Por Periódico Desde Abajo*

 

Leo Löwenthal nace en Fráncfort (1900-1993) en el seno de una familia judía, cuyo padre era médico liberal, ilustrado y hasta irreligioso. Su padre lo introduce tempranamente en lectura de Schopenhauer, Darwin y la ópera. En su adolescencia, se vincula al sionismo, no tanto por su contenido religioso, sino por ser un movimiento de “oposición”. Rompe rápidamente con él, por considerar que la política de asentamiento de la Organización Central era muy injusta respecto a la población campesina árabe en Palestina. Estudia en el Goethe-Gymnasium de su ciudad, con excelentes profesores de literatura, filosofía e historia. Es acuartelado para la guerra como soldado raso. Hacia 1920 hace parte activa de las organizaciones socialistas del ASTA (Unión general de estudiantes) de la Universidad Heidelberg contra grupos reaccionarios. Se desilusiona de la revolución rusa, por no colaborar en la alemana, y luego por los procesos de Moscú (contra los trotskistas particularmente) y el pacto Hitler-Stalin. Se aficiona a las matemáticas, a la filosofía, a la historia, psicología, en fin, pasa por todas las facultades menos por la de medicina. En Heidelberg entra en contacto con Karl Mannheim (autor de Ideología y utopía), Ernst Bloch (de Principio esperanza), Friedrich Gundolf, del círculo del poeta Stephan George. Se consagró intensamente a estudiar el ala izquierda de la Ilustración: Holbach, Helvetius, Lametrie y Diderot.

 

En 1930 se integra al Instituto de Investigaciones Sociales (Institut für Sozialforchung) de la Universidad de Fráncfort que llegó a ser conocido como Escuela de Fráncfort o, coloquialmente en esos años, como “Café Marx”, que empezaba a dirigir Max Horkheimer. Allí emprende sus investigaciones sobre sociología de la literatura. Entra en íntima conexión con Erich Fromm y el psicoanálisis. Por la creciente amenaza nazi, que se cernía en toda Europa, se traslada en 1934 con los miembros del Institut a Estados Unidos, donde la Columbia University de Nueva York. Gracias a este apoyo incondicional, se instala con Horkheimer, Herbert Marcuse, Fromm y Pollock. Llegó a ser el Jefe de redacción de la revista, la hoy legendaria Zeitschrift für Sozialforschung. “Los primeros años del Instituto, por otra parte”, recuerda Löwenthal a finales de los años setenta, “fueron una especie de utopía anticipada: nosotros éramos diferentes y conocíamos mejor el mundo. Trabajábamos a partir de un estilo de pensamiento y de vida que operaba un corte transversal sobre el conjunto de la sociedad… Precisamente lo negativo era lo positivo, aquella conciencia de colaboración, de la negatividad; el análisis implacable de lo existente, hasta donde éramos competentes para llevarlo a cabo, tal es el sentido propio de la teoría crítica”.

 

Löwenthal desarrolló una serie de trabajos sobre la sociología de la literatura como sus Estudios sobre la literatura europea del Renacimiento a la Modernidad, que comprenden tanto a los escritores españoles del Siglo de Oro, como a Shakespeare, Goethe, Ibsen, Stringberg y Hamsun; sus Estudios sobre la novela alemana del siglo XIX, que comprenden los Románticos, la Joven Alemania, Mörike, Freytag, Spilhagen, Meyer y Keller; y muy particularmente sus ensayos sobre Literatura y cultura de masas, del que se traduce aquí uno de ellos, a saber, “Tareas de la sociología de la literatura” (1948). Estos últimos ensayos o estudios revolucionarios en su materia están motivados por un doble condicionamiento: primero, comprender las relaciones de la literatura y la sociedad de masas que él experimentó al llegar a los Estados Unidos y que solo más tarde encontró una extraordinaria interpretación sociológica en La multitud solitaria (1950) de David Riesman; segundo, servir de soporte a la labor docente de la universidad norteamericana. La claridad expositiva como la documentación crítica empírica se convirtió a la postre, en una forma ensayística sobria en sus recursos expresivos y eficaz como método sociológico.

 

Los efectos múltiples del consumo, –de la cultura democrática que muy tempranamente llegó a intuir poderosa y genialmente Tocqueville en el siglo XIX–, sirven de escenario o marco para comprender e iluminar las relaciones complejas, cambiantes y equívocas entre la literatura, –entendida como obra de arte y mercancía–, y la sociedad de prosperidad y derroche. La literatura es un fenómenos social, crecientemente modelado por las mediaciones institucionales de un mercado o casas comerciales que estimulan el tiempo vacío –ocio– de un cliente lector cada vez más indiferente a los procesos propios del acto creativo y del conflicto. Desde el “Prólogo en el Teatro” del Fausto de Goethe, recuerda Löwenthal, se da esta tensión –entre el artista y el empresario del arte–, con la salvedad de que tal vez acaso el fenómeno haya terminado por anular, definitivamente, las exigencias subjetivas del poeta a favor de una industria apoteósicamente exitosa y el público –el tercero en discordia– consagrando este aparato comercial atento solo al best seller.

 

Entre nosotros, tan fervorosamente aficionados a las nebulosas metafísicas y a la oscuridad consagrada como profundidad, la obra de Löwenthal no ha contado con lectores atentos ni acuciosos (hasta que venga una poderosa editorial española y les diga que vale comprarlo). Esta obra ensayística conserva –no obstante el llegar a un compromiso decoroso con el “delirio de la normalidad” universitaria–, un trasfondo intacto de los propósitos seminales del grupo de Fráncfort. Si los ensayos de Adorno y Benjamin seducen por su fuerza y su carácter de especial sugerencia y profundidad “iluminante”, los de Löwenthal no debe frustrarnos por su claridad sugerente y su comprensibilidad inmediata.

 

 

 


 

 

 

*Artículo publicado en el suplemento Cuerpo de Letras #1, del periódico Desde Abajo, el 21 de junio del 2011

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