Imagen destacada: M.M Carranza

Texto por Juan Carlos Moyano Ortiz*

Más que una conferencia, esta es una conversación que se acerca al espíritu de una mujer que habita los espacios de esta casa (Casa de Poesía Silva). Es uno de sus fantasmas, tan sutil y delicado como Silva o tan libre y ausente como las fotografías que cuelgan de las paredes de la memoria, en este lugar consagrado a la poesía, diversa, necesaria para el espíritu como el aire para el cuerpo. La poesía, esa maga que reúne generaciones y criaturas, aún manifiesta sus fuentes y nos deja sentir la sensación inagotable del verbo. Esta noche, la poesía nos reúne y nos permite fluir en el lenguaje de los sentidos, más allá de la razón y la formalidad. Bienvenido el espíritu de María Mercedes Carranza porque su poesía le habla a las intensas fibras del espíritu de la época. Veo la poesía de María Mercedes Carranza como un vibrante paisaje donde podemos encontrar el derrotero de una vida que confunde sus huellas con los pasos de un país de rumbos dramáticos, que inspira amor y bronca, porque siendo hermoso y fecundo está cargado de incertidumbres y desasosiegos. Colombia, nación de tributos y tribulaciones, donde la poesía es una chispa que quisiéramos que cayera en el pajar que llena las cabezas de millones de seres. Pero la poesía no es masiva y nos confronta desde la individualidad de cada sílaba, de cada poeta que nos pone a dialogar con nosotros mismos. Escritora sensible, de carácter fuerte, supo construir rumbo poético. Su obra muestra las tonalidades de un lenguaje que siendo cotidiano consigue elaborar realidades cercanas a las ironías de la vida, desde la mirada de una poeta sustantiva que ejerció el uso de la palabra, hasta el último abismo.

Escritora de verbo certero y frágiles tonos interiores ocultos en el rigor de su carácter, fue capaz de redescubrirse en la escritura y revelar el mundo que habitó o, mejor, el país que le correspondió sobrellevar y al que dedicó buena parte de sus preocupaciones. A pesar de ser hija del poeta Eduardo Carranza, o tal vez por eso, en su escritura no hay asomo de piedracielismo: todo lo contrario, su búsqueda es transgresora y terrenal. Siendo su padre el bardo de la patria, acudió al sarcasmo poético para hacer cortes transversales en la piel de esa historia insípida que enseñan en las academias, donde muestran como héroes a próceres sin carácter, desplazados a los pedestales porque no había otro lugar donde condenarlos a la peor soledad. Se atrevió a dudar de los esquemas de la tradición y asumió actitudes críticas, desde la percepción de lo poético, que se agitaba entre sus venas, así como las ideas incendiaban su cabeza. El entorno de su infancia fueron los poetas y la poesía siempre estuvo en la mesa de cada día. Siendo niña vivió sumergida en imaginarios literarios. Sus viajes la llenaron de improntas y recuerdos, pero su gran viaje fue la poesía, tan cercana al amor y a la muerte, tan simple como el desafecto o el aburrimiento. Habitante de una época de pragmáticos y desencantados, no esgrimió pretensiones retóricas y su obra no tiene extensiones innecesarias. Lo pensado, lo sentido, lo indispensable, sin decorados, sin togas, sin diplomas, como algo entrañable, sin el disfraz de las apariencias. Forma parte de un tiempo poético más que de una generación y su obra ocupa un lugar especial entre sus contemporáneos. Niña privilegiada, ávida lectora, conoció personalmente a un buen número de sus autores preferidos y tuvo relaciones con la gran literatura universal gracias a la biblioteca de su padre. Cometió la temeridad literaria de apedrear el cielo con sus versos desparpajados e inteligentes, sin el escándalo de los nadaistas, sin la mesurada ambigüedad de sus congéneres.

