Imagen destacada: Bohumil Hrabal 1988, foto Hana Hamplová

 

“El escritor que no ha torturado sus frases tortura al lector.”
“La revolución absoluta es el tema predilecto de los que ni siquiera se atreven a protestar cuando los pisan”.
Escolios, Nicolás Gómez Dávila

 

 

Por Alfredo Motato* · Fuente: Le Monde Diplomatique (Colombia)

 

Escribir sobre la vida y obra del checo Bohumil Hrabal (28 de marzo de 1914, Brno – 3 de febrero de 1997, Praga) significa discurrir por los complejos caminos y sentidos del ser humano en su máxima expresión. Es ahondar en el hombre que expresa su sentir e inconformidad ante los sistemas totalitarios, por medio de palabras e imágenes depuradas con una precisión artística. Igualmente, es esa posibilidad de leer y leernos como occidentales, humanos y pertenecientes a un siglo XX que semejante al tango “Cambalache” es problemático y febril y además “es un despliegue / de maldad insolente/ ya no hay quien lo niegue”. Un hombre digno y fiel a sus ideales que se enfrenta con sus obras al tirano. Una creación que traspasa fronteras y nos pone ante el espejo del arte. Una expresión artística para la cual no existe el tiempo de los hombres sino el tiempo de la historia, el arte y la totalidad.

 
¿Y cómo lo logra? A través de unas constantes simbólicas que trascienden y socavan la lectura. De hecho, su obra se caracteriza por la fuerte presencia de gatos, agua, fuego, cerveza, el tío Pepín, temores, valentías, alegrías y tristezas de personajes que nos develan lo que somos. Pero más allá de estos elementos paradójicamente hay una fuerte carga de optimismo dentro de un panorama pesimista que controla, censura, manipula. Un rebelde en la perfecta expresión de la palabra, que ama la libertad y lucha por ella. Hrabal no es un intelectual de teorías y retruécanos ideológicos sino un escritor de acciones.

 
Podemos afirmar, que el acto simbólico más valiente e inteligente contra el sistema ruso y toda su parafernalia, lo realizó un hombre en solitario: Bohumil Hrabal, en Praga, un primero de mayo, ante miles de personas, que veían desfilar el ejército estalinista. Una performance en tres momentos:

 

Primer acto. “Es el día primero de mayo, a principios de los años cincuenta. La pequeña ciudad de Nymburk –como todos los pueblos y todas las ciudades de esa parte de Europa que, unos años atrás, se convirtieron en comunistas– celebra la Fiesta del Trabajo […]
Segundo acto. “[…] y entonces, de repente, un extraño caos se introduce en el orden rígido de las filas, las muchedumbres susurran, señalan algo con el dedo, sonríen, los niños y los estudiantes se tronchan de risa y dan saltos para ver mejor: de una bocacalle acaba de salir un hombre vestido con una camisa de cuadros, un mono y un casco de obrero; del extremo de un largo palo, que lleva apoyado en el hombro, cuelga un cubo que desprende un insoportable hedor a excrementos: el hombre está limpiando el pozo de la letrina y se lleva la porquería […]”
Tercer acto. “El hombre que cada año, el día primero de mayo, limpia el pozo negro de la letrina y luego lleva los excrementos nauseabundos en un cubo al campo es Bohumil Hrabal” (Zgustova).

 

Ya no había un rey como en el cuento “El traje nuevo del rey” de Hans Christian Andersen, con su traje invisible, sino un sistema que invadió y prometió la igualdad; ya no hubo un niño sino un artista que declaró la verdad; no hubo traje sino un cubo de excrementos humanos; ya no hubo risa sino repugnancia mientras que el público fue el mismo: silencioso, sumiso y resignado. Este es el escritor que, en la plenitud de su libertad, le expresa al opresor un veredicto colectivo de rechazo total.

 
Cuál es la mejor forma de actuar dentro de un escenario inventado e impuesto por un sistema? La respuesta es el hecho simbólico. Y, evidentemente, lo dijo en principio con mensajes claros, luego lo hizo con acciones que le costaron la censura y luego logró gritarlo no con párrafos sino con actos que muchos no entendieron. Sin embargo, aquellos que sí captaron el mensaje por fin vieron hasta qué punto la mentira se mantenía y de qué forma la obediencia es una constante de aquellos que en su revolución absoluta no se atrevieron a levantar su voz cuando los pisotearon. En otras palabras, ridiculizó a los anarco-obedientes y/o a los revolucionarios-sumisos que para ser sensatos son los mismos. Así, Bohumil Hrabal es sinónimo de ese acto tan difícil que se denomina ser consecuente: decir, hacer y simbolizar de forma simultánea.

