Foto: Mario Vargas Llosa recibiendo a Gabo en el aeropuerto en 1967

 

A propósito de los 50 años de la primera publicación de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, compartimos este artículo de Mario Vargas Llosa, quien dice haberlo escrito después de haberse leído la novela en el año 1967. “Para mi, leerme Cien años de soledad fue una experiencia deslumbrante”, dice Vargas Llosa. Él mismo que, cuatro años más tarde (1971), publica el libro: García Márquez, Historia de un deicidio.

 


 

Por Mario Vargas Llosa*

 

La aparición de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, constituye un acontecimiento literario de excepción: con su presencia luciferina esta novela que tiene el mérito poco común de ser, simultáneamente, tradicional y moderna, americana y universal, volatiliza las lúgubres afirmaciones según las cuales la novela es un género agotado y en proceso de extinción. Además de escribir un libro admirable, García Márquez –sin proponérselo, acaso sin saberlo– ha conseguido restaurar una filiación narrativa interrumpida hace siglos, resucitar la noción ancha, generosa y magnífica del realismo literario que tuvieron los fundadores del género novelístico en la Edad Media. Gracias a Cien años de soledad se consolida más firmemente el prestigio alcanzado por la novela americana en los últimos años y esta asciende todavía a una cima más alta.

 

Un colombiano trotamundos

 

¿Quién es el autor de esta hazaña? Un colombiano de treinta y nueve años, nacido en Aracataca, un pueblecito de la costa que conoció a principios de siglo la fiebre, el auge del banano, y luego el derrumbe económico, el éxodo de sus habitantes, la muerte lenta y sofocante de las aldeas del trópico. De niño, García Márquez escuchó, de labios de su abuela, las leyendas, las fábulas, las prestigiosas mentiras con que la imaginación popular evocaba el antiguo esplendor de la región, y revivió, junto a su abuelo, un veterano de las guerras civiles, los episodios más explosivos y sangrientos de la violencia colombiana. El abuelo murió cuando él tenía 8 años. “Desde entonces no me ha pasado nada interesante”, declaró hace poco a un periodista. Le ocurrieron muchas, sin embargo: fue periodista en Bogotá; en 1954, El Espectador lo envió a Italia a cubrir la muerte de Pío XII, y como esta defunción demoró varios años, se las arregló para estudiar cine en Roma y viajar por toda Europa. Un día quedó varado en París, sin trabajo y sin dinero; allí, en un pequeño hotel del Barrio Latino, donde vivía de fiado, escribió once veces una obra breve y maestra: El coronel no tiene quien le escriba. Antes había terminado una novela que estuvo olvidada en el fondo de una maleta, sujeta con una corbata de colores, apolillándose, hasta que unos amigos la descubrieron y llevaron a la imprenta. En 1956 regresó fugazmente a Colombia, para casarse con una bella muchacha de rasgos egipcios llamada Mercedes, y pasó luego a Venezuela donde estuvo dos años trabajando en revistas y periódicos. En 1959 abrió la oficina de Prensa Latina en Bogotá, y al año siguiente fue corresponsal en Nueva York de esta agencia cubana. En 1960 hizo un viaje homérico por el Deep South, con los libros de Faulkner bajo el brazo. “Volver a oír hablar castellano y la comida caliente nos decidieron a quedarnos en México”. Desde entonces, hasta este año ha vivido en la capital mexicana escribiendo guiones cinematográficos. Su tercer y cuarto libros, Los funerales de la Mamá Grande y La Mala Hora aparecieron en 1962, al mismo tiempo que la editorial Julliard lanzaba en París la versión francesa de El coronel no tiene quien le escriba.

