Imagen destacada: Sin título, Mark Rothko

 

Por Carlos Eduardo Maldonado*

 

La pintura de Mark Rothko es uno de muy conspicuos, y por consiguiente pocos casos en la historia del arte en los que es sumamente difícil definir o catalogar su obra. A pesar de los academicismos y las etiquetas, que siempre terminan por encajonar las cosas, en ocasiones, donde quepan. La historia de las taxonomías es, en verdad, un cuarto de San Alejo, o un depósito generalmente improvisado, donde se clasifican y guardan las cosas, mientras se descubre qué hacer con ellas.

Rothko, pintor judío de origen ruso, es quizás la figura cimera de lo que se ha dado en conocer como el expresionismo abstracto. Para pasearnos por un instante por su obra, bien vale la pena tomar un cuadro de madurez, en el que, como varios otros, se condensa la esencia de su pensamiento, de su arte, de una estética bien determinada.

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No. 14, 1953, Mark Rothko

Veamos el que tenemos ante la vista: No. 14, de 1953. Acostumbrados a una historia del arte y a una historia de la cultura eminentemente figurativa y representacional, la primera sensación es de parálisis, acompañada de una cierta auto-distancia. No se lo entiende bien, no se ve bien qué significa.

Eso: como si el arte tuviera que significar algo. Y como si la significación fuera inmediata y directa. Al cabo, en la historia de la cultura, de esta cultura que nos ha tocado vivir, se esperan habitualmente indicaciones, reglas, direcciones, normas, significados, evidencias. En una palabra: inmediatez. No en vano la cultura popular ha terminado por caer de bruces y abrazar el efectismo.

No aparece ante la mirada ninguna línea ni figura, y más exactamente ningún objeto ni cosa. Y claro, espontáneamente, por descarte, se desliza sin dificultad lo inmediato: como no hay objeto ni cosa en este cuadro, es abstracto. Lo cual quiere decir exactamente: “las abstracciones no se ven”. Y aunque parezca un pleonasmo (¡que no lo es!), no se ven con los ojos físicos. Con la mirada de todos los días. Queremos, consciente o inconscientemente, que la obra llegue a nosotros. Nosotros, centro del mundo. Todo egoísmo es miope y torpe.

Lo que aparece ante nuestra mirada es una mancha de color, o de colores, más exactamente. Colores entremezclados, sin límites. Sin otro límite que el cuadro mismo. Y ahí aparece la primera clave. No hay marco en esta pintura. Y tampoco, como en el arte clásico, passe-partout. La obra se contiene a sí misma y lo que vemos es, en realidad, un cromatismo, en este caso, de amarillo y verde, y naranja en la base. Más nada.

Pues bien, justamente aquí está la segunda clave para apreciar la obra de Rothko. El artista no ha llamado a su cuadro. Que es lo que hace la gente normal: se deja guiar por el nombre del cuadro, como si la palabra o el título fuera uno solo con la pintura. Muchos, la inmensa mayoría de los cuadros de Rothko, carecen de nombre. A lo sumo: un número, un “sin título”, y el año.

Con lo cual aparece la tercera clave de la obra de Rothko. Se trata de una invitación, sin mediación alguna, a que la obra y el espectador establezcan un diálogo propio, íntimo. Un encuentro y una experiencia. Sin mediación del propio artista. Sin mediación del crítico. Sin mediación de figuras externas. Exactamente como en esas experiencias límites que son el amor, la amistad, la solidaridad. Que sólo se las entiende desde adentro, y no requieren de mediaciones y definiciones exteriores. Pura emoción, vivencia pura.

Para nosotros, los que hemos sido exteriorizados por la cultura y civilización. Y los que hemos estado acostumbrados-amaestrados a ver siempre objetos y representación. Cosas y exterioridad. El puro ateísmo artístico y estético, en otras palabras. Literalmente. Por ello mismo el arte contemporáneo es difícil, porque no es evidente, y es desechado a un lado. Porque el ateísmo artístico y estético no son otra cosa que la cara del enajenamiento y la alienación, el extrañamiento. Somos a través de cosas y objetos, y las cosas y los objetos no somos nosotros, pues no nos reconocemos en ellas precisamente por ser tales.

Tenemos en Rothko la fuerza emocional del color. Y por lo tanto: vitalidad, vitalismo, expresión. Nos encontramos con lo desconocido, con lo no visto. Eso es lo que hace Rothko: traducir la visión espiritual interna, la visión existencial, la experiencia misma en un sistema de colores y formas. De colores, más que de formas.

