Imagen destacada: El Lissitzky, Tatlin at work

 

Por Carlos Eduardo Maldonado* · Fuente: Desde Abajo

 

La ciencia al mismo tiempo que plasma una sociedad, la transforma. La dificultad es que en Colombia existe una enorme asimetría entre plasmar la realidad y transformar la sociedad y al país.

En una sociedad altamente fraccionada, históricamente dividida, fuertemente desigual e inequitativa, la ciencia está y ha estado, correspondientemente dividida, fraccionada y sin capacidad para unificar los conjuntos de problemas o de posibilidades a la realidad nacional. Así las cosas, si bien la educación ha contribuido de alguna manera a mejorar las condiciones de vida de sus pobladores, la investigación científica permanece bastante más distante con respecto a las acciones de cambio del país.

El estado de la ciencia en Colombia puede rastrearse a través de quizás la mejor herramienta disponible: el Observatorio Colombiano de Ciencia y Tecnología (OCyT) ( http://ocyt.org.co/en-us/ ), por lo cual no presentamos un mapa sobre el particular aquí. Más interesante resulta un conjunto de consideraciones de lo que significa la ciencia en el país y sus posibilidades de transformación de la realidad nacional centradas en dos puntos: a) su significado en Colombia y, b) las posibilidades de transformarla, y con ella, cambiar la realidad nacional.
¿Qué significa la ciencia y la tecnología en el país?

Si uno de los elementos distintivos del tránsito en Europa de la Edad Media a la Modernidad –atravesando el Quattrocento– sucede en el siglo XIV-XV, Colombia comienza a entrar en la modernidad, propiamente halando, en 1991, con la creación del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología (SNCyT), en el marco histórico de la Constitución del 1991. Un fuerte contraste.

Como consecuencia, empiezan a ser promovidas las Maestrías y los Doctorados, los grupos de investigación, la ciencia, la tecnología y su impronta social.

Con una enorme dificultad, y es que las metas que la llamada “Misión de los Sabios” formuló en su momento1 jamás se alcanzaron antes, ni ahora, entre ellas, a saber, que el 1 por ciento del PIB del país fuera destinado a promover la ciencia y la tecnología. Los distintos gobiernos nacionales jamás le cumplieron al país y a la comunidad académica y científica, demostrando así su indolencia frente al conocimiento.

Entre tanto, al desmonte gradual de la Constitución de 1991 le acompañó el desmonte sutil y lento igualmente del presupuesto de Colciencias, y la importancia que las humanidades y las ciencias sociales tuvieron frente a las ingenierías y las ciencias básicas. Finalmente, en el primer cuarto del 2015 el SNCyT fue eliminado de Colciencias, trasladado al Departamento de Planeación Nacional y transformado en el Sistema Nacional de Competitividad2.

(…) Abrirle espacios a la investigación científica y alimentarlos y sostenerlos es una sola y misma cosa con la construcción de una democracia sólida, abierta y deliberante.

En materia de tecnología siempre ha prevalecido el modelo de transferencia de conocimientos, y el estudio y reconocimiento de los saberes y las prácticas locales fue siempre, sistemáticamente, ignorado. Un grave error de muestra dependencia, de un lado, e ignorancia de la historia local y regional y de la antropología del país, del otro.

Como quiera que sea, la ciencia producida en el país ha sido, hasta la fecha, predominantemente en el ámbito de las ciencias sociales y humanas, y algo menos en ciencias básicas y tecnología; la que en su producción responde indirectamente a la acción del Estado gracias a las universidades públicas, y como resultado de la importancia de algunas universidades privadas.

 

 

Posibilidades de transformación de la ciencia en Colombia

 

La ciencia acá funciona de forma segmentada, por estancos, y la disciplinariedad es aún la marca distintiva como se organiza y trabaja. En verdad la transdisciplinariedad y otros enfoques más radicales –como los trabajos en complejidad– son aún marginales o inmensamente minoritarios.

Más exactamente, en Colombia la ciencia funciona a pesar del Estado, y gracias principalmente a las universidades, públicas y privadas, y en mucho menor medida gracias al apoyo del sector empresarial.

En el país, la clase de ciencia que los investigadores pueden desarrollar se funda, de entrada, esencialmente en las carreras que les ofrecen las universidades a los futuros investigadores. Ahora bien, como es suficientemente sabido, en el mundo actual la condición mínima para ser investigador es tener un doctorado (las maestrías capacitan a los estudiantes al ponerlos al tanto del estado-del-arte del conocimiento). Pues bien, es ampliamente sabido que el número de doctores (Ph.D.) registrados en el sistema nacional es bastante más bajo que el de otros países comparables, como Chile, Argentina, México o Brasil. Según datos de investigadores académicos, Colombia tiene 5 doctores por millón de habitantes.