 

Un día de 1965, cuando viajaba de la ciudad de México a Acapulco, García Márquez “vio”, de pronto, la novela que venía trabajando mentalmente desde que era un adolescente. “La tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa”, confesó. Se encerró entonces en su escritorio, provisto de grandes reservas de papel y cigarrillos, y ordenó que no se lo molestara con ningún motivo durante seis meses. En realidad, estuvo 18 meses amurallado en esa habitación de su casa. Cuando salió de allí, eufórico, intoxicado de nicotina, al borde del colapso físico, tenía un manuscrito de 1.300 cuartillas (y una deuda casera de 10 mil dólares). En el canasto de papeles quedaban unas cinco mil cuartillas desechadas. Había trabajado durante un año y medio, a un ritmo de ocho horas diarias. Cuando Cien años de soledad apareció editada [Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Editorial Sudamericana, 1967, Buenos Aires], unos meses más tarde, un público voraz que agotó veinte mil ejemplares en pocas semanas, y una crítica unánimemente entusiasta, confirmaron lo que habían proclamado los primeros lectores del manuscrito: que la más alta creación literaria de los últimos años acababa de nacer.

 

La emancipación de los demonios

 

Cien años de soledad prolonga y magnifica el mundo imaginario erigido por los cuatro primeros libros de García Márquez, pero significa también una ruptura, un cambio cualitativo de esa realidad seca y áspera, asfixiante, donde transcurren las historias de La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La Mala Hora y Los funerales de la Mamá Grande. En la primera novela, este mundo aparecía descrito como pura subjetividad, a través de los monólogos torturados y fúnebres de unos personajes sonámbulos a los que una borrosa fatalidad persigue, incomunica y precipita en la tragedia. Macondo era todavía, como el condado de Yoknapatawpha de Faulkner, como el puerto de Santa María de Onetti, un territorio mental, una proyección de la conciencia culpable del hombre, una patria metafísica. En los libros siguientes, este mundo desciende de las nebulosas alturas abstractas del espíritu a la geografía y a la historia. El coronel… lo dota de sangre, músculos y huesos; es decir, de un paisaje, de una población, de usos y costumbres, de una tradición, en los que, inesperadamente, se reconocen los motivos más recurrentes del costumbrismo y criollismo americanos, pero utilizados en un sentido radicalmente nuevo: no como valores sino como desvalores, no como pretextos para exaltar el “color local”, sino como símbolos de frustración, de ruindad y de miseria. El famoso gallo de lidia que atraviesa, rumboso y encrespado, la peor literatura latinoamericana como apoteósis folklórica, cruza metafóricamente las páginas que describen la agonía moral del coronel que aguarda la imposible cesantía, encarnando la sordidez provinciana y el suave horror cotidiano de América. En Los funerales de la Mamá Grande y en La mala hora, Macondo (o su álter ego, “el pueblo”) adquiere una nueva dimensión: la mágica. Además de ser un recinto dominado por el mal, los zancudos, el calor, la violencia y la pereza vegetal, este mundo es escenario de sucesos inexplicables y extraños: llueven pájaros del cielo; misteriosas ceremonias de hechicería se consuman en el interior de las viviendas de cañabrava; la muerte de una anciana centenaria aglomera en Macondo a personajes procedentes de los cuatro puntos cardinales del planeta; un cura divisa al Judío Errante caminando por las calles de Macondo y conversa con él.

 

