Imagen destacada: El hombre. Santiago Ibañez

 

Por Carlos Eduardo Maldonado* · Fuente: Le Monde Diplomatique

 

No es posible que un país avance con vocación de cambio y aporte global, sin unas políticas claras y ambiciosas en ciencia y tecnología. ¿Cómo está en ello Colombia y qué debería hacer ahora y hacia el futuro inmediato?


 

Vivimos una época apasionante, de cambios vertiginosos, y una mezcla ambigua de mucho optimismo combinado con profundo desasosiego, desazón y desgana. Es imposible entender las políticas de ciencia y tecnología de un país sin una clara comprensión de los marcos y contextos, nacionales e internacionales, en los que vivimos. Tres formas son posibles para designar los tiempos que vivimos, en términos de igual manera científicos, industriales, tecnológicos y culturales. Estas son:

Desde el punto de vista científico, vivimos tres revoluciones científicas:

• La primera revolución científica fue la de la ciencia clásica o moderna; esto, aquella ciencia que comienza con R. Bacon, F. Bacon, Galileo, Descartes y que se proyecta hasta Pasteur y Einstein, pasando por Loewenhoek, Vesalius, Newton, Darwin y Mendeleiev, entre otros. Esta es la ciencia que, en términos de Th. Kuhn, puede ser considerada como la “ciencia normal”, y que corresponde al ascenso y al triunfo de la burguesía como clase social.
• La segunda revolución científica, que puede decirse que se gatilla en agosto de 1900, nace en 1905, y se prolonga hasta nuestros días. Es la revolución del mundo cuántico y que comprende, puntualmente, cinco dimensiones: la física cuántica, la biología cuántica, la química cuántica, todas las tecnologías basadas en comportamientos cuánticos y las ciencias sociales cuánticas.
• La tercera revolución científica, que en general son todas las ciencias de la información y de procesamiento de información. La expresión puntual de la tercera revolución científica son las ciencias de la computación y todos los sistemas informacionales. Puntualmente dicho, la inteligencia artificial, la vida artificial y toda la robótica, la clásica y la de enjambre.

A propósito de la segunda y la tercera revolución científica, de acuerdo a M. Castells, corresponden a la emergencia de una nueva clase social que no tiene los medios de producción y que no necesita tener los medios de producción para producir las condiciones de bienestar, desarrollo y calidad de la vida en las nuevas condiciones. M. Castells sostenía que no tenía un nombre para esta nueva clase social, que, consiguientemente ya no es ni la burguesía, ni el proletariado o la clase trabajadora en el sentido de la primera revolución. Desde la sociología asimismo, S. Sassen, Z. Bauman, y U. Beck aportan tres caracterizaciones distintas para la nueva clase social en emergencia. Vivimos, literalmente, una nueva época, que está naciendo y reconfigurando el mundo y la sociedad.
Ahora bien, desde el punto de vista de la organización social del trabajo y las formas de producción, cabe hablar, con legitimidad, de cuatro revoluciones industriales, así:

• La primera revolución industrial es aquella del siglo XIX, la industrial de Manchester y Chicago, caracterizada, dicho puntualmente, por el desarrollo de las máquinas de vapor, el automóvil y el tren, las máquinas industriales de todo tipo, en fin, la industria mecánica, metalmecánica y, las primeras formas de electrónica y electricidad.
• La segunda revolución industrial se caracteriza por la producción en serie o masiva. Los representantes de esta revolución son las formas de administración de Ford, Taylor, Fayol, y la llamada administración científica. La producción y la organización social del trabajo se estructura en torno a la fabricación en serie y masiva y grandes cadenas de producción en línea.
• La tercera revolución industrial emerge a partir de los años 1960, pero se consolida y catapulta en el año 2008. Se trata de la importancia de internet para la organización, esta vez, ya no solamente del trabajo y de la producción económica, sino, además, como forma de organización de la sociedad en general. Internet es el canal que se expresa en la web 1.0, 2.0 y, a la fecha, en la 3.0, o también la internet de las cosas (IoT, por sus siglas en inglés). Actualmente ya se tiene la previsión del desarrollo, hacia los años 2025-2040 de la web 4.0.
• Finalmente, la cuarta revolución industrial es reconocida públicamente en el año 2016, y está identificada como la síntesis entre la dimensión física, la biológica y la digital. Esta revolución ya se está produciendo entre nosotros, y habrá de tener consecuencias, sencillamente impredecibles, a la fecha de hoy.

