Mural de del artista Kobra

 

Un cuento de Origenes Lessa*

 

Era el orgullo de Buritizal. Resumía su vida y sus aspiraciones. Afirmaba su lugar entre las villas y pueblos de la zona. Desde el mocoso de primeras letras hasta los más viejos y respetables personajes, todos en suma, sentían el pecho rebosante de orgullo al pensar en el Esperanza Fútbol Club.

Nació de un puñado de soñadores, Tartico, Chiquiño, Tuzzi, Dantiño, una tarde de mayo. Hasta entonces, Buritizal había sido un lugar oscuro, muerto, sin proyección. Nadie lo conocía. Ni las gentes mismas del pueblo parecían advertir su existencia, entregadas a vegetar bajo el sol ardiente del verano o el duro frío de junio, rodeadas de maizales, matas de café y reses escuálidas, en medio de un sosiego gris y amodorrado.

Tartico, sin embargo, el mejor center forward de Buritizal, era un mozo inquieto y lleno de ambiciones. Se enorgullecía de poseer el shoot más potente de la comarca, y de ser el mejor distribuidor de juego hasta entonces conocido. Qué fuerza. Qué dirección. Qué gambeta. Y cuando iba a entrenar por las tardes al baldío, con sus zapatones de temible puntera, caminaba con aires de triunfador, contemplando las miradas de las muchachas, que lo seguían con una ternura ávida y fascinada.

Casi todos los domingos había juego. Contra el Lirio F. C., también del pueblo, el equipo de Negrao, o contra cuadros de las haciendas vecinas. Tartico aún no disponía de club. Sólo disponía de jugadores. Se juntaban, enviaban desafíos, vencían. Cada disparo de Tartico era un gol. Para no hablar de Chiquiño, de Tuzzi… Toda la pandilla jugaba, y cómo. Fue entonces cuando Tartico resolvió conformar el club. Discusiones, aplausos, oposición. Y dos domingos después el Esperanza goleaba al Lirio 6 a 1. Un triunfo. Siguieron el Santa Cruz, el Perereca, tres o cuatro más. Verdaderas masacres. El Esperanza empezó a ganar reputación. Tartico era un asombro en el campo. Sus compañeros lo adoraban. Con su entusiasmo indeclinable y su fe ciega en la victoria, convertía al equipo entero en una tropa de héroes. Los desafíos se multiplicaron. Pueblos importantes, con juez de paz y canchas bien tenidas, sufrieron estruendosas derrotas… Buritizal comenzaba a ser conocido. Ya tenía enemigos. Y el Esperanza se convertía en el campeón de la comarca…Naturalmente, los adversarios protestaban. Las victorias no valían, el árbitro estaba comprado. Club que iba a Buritizal denunciaba luego atrocidades, masacres, persecuciones. Pero, en su fuero interno, todos se inclinaban. Clase era clase…

Tartico era emprendedor. Se las había ingeniado para hacer construir una cancha decente, con graderías, gracias a ciertos auxilios muni-cipales y contribuciones de los hacendados. La fundación del Esperanza propició el surgi-miento de un modesto semanario, con aires de gran periódico, y dedicado casi exclusivamente a temas futbolísticos. Sus páginas exhibían entusiastas titulares: “Otra apabullante golea-da del Esperanza F. C.” “Un nuevo y glorioso marco en la historia de la falange albinegra”… Todo el pueblo vibraba con el club.

—Ya veremos el domingo…

—¿El Amparense? ¡Ja!… Se lleva cinco, y le sale barato…

—Dicen que son campeones…

—¡Campeones un cuerno! ¡Lo serán en su tierra, aquí que se tengan!

—Pues sí. Con Tartico nadie puede…

—Es capaz de entrar al arco con bola y todo…

—¡Qué equipo! ¿Te acuerdas del Santa Cruz? ¡El solo Chiquiño marcó tres!

—¡Todos marcan, compadre! ¿Y qué tal la defensa? ¡A Dantiño, en seis meses, le han hecho tres goles!

—Y uno de ellos en fuera de lugar, y otro de penalty.

—De una cosa estoy seguro: ¡Para vencer al Esperanza, tal vez el São Paulo!

Buritizal se llenaba de sueños de gloria. Ya no le bastaba el honor de ser campeón indiscutido de la zona. Según el sentir general, eran invencibles. Y había una reacción casi de indiferencia cuando un equipo cualquiera, sin fama ni pergaminos, osaba pisar sus dominios.

