Un poema de Arthur Rimbaud*

 

 

1

 

Al descender a lo largo de ríos impasibles,
ya no me sentí guiado por los sirgadores:
hicieron blanco de ellos pieles rojas aullantes,
tras clavarlos desnudos a postes de colores.

 

2

Lo mismo me daba cualquier tripulación,
carguero de algodón inglés o trigos flamencos.
Cuando con los sirgadores se acabó la bulla
los ríos me dejaron bajar adonde yo quería.

 

3

En medio del furioso embate de las mareas,
yo, el otro invierno, más sordo que cerebro de niño,
¡corrí!, y las penínsulas a la deriva
jamás soportaron barahúndas más triunfantes.

 

4

Mis despertares marítimos bendijo la tormenta.
¡Más ligero que un corcho dancé sobre las olas,
llamadas eternas acarreadoras de víctimas,
diez noches, sin añorar el ojo necio de las farolas!

 

5

Más dulce que para los niños la pulpa de las manzanas ácidas,
el agua verde penetró en mi casco de abeto,
lavó mis manchas de vinos azules y vómitos
y arrojó a lo lejos el ancla y el timón.

 

6

¡Y desde entonces, me he bañado en el Poema del Mar,
infundido de astros y lactescente,
devorando los azules verdes, donde, flotación lívida
y extática, un pensativo ahogado desciende a veces;

 

7

donde, tiñendo de golpe las azulaciones,
¡delirios y ritmos lentos bajo los destellos del día,
más vastos que nuestras liras y fuertes que el alcohol,
fermentan los sonrojos amargos del amor!

 

8

 

¡Ví cielos reventando en relámpagos,
y trombas y resacas y corrientes: conozco la tarde,
y el alba exaltando como un pueblo de palomas,
y he visto a veces lo que el hombre creyó ver!

 

9

¡Ví el sol bajo, manchado por horrores místicos,
que iluminaban con extendidos coágulos violeta,
parecidos a actores de drama muy antiguos,
las olas haciendo rodar lejos su temblor de postigos!

 

10

¡Soñé con la noche verde de nieve deslumbradas,
beso que sube lento hasta los ojos de los mares,
y con la circulación de las savias inauditas
y el despertar amarillo y azul de fósforos cantantes!

 

11

¡Seguí, durante meses enteros, cual vaquerías
histéricas, el oleaje al asalto de los arrecifes,
sin soñar que los pies luminosos de las Marías
pudieran forzar el hocico de los océanos jadeantes!

 

12

¡Topé, sabedlo, con increíbles Floridas
que mezclaban a las flores ojos de panteras con piel
de hombre! ¡Con arcoíris tendidos como bridas
de glaucos rebaños, bajo el horizonte de los mares!

 

13

¡Ví fermentar los enormes pantanos, nasas
donde todo un Leviatán se pudre entre los juncos!
¡Derrumbamientos de las aguas en medio de bonanzas,
y las lejanías hacia los abismos cayendo en cataratas!

 

14

¡Glaciares, soles de plata, olas nacaradas, cielos en ascuas!
¡Horrorosas encalladuras en el fondo de grises golfos
donde caen las serpientes gigantes devoradas
por chinches, de árboles retorcidos, con perfumes oscuros!

 

15

Me hubiera gustado mostrar a los niños esas doradas
del azul oleaje, esos peces de oro, esos peces cantantes…
espuma de flores mecieron mis salidas de las radas
y vientos inefables me dieron alas por instantes.

 

16

A veces, mártir cansado de los polos y de las zonas,
el mar, cuyos sollozos mi balanceo suavizaba,
subía hacia mí sus flores de sombra de amarrillas ventosas,
y yo me quedaba, como una mujer arrodillada…

 

17

Balanceando, casi isla, en mi borda, los quejidos
y los cagajones de pájaros ojiblondos, chillones.
¡Y bogaba, cuando a través de mis débiles ataduras
ahogados descendían para dormir, a reculones!

 

18

Pero, Barco perdido bajo los cabellos de las abras,
lanzando hacia el éter sin pájaros por el huracán,
yo, cuyo casco ebrio de agua no habría sacado a flote
ni los Monitores, ni los veleros de las Hansas;

 

19

libre, humeando, montando por las brumas violeta,
yo, que perforaba el cielo enrojecido como muro
que trae, exquisita jalea para los buenos poetas,
mucosidades de azur y líquenes de sol,

 

20

que corría, por lúnulas eléctricas manchado,
tabla loca, escortada por hipocampos negros,
cuando los julios hacían desmoronarse a garrotazos
los cielos ultramarinos de candentes embudos;

 

21

Yo que temblaba, a cincuenta leguas oyendo quejarse
los Behemots y los espesos Maelstrones en celo,
eterno hilador de inmovilidades azules,
¡yo añoro la Europa de antiguos parapetos!

 

22

¡He visto archipiélagos siderales! e islas
cuyos cielos delirantes se abren al bogador:
¿Es en esas noches que duermes sin fondo y te exilias,
Millón de pájaros de oro, oh futuro Vigor?

 

23

Pero, cierto, ¡lloré demasiado! Las albas son desoladoras,
todo los soles son amargos y atroces son las lunas:
el acre amor me colmó de embriagantes modorras.
¡Oh que estalle mi quilla! ¡Ah que me hunda en el mar!

 

24

 

Si deseo un agua de Europa, es solo el charco frío
y negro en el que, hacia el crepúsculo balsámico,
un niño en cuclillas, lleno de tristeza, deja ir
un barco tan frágil como una mariposa de mayo.

 

25

Ya no puedo, bañado, ¡ay, olas! por vuestra languidez,
seguir de cerca la estela de los cargueros de algodón,
ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes,
ni nadar bajo los ojos horribles de los pontones”.

 

 

 

 

Traducción de Nicolas Suescún

 

 


 

 

 

 

 

Acerca del autor:Jean Nicolas Arthur Rimbaud escuchar fue un poeta francés. Abandonó la literatura a los diecinueve años para emprender un viaje que lo llevaría por Europa y África. A su modo de ver, el poeta debía hacerse vidente por medio de un largo e inmenso desarreglo de todos los sentidos.Wikipedia