 
Ante tales circunstancias, nos encontramos con un escritor que crea una literatura de una calidad límpida, seria, madura y depurada, sin caer en la superficialidad de muchos contemporáneos serviles al sistema. Una obra que se fermentó en las tabernas, las calles, el diálogo de los borrachos, la gente pobre y miserable y las prostitutas. Aquí no hay idealizaciones sino realidades crudas de hombres, mujeres, niños, familias y la sociedad en general. Un mundo en blanco y negro, sin los colores que maquillen sino, por el contrario, palabras que desarman esa “verdad” impuesta. Locos y cuerdos vagan por las novelas desde las tabernas, siderúrgicas, cervecerías, marinos, mujerzuelas e intelectuales que el régimen mandó trabajar en alcantarillas mientras que el Estado logró detener el tiempo incluso en una ciudad, un país y una ideología. Por ello, abundan bebedores que hablan, hablan y luego hacen catarsis de sus penas entre trago y trago. Sin embargo, existe un toque mágico en Hrabal que hace que sus obras tengan un tono único: el humor ácido, cáustico y mordaz.

 
Novelas biográficas y/o biografías noveladas de un Bohumil Hrabal que admiró al tío Pepín y del cual escribe las remembranzas de sus peripecias en el día a día. De este tío-personaje que poco a poco, en medio de su locura, dice verdades a rajatabla, y que obligatoriamente nos remiten a la inocencia de Sancho Panza y la locura de Don Quijote. Por ejemplo, Hrabal en cada época de su cambiante actividad laboral encuentra material para escribir sus bellas novelas. En un principio inicia una historia en primera persona, en la que el autor usa la voz de su tío Pepín, para contar las aventuras y desventuras (amorosas, sobre todo) que éste vivió bajo el poder de los Habsburgo y para ello escribe una jocosa obra ya no del joven Werther sino “Las desventuras del viejo Werther” (1) (1949). Cuando trabajó como ferroviario produjo la obra “Trenes rigurosamente vigilados” (2) (1964) en donde la ironía, el humor y la condena contra los invasores son de una excelente escritura. Un jefe ferroviario y las palomas nos muestra una imagen risible y ridícula, al igual que la seducida Zdenicka cuando muestra a la policía las nalgas con todos los sellos que le puso su amante en un acto de pasión y la cual inmediatamente es llevada a la estación por conspiración contra el sistema, o los actos de Milos nos dejan ante un absurdo camusiano que no tiene límites. De sus nostalgias de la niñez y el papel del padre y su mundo de la infancia publica “Yo serví al rey de Inglaterra” (3) (1971) donde Jan Dítě asciende socialmente y vive su mundo cual lazarillo de Tormes hasta que llega a casarse y logra comprar un burdel para converstirse en un hombre adinerado, pero llega el sistema comunista y todo lo arruina. De su amistad con el pintor Vladimír Boudník escribe “Tierno bárbaro” (1973) como un homenaje a un hombre que le enseñó las vanguardias artísticas del siglo XX y que se suicidó en diciembre de 1968, pocos meses después de que los tanques soviéticos ocuparan las calles de Praga. O sea, nos encontramos ante una novela que ahonda en el fenómeno estético entre los latidos del corazón del pintor. Cuando ocupó el trabajo como triturador y/o prensador de papel publicó “Una soledad demasiado ruidosa” (4) (1977) en la cual se entrecruzan reflexiones de corte filosófico sobre una pregunta ¿Qué y por qué buscamos crear una obra artística? Igualmente, evoca la soledad voluntaria y anhelada, como una posibilidad de descender en el universo literario. Cuando recuerda su familia y cómo llegó la invasión alemana y el comunismo a Checoslovaquia entonces nace “La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo” (5) (1978), en la cual pone de manifiesto que el hombre solo está sumido al vaivén de la historia. No hay escapatoria y ante tal determinación el baile es una excusa para huir, sin importar con quien se haga. Todas estas obras están fuertemente influidas por el entorno, la realidad que viven los checos, el absurdo como parte del control estatal, el humor sutil y crudo de la familia de Bohumil que limita con la tragicomedia, la contundente nostalgia y esa rara desolación con tintes melancólicos.

