Por William Ospina** 

 

En los días pasados tuve la oportunidad de visitar la Mojana. Tantos años viviendo en mi país y no tenía idea de lo que significa esa región de la que han brotado algunas de las músicas y algunas de las historias más famosas de nuestra tierra. Ahora tienen para mí otro sentido el país de las aguas, la rosa momposina, la gran depresión, la región de las ciénagas, y me he dicho que tal vez leyendo en una significativa fracción del territorio sea más fácil intentar un balance de estos dos siglos de nuestra Independencia.

 

Lo primero que habría que señalar es que una región completamente coherente en términos naturales, económicos y culturales está hoy fragmentada en cuatro o cinco mapas distintos, el de Bolívar, el de Sucre, el de Córdoba, el de Antioquia. Los mapas administrativos de la modernidad fragmentan los viejos y lúcidos mapas de la memoria y de la cultura.

 

Y allá, en esa región, un gran dibujo primigenio, sobre la superficie estremecida de las aguas, el trazo de los canales con que los zenúes controlaron durante cientos de años el régimen de las inundaciones. ¿Por qué, de toda la vastedad del país, sólo esta cultura llegó a desarrollar un tan complejo sistema hidráulico, con una ingeniería tan ingeniosa como eficaz, y en unas dimensiones tan asombrosas? Seiscientas cincuenta mil hectáreas en las cuencas del río San Jorge y del río Sinú, surcadas de canales, les permitieron tener una relación armoniosa con el agua y el clima, producir y vivir en una alianza sorprendente del trabajo con el conocimiento.

 

Una de las respuestas es que sobre esa región convergen las aguas de Colombia. El río Cauca recoge las aguas de toda la región occidental entre dos c0rdilleras, el río Magdalena recoge las aguas de toda la región central entre dos cordilleras, y la Mojana es el punto donde se unen las aguas de esos dos grandes ríos de Colombia. Toda el agua que ha recorrido el país se explaya en ese vórtice donde terminan las montañas, y pesa de tal modo sobre la tierra que acaso a eso se deba la depresión momposina, esa región de tierras cálidas abrumada por el agua y por todas sus manifestaciones.

 

Este es un planeta de agua: es importante señalar que casi todo aquí es agua, los arboles, los animales y los seres humanos. Agua sembrada que florece, agua que vuela y canta, agua que sueña y piensa. Ya en esa época primera fue necesario el conocimiento para controlar un poco el poder de los elementos, que, si no se dialoga con ellos, se convierten para nosotros en lo que Álvaro Mutis llama “Los elementos del desastre”.

 

Lo asombroso es que con la conquista española lo que hicimos fue reemplazar el saber milenario de los zenúes sobre su tierra por el dudoso saber de una cultura que tenía una relación con el agua mucho menos intensa. Yo no sé si es cierta la leyenda de que a comienzos de la Edad Media una ardilla podía correr de un extremo a otro de la península ibérica sin bajar de los árboles, no sé si es verdad, como lo afirma Aldous Huxley, que fueron los rebaños de cabras de la Edad Media los que convirtieron en un desierto buena parte de la cuenca del Mediterráneo, el sur de Italia, toda Grecia y toda el Asia Menor, porque esos animales de labios delgados arrancan hasta las más finas raíces y van dejando a su paso un rastro de desiertos, pero lo que sí sé es que España tendría muy poco qué enseñarnos en el arte de manejar estas moles de agua dulce, la tumultuosa vegetación de estas regiones equinocciales, la abundancia de sus criaturas y el concierto de sus pájaros.

 

El triunfo de España, más que la derrota de los pueblos indígenas, fue sin duda la derrota de la naturaleza por mucho tiempo, no en el sentido de que fuera dominada, pues esta naturaleza por fortuna no se dejará dominar, sino en el sentido de que instauró una lógica infernal de la lucha contra la tierra en lugar del diálogo fecundo y productivo con ella.

 

La secuencia económica de la Mojana es curiosa: primero la codicia sobre el reino mineral, después, sobre el reino vegetal, y finalmente sobre el reino animal. Primero el oro, después los árboles, después el ganado. Y después todos los saqueos mezclados. Se derribaban los árboles, ceibas y hobos corpulentos, para acceder a las tumbas de oro que había bajo ellos. Porque tendríamos que decir, en el espíritu de Quevedo, que las ceibas eran el epitafio de los señores de los valles. Después, agotado el oro de las tumbas, se derribaban los árboles, buscando sus valiosas maderas. Y los bosques se convirtieron en casas y en mesas y en sillas, en artesonados y en envigados. Y después se derribaban los bosques para convertir la región en potreros.