Es indudable que la llamada generación sin nombre es polimorfa. Cronológicamente, los poetas nacidos entre 1940 y 1950, experimentan factores sociopolíticos y culturales comunes, pero cada uno se hace a semejanza de si mismo. Sus referentes son amplios y buscan mundos personalizados a la medida de sus versos. No parecen propensos a movimientos literarios donde aglutinarse y más bien reaccionan de manera contraria a la grandilocuencia performativa de los nadaistas. Seguramente, la mayoría, en el colegio y en la universidad se portaron bien e hicieron sus tesis de acuerdo a las aspiraciones profesionales que se habían trazado. Sus rebeliones fueron interiores y no lograron ofuscar a sus mayores. Con Mito lograron establecer vínculos de consonancias estéticas y conceptuales respecto a lo literario que los había antecedido. Escritores cultivados, buscaron más que ascendientes los cauces de semejanza en la literatura misma, en el entramado de obras y de autores que han entretejido realidades que devienen de la naturaleza poética. En contraste con el nadaismo, no buscaron publicitar sus libros ni ofertar sus imágenes y en vez de ocuparse de los festejos paganos, varios de ellos ocuparon puestos importantes en la administración cultural o en la vida académica. Jaime Ferrán, el poeta español, los identificó en una antología que todavía se recuerda por la diversidad, precisamente. El desencanto, el escepticismo, era el común denominador de una lista de autores que en ciertas situaciones parecían pertenecer a un club de poetas selectos y que se salvaron porque fueron individualidades que consiguieron estar por encima de lo anodino de las grandes desilusiones. No todos fueron aconductados, pero querían diferenciarse de la marginalidad promocionada de los nadaistas, pues no pretendían ser distintos. Gonzalo Arango y sus muchachos asumieron los roles de la herejía y se deslizaron con el éxito de la palabra enfebrecida y el humor imaginativo de impacto mediático.

Afortunadamente, en la literatura y en la dimensión de los fantasmas los movimientos y las clasificaciones generacionales no existen. Al fin de cuentas queda el sedimento del verbo, la sustancia intransferible, en alguna página efímera o en un verso indeleble. María Mercedes Carranza recibió las convergencias de una época y de un medio intelectual donde la literatura siempre ha generando relaciones y retroalimentaciones, que por afinidad o negación hacen simbiosis. Diez años después del deceso de María Mercedes Carranza, comienzan a apreciarse los vasos comunicantes de las escrituras y las exploraciones expresivas, porque todo poeta es una suerte de alquimista del verbo y su labor forma parte del conocimiento poético. Estudiosos, culteranos, variopintos, los poetas de esta franja cronológica han trazado sus mundos y casi todos continúan con la vigencia que da la madurez de doble filo, porque el tiempo decanta, aquilata, marca las huellas y luego las borra. Con el paso de las décadas se hablará más de rumbos y confluencias circunstanciales, que de generación donde coinciden parecidos estilísticos o filosóficos. Hay casos que escapan a la taxonomía, como el poeta Raúl Gómez Jattin, nacido en 1945, el mismo año del nacimiento de María Mercedes Carranza. Nunca fue tenido en cuenta generacionalmente, por lo insólito de sus hábitos y porque su delirio y su malditismo trágico no eran garantía para estar en situaciones previsibles. Hay poetas nacidos en los años cuarenta o a comienzos de la década del cincuenta, que no se identifican con la generación sin nombre y que no aparecieron en la mencionada antología de Ferrán, que han construido obras maduras y proponen poéticas que trascienden, autores que no están ubicados en líneas temporales específicas, como Juan Manuel Roca o Giovanni Quessep.

María Mercedes, desde joven, se inclinó por el periodismo y la cultura y quizá por eso logró algo más o menos insólito en un país de rarezas: publicar una página cultural llamada Vanguardia, en El siglo, un periódico conservador que acogió a una joven mujer que probablemente era la punta de lanza de una necesidad literaria profunda. Necesidad y circunstancia que engendró poetas y suscito espacios y puntos de encuentro. La joven editora acogió nuevos escritores que retomaron enlaces con la gran literatura y con algunos referentes de movimientos y manifestaciones generacionales. El trabajo periodístico fue parte clave de su vida. Es reconocida la labor que desempeñó en Nueva Frontera y el trabajo con Carlos Lleras Restrepo y la cercanía con Luis Carlos Galán. Era una mujer democrática, poeta y comunicadora. Debe destacarse su labor con Estravagario, el suplemento literario del periódico El Pueblo, en un tiempo donde la prensa no tenía el formato desolado y consumista que hoy caracteriza las ediciones dominicales de los principales diarios. Estravagario fue algo especial en ese momento y junto con Fernando Garavito, lograron reunir en sus páginas una dimensión de la literatura, la poesía y el arte que expresaba mundos de ensueño y pesadilla, de experimentos y procesos de literatura viva. Fernando Garavito, su esposo de entonces y padre de Melibea, hoy debe ser otro fantasma que deambula en la inexistencia y que salta con creces en el pentagrama atonal de la poesía que se salió de convencionalismos y rompió esquemas necesarios es un país de seriedad decimonónica. Como ella, Garavito escribió aplicando una mezcla de humor negro y antipoesia buscando los espacios del verso libre de retórica y adjetivos.

