Pablo González Casanova (compilador) – Cuentos Indígenas – Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas*

 


 

Se cuenta que ésta era una señora que tuvo un hijo. Cuando nació lloraba mucho, ni siquiera quería mamar, sólo estaba llorando. Su mamá empezó a registrarlo buscando qué podía dolerle y no encontró nada.

Entonces ordenó su mamá que se le preparase un atole blanco. En seguida se lo hicieron como había ordenado. Mientras preparaban lo que había de tomar el niño para contentarlo, pues lloraba mucho, la señora madre estaba inquieta. Tan pronto como se coció el atole blanco, en seguida corrió la criada a llevárselo para que lo tomase el niño. Empezaron con mimos para que lo tomase y no quiso; pensaron que quería que se lo endulzaran. “Que se le endulce” [ordenaron], y se lo endulzaron. Mas tampoco quiso tomarlo.

Dijo la criada:

—Iré a hacerle atole de elote.

Se lo preparó y tampoco quiso tomarlo. Y como cada vez lloraba más, temió [la madre] que pudiese morir el niño, [y] ordenó a la criada:

—Anda a llamar a la curandera, que venga a ver al niño que llora tanto y no quiere comer.

Salió la mujer en busca de la curandera para que fuese a ver o a curar al niño, que quién sabe qué es lo que tiene que llora tanto.

Llegó la mujer a casa de la curandera, saludó, entró y dijo:

—Ya me cansé. Habitamos muy lejos de aquí.

—¿En dónde habita usted?

—Vivo en casa de una señora que se llama doña lagartija y me ordenó que viniese a suplicarle a usted que vaya a curar a su hijo que está enfermo. Si ha de ir usted, que sea desde luego.

Espéreme usted. Iremos juntas. Nada más arreglo lo necesario.

Puso en su cesto todas las hierbas medicinales y salieron y se fueron.

Llegaron a la casa de la señora lagartija y en cuanto la curandera vio cómo estaba el niño enfermo, preguntóles:

—¿Qué le dan a tomar?

—No quiere tomar nada; sólo está llorando.

Le palpó la boca al estómago; lo tenía muy enjuto, y entonces dijo:

—Traigan un poquito de pulque.

[Y en cuanto] empezó a dárselo, se puso contento [el niño].

Antes había visto que tenía pintado sobre su estómago, con sangre, un maguey [y] dijo:

—Mire usted, señora, este maguey que aparece pintado en su estómago quiere decir que deberá criarse con pulque. Mientras crece denle a tomar lo que les he dicho; cuando llegue [a la edad de] siete años, ya le cambiaremos de alimento. Entretanto vamos a curarlo.

Empezó a curarlo. Chupó la sangre sobre el estómago, lo sahumó con hipérico, palma, incienso y otras muchas hierbas medicinales; le untó sobre el estómago sangre de gallo, que con esto se borraría el maguey que tenía pintado el niño; lo sahumó [luego] y así ya no [volvería] a llorar.

Desde que lo curó no volvió a llorar [ya], siempre estaba tranquilo; una vez que le daban pulque ya no había que darle otra vez, se dormía y hasta otro día dábanle de beber.

[Cuando] cumplió siete años, de nuevo fue a verlo aquella curandera y tornó a sahumarlo con cedro, incienso e incienso blanco. Cuando terminó, dejó pasar un rato y luego registró [su cuerpo] otra vez, y sobre su espalda encontró pintadas muchas frutitas, y le dijo a su mamá:

—Mire usted, señora, lo que aparece aquí; son muchas frutitas que indican que deberá mantenerse con fruta, y aquí, en la mano derecha, tiene una mazorca, y en la mano izquierda, vea usted, tiene una guía de calabaza con una calabacita, lo que quiere decir que será trabajador cuando sea grande. Ahora denle por alimento fruta únicamente; vayan a cortar de la mejor en la barranca, donde pasan los aires; de ésa es de la que debe comer.

Y así fue como criaron a aquel niño con fruta.

Luego dijo la curandera:

—Ahora voy a curarlo.

Le chupó en las manecitas y en la espalda. Pasados tres días, hirvió rosa de Castilla, cempasúchil, té del monte; luego que hirvió todo esto con madera de cedro, dejólo durante tres días en una cueva de la barranca y le encendieron velas noche y día, y a los nueve días le lavó la espalda con aquella agua perfumada que habían bendecido los aires. En cuanto lavó a la criatura o, más bien dicho, la bañó la curandera, en seguida se borraron las frutitas que tenía pintadas en la espalda, todo desapareció, y [desde entonces] le llamaban “el niño horticultor”.

No había ni un solo campo de labranza, ni un solo solar que no tuviese árboles frutales, y se dice que fue él quien los sembró dondequiera, que sin él no habría ningún árbol frutal.

Hombre bendito de los aires, por dondequiera que pasaba todos le hacían reverencia.

 

 

 


 

 

 

*Pablo González Casanova, Cuentos indígenas, Miguel León-Portilla (prólogo), cuarta edición, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas , 2001, XXXIII+120 p. (Serie Cultura Náhuatl – Monografías, 7). Disponible en línea: http://www.historicas.unam.mx/publicaciones/publicadigital/libros/cuentos_indigenas/iee.html [Fecha de consulta: 31/01/2018]

 

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