 

Y cuando volvieron los humanos a vivir en el territorio, ya se habían olvidado los saberes indígenas, dónde construir y donde no, por donde pasa la memoria del agua, cómo dialogar con esa memoria. Nuestra arrogancia unida a nuestro olvido construyó los pueblos sobre el surco de las grandes inundaciones, así como en el Tolima construimos Armero sobre el surco de las grandes devastaciones del pasado, porque ya en las páginas de Fray Pedro Simón es posible leer una descripción minuciosa de la avalancha de Armero ocurrida tres siglos antes de que Armero fuera arrasada. Por eso no sólo lo que ocurrió en Sucre sino todo lo que ocurre aquí podría llamarse la “Crónica de una muerte anunciada”, y García Márquez se revela como una gran voz chamánica que acuña con precisión el nombre de nuestras tragedias.

 

Pero queda el trazado de los canales de los zenúes, que todavía es posible ver desde el aire, como la vasta huella dactilar de una cultura que nos recuerda que tuvimos conocimiento, que tuvimos voluntad, que tuvimos capacidad de dialogar con el mundo, y que lo que fue incluso podría de nuevo ser, sólo si por momentos siquiera actuamos como una comunidad y no como individuos aislados enfrentados a la naturaleza y también los unos a los otros, en una suerte de locura furiosa. Pero es que, como bien lo dijo Schopenhauer, “la locura es la pérdida de la memoria”.

 

Queda ese trazado, que hoy podemos asimilar a los grandes grafismos del arte moderno, y queda la pregunta de por qué, como se lo oí decir ayer a un gran conocedor de nuestro país de las aguas, nos conmueven las pirámides de Tenochtitlán, y las alturas de Machu Picchu, y las líneas de Nazca, y no sabemos respetar, y recordar, y conservar, y mostrar al mundo ese dibujo exquisito de un arte milenario que es también ingeniería y religión.

 

Estos dos siglos de Independencia nos dieron una relación precaria con el territorio. Recordemos aquí que todavía hace ciento veinte años ni siquiera sabíamos cómo nos llamábamos, y que la palabra Colombia, soñada por Miranda y heredada por Bolívar, sólo se convirtió en el nombre definitivo de nuestro país con la Constitución de 1886. Esa constitución ya comenzaba esas fragmentaciones arbitrarias de las que hablaba inicialmente. Pero obró muchas otras cosas, unas útiles y otras dañinas. Su redactor, Miguel Antonio Caro, era un gran erudito, un gran latinista, un gramático notable, un poeta esforzado, un traductor insigne, un orador admirable pero un colombiano muy precario. Y no por falta de amor por su tierra sino por falta de conocimiento. No salió nunca de la Sabana de Bogotá, no sabía o no quería saber que le tocó vivir en la región equinoccial de América, vivía en la Roma de Virgilio, en las conjugaciones y en los gerundios, sabía qué era una hipálage y un oxímoron pero no sabía qué era la Mojana, y creo que, como buen castizo, no le gustaba la palabra Orinoco. Y ese curioso señor redactó la Constitución que gobernó a Colombia durante cuatro generaciones. Esos cien años de soledad fueron suficientes al menos para crearnos una mínima conciencia nacional, porque la Independencia, de la que Bolívar esperaba tanto, apenas alcanzó para formar en todos estos países una vaga conciencia nacional. En algunos más fuerte que en otros, no por la voluntad sino por la mayor o menos facilidad para reconocerse en una tradición. Un país mayoritariamente indígena, como México, encontró en esa memoria y en esa tradición un sustento suficiente para la construcción de su imaginario nacional, e incluso fue más lejos. Avanzó en el camino del mestizaje cultural desde las instituciones de un modo muy notable. El hecho de que la independencia tuviera un alto contenido indígena, familiarizó a los indios mexicanos con los ideales de la Ilustración: tampoco en México se abría camino en sueño imposible de la reconstrucción de una ilusoria arcadia indígena. La Independencia se hacía contra la Edad Media, contra el absolutismo español, y a favor de la modernidad. Por eso, cuarenta años después de la Independencia, se dio en México la Reforma, un paso de avanzada hacia la sociedad liberal. México se dio el lujo de derrotar a los ejércitos de Napoleón III, fusiló a un extraviado emperador de la casa de Habsburgo Lorena, rechazó la imposición de los modelos europeos, tuvo un presidente indígena ilustrado en la segunda mitad del siglo XIX, y en cuanto hubo expulsado a los franceses, en defensa de su orgullo nacional, entonces sí dialogó con Francia con holgura y con dignidad. Manuel Gutiérrez Nájera leyó a Verlaine y a Víctor Hugo, y recibió su influencia. Y empezó a escribir en español con esas nuevas libertades de los parnasianos y de los simbolistas, con esas sonrisas verlenianas.

