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La última visita del caballero enfermo

Un Cuento de Giovanni Papini*

 

Nadie supo jamás el verdadero nombre de aquel a quien todos llamaban el Caballero Enfermo. No ha quedado de él, después de su impensada desaparición, más que el recuerdo de sus sonrisas y un retrato de Sebastianbo del Piombo, que lo representa envuelto en una pelliza, con una mano enguantada que cae blandamente como la de un ser dormido. Alguno de los que más lo quisieron -yo estoy entre esos pocos- recuerda también su cutis de un pálido amarillo, transparente, la ligereza casi femenina de los pasos, la languidez habitual de los ojos. Seguir leyendo “La última visita del caballero enfermo”

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10 cuentos mexicanos para este Día de muertos

Imagen destacada: Sueño de una tarde dominical en la alameda central, de Diego Rivera

 

Por Melissa Campos* · Fuente: Revista Milmesetas

 

El día de muertos es una celebración que se lleva a cabo todos los 2 de noviembre de cada año aquí en nuestro país: las ofrendas, los altares, las flores de cempasúchil, las veladoras, las calaveritas de dulce, el papel picado, las catrinas y demás inundan las calles de México desde los días finales del mes anterior. Pero también esta tradición, sobretodo la muerte y el magnetismo que la rodea, es un tema recurrente en la literatura mexicana, aunque los puntos de vista son tan variados como el gusto de cada escritor.

En este artículo se recopilan algunos cuentos de narradores mexicanos que abordan la muerte desde su propia pluma. Cabe advertir que la selección no sigue una línea cronológica ni estilística sino que está más cercana a lo caprichoso pero igual de disfrutable para leer un rato en compañía de la huesuda. (Los títulos en negritas conducen al cuento en línea.) Seguir leyendo “10 cuentos mexicanos para este Día de muertos”

Alguien desordena estas rosas

Imagen de la obra La mujer de las rosas del Teatro Hora 25*. Versión libre del cuento de Gabriel Gracía Márquez

 

 

Un cuento de Gabriel García Márquez

 

Como es domingo y ha dejado de llover, pienso llevar un ramo de rosas a mi tumba. Rosas rojas y blancas, de las que ella cultiva para hacer altares y coronas. La mañana estuvo entristecida por este invierno taciturno y sobrecogedor que me ha puesto a recordar la colina donde la gente del pueblo abandona sus muertos. Es un sitio pelado, sin árboles, barrido apenas por las migajas providenciales que regresan después de que el viento ha pasado. Ahora que dejó de llover y que el sol de mediodía debe haber endurecido el jabón de la cuesta, podría llegar hasta el túmulo en cuyo fondo reposa mi cuerpo de niño, ahora confundido, desmenuzado entre caracoles y raíces.

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El triunfo*

Un cuento de Clarice Lispector*

 

El reloj da las nueve. Un golpe alto, sonoro, seguido de una campanada suave, un eco. Después, el silencio. La clara mancha de sol se extiende poco a poco por el césped del jardín. Trepa por el muro rojo de la casa, haciendo brillar la hiedra con mil luces de rocío. Encuentra una abertura, la ventana. Penetra. Y se apodera de repente del aposento, burlando la vigilancia de la cortina leve.

Luísa sigue inmóvil, tendida sobre las sábanas revueltas, el pelo esparcido sobre la almohada. Un brazo aquí, otro allí, crucificada por la languidez. El calor del sol y su claridad llenan el cuarto. Luísa parpadea. Frunce las cejas. Seguir leyendo “El triunfo*”

El viejo manuscrito

Imagen destacada del artista Otto Dix
Un cuento breve de Franz kafka

 

 

Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día. Seguir leyendo “El viejo manuscrito”

Un día de gloria (III)

Por Gonzalo Arango*

 

Por azar estoy en el Ley, como parte de un in-cierto itinerario en este recorrido “triunfal” que hago por la ciudad, el día de la publicación de mi libro. Estoy desolado, pues nada me ha sucedido, nadie me ha felicitado. Vagabundeo por este populoso almacén en un perfecto anonimato, sin ninguna esperanza de ser admirado.