Dos puntualizaciones: la idea de revoluciones científicas, tanto como de revoluciones industriales en absoluto debe ser tomada en un sentido lineal, y por el contrario, expresa el hecho de que se producen rupturas, inflexiones o bifurcaciones en cada uno de los campos. Asimismo, no existen ninguna correspondencia uno a uno entre las revoluciones científicas y las industriales. Aunque sí cabe legítimamente afirmar que cada vez se imbrican más la una con la otra.
Desde el punto de vista al mismo tiempo sociológico, económico y político, nuestra época puede ser igualmente comprendida en otros términos, los cuales arrojan nuevas luces sobre las caracterizaciones anteriores. Se trata de: la sociedad de la información, la sociedad del conocimiento y la sociedad de redes. Tres nombres diferentes, para tres momentos de una misma dinámica y transición.
Ahora bien, desde el punto de vista tecnológico, el mundo actual se comprende en función de las tecnologías convergentes que son las tecnologías NBIC+S; estas son: la nanotecnología, y por derivación la nanociencia, la biotecnología, las tecnología de la información, las tecnologías del conocimiento y la dimensión social de las tecnologías.
Colombia no ha accedido, desde el Estado y el sector privado a esta comprensión; aquí sólo existen en el mejor de los casos las tecnologías TIC, un concepto que corresponde, en estricto sentido, al desarrollo de los años 1970.
La anterior caracterización de los marcos o contextos hacia una política de ciencia y tecnología del futuro están condensados y requerirían, cada uno, un espacio mayor, por sí mismo.

Realidad científica y tecnológica y realidad política

En Colombia ha dominado desde siempre una fuerte asimetría entre los científicos, tecnólogos e investigadores y la clase política, el gobierno y el Estado. Esta asimetría consiste en el hecho de que, históricamente, en este país la ciencia y la tecnología nunca han sido plenamente comprendidas por quienes han dirigido al país, política, económica y militarmente.
En efecto, la puerta de entrada al tema es, sin lugar a dudas, la importancia del positivismo, esto, el reconocimiento explícito de la importancia de la ciencia para el desarrollo de un país. Pues bien, Colombia constituye una notable excepción al respecto: acá el positivismo jamás entró, en contravía de lo sucedido en México, Argentina, Brasil y Chile, debido a los gobiernos conservadores de la segunda mitad del siglo XIX, de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Esto es, el positivismo jamás entró al país debido al peso del neotomismo y las ideas conservadoras lideradas, e impuestas, por M. Ospina Rodríguez, R. Nuñez y J. E. Caro.
Como consecuencia, los debates con base en argumentos, pruebas, refutaciones y demostraciones nunca ocuparon un papel importante en la vida social del país, sentando así las bases para las violencias: las del siglo XX (La guerra de los mil días), la masacre de las bananeras (1928-29), el bogotazo, los “pájaros” o “bandoleros” (paramilitares) de los años 1950, las guerrillas, los paramilitares de los años 1980 a la fecha, en fin, el narcotráfico y el terrorismo de Estado. Otra hubiera sido la historia del país, si el positivismo lo hubiera penetrado. Ni siquiera la llamada hegemonía liberal y los gobiernos radicales del siglo XIX y XX, lograron que “ciencia” (= positivismo) fuera un concepto de uso común en la vida nacional.
La segunda evidencia de la asimetría mencionada es el hecho de que cuando se crea en Colombia el sistema nacional de ciencia y tecnología (1991), las recomendaciones de un importante grupo de científicos e intelectuales de la época apuntaron, en nombre del país de la ciencia, la tecnología, la investigación y la educación, a que se destinara el 1 por ciento del PIB para la ciencia y la tecnología. Jamás, hasta la fecha, ningún gobierno a seguido esta indicación, y las proporciones jamás han superado el 0,5 por ciento del PIB, lo que para los macro-indicadores del país conlleva que este rubro simplemente salga de consideración por defecto.
Finalmente, la recomendación de crear alguna vez un ministerio de ciencia y tecnología jamás fue escuchada. Se creó, sí, el ministerio de cultura, pero la ciencia y la tecnología estuvieron a cargo de Colciencias, un organismo que a las reuniones del gobierno nacional asistía con voz, pero sin voto, y cuyo presupuesto fue siempre, primero oscilante, y luego, sistemáticamente recortado hasta el día de hoy.
Tres evidencias puntuales fuertes, de orden político y nacional, que nunca fueron atendidas por parte del Estado, de los gobiernos de turno, en fin, por la clase dirigente del país: ni la del sector público ni la del sector privado.
Ulteriormente, en abril del año 2016, el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (SNCyT) desaparece de Colciencias, es desplazado al Departamento de Planeación Nacional y subsumido bajo el Sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación (Sncti). Una muerte de segunda para Colciencias y sus aspiraciones de siempre. Suponiendo que Colombia sea finalmente aceptada a la Ocde, sería el único país entre quienes la integran sin un sistema nacional de ciencia y tecnología. De suceder así las cosas, se trataría de una cuarta evidencia contundente de la ignorancia de las élites de este país por la ciencia, la tecnología y la investigación.