Este mundo, pese a su coherencia, a su vitalidad, a su significación simbólica, adolecía de una limitación que hoy descubrimos, retrospectivamente, gracias a Cien años de soledad: su modestia, su brevedad. Todo en él pugnaba por desarrollarse y crecer: hombres, cosas, sentimientos y sueños sugerían más de lo que mostraban, porque una camisa de fuerza verbal recortaba sus movimientos, medía sus apariciones, los atajaba y borraba en el momento mismo que parecían a punto de salir de sí mismos y estallar en una fantasmagoría incontrolable y alucinante. Los críticos (y tenían razón) elogiaban la precisión, la economía, la perfecta eficacia de la prosa de García Márquez, en la que nunca sobrara una palabra, en la que todo estaba dicho con una compacta, terrible sencillez; aplaudían la limpia, ceñida construcción de sus historias, su asombroso poder de síntesis, la tranquila parquedad de sus diálogos, la diabólica facilidad que le permitía armar una tragedia con una exclamación, despachar a un personaje con una frase, resolver una situación con un simple adjetivo. Todo esto era verdad y era admirable y delataba a un escritor original, perfectamente consciente de sus recursos expresivos, que había domesticado a sus demonios y los gobernaba a su antojo. ¿Qué pudo decidir a García Márquez, esta tarde ya lejana entre Acapulco y México, a abrir las jaulas de esos demonios, a entregarse a ellos para que lo arrastrasen a una de las más locas y temerarias aventuras de estos tiempos? La creación es siempre enigmática y sus raíces se pierden en una zona oscura del hombre a la que no podemos acceder por una estricta razón. Nunca sabremos qué misterioso impulso, qué escondida ambición, precipitó a García Márquez en esta empresa gigantesca y riesgosa que se proponía construir un muro de adobes en una muralla china, transformar la apretada concreta aldea de Macondo en un universo, en una Brocelandia de inagotables maravillas. Pero sabemos, en cambio, y eso nos basta, que triunfó su increíble pretensión.

 

Una imaginación temeraria y veraz

 

En Cien años de soledad asistimos, ante todo, a un prodigioso enriquecimiento. La prosa matemática, contenida y funcional, se ha convertido en un estilo de respiración volcánica, en un río poderoso y centelleante capaz de comunicar el movimiento, la gracia, la vida a las más audaces criaturas de la imaginación. Macondo, de este modo, ensancha sus límites físicos, históricos y oníricos hasta un extremo que era difícil prever con la sola lectura de los libros anteriores de García Márquez, a la vez que espiritual y simbólicamente alcanza una profundidad, una complejidad, una variedad de matices y significados que lo convierten en uno de los más vastos y durables mundos literarios forjados por un creador de nuestro tiempo. La imaginación, aquí, ha roto todas sus amarras y galopa, desbocada, febril, vertiginosa, autorizándose todos los excesos, llevándose de encuentro todas las convenciones del realismo naturalista, de la novela psicológica o romántica, hasta delinear en el espacio y el tiempo, con el fuego de la palabra, la vida de Macondo, desde su nacimiento hasta su muerte, sin omitir ninguno de los órdenes o niveles de realidad en que se inscribe: el individual y el colectivo, el legendario y el histórico, el social y el psicológico, el cotidiano y el mítico. Desde que Cervantes –como enseñan los profesores de literatura– clavó un puñal a las novelas de caballería y las mató de ridículo, los novelistas habían aprendido a sujetar su fantasía, a elegir una zona de la realidad como asiento de sus fábulas con exclusión de las otras, a ser modestos y medidos con sus empresas. Y he aquí que un colombiano trotamundos, agresivamente simpático, con una risueña cara de turco, alza sus espaldas desdeñosas, manda a paseo cuatro siglos de pudor narrativo, y hace suyo el ambicioso designio de los anónimos brujos medievales que fundaron el género: competir con la realidad de igual a igual, incorporar a la novela cuanto existe en la conducta, la memoria, la fantasía o las pesadillas de los hombres, hacer de la narración un objeto verbal que refleja el mundo tal y como es: múltiple y oceánico.

 

La ronda de las maravillas

 