Ya me iba cuando veo, a través de un espejo, el rostro de un joven serio, con gafas, que me mira con una tímida, pero respetuosa admiración. Quizás me ha reconocido. Su porte es severo, intelectual. Pienso que tal vez me quiere felicitar. Le regalo una sonrisa cómplice para darle ánimo a que me felicite. Pero el joven se hace el bobo, y rehúsa mi invitación. Bueno, allá él. Yo no soy petulante, pero él debería ir al psiquiatra a que le quite el complejo de inferioridad. Me dirijo a la salida perdiendo el tiempo mirando chucherías en los estantes. Me entero, por otro espejo, que el joven admirador me sigue a distancia. Lo miro, vuelvo a sonreírle para darle coraje, pero él vuelve a hacerse el bobo. Definitivamente este cretino debe ser un tímido sexual, o un “ye-ye”. Lo olvido. Seguir leyendo “Un día de gloria (III)”

Un teólogo en la muerte

Imagen destacada: Fragmento de El Jardín de las delicias, El Bosco.

 

Antología de la literatura fantástica*

 

Microcuento de Manuel Swedenborg*

 

Los ángeles me comunicaron que cuando falleció Melanchton le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra. (A casi todos los recién venidos a la eternidad les ocurre lo mismo y por eso creen que no han muerto.) Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuera un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Como era su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo:

-He demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe. Seguir leyendo “Un teólogo en la muerte”

C2D. Caballo Dos Dama

Un cuento de Pablo de la Torriente Brau*

 

 

brau

 

Cuando el campeón Alexander Aleckine, tras larga y elocuente meditación, dio su jugada D6TR, se irguió descuidadamente. Era su cara la de un hombre profundamente replegado dentro de sí. Pero tenía ese aire resuelto del que sabe que «tiene que seguir haciendo bien una cosa bien comenzada». Respiró con pulmón ancho, como si no lo hubiera hecho desde una hora atrás, y esto me hizo volver a la realidad; mejor, me hizo descender al plano natural. Tenía que contestar a su jugada y miré el reloj que nos miraba. ¡Más de una hora para una jugada! Era esto algo corriente para mí, que acostumbrado a jugar a una velocidad rarísima entre los maestros de torneo, ello me permitía acumular tiempo abundante para cuando llegaran las situaciones comprometidas. Seguir leyendo “C2D. Caballo Dos Dama”

Apuntes sobre el arte de escribir cuentos

Imagen destacada: Retrato de Juan Bosch por Oswaldo Guayasamín

 

 

Por Juan Bosch* (República Dominicana, 1909-2001)

 

I

 

El cuento es un género antiquísimo, que a través de los siglos ha tenido y mantenido el favor público. Su influencia en el desarrollo de la sensibilidad general puede ser muy grande, y por tal razón el cuentista debe sentirse responsable de lo que escribe, como si fuera un maestro de emociones o de ideas.

Seguir leyendo “Apuntes sobre el arte de escribir cuentos”

May Goulding

Imagen destacada: Autorretrato del autor

 

Un microcuento de Jame Joyce

 

La madre de Stephen, extenuada, rígidamente surge del suelo, leprosa y
turbia, con una corona de marchitos azahares y un desgarrado velo de novia,
la cara gastada y sin nariz, verde de moho sepulcral. El pelo es lacio,
ralo. Fija en Stephen las huecas órbitas anilladas de azul y abre la boca
desdentada, diciendo una silenciosa palabra.
La Madre 

(Con la sonrisa sutil de la demencia de la muerte)

Yo fui la hermosa May Goulding. Estoy muerta. Seguir leyendo “May Goulding”

El policía y el himno

Un cuento breve de O. Henry

 

Soapy se removió nervioso en su banco de Madison Square. Cuando los gansos salvajes graznan con fuerza por la noche y las mujeres con abrigos de piel de foca tratan con amabilidad a sus maridos y cuando Soapy se remueve nervioso en su banco del parque, no hay duda de que el invierno anda cerca.

 
Una hoja seca cayó sobre el regazo de Soapy. Era la tarjeta de presentación del señor Escarcha. El señor Escarcha es amable con los inquilinos habituales de Madison Square y los avisa con tiempo de su visita anual. En las esquinas de cuatro calles entrega su tarjeta al Viento del Norte, lacayo de la mansión de Al Airelibre, para que sus inquilinos se preparen.

Seguir leyendo “El policía y el himno”

La caja de sorpresas*

Cuento por Juan Carlos Moyano**

 

Descubrimos al payaso parado en una de las esquinas del parque. Tenía instalada la caja sobre un carrito con ruedas de bicicleta y pulsaba una guitarra de cuerdas destempladas.

-¿Cuánto vale? – Le dijimos, mientras nos arremolinábamos llenos de curiosidad.

– Es gratis para los primeros cinco – Sentimos que la voz salía de la caja y no de la boca del payaso.

– Claro – Traté de explicarme el motivo del ofrecimiento – hoy es festivo y usted quiere simpatizar con los niños.