María Mercedes Carranza además de ser una aguda periodista cultural era una persona con capacidad de entender el país desde lo político y de sentirlo gracias a lo poético. Su Padre, paradójicamente, jugaría un papel importantísimo porque la puso en contacto con las primeras palabras y también la acompañó en las últimas que María Mercedes tal vez leyó de memoria antes de irse desvaneciendo, perdiendo la conciencia en el letargo de un sueño sin regreso. Su padre la había acompañado en la vida, la poesía y la muerte. El poeta Eduardo Carranza, un personaje que ha sido visto desde ópticas contrapuestas en la poesía colombiana. Hay controversia respecto a la valoración de su obra literaria y al papel que jugó como poeta de la patria, que cantaba a los valores tradicionales y erigía la emblemática de la derecha católica en versos de presunción épica, que identificaron una panoplia de valores que alimentaron posturas de gobiernos involucrados en la violencia de los años 40 y 50. Este notable piedracielista, diplomático, influyente, cercano al falangismo español, compartió el ideario de Primo de Rivera y en Colombia elogió las tentativas de imponer un estado regido por principios autoritarios, porque las resonancias de Mussolini y de Franco encontraron eco en sectores intelectuales, entre literatos y políticos que hicieron historia y le dieron carácter a ciertas prácticas que todavía lamentamos. No es demasiado humanista ser simpatizante de la falange en un país como el nuestro donde la violencia se alimentó de doctrinas que incubaron maneras atroces de proceder. Pero la obra del poeta Carranza está más allá de sus posiciones políticas y nadie duda que es uno de los bardos nacionales que ocupa un lugar de relieve en el panteón de los hombres de mérito. Su hija María Mercedes, franca, rebelde, no parece compartir la ideología del padre. Tampoco repite su poética, todo lo contrario: incurre en caminos diferentes y contradice de tajo la retórica piedracielista.

Eduardo Carranza hizo una carrera ascendente y logro relacionarse con un medio donde era posible dialogar con las esferas del poder y tener acceso a posibilidades de proyección privilegiada. En España fue amigo de Leopoldo Panero, uno de los poetas oficiales del generalísimo, que había sufrido una polémica metamorfosis, desde sus inicios con la república hasta llegar a ser un paradigma de la falange. Pero Carranza también fue cercano a Neruda y Alberti, ideológicamente en las antípodas del franquismo. La poesía es universal y los poetas suelen ser, en su vida y en su obra, una buena síntesis de los imaginarios que componen el juego de las paradojas de una época. María Mercedes es otro tempo, un perfil distinto, alguien proclive a la antipoesía. Logra su propio tono, donde lo cotidiano y lo no sacro adquieren rango poético. Ahí la poesía no es decorado, metáfora vana, obstrucción retórica. Lo poético se vuelve físico, pertenece a la vida real, es parte de la cocción diaria, expresa la sensibilidad personal y no evade el yo como una sin salida, más bien individualiza el acontecimiento humano en la encrucijada de la existencia citadina. Eduardo Carranza es una presencia paterno-poética ineludible y ella dedica su juiciosa tesis de grado a la obra de un autor que conoce como a ninguna otra persona. Pero en el momento de escribir y de vivir tiene conciencia que debe ir más allá y no repite los mundos patriarcales. Sabiduría femenina, rebelión poética, antítesis lógica o simple identidad como mujer y escritora. Lo cierto es que la escritura como la vida es polisémica y misteriosa. María Mercedes Carranza existió en un ámbito esencialmente literario, su laberinto fueron las palabras. Después de fallecida, comienza a tener su vida de fantasma entre los ilustres fantasmas que rondan esta casa.

