Por Gonzalo Arango*

 

Por azar estoy en el Ley, como parte de un in-cierto itinerario en este recorrido “triunfal” que hago por la ciudad, el día de la publicación de mi libro. Estoy desolado, pues nada me ha sucedido, nadie me ha felicitado. Vagabundeo por este populoso almacén en un perfecto anonimato, sin ninguna esperanza de ser admirado.

Ya me iba cuando veo, a través de un espejo, el rostro de un joven serio, con gafas, que me mira con una tímida, pero respetuosa admiración. Quizás me ha reconocido. Su porte es severo, intelectual. Pienso que tal vez me quiere felicitar. Le regalo una sonrisa cómplice para darle ánimo a que me felicite. Pero el joven se hace el bobo, y rehúsa mi invitación. Bueno, allá él. Yo no soy petulante, pero él debería ir al psiquiatra a que le quite el complejo de inferioridad. Me dirijo a la salida perdiendo el tiempo mirando chucherías en los estantes. Me entero, por otro espejo, que el joven admirador me sigue a distancia. Lo miro, vuelvo a sonreírle para darle coraje, pero él vuelve a hacerse el bobo. Definitivamente este cretino debe ser un tímido sexual, o un “ye-ye”. Lo olvido.

Los clientes empiezan a evacuar el almacén. El parlante ha dado el pre-aviso de que se va a cerrar. Como no tengo afán de irme, gozo estos minutos de calor, rezagado, embelesado. Ahora la melodía de despedida está a cargo de Lucho Gatica. La voz del administrador, muy amable, agradece nuestra visita, y hasta mañana. Nos ha dicho “distinguida clientela”. Qué tal si supiera que soy un escritor. Hasta me haría un saludo por el micrófono y pondría el Himno Nacional. Eso se pierde el Ley por tener un administrador tan bruto.

¡Pero esto es el colmo! Mi joven admirador sigue detrás como una sombra. Diablos, todo te lo perdono menos que me hagas objeto de un amor platónico. Eso jamás. Ya no le sonrío para evitar ambigüedades, quizás me está confundiendo con un “ye-ye”. Para zafarme de este incómodo admirador, o seductor, franqueo la reja de metal que el portero levanta para mí.

Antes de perderme en la multitud, oigo a mis espaldas este diálogo entre el portero y el joven de gafas: Portero: bueno, esto se terminó. ¿Qué tal se portaron hoy los ladrones?

Joven de gafas (fulminándome por la espalda): pescamos algunos, pero otros se quedaron con la gana, como ese…

Dios mío, “ese” soy yo, en qué lío me estaba metiendo… Así que eras un cochino detective. Y yo que te tomaba por un lánguido intelectual, un delicado admirador de las bellas artes.

Muy decepcionado por la incomprensión humana me confundo entre los peatones de la Séptima, y me dirijo al sur, vía Avianca. Sigue el anonimato, todo pasa como si yo no existiera, como si no hubiera publicado hoy un libro. Es desolador. Definitivamente la literatura es una porquería. La dejaré y me dedicaré a vendedor de “pomada milagrosa” en la plaza de mercado. O marihuana, lo mismo da. Este suplicio de escribir es absurdo. La vida se va en palabras, y las palabras, al fin de cuentas, no son nada, sólo palabras…

Bajo por la avenida Jiménez hasta la librería Buchholz a ver si exhibieron mi libro en la vitrina. Qué alegría, allá está. La portada luce maravillosa: esa mujer desnuda acostada como una colina en la noche, o como una duna en el desierto. Y a su lado, esa manzana roja fulgurante, la manzana del paraíso. La combinación de estos objetos es fulminante, atrapa la mirada. Da ganas de comprar el libro para acariciar la portada (no la mujer de la portada). ¿Y qué otra cosa fuera de estos símbolos de una Eva negra y una manzana roja podrían ser más representativos de la silla eléctrica? El sentido es perfecto. Estoy orgulloso de mi libro, a pesar del silencio y la indiferencia en que ha caído.

No importa, de todos modos yo soy más un vividor que un escritor. Por eso escribí en la contraportada esta definición de mí mismo que ahora puedo leer a través del vidrio: “Pertenezco más a la vida que a la literatura, y a la hora del juicio final me gustará más encontrarme con las mujeres que amé, que con los libros que escribí”.

Una pareja se acerca a contemplar la vitrina. Me pongo unas gafas oscuras para camuflar mi identidad y no piensen que soy narcisista. Sería estupendo que se pusieran a hablar mal de mí. Pero no dicen nada, pasan una mirada virgen a través del vidrio, sin romperlo ni mancharlo, sin un comentario. Si no tienen nada qué decirse es porque son casados. ¿Qué clase de gente es ésta? Miro la mujer: es gorda, y huele a sudor de matiné doble. El tipo huele a su mujer. Al fin dice:

—¿Te gustan las novelas?