Lo que hace Rothko es una aproximación infantil al arte.  En efecto, los niños (cuando no han sido normalizados) no trazan líneas y dibujos, no ven contornos y formas, sino manchas. Manchas de colores. Sólo después, y más como resultado de la educación que les imparten lo adultos, dibujan trazos y líneas.

La experiencia de la pintura en Rothko es, pues, la experiencia del color en la vida. Y el mejor antecedente es la infancia, la edad de la inocencia, antes de la normalización. Antes de que los adultos les enseñen a los niños lo que deben ver y saber, sin atender a lo que los adultos mismos pueden aprender de los niños. El drama histórico.

Los niños ven manchas de colores, y eso es el mundo. La realidad carece de límites, que es lo que son exactamente las líneas y los perímetros, los bordes y las fronteras. La concepción analítica del mundo separa dos objetos, superficies o  dimensiones por una línea. Pero en la experiencia rothkiana de la realidad, que es la de los niños no-normalizados, en la realidad existen manchas de colores: manchas que se superponen; manchas que suceden unas a otras. Y son los colores y no las líneas las que definen la geometría del universo.

En esta perspectiva, la pintura de Rothko es una liberación de Pitágoras, de Euclides y de Platón. Tres errores fundamentales del universo que nos hicieron creer, erróneamente: que existían los sólidos perfectos, la geometría analítica, y al cabo la trigonometría. Idealizaciones que nos alejan de la experiencia de la vida misma; y del universo.

Se trata, por tanto, no de comenzar por las formas, sino por el color. Análogamente a como hace la espectrografía. Y mucho más próximo: cromatografía de las líneas, los bordes y las fronteras. La forma debe desarrollarse libremente, sin intervención del intelecto. Liberación de la forma analítica de ver el mundo, de pensar, y de vivir. Análisis: segmentación, fragmentación, división. Exactamente todo lo contrario a complejidad.

Así pues, son los colores los que definen los contornos, las áreas y las extensiones de las cosas en la realidad y el universo. Colores que se contraen en todas las direcciones. Colores que se expanden en todas las direcciones.

En matemáticas, y más exactamente en la investigación de punta, es el reconocimiento de que la educación y el trabajo no tienen, en absoluto, por qué comenzar por la álgebra, ni tampoco fundarse en ella. Por el contrario, se trata de comenzar y adentrarse profundamente en la teoría de conjuntos, la geometría y la topología: formas, estructuras, formas antes que signos y relaciones entre signos. ¿Acaso no fue esa una de las contribuciones de la obra de Gödel: geometrizar los problemas, geometrizar el espacio?

Existe otro ámbito en el que cabe hacer exactamente la analogía con la obra de Rothko. Es el aprendizaje de un idioma extranjero. En el pasado, el énfasis recaía en la gramática. Es decir, signos y reglas, y álgebra en matemáticas; líneas y contornos antes que colores. El aprendizaje inteligente hoy en día destaca el contexto, y los significados se definen por el contexto, no ya analíticamente.

Si cabe el exabrupto, lo que encontramos en Rothko son mandalas monocromáticos, o de reducido por concentrado cromatismo. Mandalas, que antes que representaciones simbólicas son experiencias directas no figurativas, no representacionales, que ayudan a la meditación. Esto es, al cultivo de la mente. Y del espíritu.

Encontramos en Rothko una mística del color. Lo dionisiaco y lo apolíneo del color —según cada quien—. Puesto que lo apolíneo y lo dionisiaco no existen como sustratos, sino se encarnan en cada quien en función de cada cual. Y definen para cada uno la tragedia. Su tragedia. Propia, irremisible e intransferiblemente propia. Pero eso: tragedia. Drama no, drama nunca. A la tragedia de las emociones, de la subjetividad y de la vida con los colores se refería en varias ocasiones Rothko.

Pero es que con el color, sin claramente ser un colorista, sólo le interesa una cosa: expresar las emociones humanas elementales. Las más recónditas y las más primarias, las más elevadas y las más desconocidas. En fin, exactamente esas emociones que nos hacen humanos. Para bien, o para mal.

Lo que hallamos aquí es la creación de la impresión de espacios de color que flotan sobre un fondo indeterminado. La mayoría, la inmensa mayoría de la gente no ve el espacio; o espacios. Ve tan sólo objetos, cosas. Líneas, perímetros, límites, formas. Pero no el espacio. Es la maravilla de lo que permite la geometría, o la topología. Y lo que hizo en su momento, antes de que se volviera reduccionista, Einstein: ver cómo el espacio se transforma como resultado de la gravitación. Pues bien, lo mismo hace/permite Rothko.