 

Toco, se viste, me abre, almorzamos

con apetito los dos tomamos

un par de huevos y un buen beafsteak

media botella de rico vino

y en coche juntos vamos camino

del pintoresco Chapultepec.

 

 

Había nacido el modernismo latinoamericano. Y de la palabra mariage surgió la palabra mariachi, y después Diego Rivera avanzó en el ejercicio de combinar la memoria estética mexicana con los lenguajes de la modernidad, y después Alfonso Reyes puso a dialogar su conciencia de mexicano con el rigor profundo de la lengua y con sus fuentes helénicas, y después Juan Rulfo alió para siempre los descensos al Hades de Virgilio y de Dante y de Poe con la fiesta de los muertos del primero de noviembre.

 

Aquí fue mucho menos visible ese proceso, porque las instituciones se encargaban de negar día a día a la gente y a sus creaciones. Si todavía en los años cuarenta, en los clubes sociales de Barranquilla, sólo se podía bailar al ritmo de las orquestas internacionales que tocaban fox trot, y estaban prohibidos los porros, la expresión musical del alma popular. Aquí la cultura insistía en sus creaciones, pero la alta sociedad y el estado procuraban no darse cuenta. Esas son las consecuencias de la falta de una revolución liberal. O siquiera de una Reforma liberal, para no usar palabras tan fuertes. Nuestra Independencia no redimió a los indígenas, no liberó a los esclavos, no reconoció el territorio, no derrocó las leyes coloniales, y el paso de la encomienda a la hacienda no obró las transformaciones modernizadoras a las que podía y debía aspirar una sociedad basada en los Derechos Humanos y el ejemplo de la Ilustración. Las tareas pendientes fueron muchas y eso no significa que lo que se hizo no haya sido necesario e importante. Tener una patria es ya una ganancia, aunque uno esté todavía desterrado del festín de la vida. Todavía no era posible Gaitán gobernando pero ya era posible Gaitán sembrando su discurso en el alma de un pueblo. Todavía no era posible Benito Juárez o Emiliano Zapata, pero ya eran posibles Barba Jacob, y José Barros, y Aurelio Arturo, y Gabriel García Márquez.

 

Luchábamos por la modernidad, y llegó la modernidad. Esa época traía beneficios y desgracias para todos los seres humanos, pero a nosotros nos llegó en una versión rudimentaria. Basta poner un ejemplo: llegaron los automóviles, pero no llegaron las carreteras. Ni siquiera después de los ocho años de continuidad del gobierno del doctor Uribe llegaron las carreteras. En cambio sí llegaron las retroexcavadoras que convierten una llanura en un campo bombardeado para buscar el oro que sobrevivió a la conquista. Y las aguas que convergen sobre la Mojana desde el comienzo de este mundo, llevan ahora los desechos industriales del país entero, lo que arrojan a los ríos todas las grandes ciudades. Sí llegó la contaminación. Sí llegó el mercurio que arranca el oro de la escoria y envenena los arroyos y baja por los ríos y envenena a los peces, y contamina la Mojana, y envilece el medio ambiente por siglos, y hace nacer a los niños con el paladar hendido. Llegamos al mercado mundial pero de contrabando, y vendiendo sustancias ilícitas, y desarrollando industrias que no siempre cumplen con las mínimas responsabilidades ambientales, y sacrificando los bosques en una vasta depredación, y sacrificando nuestra juventud en sórdidas guerras de supervivencia.