Un investigador mexicano3 sostiene que América Latina no produce ciencia ni tecnología, sino, en el mejor de los casos, científicos e ingenieros. En Colombia, de manera atávica, las universidades producen egresados y cohortes, desde pregrado hasta doctorado. En Latinoamérica ya existe investigación. El paso siguiente sería producir ciencia. Colombia crea, modifica, y gestiona el sistema de investigación en acomodo a la clase política y sin verdadero interés por el conocimiento.

Nuestro país comienza a ingresar a la Sociedad de la Información en el año 20014, pero para el año fiscal 2014 la diferencia de ingreso no es sensible o importante. Como país o nación Colombia se encuentra aún bastante lejos de ingresar a la Sociedad del Conocimiento. Ello no obstante, existen ya grupos e individuos que sí han entrado ya a la Sociedad del Conocimiento. Esto es, grupos y comunidades que logran vivir de producir conocimiento y, por tanto, mover de alguna manera las fronteras de la ciencia en general.

Sociológicamente hablando, las élites colombianas, a diferencia de las de naciones como México, Brasil, Chile o Argentina, fueron siempre indolentes e indiferentes ante el conocimiento. En verdad, en un país en el que la mita y la encomienda han marcado, así sea con otros nombres, su historia, las élites no necesitaban trabajar y todo les era concedido, en un país naturalmente rico.

En este mismo sentido, si los mecanismos de movilidad social han sido tradicionalmente el clero, el estamento miliar y la educación, esta última estuvo siempre históricamente desatendida por parte del Estado. Hasta el punto de que, en el proceso de solicitar su ingreso a la Ocde, Colombia ha sido expresamente reconocida como el país que menos invierte en educación de todos sus similares, en América Latina y en el mundo.

 

 

Conclusión abierta

 

Sin exageraciones, en Colombia predomina fuertemente una mentalidad narcotraficante y mafiosa; esto es, el dinero y el poder, la fuerza y las influencias se imponen en la vida de la sociedad y de las instituciones. En consecuencia, el conocimiento –es decir, los argumentos, las demostraciones, la crítica abierta y pública, los debates con justificaciones, y demás formas como se hace ciencia y pensamiento–, en cualquiera de sus fases es ignorado, o acaso comprado y cooptado. Y mientras continúe imperando esta mentalidad, el dinero fácil, el tráfico de influencias, las calles controladas por escoltas, los falsos positivos y la delincuencia común y de cuello blanco continuarán campeando por la vida nacional.

Manifiestamente que en toda la historia los intelectuales, los científicos, los artistas y los investigadores han sido siempre la minoría, sociológica y estadísticamente hablando. Aún así, en el marco de la sociedad de la información y de cara a la sociedad del conocimiento se trata de una minoría cuyas influencias y repercusiones son determinantes para el bienestar de la sociedad, para la calidad de la vida y su dignidad. La ciencia: cuando las minorías pueden determinar el bienestar y el futuro de las mayorías. He aquí un verdadero reto, un problema.

Hay que recordar siempre que la ciencia no se hace con base en la construcción de acuerdos y consensos, de mayorías o por votación de cualquier índole. Por el contrario, ella implica y es posible a partir de debates, discusiones, argumentos y contra-argumentos, demostraciones y mucha crítica y reflexión. Que son, exactamente, los garantes y los elementos constitutivos de una verdadera democracia.

Así las cosas, abrirle espacios a la investigación científica y alimentarlos y sostenerlos es una sola y misma cosa con la construcción de una democracia sólida, abierta y deliberante. Todo lo contrario a la historia de toda la nación colombiana desde 1810; o 1819, lo mismo da.

 

 

 

 


 

 

 

1 Cfr. Colombia al filo de la oportunidad, Colección Documentos de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo, Colciencias, 1993. Disponible en: http://repositorio.colciencias.gov.co/handle/11146/265
2 Cfr. “Desde Abajo”: http://www.desdeabajo.info/ediciones/item/26293-muere-el-sistema-nacional-de-ciencia-tecnologia-e-innovacion-sncti.html
3 M. Cereijido, Por qué no tenemos ciencia, México, D. F, Siglo XXI editores, 2004.
4 Cfr. Maldonado C. E., CTS+P. Ciencia y tecnología como políticas públicas y sociales, Bogotá, Universidad Externado de Colombia.

 

 


 

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carlosmaldonado

Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

*Artículo publicado por primera vez en el periódico impreso Desde Abajo, ed. 220, sección Ciencia y pensamiento.

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