No existen límites exteriores (pleonasmo, cacofonía; pues todo límite siempre es exterior, avasallante y determinista). Desde adentro, no existen los límites ni las fronteras. Y “adentro” es todo lo que hay.

Bien vista, la vida carece de fronteras; la existencia carece de límites. Es en un plano, la vida pura del espíritu. O en otro plano la libertad total, la anarquía; mejor: autarquía. Autonomía radical y libertaria.

Que es falsa, catalogada erróneamente como abstracta. Rothko ha sido calificado equivocadamente de abstraccionista. Pero eso es totalmente desacertado. Son los afanes de clasificación y taxonomía. Hay artistas y pensadores, científicos y filósofos que no admiten clasificaciones. Rothko es uno de ellos, con total certeza. Con Rothko podemos comprender que el mundo no está hecho de líneas y figuras; sino de colores. Manchas de colores se suceden unas a otras; manchas de colores se superponen. Y eso es todo lo que existe, en realidad.

Rothko concibe a su arte no como abstracto, sino como cuadros que viven y respiran. Es más, observar los cuadros consiste en descubrir cómo el color respira. Que en Rothko el color respira significa que el pneuma carece de líneas y fronteras, de bordes y de pliegues. “Superficies expansivas que se dilatan hacia el exterior en todas direcciones, o bien, inversamente, superficies que se contraen y retraen en todas direcciones”. Exactamente como el pneuma. Que es el comienzo del aire, y del alma. Por lo menos si hemos de creer a ese magnífico libro de Erwin Rhode, Psyche: The Cult of Souls and the Belief in Immortality among the Greeks.

Cabe aquí, con fundamento, una referencia. Cabe, sí, proyectar una idea que se encuentra en Empédocles; y que si no se halla allí, sí con seguridad se deriva de su cosmología. Los dioses humanos son humanos, a la fuerza. Los dioses de las vacas son váquicos, los dioses de los helechos son heléchicos, los dioses de las hormigas son hormíguicos, y los dioses de los perros son pérricos. Y así sucesivamente. Lo semejante conoce lo semejante.

Más que abstracción —lo cual por lo demás por sí mismo no tiene nada malo—, la de Rothko es pintura indeterminada, pintura que (se) indetermina. Raíces emocionales del color.

Rechazo o sospecha frente a la crítica del arte, no por equivocada, sino porque tiende a intelectualizar una experiencia. El encuentro directo entre el espectador y la obra. Que es como decir, el encuentro directo entre el sujeto y el mundo, en su vastedad. Un encuentro tanto corporal como espiritual. En el verdadero arte, en el gran arte no existe el dualismo. Éste estalla en mil pedazos.

En la historia del arte, al expresionismo abstracto le sigue el pop art: Warhol Lichtenstein, Rosenquist, notablemente. Pero esa ya es otra historia.

En un desarrollo que escandalizaría  a cualquier físico especializado en óptica, la obra de Rothko permite distinguir —e incluso contraponer— la luz y el color. Estamos en otra dimensión perfectamente distinta a Gauguin y su deslumbramiento en Tahití con la luz tropical. Y los fuertes colores, desconocidos hasta entonces para la Europa de la época. Rothko entiende que la luz no se confunde con el color, y que el color es la esencia constitutiva de lo real y lo posible. El color quiere decir toda clase de cromatismos; desde el período de los amarillos, a los cafés, e incluso ese cuadro sorprendente a toda vista que es elSin título de 1969: una tela negra, profunda. Alfa y omega de la luz. Vivencias trascendentes.

Precisamente por ello la gran mayoría de los cuadros de Rothko no tienen título. Por lo demás, tampoco tienen marco ni passe-partout. Generalmente se llaman “sin título” y portan, máximo, la indicación de un número, y el año de elaboración. Rothko enamora porque es uno de esos seres humanos/artistas libres. Es difícil para quienes no son/somos libres (aún).

Pinturas de gran formato. Casi como queriendo abarcar al mundo. Para mostrarnos la realidad misma: que es el mundo del cromatismo. De los cromatismos. Solitarios o combinados. Dominantes o concertantes. En la realidad, cuando termina un cuerpo es en realidad un color lo que acaba; y empieza otro.

Rothko, en su obra prácticamente agota el espectro cromático. Frente a esa pintura insulsa de cromatismos controlados, autoflagelados, en realidad. Automasoquistas. Rothko, el pintor pictórico.