Como en los territorios encantados donde cabalgaron Amadís, el Tirante, el Caballero Cifar, el Espliandán y Florisel de Nisea, en Macondo han volado en pedazos las fronteras mezquinas que separan la realidad y la irrealidad, lo posible y lo imposible. Todo puede ocurrir aquí: la desmesura y el exceso constituyen la norma cotidiana: la maravilla y el milagro alimentan la vida humana y son tan veraces y carnales como la guerra y el hambre. Hay alfombras voladoras que pasean a los niños sobre los techos de la ciudad; imanes gigantes que, al pasar por la calle, arrebatan las sartenes, los cubiertos, las ollas y los clavos de las casas; galeones varados en la maleza, a doce kilómetros del mar; una peste de insomnio y de olvido que obliga a los habitantes a marcar cada objeto con su nombre (en la calle central un letrero recuerda: “Dios existe”); gitanos que conocen la muerte pero regresan a la vida porque “no pueden soportar la soledad”: mujeres que levitan y ascienden al cielo en cuerpo y alma; parejas cuyas fornicaciones formidables propagan en torno suyo la fecundidad animal y la feracidad vegetal, y un héroe inspirado directamente en los cruzados de los libros caballerescos que promueve treinta y dos guerras, tiene diecisiete hijos varones en diecisiete mujeres distintas, que son exterminados en una sola noche, escapa a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento, sobrevive a una carga de estrictnina que habría bastado para matar a un caballo, no permite jamás que lo fotografíen y termina sus días, apacible y nonagenario, fabricando pescaditos de oro en un rincón de su casa. Así como García Márquez rinde homenaje público, en su libro, a tres grandes creadores americanos, invitando a Macondo, discretamente, a personajes suyos (al Víctor Hugues de Alejo Carpentier en la página 84, al Lorenzo Gavilán de Carlos Fuentes en la página 254, y al Rocamadour de Julio Cortázar en la página 342), en uno de los episodios más fascinantes de Cien años de soledad –la relación de los levantamientos armados del coronel Aureliano Buendía–, destella una palabra luminosa, que es al mismo tiempo una clave y un desagravio al calumniado Amadía: Neerlandia.

 

Una magia y simbolismo americanos

 

