llamo para pedirle perdón.

—Quiero ver a Angelita… me hace falta.

Dice que me odia, que soy un degenerado y que colocó la demanda de separación. A la niña puedo verla en una semana. Le digo que las quiero, que recuerdo los buenos momentos. Me responde que recuerda mis borracheras, los días sin comida, el arriendo atrasado.

—Estoy mejorando —le digo—. Ya soy jefe de vendedores y tal vez trabaje en una compañía de seguros… además… tengo un dinero ahorrado para Angelita, para ropa. Puedo llevarlo enseguida.

—Si vienes por aquí llamo a la policía —dice.

Ni ella ni Angelita me necesitan. Y si voy, vuelve a repetir, llama a la policía. Me odia y me tiene asco.

—Está bien —le digo—. Sé que me he comportado mal…

Ana calla. Oigo la televisión. Debe ser una nueva.

—…pero estoy mejorando. Si vuelves conmigo olvidaré lo del tinterillo.

Me insulta. Repite que me tiene asco. Entonces me lleno de ira y cuando empiezo a gritar, cuelga el teléfono. Vuelvo a llamar. Ocupado. Voy donde el enano y bebo otra cerveza. Lo invito a otro aguardiente. Los pies me duelen. Odio ser un vendedor.

Paso la tarde donde Gerardo bebiendo cerveza. A veces Gerardo dice algo como “hace calor” o “cuida mientras entro al baño”. Sé que fue un hombre duro, que pagó cárcel y luego montó la cantina. Tiene un soplo al corazón y no bebe ni fuma.

—¿Qué piensas tanto?

Sonrío. Me estoy emborrachando.

—Mujeres —digo.

Paso la tarde pensando cómo hacerlo. Tiene que parecer un accidente. Podría cortarle los frenos al carro, pero no sé nada de carros. Le pregunto a Gerardo.

—¿Qué quieres hacer?

No le contesto. Agrega que no es efectivo eso de cortar los frenos. En Cali no, porque es plana. Puede ocurrir un accidente y nada más.

—Nunca hagas las cosas a medias —agrega—. Vete siempre por el lado más seguro.

Me voy emborrachando y pido más cerveza. Pienso en Angelita cuando nació, en Ana cuando nos casamos. Me recuesto en la mesa y duermo.

Pego un brinco cuando me sacuden: es María. Son casi las seis. Me lavo la cara. María quiere ir conmigo. La sacudo del pelo y me pega una patada. Gerardo se acerca con la varilla. Cuando voltea a mirarlo le pego una cachetada. Salgo y paro un taxi.

Carepasa baja a abrirme. Pregunta por las ventas. Coloco la factura sobre el escritorio.

—¿Apenas una caja?

Se recuesta en la silla y se cruza de brazos.

—¿Sabes cuánto nos cuesta llevar una caja de gelatina a Siloé?

No pienso responder. No sé, no me interesa. Me hace cuentas de la gasolina, el tiempo, sueldo del chofer, desgaste del carro: todo eso vale más que la caja.

—¡No es por mi culpa! —digo levantando la voz—. ¡Me dieron los barrios más pobres de Cali!

Carepasa hace un apunte. Me mira y vuelve a anotar.

—¡En esos barrios ni nevera tienen!

—Cálmate —dice—. Hueles a licor… ¿Estuviste bebiendo en horas de trabajo?

No contesto. Deja a un lado el lapicero. Abre el cajón derecho y saca un sobre. Luego abre el cajón del centro y saca varias hojas. Extiende el sobre. Está a mi nombre. No requieren más de mis servicios, dice la carta, por reestructuración de la empresa. La tiro sobre el escritorio.

—Lo siento, hijo —dice—. Quise que te quedaras, pero las ventas no te ayudaron. Además…

Se detiene un momento. Busca, páginas atrás, en la libreta de apuntes.

—…seguimos tus reportes. Varios de los graneros ni siquiera existen. Otros nunca recibieron tu visita.

Se acerca y extiende la liquidación.

—Firma.

Barro con la mano el escritorio. Carepasa se levanta asustado. Coge el teléfono. Me acerco con la pistola en la mano y lo golpeo en la cabeza.

—¡Nada de teléfono, cabrón!

Le sale sangre. Lo tiro al suelo y le coloco un pie en el estómago. Apunto con las dos manos.

—¡Carepasa, cabrón!

Aprieto con el pie y acerco más la pistola.

—¡Di que la Gelreina es una mierda!

Lo dice.

—¡Tu mujer es una puta!

Llora. Me ruega que no lo mate. Jura que me entiende, que podemos volver a empezar. Me ofrece aumento de sueldo, préstamo para casa y carro. Le hundo más el pie.

—¡Puedes llevarte lo que quieras! ¡Abajo está el dinero! ¡Juro que no te denunciaré!

Le pego una patada.

—¡Yo no soy ladrón, malparido!

Vuelvo a pegarle. Se estrella contra una pata del escritorio y se queda quieto. Al momento tose. Me mira. Le suelto tres tiros limpios: por la empresa, la familia y el estado.

Me siento en la silla y reviso la libreta: llamadas telefónicas, reportes de ventas, sumas, dibujos. Barro con la mano lo que queda en el escritorio. Dejo la pistola a un lado. El escritorio es de madera, destartalado. Hay que empujar y sacar para abrir las gavetas. Papeles y papeles. Tiro todo al piso. Recuesto la cabeza. Mi respiración empaña el vidrio. La pistola está a unos centímetros. La levanto y la pongo en mi cabeza. Cierro los ojos y toco el gatillo. Antes de hacerlo quiero hablar con Ana. Marco el número. Contesta Angelita.

—Aló… aló…

La voz se me atraganta. Alguien habla al fondo. No puedo distinguir la voz. Pasa Ana.

—Aló… aló… ¿Quién es? Aló…

Vuelven las voces. Tapo la bocina. Ana dice:

—No es él, amor. Le hubiera hablado a la niña.

Cuelgo. Me levanto y guardo la pistola en la maleta. Apago la luz. Ellas me esperan.

 

 


 

 

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*Acerca del autor: Harold Kremer es un escritor colombiano, nacido en Buga en 1955 y residenciado en Cali, ciudad en la que ha ejercido la enseñanza universitaria y la creación literaria. Wikipedia

*Selección de cuentos Luz Mary Giraldo

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