Lo demás, aunque suene enojoso, es lo de menos. La amistad y la deuda de Rothko con respecto a Milton Avery. Los antecedentes y el enamoramiento de Rothko con la obra de Matisse, en especial con La habitación roja (1908), también conocida como Armonía en rojo. La presencia de Clifford Still en su vida y en su obra. Still, Pollock, Baziotes, Kline. Y sí, el expresionismo abstracto. Las referencias a las manchas de color diluidas y multiformes en los años 1940s hacia su periodo propiamente abstraccionista. Definitivamente: lo demás, es, en este contexto, lo de menos. Erudición, digamos.

No. 14 de 1953, referido y trabajado en este texto. Hubiera podido ser otro, pero ciertamente no otro cualquiera. Esa belleza de No. 24, sin título, de 1951. O esa preciosura de: Sin título (azul, amarillo, verde sobre rojo), de 1954. O el siempre imprescindible Sin título de 1959.

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No. 24, sin título, Mark Rothko
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Sin título, 1954, Mark Rothko

 

 

Observando dos cosas. Una, que Rothko invitaba a ver sus cuadros de gran formato —3 x 3 m, en promedio— a la distancia de 45 cm. Una amable y hermosa invitación, sin duda. Mucho más próxima que la más forzada proxémica. El arte, aquella dimensión que no sabe de proxémica; o que tiene la propia, al margen de ese fondo de líneas y formas —allá afuera; bien afuera—. Ojalá lo más lejos posible. Y otra, que sus cuadros son de gran formato porque se trata de eso: entender que estamos en medio del cuadro; que es como decir: estamos en medio de juegos cromáticos. Y que eso es el mundo mismo, la realidad a secas, el universo, punto. Definitivamente que asistimos al final de Euclides y Platón, y de todos sus seguidores y áulicos.

El pintor exigió siempre que sus cuadros estuvieran a la altura del espectador, y que la iluminación de la sala fuera tenue, de suerte que la experiencia espiritual con el color se intensificara y lograra, el color, su cometido. El, o los colores, en fin.

¡Qué contraste con la experiencia de apreciar los cuadros de Rothko en pantallas de computador de miles de píxeles, y en los que la luminosidad de la pantalla, y acaso del medioambiente, es siempre uniforme y constante! (Habría que, en el computador, observar los cuadros de Rothko disminuyendo ampliamente la luz de la pantalla. El color cobra más vida que cuando está con luz y se confunde con ésta).

Con Rothko, el espectador se transforma en el color, se empapa del mismo, y vive la experiencia. Mucho, mucho antes, y muy lejos de las experiencias psicodélicas de los años 1960s, y del advenimiento del pop. Nada más lejos en Rothko, para quien, sí, se trata de experiencias individuales, en cada caso.

Quisiera terminar con un breve desarrollo de una idea fundamental de cuño rothkiano. Se trata del reconocimiento de que el sentido del artista consiste en hacer que la gente vea el mundo como el artista y no como la gente lo ve habitualmente.

Y lo mismo, exactamente lo mismo, cabe decir del pensador, del científico y del filósofo. Desde luego que todos existen en su sociedad —truismo—. Pero la gran, la verdadera contribución de todo gran artista, de todo artista verdadero, es exactamente la misma contribución del pensador, filósofo y científico auténtico y novedoso. Aprender a ver el mundo, a sentir y vivenciar la realidad como él o ella lo hace. No como nosotros lo hacemos y, acaso, lo hemos hecho siempre.

¿No es en eso, en verdad, en lo que consiste el amor y la amistad, por ejemplo? El amigo o la persona que amamos o nos ama es quien nos enseña un punto de vista nuevo, una experiencia única y singular. Y que no es, no es nunca, la que ya teníamos. Pues no hay entonces vivencia verdadera, ni autenticidad, ni aprendizaje. Al fin y al cabo, la complejidad de un fenómeno, sistema o comportamiento consiste exactamente en el hecho mismo de que dicho fenómeno —al cabo, nosotros mismos—, aprende. Aprende, gana información y sufre transformaciones. Como en la amistad verdadera o en el amor verdadero.

El arte y la estética son esos ámbitos en los que aprendemos a ver el mundo como el artista lo ve y lo vive, y eso nos enriquece, y aprendemos. La estética: el ámbito de la experiencia del aprendizaje. En verdad, conocer un artista, estudiar una teoría, introducirnos en una obra no es, simple y llanamente, otra cosa que aprender cómo se ve el mundo de manera distinta y novedosa. Siempre con el riesgo.

Pero el riesgo es estética.

 

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Sin título, 1949, Mark Rothko
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Mark Rothko en su taller

*Imágenes tomadas de wikiart (ver más)

 


 

 

 

carlosmaldonado

Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

 

*Artículo publicado el 7 de julio de 2013 en la Revista Milmesetas

 

 

 

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