Imagen destacada del artista Alfredo Vivero

 

Un relato de Eduardo Cote Lamus

 

En Riosucio nos demoramos el tiempo necesario para almorzar y continuamos. Atrato abajo, hasta las Bocas. El caudal del río va aumentado metro a metro hasta convertirse en un lago que anda. Una bandada de mariposas de oro semejan un puñado de monedas lanzadas al aire por el Creador. El agua es alta y clara. Las estelas de las Johnson forman valles de olas blancas coronadas de espuma. El sol abrasa. En las orillas, las plantas rebeldes que han huido del hombre, guardan, impenetrables, sus secretos, secretos que sabían los indios cuya raza ha desaparecido. Comprendo ahora que los paisajes pintados y las fotografías no retratan la naturaleza sino de perfil, una de las innumerables maneras de ser de la selva; es falso, retórico, todo aquello que no dé una visión de conjunto y de unidad. El ritmo de los ramajes de los árboles, el color de sus hojas y de las plumas de los pájaros, el chillido de los micos, el pavor del hombre frente a lo impenetrable, el lento paso de las aguas o las ciénagas detenidas y cubiertas en parte por la jungla, se escapan a primera vista, esa de las fotografías o de los paisajes cursis de los pintores. Uno se explica entonces que Dabaibe, la mujer que vino del cielo, instruyó a los aborígenes en el manejo de los utensilios y les enseñó el secreto de la Ipecacuana, del Malambo que cura la esterilidad de las mujeres, de la Gomitadora cuyas hojas matan los peces, del Canime que cicatriza las heridas. Y después de cumplir su misión subió Dabaibe al filo de un monte y desde allí ascendió nuevamente a los cielos. Comprendo también por qué los españoles, poseídos por la fiebre del oro y de la locura, identificaron a Dabaibe con El Dorado. Sí, por aquí debió pasar el capitán Gómez Fernández, compañero de Belalcázar, buscando la fuente de la felicidad. Comprendo que toda esa creación virginal hizo que los primitivos pensaran en el dios-pájaro, lleno de grandes y coloradas plumas, ese pájaro divinizado que baja desde el país de los Aztecas, pasa por las Mayas para ir hasta el reino de los Incas. Aquí la divinidad cogió una astilla de árbol, quizá de un Cativo, hizo con él la forma de una cabeza y la lanzó al Atrato, cuyas aguas lo colocaron en la orilla y al contacto de la tierra apareció el primer hombre. ¿Acaso esos instrumentos primitivos que todavía perduran en las manos de los negros como el “canalete”, el remo y la palanca no fueron formas simbólicas del Adán americano?

 

El río se va ampliando. Trescientos sesenta afluentes llegan hasta el Atrato y en el lugar más ancho mide más de tres kilómetros, para dividirse luego en dieciséis brazos que se meten en el mar. La soledad, los árboles ribereños, los animales peludos, los pájaros, las legiones de insectos, los pobres ranchos de las orillas, el cielo que de pronto se ha enrojecido y que se baja a beber al río. Y como es obvio las garzas atraviesan el crepúsculo, forman un momento parte de él, para perderse en la ribera opuesta. Vamos penetrando el crepúsculo y el lanchero se hace más negro a esa hora, se hace como más sombra, y visto desde la parte baja de la embarcación se agranda y confunde con la oscuridad que comienza. Es la hora en que el oso “rabo de caballo” vuelve a su madriguera después de haber hecho las incursiones del día; es la hora en que el jaguar hambriento se encuentra con el ocelote, se miran enfurecidos, rugen, hacen escaramuzas de pelea, pero luego, conociendo cada uno su poder y el del enemigo, se van por distintos caminos; es la hora en que los tapires salen a beber a los riachuelos; es la hora en que la india, después de largo viaje, se quita el niño que lleva atado a la espalda con una tela y lo coloca en la rústica cuna de bejucos; es la hora en que la luz va desapareciendo y las cosas pierden sus contornos, parecen difuminadas, abandonan sus limites para hacerse participes de la oscuridad que se presiente; es la hora en que las copas de los árboles se llenan de tucanes o de loros o de guacamayos o de paraulatas; es la hora en que las aves migratorias que vienen de otros países buscan follaje apropiado para pasar la noche; es la hora en que los animales nocturnos salen de sus cuevas, se desprenden de las rocas ocultas y se lanzan a perseguir insectos; es la hora en que el jején -millones y billones y trillones- levanta el vuelo y oculta la poca claridad que resta; es la hora en que el negro saca del agua su “corro’, cuenta los peces pescados, los selecciona y regresa a su bohío; es la hora en que se levantan los espíritus malos; es la hora en que algunas piedras revientan; es la hora en que las flores cierran sus corolas para descansar.

A esa hora, rodeados de oscuridad, llegamos a las Bocas del Atrato.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Eduardo-Cote-lamus

Acerca del autor: Eduardo Cote Lamus fue un poeta, diplomático y político colombiano. Su poesía se caracteriza porque busca lo narrativo, las imágenes esenciales, la objetividad poética, un idealismo épico, humano, pero siempre en pugna con su desencantada intuición de la muerte, convertida en la historia del hombre. Wikipedia

 

 

 


 

 

 

Acerca de pintor: Alfredo Vivero “AL.VIVERO”, pintor, escultor y escritor. Nació en 1951 en Corozal, Colombia, falleció el 26 de septiembre de 2016. Aunque nunca siguió sus numerosas carreras como arquitecto, zootecnia entre otros, hizo alrededor de 7 carreras en diversas universidades reconocidas de Colombia. Wikipedia

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