Obra destacada: Serie “Dibujos”, Fernando Molina

 

 

Por Óscar Godoy Barbosa* · Fuente : Le Monde DIplomatique (Edición Colombia) 

 

 

La literatura predominante por décadas en el país, guardó silencio ante sus conflictos. ¿Perdurará esta constante en tiempos de cambio y vientos de paz?

 

La literatura colombiana del siglo XXI está registrando una verdadera “explosión demográfica” de obras publicadas, con una marcada predominancia de la novela como género favorito de autores, editores y lectores, aunque con una presencia vigorosa del cuento y la poesía.

 

Para el crítico literario y escritor colombiano Isaías Peña Gutiérrez, quien ha hecho un seguimiento permanente del fenómeno literario en el país y en América Latina desde los años 70, resulta sorprendente esta dinámica registrada en los últimos años, en comparación con el comportamiento registrado a lo largo del siglo XX.  “A partir del año 2000, y en especial en lo que va de esta segunda década del siglo, los autores le perdieron el miedo a publicar novelas. Periodistas, artistas, personas con diferentes perfiles laborales y profesionales, literatos, docentes, egresados de los nuevos programas de pregrado y posgrado en creación literaria que hoy ofrecen algunas universidades del país, y autores formados en los múltiples talleres de escritura que sesionan en todo el país, entre otros, no solo están incursionando en el oficio de la escritura literaria sino que se animan a publicar. Esto explica la abundancia de lanzamientos de nuevas obras que registramos casi cada semana, una dinámica inédita en la tradición literaria colombiana”, anota Peña Gutiérrez.

 

En este dinamismo confluyen distintos factores. En primer lugar, la presencia de un grupo numeroso de escritores que empezaron a publicar en los años 70’s y 80’s, y aún hoy mantienen activas sus carreras literarias, con publicaciones frecuentes y reconocimientos dentro y fuera del país. De este grupo cabe mencionar a Evelio José Rosero, Roberto Burgos Cantor, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Luis Fayad, Rodrigo Parra Sandoval, Jorge Eliécer Pardo, Benhur Sánchez, Ramón Ilian Bacca, Harold Kremer y Tomás González, entre otros, que gozan del reconocimiento de los lectores y se mantienen en el esfuerzo de consolidar sus carreras literarias. A ese primer grupo se agrega una vigorosa generación de autores que ocupó la escena literaria durante el cambio de siglo, pues empezaron a publicar en los años 90’s y en la primera década del nuevo siglo, con éxito editorial, reconocimiento del público y premios obtenidos en prestigiosos concursos literarios nacionales  e internacionales. Entre ellos cabe mencionar a Hugo Chaparro Valderrama, Piedad Bonnett, Philip Potdevin, Héctor Abad Faciolince, Laura García, Santiago Gamboa, Yolanda Reyes, Jorge Franco Ramos, Mario Mendoza, Pedro Badrán, Nahum Montt, Octavio Escobar Giraldo, Gustavo Bolívar, Efraím Medina Reyes, Antonio García Ángel, Pablo Montoya, Juan Esteban Constaín, Ricardo Silva Romero, Juan Álvarez, Rafael Baena y Juan Gabriel Vásquez, entre otros, la mayoría de los cuales muestran una consistencia en su labor de escritura y publicación de nuevas obras.  Y un tercer grupo sería el de los autores que publicaron sus primeras obras en la segunda década del nuevo siglo y empiezan a ganarse un espacio en este panorama. De este hacen parte escritores como Daniel Ferreira, Pilar Quintana, Andrés Mauricio Muñóz, Juan Cárdenas, Alejandra Jaramillo, David Betancourt, Marta Orrantia, Daniel Ángel y Andrés Felipe Solano, sin mencionar al gran número de autores que desde todas las edades y procedencias, como se señaló al principio, se están sumando día a día al mercado editorial.

 

La anterior enumeración, que necesariamente resulta incompleta, da cuenta de no menos de 40 autores reconocidos y activos, con presencia constante en el mercado a instancias de las casas editoriales, cifra que sumada a los numerosos autores que cada día surgen en el medio, habla muy bien de la vitalidad de una literatura.  Para Peña Gutiérrez, tres fenómenos del sector editorial han contribuido a consolidar esta dinámica: en primer lugar, la presencia de unas casas editoriales de capital nacional o multinacional, que mantienen dentro de su oferta líneas de publicación de literatura, con un grupo numeroso de escritores a quienes publican con regularidad; en segundo lugar, la creciente participación de un grupo de editoriales independientes, que en los últimos años le han apostado y se muestran dispuestas a correr riesgos con los nuevos autores, o con autores de menor reconocimiento, y en tercer lugar, los avances alcanzados en tecnologías de impresión que permiten publicar libros a bajo costo y en tirajes pequeños, fenómeno que motiva a muchos nuevos escritores.

 

¿Espejismo?

 

Pero la vitalidad de la literatura colombiana no puede medirse solamente en cifras. Como anota Peña Gutiérrez, “lo positivo de esto que está pasando es que llevábamos varias décadas quejándonos de que el país no lee, o lee muy poco, y esta dinámica indicaría que algo está cambiando. Tiene que haber subido el índice de lectura para que hoy existan tantas publicaciones. La otra cara de la moneda sería que esto sea un espejismo, una salida en falso, que la literatura que se está escribiendo se mantenga dentro de ciertos cánones y parámetros ya agotados, que no se esté registrando una evolución en el arte literario que hoy se escribe en Colombia. Se evidencian algunas búsquedas y avances en subgéneros como el negro o policiaco, en lo erótico-grotesco, en lo fantástico, en el manejo del humor y la ironía como fórmulas para sobrepasar ese realismo que nos marcó tanto, pero habría que preguntarse si esto significa un verdadero paso adelante para nuestra literatura en su conjunto”.