Hacia un sistema futuro, posible

Una política de ciencia y tecnología no es posible sin la participación activa de la comunidad de científicos e investigadores y al margen de las dinámicas en la región (Latinoamérica) y en el mundo. Pero, al mismo tiempo, una política semejante no es, en absoluto, posible, sin mucha sociología, rural y urbana, sin mucha antropología, e historias locales. En otras palabras, se trata de atender a los micros sistemas sociales y culturales para aprender también de ellos, y hacer ciencia vernácula de alcance nacional y mundial, evitando lo que hasta ahora ha sido la norma: transferencias de conocimientos y tecnologías.
Hay que ser enfáticos: en nuestro país no existe un sistema nacional de ciencia y tecnología como tal: como sistema, sencillamente porque ha prevalecido una sospecha tradicional hacia las universidades públicas y un apoyo, directo e indirecto, muy fuerte hacia las universidades privadas. Esta asimetría no es provechosa ni deseable.
La base para un plan futuro, que trastoque esta constante, es imposible ponerlo en marcha sin una apuesta-nación, esto es, sin un apuesta fuerte, de largo alcance. Y es que las políticas de ciencia y tecnología han sido siempre corto-placistas, inmediatistas y efectistas. Es necesario que el país piense y apueste a 20, 40, 80 años hacia delante. Algo que jamás ha sucedió en ningún ámbito en la historia de esta nación.
Enrutarse en tal dirección implica un diálogo sostenido y horizontal entre tomadores de decisiones y académicos, científicos e investigadores, de cara al país y al mundo. Un diálogo semejante jamás ha tenido lugar acá, y por ejemplo, las distintas academias en el país –Academia Nacional de Medicina, Academia de la Lengua, y otras–, son simplemente órganos consultivos, en determinados momentos.
Es indudable que apoyos fuertes a la ciencia y la tecnología (CyT), y por consiguiente a las artes y la educación, se traducen en el mejoramiento significativo de la calidad de vida de la nación y en más y mejores condiciones de dignidad y respeto de los derechos humanos. El crecimiento humano es hoy imposible sin CyT. Lo cual se traduce también, inmediatamente, en más y mejores políticas ambientales y de protección de los recursos y la riquezas naturales del país.