—Ni vale la pena ir. Para esa gente nos basta con Tartico, un defensa y dos latera-les…

Tartico, qué duda cabe, era el orgullo del pueblo. Ídolo de los niños, alegría de los viejos, había entrado además, “con bola y todo”, en cuanto corazón femenino latía en Buritizal. Más de una mulata, cuando lo avistaba en el campo, sentía que su corazoncito era una bola de trapo que Tartico, acostumbrado a la nº 5, no se dignaba chutar.

—¡Ea, Tartico!

—¡Bravo, Tartico!

—¡Entra, Tartico!

Tal el vocerío unánime. Innecesario, porque el héroe, de un modo u otro, ya había clavado el balón en el arco enemigo, con la misma facilidad que desplegaba para entrar en los pechos palpitantes de aquel mujerío entusiasta…

Sólo había en el pueblo un grupo disonante: el de Negrao. Era éste el gran rival de Tartico. No le perdonaba que hubiera hundido en la deshonra al Lirio, el club tradicional. Ya casi nadie asistía a sus partidos. Una que otra mulata, si acaso. Don Maneco, el alcalde, no se daba por enterado. Y ni siquiera la chiquillería asomaba ya por las tribunas.

Negrao rumiaba su furia en silencio. Hacía entrenar sin pausa al equipo, lanzando airadas imprecaciones. Amenazaba al guardameta:

—¡Tú nunca has sido arquero, gran inútil!

Y aun de noche, en su rústica casucha, jugaba en sueños partidos siempre victoriosos. El balón, obsesionante, estaba siempre ante su vista. Se envolvía en la manta, cerraba los ojos, y al segundo recibía de algún compañero un pase imaginario, o se le plantaba al frente Tartico, incapaz de frenar su carrera…

Pues era allí, en la soledad de su casa, donde Negrao ejercía el placer de la venganza. Jugaba, nunca perdía. Con sólo cerrar los ojos estaba ya en la cancha, enfrentando al Esperanza. El árbitro daba el pitazo inicial. Negrao corría con el balón, burlaba a Tartico, hacía una entrega al lateral, se metía al campo enemigo, esperaba el pase, entregaba de cabeza al volante izquierdo. Nuevo dribling, bola al arco, ¡1 a 0!

Era cosa de niños. A veces, Negrao se dignaba borrar del marcador uno o dos tantos de los cinco o seis logrados…

—Para no exagerar…

La gran voluptuosidad de Negrao, cuando soñaba, era darse el lujo de humillar a las seguidoras del Esperanza, todas fanáticas de Tartico. Su ideal se cifraba en vencerlo, para dejarlas furiosas, frustradas, despechadas.

—¡Presuntuosas!

Pero de nada le valía soñar. Cada juego era un desastre. El Esperanza ni se esforzaba siquiera. ¿Para qué?… Y, al final, no quedaba ya en las gradas ni un solo hincha del Lirio.

Un día, Tartico anunció que había hecho retar a un importante club de São Paulo. La noticia electrizó al pueblo.

—¡Virgen nuestra!

Hubo un escalofrío general. Pero pasajero. Una vez superado, todo Buritizal esperó con confiada impaciencia el día de la lucha. Tartico había logrado convencer a sus jugadores y a sus hinchas de que la victoria sería asunto de coser y planchar. No existía aún “ese” equipo capaz de vencerlos. ¿Dónde?. Bastaría con entrenar juiciosamente. Hasta la fecha, ningún rival había conseguido arrancarles siquiera un empate…

—No digo que los vamos a golear —afirmaba el alcalde— Pero que ganamos al menos por un gol, eso es seguro…

—Y que no se descuiden…

Llegó el día. Buritizal era un bullidero. Miles de personas habían llegado de las aldeas vecinas. El ambiente era de feria. Los bares y cafetines reventaban de gente. Los vendedores callejeros hacían fortunas. Chica, Tudiña, toda aquella tropa de mulatas endomingadas, parloteaba nerviosa, palpitantes los corazones, encendidos los semblantes, rezando a Dios y a Nuestra Señora por el buen éxito del encuentro…

—¿Ganaremos, Dios mío?

Y un escalofrío cruzaba rápido por las pieles morenas.

El párroco había celebrado esa mañana una misa por la victoria. El alcalde hacía repartir desde temprano, por cuenta del municipio, galonadas de cerveza. Una profesora de la escuela normal había escrito un discurso, que sería leído por la mejor alumna, después del juego. La chiquillada apostaba con los forasteros. Ningún mocoso del pueblo, a semejanza de las mozas, había pegado el ojo esa noche.

—Mundiño, ¿por cuánto crees que ganaremos? ¡5 a 0, digo yo!