No deja de ser llamativo el asunto de las vidas paralelas que en determinado momento se entretejen para luego seguir siendo cada uno a la deriva de si mismo. Eduardo Carranza era un poeta público, de amplio reconocimiento. Su progenie lógicamente creció en ambientes donde lo familiar y lo poético coexistían con una educación apegada a las tradiciones, regida por principios morales congruentes con esquemas ideológicos definidamente conservadores. Cuando los Carranza vivieron en España trabaron amistad con la familia de Leopoldo Panero, que tenía tres hijos, dos de ellos poetas: Juan Luis y Leopoldo María, el maldito, el huésped de asilos psiquiátricos y centros de recuperación, el drogadicto, el homosexual y también uno de los poetas españoles más representativos de las últimas generaciones. En 1976, un año después de muerto Franco, el cineasta Jaime Chávarri, realizó una película con los testimonios de la familia Panero. En este film la madre, Felicidad Blanch, y los hijos, Leopoldo María, Juan Luis y Michi Panero, desentrañan sus relaciones familiares y dan testimonio profundo de una crisis que incluye, sin duda, la agonía del franquismo en el contexto de una España que se debate entre los estertores de una dictadura que acaba de desplomarse y las expectativas que surgen para superar el pesado oscurantismo. El titulo es revelador: El desencanto. Y habla, precisamente, más allá de las cosas anecdóticas, de la descomposición del pensamiento, de la moral contaminada que subyace en la ortodoxia conservadora. Algo evidente en la postguerra, en el cambio de un tiempo a otro, en el vacío que se produce cuando se observan las heridas del alma. Las dos familias y los dos poetas crearon vínculos de afinidades políticas y poéticas. Leopoldo Panero, padre, escribió un hermoso poema dedicado a María Mercedes Carranza, una niña colegiala, de aspecto alegre y ojos capaces de conmover al poeta. Una versificación cantarina, transparente, no exenta de ternura. Años más tarde, la poeta adulta compartió lazos afectivos con Juan Luis Panero, uno de los hijos de Leopoldo. Después de un tiempo, quedaron frases y poemas que destilaban desafecto y una leyenda entre poetas que tiene curiosas coincidencias. La hija de Eduardo y los hijos de Leopoldo terminaron oponiéndose a las doctrinas paternas y desdibujaron el modelo de los poetas entronizados en los círculos de poder. María Mercedes Carranza efectúo su rebelión principalmente en la escritura y se permitió procrear símbolos y signos transgresores, desde los primeros textos de una obra intensa y sustancial. Son los poemas de la insolencia, cargados de ironía, provocadores, nada convencionales.

En Vainas y otros poemas, su opera prima, María Mercedes Carranza deja ver la inclinación , sus ascendencias: esta más cerca de Nicanor Parra que del piedracelismo. Hay materia caustica y una nostalgia que parece inherente a su sensibilidad escéptica, a sus razones personales. Su escritura es medular, va de frente y no declina cuando mira en el espejo su propia realidad. Su visión desacralizada de símbolos históricos contrasta con los elogios de su padre, que cantaba a la patria y a los héroes. La poeta rebelde desentraña lo cotidiano, le da valor a las tediosas costumbres, se vuelve trivial, hasta que el verso se rompe y surge, a contraluz, una imagen definitiva que logra la cualidad poética. No es el chispazo romántico, más bien, se trata del amor con sudores y dentífrico; de la existencia con prisa y con molestias, del pequeño universo de todos los días, de las caídas verticales en el agujero del hastío y la depresión. Tiene humor negro, desparpajo y claridad mental para saber que se encuentra ante un reto de alto riesgo poético.

Tengo miedo, el segundo libro, es revelador. Son poemas cercanos a lo confesional, donde se avizoran las vicisitudes interiores de María Mercedes. La poeta se hace más reflexiva. Es mujer que atraviesa la edad de la razón y enfrenta las tensiones existenciales de un mundo que se desbarranca por dentro. La historia del país le produce sentimientos encontrados que chocan contra su realidad personal. Tengo miedo está estructurado en tres bloques. La primera parte se titula A la luz del deseo: es la presencia del amor y el desamor, la tiniebla que ilumina, el intento del cuerpo por acoplarse al espíritu, la batalla de los sentidos y aquélla inconclusa pregunta frente a la invención y arrasamiento de los deseos. El amor contradictorio: un vacío desquiciado o la plenitud volátil del vértigo que lleva a la pequeña muerte. Y siempre, las barreras entre una piel y otra piel, el hartazgo, las decepciones, la insoportable pesantez del tiempo. En la segunda parte de Tengo miedo, Espejos y retratos, se proyectan los reflejos y los recuerdos. El espejo no solo refleja, propone un misterio recurrente que esta al otro lado de la superficie, contiene una paradoja que delimita lo real de lo ilusorio. También es un nivel de identidad con la literatura y un reflejo de poetas que cobran sentido en las pequeñas hecatombes que ocurren en el territorio sutil de lo sensible. Pero la vida no es color de rosa, no es en la frente de Teresa donde se inician los ensueños místicos del amor, es en la tierra despiadada, en el óxido de lo anodino, en la verdadera historia que ocurre cada día, a cada persona. La tercera parte de Tengo miedo es confidencia, la summa de inconvenientes esenciales. Su poética se hace más angustiosa, tensa, sin perder lo cotidiano. Es el tempo de la desazón, de sentir que todo está patas arriba. En esos días los fantasmas de la poesía le llegaban con el viento y eran las páginas de Kavafis, Dylan Thomas y Rimbaud las que agitaban las entretelas del espíritu de esta escritora que confesaba lo que todo el país estaba sintiendo, miedo, incertidumbre, desasosiego.