 

Al respecto, el escritor Roberto Burgos Cantor, director de los programas de pregrado y posgrado en Creación literaria de la Universidad Central, tiene una mirada optimista. Según él, en la actual literatura colombiana “es perceptible un momento de renovación que seguramente empezó a finales del siglo XX y ha ido avanzando. Se aprecia una renovacion en las temáticas y una busqueda de nuevas formas de la novela, pues se han sacudido los viejos moldes, la manera de tratar la selva, el campo, la urbe, las manifestaciones de la violencia, y todo esto habla de la vitalidad de nuestra literatura. Ya se entiende que no son miradas generales, sino que hay específicos que determinan la contemporaneidad de esos relatos. Hay cada vez más atrevimiento, más indagación, más exploración, más riesgo, y a partir de eso es facil observar cómo no solo las novelas sino también el cuento y la poesía, emprenden distintas búsquedas, distintas aventuras, y comienzan a crear vasos comunicantes, que es lo que en definitiva hace una literatura”.

 

Según Burgos Cantor, dentro de este panorama vale la pena señalar algunas  líneas temáticas que podrían estar llevando a una renovación, como la de un grupo de novelas contextualizadas en momentos determinantes de la historia del país (la guerra de los mil días, de 1899 a 1902; el estallido social del 9 de abril de 1948; la toma y retoma del Palacio de Justicia, en 1985, o la violencia de mediados y de finales del siglo XX, entre otros). “En esta línea, el interés nace de la manera como los escritores ubican sus ficciones en la historia, sin los esquemas maniqueos de la novela anterior sobre la violencia. Se tiende más a comprender lo no visto, lo fortuito, el azar, y por supuesto, el absurdo. Es una narrativa cercana a lo contemporáneo, en la cual la realidad ha sido consultada por el novelista, no para desentenderse de ella sino para no afectar la verosimilitud de lo que narra”, anota Burgos Cantor, para quien también resultan de interés las obras de temáticas renovadoras, como aquellas que intentan responder al cambio tecnológico y humano que produce la incorporación de nuevas tecnologías en la sociedad, y aquella que “explora la fusión de formas en busca de formas nuevas: la crónica, la carta, el diario, el hipertexto, todo eso fundido permite el hallazgo de nuevas expresiones”.

 

¿Y la crítica?

 

Tanto Burgos Cantor como Peña Gutiérrez coinciden en señalar la debilidad, o casi la ausencia, de una crítica que de cuenta de las obras que se están escribiendo, que defina tendencias, generaciones, líneas temáticas, oriente a los lectores y les de elementos para ubicarse en este panorama. “Resulta preocupante la falta de un equipo crítico o periodístico que esté registrando este fenómeno de manera permanente en prensa o revistas. En la prensa de hoy existen muy pocos espacios de registro, de información básica sobre las nuevas obras que salen al mercado, y mucho menos existen espacios especializados donde puedan hacerse diagnósticos o miradas más profundas sobre lo que está ocurriendo”, señala Peña Gutiérrez.

 

Para Burgos Cantor, “se echa de menos, y podría ser un asunto de vieja data,  la ausencia de una crítica que participe de los procesos, de la misma manera como en el cine, que semana a semana está discutiendo con sus espectadores sobre las películas que están en las salas o en la televisión. Probablemente hubo un momento en que esta labor se dejó en manos de un sector del periodismo, el gacetillero, el redactor de sociales, para que diera cuenta de la buena noticia de una novela, el libro de cuentos, el de poemas. No es un fenómeno nuevo, pues cuando se estudia la manera como fue vista la poesía colombiana, hay trabajos serios como el del profesor David Jiménez Panesso, en los que es observable que la construcción del discurso crítico, ante la ausencia de la crítica, la hacían los mismos poetas. En la narrativa ha ocurrido otro tanto: casi siempre el autor se vio abocado a una busqueda tremenda, generalmente esteril, cuando necesitaba que presentaran sus libros, o se escribiera una contratapa, una crónica, una reseña. Hoy es observable que la academia universitaria se acerca con mayor interés al hecho literario. Hay personas dedicadas a intentar ponernos al día en estos asuntos, pero se echa de menos esa labor casi cotidiana”.

 

Lo que llama la atención es que el gran dinamismo registrado al comienzo de esta nota se esté dando en un país donde la crítica parece reducida al impulso  de algunos periodistas que lo hacen de manera espontánea, no sistemática, en medios de comunicación masiva que rara vez cuentan con columnas o suplementos literarios; a las publicaciones universitarias, de reducido cubrimiento, a las redes sociales y a algunas páginas web y blogs con públicos muy específicos. Se escribe mucho, los libros circulan, empieza a crecer la oferta de libros virtuales, existe una actividad casi frenética de presentación de libros y autores en librerías y escenarios culturales de muchas ciudades del país, todo esto a pesar de que la crítica no alcanza a dar cuenta de la vitalidad actual de la literatura colombiana.

 

 

 


 

 

* Escritor, periodista, docente de creación literaria.

 

 


 

 

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*Artículo publicado bajo autorización del periódico Le Monde Diplomatique, edición Colombia Nº 168

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