Pero, atención, es preciso que nadie se engañe: Macondo es Brocelandia y no lo es, el coronel Aureliano Buendía se parece al Amadís, pero es memorable porque no es él. La imaginación desenfrenada de García Márquez, su cabalgata por los reinos del delirio, la alucinación y lo insólito, no lo llevan a construir castillos en el aire, espejismos sin raíces en una zona específica, temporal y concreta de la realidad. La grandeza mayor de su libro reside, justamente, en el hecho de que todo en él –las acciones y los escenarios, pero también los símbolos, las visiones, las hechicerías, los presagios y los mitos– está profundamente anclado en la realidad de América Latina, se nutre de ella y, transfigurándola, la refleja de manera certera e implacable. Nada ha sido omitido o disimulado. En los paisajes de Macondo, esta aldea encajonada entre sierras abruptas y ciénagas humosas, desfila toda la naturaleza americana, con sus nieves eternas, sus cordilleras, sus desiertos amarillos, sus lluvias y sus sismos. Un olor a plantaciones de banano infesta el aire del lugar y atrae, primero a aventureros y traficantes sin escrúpulos; luego, a los rapaces emisarios del imperio. Unas pocas páginas y un personaje menor, Mister Brown, que se desplaza en un ostentoso trencito de vidrio, le bastan a García Márquez para describir la explotación colonial de América, y las injusticias, la mugre que engendra. No todo es magia, sueño, fantasía y fiesta erótica en Macondo; un fragor de hostilidades sordas entre poderosos y miserables resuena constantemente tras esas llamaradas, una pugna que a veces (como en un episodio atroz, basado en un hecho real, la matanza de obreros en huelga en la estación de ferrocarril) estalla en una orgía de sangre. Y hay, además, en los desfiladeros y en los páramos de la sierra, esos ejércitos que se buscan y se despedazan interminablemente, esa guerra feroz que diezma a los hombres del país y malogra su destino, como ocurrió (como ocurre todavía) en la historia de Colombia. En la crónica de Macondo aparece, refractada como un rayo de luz en el espectro, la cruel masificación del heroísmo, el sabotaje de las victorias liberales alcanzadas por guerreros como Aureliano Buendía y Gerineldo Márquez por obra de políticos corruptos que, en la remota capital, negocian estos triunfos y los convierten en derrotas. Unos acartonados hombrecillos llegan de cuando en cuando a Macondo, flamantes de ridículo, a inaugurar estatuas y repartir medallas: son los representantes del poder, las pequeñas imposturas animadas que generan una gran impostura institucional. García Márquez los describe con un humor caricatural y sarcástico que llega, incluso, al encarnizamiento. Pero en Cien años de soledad no solo hay una transposición conmovedora del rostro físico, la condición social y la mitología de América; hay, también, y esto era mucho más difícil de trasladar a la ficción, una representación ejemplarmente lúcida y feliz del desamparo moral del hombre americano, un retrato cabal de la alienación que corroe la vida individual, familiar y colectiva en nuestras tierras. La bíblica tribu de los Buendía, esa estirpe obsesiva donde los Aurelianos suceden a los Aurelianos y los Arcadios a los Arcadios, en un juego de espejos inquietante y abrumador –tan parecido, de otro lado, al de esos laberintos genealógicos indescifrables que pueblan las historias de los Amadises y Palmerines–, se reproduce y se extiende en un espacio y tiempo condenados. Su escudo de armas, sus blasones, ostentan una mancha fatídica: la soledad. Todos ellos luchan, aman, se juegan enteros en empresas descabelladas o admirables. El resultado es siempre el mismo: la frustración, la infelicidad. Todos son, tarde o temprano, burlados, humillados, vencidos en las acciones que acometen. Desde el fundador de la dinastía, que nunca encuentra el camino del mar, hasta el último Buendía, que vuela con Macondo, arrebatado por el viento, en el instante mismo que descubre el santo y seña de la sabiduría, todos nacen y mueren sin alcanzar, pese a sus titánicas aptitudes, a sus proezas desmesuradas, la más simple y elemental de las ambiciones humanas: la alegría. En Macondo, esa tierra donde todo es posible, no existen, sin embargo, la solidaridad ni la comunicación entre los hombres. Una tristeza tenaz empaña los actos y los sueños, un sentimiento continuo de fracaso y de catástrofe. ¿Qué ocurre? En la tierra de las maravillas todo está regulado por leyes secretas, invisibles, fatídicas, que escapan al control de los hombres de Macondo, que los mueven y deciden por ellos: nadie es libre. Incluso en sus bacanales, cuando comen y beben pantagruélicamente o estupran como conejos insaciables, no se encuentran a sí mismos ni gozan de veras: cumplen un rito ceremonial cuyo sentido les resulta hermético. ¿No es este el destino trágico en que se traduce, a escala individual, el drama de América Latina? Las grandes lacras que asolan nuestras tierras –la sujeción a una metrópoli extranjera, la prepotencia de las castas locales, la ignorancia, el atraso– ¿no significan acaso esa mutilación de la persona moral, esa falta de identidad, ese sonambulismo hipnótico que envilece todas las manifestaciones de la vida americana? Como cualquiera de los Buendía, los hombres nacen en América, hoy día condenados a vivir la soledad, y a engendrar hijos con colas de cerdo, es decir, monstruos de vida inhumana e irrisoria, que morirán sin realizarse plenamente, cumpliendo un destino que no ha sido elegido por ellos.

En los últimos años, ha aparecido, en distintos lugares de América, una serie de libros que imprimen a la ficción una dignidad, una altura, una originalidad que pone a nuestra literatura en un plano de igualdad con las mejores del mundo. Cien años de soledad es, entre esos libros, uno de los más deslumbrantes y hermosos.

 

 

 


 

 

 

Charla de Vargas Llosa sobre García Márquez (Transmitido en directo por elpaís.com)

 

 


 

 

*Artículo publicado en el libro Sables y utopías: Visiones de América Latina. Mario Vargas Llosa

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Acerca del autor: Jorge Mario Pedro Vargas Llosa. (Arequipa, Perú, 28 de marzo de 1936). Escritor, político y periodista peruano. Premio Nobel de Literatura 2010. Cervantes.es

 

 


 

 

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