 
Ya en 2016 aparece “Mi gato Auticko” donde hay una narración dura y definitiva frente al amor por los animales. El autor nos entrega una cadencia de imágenes humanas de los gatos y la obra entra en sensibilidad por el otro; pero luego nos arroja en un ámbito bárbaro y cruel que nos enfrenta, desde el padecimiento y los vejámenes de los gatos, a las múltiples atrocidades del hombre contra el hombre. Gatos y hombres ante un Hrabal protagonista que es y no es el autor de la obra. Por tanto, el escritor se autorepresenta como si él fuera el perverso sistema que tanto combatió.

 
Desde tal panorama cada obra de Hrabal es una nueva posibilidad de lectura. Es un nuevo Hrabal cambiante como sus trabajos. Un caleidoscopio de estructuras, narraciones, temas, estilos y temáticas que lo hacen único. Con justa razón Monika Zgustova dice con conocimiento de causa: “Quiso ir más allá de Kafka, más allá de Joyce, más allá de Proust… y más allá de sí mismo. Por eso siempre que lo leemos nos parece tan novedoso. Cada libro suyo es distinto a los demás. Hrabal es un collage de humor, de tragedia y de vitalidad”. Una tragedia que conlleva cada ser humano y que en sus detalles parece una comedia de la cual él nos acerca y nos hace sufrir y reir a la vez. Toda su obra es como el tío Pepín: loca y cuerda, espontánea y metódica. Tal cual es, tierno y bárbaro.

 
Finalmente, la narrativa hrabaliana logra transformar los sentidos por medio de la palabra para llevarnos por el infierno. Ese infierno cercano a la cotidianidad de aquellos hombres “sencillos” de la calle y la taberna. Por tanto, los personajes: Tío Pepín, Hrabal como protagonista, su padre y amigos son análogamente a los “Pablo Pueblo” de un Rubén Blades:

 

“Pablo Pueblo:
hijo del grito y la calle,
de la miseria y el hambre,
del callejón y la pena.
Pablo Pueblo:
su alimento es la esperanza,
su paso no lleva prisa,
su sombra nunca lo alcanza […]”

 

En consecuencia y acorde con su ideología, escritura, visión de mundo, concepto de revolución y libertad no hay personajes intelectuales de alto vuelo. Al contrario, Hrabal ve la intelectualidad en la experiencia, la vida con sus aciertos y desaciertos y no en los modelos que la teoría propone e impone. O sea, para lograr la universalidad consiguió ser auténtico sin ir más lejos que su entorno. Su mirada del ser humano es desde esa sencillez que esconde la complejidad y la oscuridad y su expresión discursiva a través de los personajes es “humilde”; sin embargo, él mismo nos recuerda que siempre en lo más sencillo es donde habita la complejidad, la vida, la filosofía y la razón de la misma existencia. Incluso, hasta el final de sus días, su muerte es un acto simbólico por leerse en detalle: dijeron que se había caído de un sexto piso del hospital, cuando intentaba darle de comer a las palomas que estaban en la ventana. Pero, en realidad, el escritor checo y universal se lanzó por la ventana haciendo otra de sus consabidas acciones simbólicas, ya no el 1 de mayo, como en 1950, sino el 3 de febrero de 1997.

 

 

 

 


 

 

1. La versión de esta obra se encuentra en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Editorial Península. Narrativa. Nº53, traducción de María García Barris.
2. La versión de esta novela se encuentra en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Editora Santiago, Santiago de Chile, 1969, trad. Elisabeth Reimann de Rivas. La obra en su versión original tiene un defecto: se omiten las páginas 15 y 16. Para los interesados en Hrabal pueden ver la película “Trenes rigurosamente vigilados” (Ostre Sledovane Vlaky) Jiří Menzel. 1966. (galardonada conel Oscar la mejor película extranjera, 1966. http://www.youtube.com/watch?v=bQSBDMesnuk
3. En el año 2006 se entrenó la película checa “Yo serví al rey de Inglaterra” dirigida nuevamente por Jiří Menzel, el mismo que 40 años atrás realizó la película “Trenes rigurosamente vigilados”.
4. Una soledad demasiado ruidosa, traducción de Monika Zgustova. Primera edición mayo de 2012.
5. La traducción de esta obra también estuvo a cargo de Monika Zgustova, la persona más cercana a Hrabal y de ahí nace su bella biografía Los frutos amargos del jardín de las delicias Editorial Galaxia Gutenberg, Círculo de Lectores. Primera edición 1997; en español aparece en el 2014.

 

 


 

 

*Acerca del autor: Docente Colegio Alemán de Cali

 

 


 

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*Artículo publicado bajo autorización del periódico Le Monde Diplomatique, edición Colombia Nº 168

 

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