—¡Quién sabe! ¡Esos paulistas juegan! Apuesto a que no pasamos de un 3 a 1…

—¡Qué! Si Tartico quiere…

Tres horas antes del juego, el campo estaba lleno. Algunos habían amanecido allí, hablando, apostando, gritando. Sólo un grupo permanecía en silencio, alejado del gentío: los integrantes del Lirio. Negrao sonreía. No se dejaba llevar del entusiasmo general. Conocía el juego del Paulista. Estaba seguro de que ganaría. Y, sin disimular su regocijo, había venido a vengarse. Próxima estaba ya la derrota, la caída, la desmoralización de Tartico. ¡Tipo engreído, que se creía capaz de desafiar, no sólo al Paulista, sino a la mismísima selección del Brasil!

Y Negrao, como las morenas y el chiquillerío de Buritizal, había pasado insomne las últimas noches, imaginando la expresión de Tudiña, de Chica, de todas, tras la estruendosa derrota de Tartico.

—¡Dale!

—¡Chuta!

—¡Por la izquierda!

Mediaba ya el primer tiempo. Contra todos los pronósticos, el Esperanza perdía por primera vez. Después de año y medio de triunfos, el club encontraba un adversario que, desde el comienzo, le confundía el esquema, doblegaba sus defensas, y asediaba, sin tregua, el arco de Dantiño. Imparable, precioso, llegó el gol.

El público quedó petrificado.

¡Oh, Dios mío!

Y un montón de bocas bonitas mordía los coloridos pañuelos, con enormes deseos de llorar, mientras los forasteros lanzaban al aire sus gorras, en homenaje al vengador de tantas humillaciones. Tartico no se desesperó. Bola al centro. Pa… pa… pa… y, con innegable rapidez, trató en vano de burlar a sus contrarios, en busca del empate. Negrao, sin embargo, no alcanzaba a disfrutar en lo íntimo de su corazón el tan anhelado goce. Todo sucedía según lo había previsto: un desastre para el Esperanza. Las mozas de Buritizal veían ahora que Tartico no era el invencible héroe que soñaban. Pero, desde el momento mismo en que la victoria paulista se tornó indiscutible, y al ver al rival vencido sin remedio, provocando el llanto angustiado de sus seguidoras y la alegría de los visitantes, Negrao comenzó a sentirse mal.

En el intermedio, las cosas llegaron al extremo. Mientras los jugadores locales caían al suelo, rendidos, los otros, sin muestra alguna de fatiga, seguían en la cancha, jugando con la bola, satisfechos, irónicos, lanzando piropos y miradas atrevidas a las muchachas, con un aire sobrado y burlón que parecía cobijar con su desprecio al pueblo entero…

Un puñado de insolentes, llegados de una aldea cercana, bebían y reían, sin parar de hacer apuestas, entre bromas del peor gusto. Negrao apretó los dientes al ver que uno de aquellos patanes ofrecía su pañuelo para enjugar las lágrimas de Chica y de Tudiña, las dos bellezas de Buritizal, entre las cuales Tartico y él, eternos rivales, vivían inciertos, indecisos…

Iba a comenzar el segundo tiempo.

Un grupo de forasteros cantaba, para exasperar a los locales, que oían humillados.

—¡Ra! ¡Ra! ¡Ra! ¡No hay con quién!

—¡Paulistas! ¡Paulistas!

La victoria estaba decidida. El Esperan-za perdía sin remedio. ¡Cuál Tartico! ¡Cuál Dantiño! Eran leones moribundos. Heroicos, eso sí, indomables hasta el fin. Pero era inútil. Todo Buritizal, cabizbajo, admitía la tragedia. Se habían acallado los gritos de las mulatas. Los hinchas, inconsolables, rasgaban sus sombreros, agitaban inútiles los brazos…

Y en medio de aquel silencio, imprevista, sólo la gente del Lirio, con Negrao a la cabeza, ronca, alucinada, no desmayaba, gritando con voces locas y entusiastas:

—¡Buena, Dantiño!

—¡Corre, Chiquiño!

—¡Dale, Tartico!

 

 

 

 


 

 

 

 

Tomado del libro: Deportes y letras. Confiar cooperativa. Selección y traducción de Elkin Obregón.

*Acerca del autor: Orígenes Lessa (Lençóis Paulista, 12 de julho de 1903 — Rio de Janeiro, 13 de julho de 1986). Fue un periodista, cuentista, novelista, ensayista brasileño, e inmortal de la Academia Brasileña de Letras. wikipedia

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