Propuestas

En el marco de los post-acuerdos y la construcción de la paz, los enormes presupuestos de seguridad y defensa pueden estar destinados a educación, artes, cultura, humanidades y CyT. Históricamente el presupuesto social siempre ha sido menor relativamente a otros ítems y rangos. Es absolutamente necesario que para el gobierno 2018-2022 se asegure que el 1 por ciento del PIB se dedique a actividades de CyT. Y que en cada cuatrenio siguiente aumente un punto porcentual, si Colombia quiere ocupar puestos destacados de desarrollo y crecimiento en el panorama internacional. Esta meta no es imposible ni utópica, pero sí implica reelaborar prioridades y estrategias.
En la actualidad, la mitad de los grupos de investigación ante Colciencias son de ciencias sociales y humanas y, grosso, modo, la otra mitad es para ciencias y tecnología medicina, biología, ingenierías, y otras). Esta realidad realza un hecho. Las ciencias sociales y humanas merecen un lugar propio, diferenciado, al lado de la ciencias físicas y exactas. Sin embargo, en la actualidad, todos los indicadores de calidad, impacto y pertinencia está definido por el rasero de las ciencias naturales. Deben ser posibles criterios de calidad y medición diferenciados. Lo contrario implica introducir guerras que no son las de los científicos e investigadores, sino las del capital y las corporaciones.
Consiguientemente, no hay un lugar principal por donde comenzar, sino dos: el de las ciencias sociales y humanas, y el de las ciencias exactas y naturales. Así, atender a CyT que promueva el desarrollo humano en toda la línea de la palabra, pero al mismo tiempo mejorar la salud, las infraestructuras, el medioambiente y la riqueza natural del país.
Es absolutamente necesario que haya un apoyo decidido y de largo aliento a la investigación básica. Hasta el momento siempre ha habido apoyo para la investigación experimental y la aplicada. Las investigaciones de Colciencias son usualmente financiadas por el BID, y nunca el BID ha dado apoyo a la investigación básica. Las élites gobernantes del país deben poder identificar y resolver esta dificultad. Sin apoyo real para la investigación básica es imposible la innovación, la creatividad, el crecimiento humano.
Colombia debe entender, por fin, que la tercera revolución científica y la cuarta revolución industrial son hechos ya consumados en el mundo. El país debe poder apoyar la investigación en estas direcciones, de manera decidida y frontal. Ello implica revolucionar el sistema educativo nacional para que sea posible no únicamente de cara a la demandas del mercado, sino a las posibilidades de desarrollo social y humano. De forma tradicional las economías más desarrolladas fueron siempre proteccionistas de sus clases nacionales y lo mejor estuvo orientado hacia ellas; y sólo después se exportaba. Sn calidad de vida y dignidad humana no es posible la investigación ni el pensamiento abstracto, dos pilares de la CyT.
En Colombia nombres como García Márquez, Nairo Quintana, James Rodríguez, Jorge Reynolds, Rodolfo Llinás Shakira y Juanes, Piedad Bonnett o Raúl Gómez Jattin, por mencionar tan sólo unos pocos nombres no han sido, en absoluto, el resultado de políticas de educación, de ciencia y tecnología, de cultura o de deporte, sino el resultado de esfuerzos estrictamente personales, todos encomiables. Los académicos e investigadores son el resultado de sí mismo, antes que de políticas de CyT en toda la acepción de la palabra. Mientras no haya políticas nacionales de largo alcance, la situación seguirá prevaleciendo: cada quien hace lo mejor que puede para alcanzar logros y metas. Pero no porque haya políticas de Estado y de Gobierno que lo faciliten y lo promuevan.
Colombia debe dejar de ser un abastecedor de materias primas para convertirse en factor de referencia, calidad de vida y crecimiento social y humano. Sin olvidar jamás la más importante de las fortalezas de sus pobladores: sus inmensas capacidades de trabajo, esfuerzo y lucha.
No existe periodismo científico en el país, o sus espacios son muy limitados; asimismo, el periodismo cultural es limitado y podría ocupar más y mejores espacios. La ciencia, la tecnología, las artes y las humanidades deben ser un asunto cotidiano, social, cultural. Deben crearse amplios sistemas de reconocimiento, premios, distinciones, homenajes a personajes de la CyT y la cultura y las humanidades. Se trata de poner en el primer plano el conocimiento y la creatividad antes que los crímenes y otras noticias del día a día, actualmente.
La ciencia y la tecnología no son posibles, en otras palabras, sin una inculturación de las mismas. En toda la acepción de la palabra.

 

 

 


 

 

 

carlosmaldonado

 

Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

**Artículo publicado por primera vez en el periódico Le Monde Diplomatique Edición Colombia. Nº 173, Diciembre del 2017

 

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