 

Y aún así tenemos un país, y una cultura, y los mestizajes dan su flor de mil maneras distintas, y la cultura se va convirtiendo ante el mundo en el emblema de un pueblo tenaz que no se rinde, que no renuncia a buscar su grandeza y su concordia y, por qué no decirlo, también su felicidad. Muchas cosas faltan. No hemos acabado de construir el relato necesario que nos permita la certeza de tener una nación y ya nos llegan con la prédica de que no existen las naciones. Estábamos a punto de creerlo cuando vimos que los países que más hablaban de globalización empezaban a alzar muros en sus fronteras, entonces comprendimos que la globalización era más para los capitales que para las personas, que cada vez se hacía más difícil cruzar las fronteras, y que cuando lo lográbamos, cada vez nos recibían peor más allá de nuestro suelo.

 

Ello no sería tan grave si la patria fuera una patria, no un suelo que te expulsa de la parcela y del centro de las ciudades y del propio territorio. Las naciones que Bolívar dirigió en la lucha por la Independencia hoy con frecuencia expulsan a muchos de sus habitantes. Estos, en cambio, con una generosidad que sólo el amor explica, responden a ese destierro trabajando duro para enviar divisas que gobiernos indignos exhiben sin pudor como parte de la prosperidad nacional. Exigua prosperidad acumulada sumando suspiros y lágrimas.

 

Hace dos siglos fuimos pioneros en la lucha contra el colonialismo. Fundamos repúblicas en un suelo, como diría Víctor Hugo “todavía blando y mojado del diluvio”, cuando en Europa ese sueño de las repúblicas apenas pugnaba por abrirse un camino. Hubo aquí provincias que les dieron el voto a las mujeres cuando en el mundo nadie soñaba con dárselos. Empresarios nuestros fundaron la segunda aerolínea comercial del mundo. Algunos ejemplos positivos y negativos podemos mostrar de grandes aventuras de la iniciativa y de la audacia, de la inteligencia y de la sensibilidad. Y no tenemos los cinco mil años de civilización continuada que puede mostrar la China, sino cinco siglos de desmemoria, y dos siglos de esfuerzos por alcanzar la modernidad, que nos ha traído sobre todo sus venenos y sus armas destructoras. Y a pesar de su horror, un siglo de nuestra violencia no ha producido el millón de muertos que produjeron en España tres años de Guerra Civil. Pero todavía tenemos que hacer desde aquí una lectura de la modernidad y de sus locuras, de esta vasta conspiración contra el mundo, contra la noche, contra el silencio, contra la austeridad, contra el contacto real entre seres vivos, de este proceso ya alarmante que nos aparta de la realidad natural y nos virtualiza el mundo para vendernos sólo sus simulacros.

 

Vuelvo a pensar en la Mojana, y en las navegaciones y las fiestas y los hermosos actos humanos que pudimos vivir en estos días previos. Pienso en los muchos colores del cielo de las ciénagas, las nubes azules sobre horizontes rosados, las inmensas y fugaces esculturas del agua. Y el vuelo moroso de las garzas, y los grupos de cormoranes que se alejan rayando el agua con su vuelo. Es una inmensa flor de agua, la rosa momposina que le hizo decir a José Benito, “mi vida está pendiente de una rosa”. Ejemplo de una riqueza natural que todavía sobrevive a pesar de los peligros y de los asedios, de los ejércitos y de las industrias, tiene una memoria que recuperar, una riqueza que salvar, una comunidad humana extraordinariamente llena de afecto, de ingenio y de creatividad, un espíritu de fiestas y rituales, una suma de leyendas y ceremonias, que pueden hacer de ella una de las regiones mágicas del futuro. No por azar entre sus ríos y sus relatos surgió el destino y el universo verbal de García Márquez, el más visible de los escritores del siglo XX.

 

Por todo eso la valoración de lo que somos y lo que hemos sido no se puede agotar en grandes palabras abstractas, requiere de matices y de detalles. Como decía Estanislao Zuleta, no necesitamos respuestas definitivas sino más y mejores preguntas. No estamos leyendo el final del relato, a lo sumo, el libro está abierto en la mitad.

 

 

 

 


 

 

 

*Ponencia presentada al Noveno Foro de la Solidaridad CONFIAR. Realizado en Medellín el día 26 de octubre del 2010.

**Poeta y ensayista colombiano.

 

 

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