—Las novelas no, pero las radionovelas me privan, sobre todo las de Palmolive —dice la gorda.

—¿Ves la mujer desnuda, allá al fondo? —dice el marido.

—No mires vulgaridades, cochino, ¿o es que te estás volviendo comunista? Vámonos de aquí. La gorda aleja al marido del peligro, arrastrándolo del saco. Esta gente es de la que llora con “Lágrimas de una madre”, y con las cuñas de Saúl García en la televisión. Y además, deben sentirse orgullosos de ser colombianos. Gracias a Dios este par de vacas nunca leerán mi libro.

Decido volver a casa, qué diablos. Después de todo, ¿por qué tendrían que admirarme estos imbéciles?

Al cruzar por la plaza de las Nieves encuentro un viejo condiscípulo de la Universidad de Antioquia. Recuerdo que se ganaba los premios de oratoria. Ahora es senador. Un verdadero talento con paraguas. Aunque no nos veíamos hace diez años me reconoció, y en qué líos se metió para abrazarme con paraguas, libros, abrigo de senador, etc. Un corazón de oro con garganta de ruiseñor. Está feliz de verme. Lo malo es que el espíritu no progresa impunemente, y mi camarada me sofoca con sus abrazos de un verdadero “peso pesado”. Un Casius Clay del parlamento.

Por fortuna se le cayó el paraguas y me libré de su efusión antes del knock, lo que aproveché para despedirme.

—Bueno, camarada, adiós, me alegro por tus triunfos.

—Ah, no, este encuentro hay que celebrarlo, no faltaba más —dice “Demóstenes” arrastrándome imperiosamente a un “Monte Blanco”.

Nos instalamos y hablamos vaguedades. Por desgracia olvidé su nombre. Para obviar esta mala jugada de la memoria le digo “camarada”, lo que precipita su protesta: “no me digas camarada, eso ofende mi dignidad goda, ¿ya no recuerdas?”.

A partir de entonces le dije “senador”, lo que parecía encantarle. Pedí un modesto café. “Demóstenes”, que venía muy agotado del parlamento, se devoró un bistec a caballo con una leche malteada. Come como un antropófago. Hace una pausa para preguntarme qué hago en Bogotá y en la vida. Esto me sorprende, pues me parecía evidente que sabía mi profesión de escritor. Un poco desolado y rabioso, contesto:

—Escribo… acabo de publicar un libro.

—Así que escribes cositas… Ah, este Gonzalo siempre tan loco… Pero ¿en qué trabajas, qué haces?

—Pues no hago nada más, senador.

—Diablos, ¿así que estás varado?

—Más o menos… –—¿Qué más podía decirle a este cerdo?…

—Te ayudaré, no faltaba más —dice “Demóstenes” sacando una tarjeta de su billetera—, es mi dirección, pasa a verme uno de estos días.

No digo nada. Como “Demóstenes” es de los tipos que habla por hablar, me sale con esta barbaridad:

—Y, ¿qué hay de tu señora madre?

—Está muy bien, supongo… hace diez años murió.

—¡Oh, nooo! Qué sensible desgracia, amigo Gonzalo, te doy mi más jubiloso pésame.

—Gracias, senador…

—Bueno, ahí tienes mi dirección. Pasa por mi oficina si me necesitas. Ahora me perdonas pero debo irme. Esta noche tengo una comida en la embajada de España.

Como “Demóstenes” tiene muy buena memoria para los discursos, y estaba tan conmovido con la muerte de mi madre, se fue sin pagar la cuenta. Pago el bisteck del senador, y tomo un taxi para el monasterio. Al fin solo. Tengo ganas de llorar o de pegarme un tiro. En vista de que no tengo revólver, me meto en la cama con una botella de aguardiente, y abro la ventana. Me sirvo un trago y digo en dirección a la noche: “por ti, pobre alma mía”.

Este “Día de gloria” ha terminado y no pasó nada. Ahora me emborracho. Mañana empezaré un nuevo libro, o tal vez no. Lo mejor sería hacer nada y después morir.

Afuera todo es silencio, y por mi ventana entran las estrellas y los zancudos.

 

 

 

 


 

 

 

 

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Acerca del autor: Gonzalo Arango Arias fue un escritor, poeta y periodista colombiano. En 1958 fundó en compañía de otros poetas, el nadaísmo, movimiento de vanguardia de repercusión nacional, que intentó romper con la Academia de la Lengua, la literatura y la moral tradicional.

*Texto es tomado del libro Última página (Medellín, Universidad de Antioquia, 2000, pp. 118-123).

 

 

 

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