El payaso afirmó con una risita de abuelo bonachón y me señaló la lente. Cerré un ojo y miré con el otro: La caja no tenía fin y cientos de niños diminutos flotaban en el vacío. La visión me produjo miedo y quise apartarme. Di media vuelta y detecté la mirada de uno de mis amigos, que me observaba desde afuera. Seguir leyendo “La caja de sorpresas*”

Muerte, no seas mujer

Por Gonzalo Arango

 

Estás dormida a dos metros de mí.

En lugar de escribir me pongo a mirarte.

¡No hay nada que decir!

El silencio de una rosa en la noche da más testimonio de Dios que la teología, y tal vez tenga el secreto que la belleza de la palabra no puede nombrar.

Entonces me callo y te contemplo porque toda sabiduría es callada, y el éxtasis es superior al conocimiento. Y a lo mejor es verdad que la vida no es sino un cuento narrado por un idiota, como dijo Shakespeare. Seguir leyendo “Muerte, no seas mujer”

El hombre de Solano

Imagen destacada: Bret Harte, por Sarony, 1872.

 

Cuentos breves

 

Un cuento de Francis Bret Harte*

 

Se me acercó en el entreacto, en uno de los pasillos del teatro de la ópera. Era un personaje tan notable como los que actuaban en el espectáculo. Su traje de distintos colores parecía recién comprado, tal vez una o dos horas antes de la función, lo cual quedaba expuesto en la etiqueta de la sastrería que seguía adherida al cuello del saco, mostrando al espectador indiferente, de modo indiscreto, el número, el talle y el precio de la prenda. Seguir leyendo “El hombre de Solano”

La muerte en la calle

Imagen destacada: La muerte en la calle, adaptación de la obra por el Pequeño Teatro de Medellín

 

Un cuento de  José Félix Fuenmayor*

 

Hoy me ladró un perro. Fue hace poquito, cuatro o cinco o seis o siete cuadras abajo. No que me ladrara propiamente, ni me quería morder, eso no.

Se me venía acercando, alargando el cuerpo pero listo a recogerlo, el hocico estirado como hacen ellos cuando están recelosos pero quieren oler. Después se paró, echó para atrás sin darse vuelta, se sentó a aullar y ya no me miraba a mí sino para arriba. Seguir leyendo “La muerte en la calle”

El lobo. Jack London, una potencia salvaje

Imagen destacada: Fotografía de una instalación del artista plástico Cai Guo Qiang, llamada Head On*

 

Texto por Michel Le Bris* · Fuente: Le Monde Diplomatique (Edición Colombia)

 

¿Repartidor de hielo, pescador de ostras, cazador de focas? Sí. ¿Un ciclón, un torbellino de vida, un gigante “bigger than life”? También. ¿Comunista, socialista, racista, imperialista? Es verdad. Pero antes y por encima de todo, Jack London debe ser leído como lo que es: un escritor inmenso. Seguir leyendo “El lobo. Jack London, una potencia salvaje”

De barro estamos hechos

Imagen destacada: Foto de Isabel Allende

 

Un cuento de Isabel Allende*

 

Descubrieron la cabeza de la niña asomada en el lodazal, con los ojos abiertos, llamando sin voz. Tenía un nombre de Primera Comunión, Azucena. En aquel interminable cementerio, donde el olor de los muertos atraía a los buitres más remotos y donde los llantos de los huérfanos y los lamentos de los heridos llenaban el aire, esa muchacha obstinada en vivir se convirtió en el símbolo de la tragedia. Tanto transmitieron las cámaras la visión insoportable de su cabeza brotando del barro, como una negra calabaza, que nadie se quedó sin conocerla ni nombrarla. Y siempre que la vimos aparecer en la pantalla, atrás estaba Rolf Carlé, quien llegó al lugar atraído por la noticia, sin sospechar que allí encontraría un trozo de su pasado, perdido treinta años atrás.

Seguir leyendo “De barro estamos hechos”

Felicidad

Imagen destacada: Fotografía de Katherine Mansfield

 

Un cuento de Katherine Mansfield*

 

A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada. Seguir leyendo “Felicidad”

Lunes o martes

Un cuento de Virginia Woolf*

 

Perezosa e indiferente, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre… Seguir leyendo “Lunes o martes”

Aceite de perro

Imagen destacada: Pittsburgh Sketches – The Top of a Blast Furnace

 

>>Cuentos breves<<

 

Por Ambrose Bierce

 

Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos; no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que con frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así. La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una receta sin agregar lo que les gustaba designar Lata de Óleo. Es realmente la medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un pirata. Seguir leyendo “Aceite de perro”

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