Su tercer libro Hola soledad es rítmico, esencial, como un bolero. Es un laberinto, con aroma de nostalgia, donde se encuentra la desolación, el nihilismo, la ebriedad. Etapa tras etapa su poesía se hace más intrincada y, a la vez, más depurada. En Hola soledad se desdoblan el desamor y la decepción. La falta de utopía, la desilusión que tiene de un país que fracasa, el abismo que deja un amante, la realidad que se difumina en medio de nubarrones abrumadores. Hola soledad, no es un canto de exaltación a la rumba, todo lo contrario, es el derrumbe, tal vez el presagio del final. Tal vez le pesó la niebla de una ciudad tediosa y fría donde habitan las costumbres de la hipocresía y se fomentan los halagos y las apariencias. Colombia también la afectaba: la patria de María Mercedes Carranza es muy distinta al criterio patriótico de su padre. Para ella es una casa de espesas paredes coloniales donde todos estamos enterrados vivos. La casa es metáfora, símil del país, del cuerpo. Todo está en ruinas, las palabras se mezclan con el miedo y los fantasmas traen esa oscura telaraña que junta a vivos y muertos, que pesan, momificados, determinando el itinerario de una historia sometida al pasado, a los lastres de lo inamovible. La vida se muestra como un camino a la muerte, como un olvido. Hola soledad comienza y termina con el amor, ese factor imposible, pues María Mercedes Carranza era sensata y directa y no idealizaba lo amoroso. Se sentía más cercana al desamor y por eso estaba dispuesta a desnudar la realidad de los sentimientos. Lo ideal era imposible y los tonos rosados no iban con ella. Su espíritu era claroscuro, como los habitantes etéreos de esta casa donde silba el viento que baja de los cerros y se escucha el trasegar de los fantasmas lanzando libros contra las cenizas del olvido.

1989: un año dramático, imborrable, aplastante. Su amigo Luis Carlos Galán, fue asesinado y ahí comenzaría una serie de impases personales que terminarían minando su resistencia. Pero aún tenía muchas cosas que hacer y poemas que seguían el cauce de una búsqueda donde lo poético se destilaba y lo vital era cada vez más complicado. El festejo del amor sucede en las sabanas y no en las nubes y solo queda el aleteo de la ausencia. Huele a podrido, el corazón es un cementerio, la realidad del país la golpea de frente y ya se anuncian los mudos clamores de sus fantasmas personales. ¿Dónde la vida? No obtiene respuestas positivas y más bien le llegan los estallidos del conflicto y le duelen las llagas de una historia enrevesada que la terminó colocando contra la pared. Se levanta con la palabra, convoca a los Alzados en almas, junta las voces del verbo con audiencias que reclaman la paz, la fuerza de los espíritus, la decisión de la poesía como un arma cargada de futuro, como escribió, de otro modo, un poeta antifranquista.

A finales del siglo XX, cuando todo estaba revuelto, María Mercedes Carranza escribió El canto de las moscas, versión de los acontecimientos, un libro breve de poemas concisos, de pocas líneas. Hace un inventario de 24 masacres, que tienen la resonancia de incontables matanzas que han ocurrido en la historia de Colombia. Genocidios casi siempre impunes, cometidos por unos y otros, en sitios remotos donde abundan ríos torrentosos, selvas magníficas, montañas indescriptibles, donde resuenan las voces de los ancestros y donde la guerra ha terminado atrofiando todo lo que existe. No deja de ser extraño que una dama de sus características se detenga en el dolor de los Colombianos anónimos que han sido víctimas de una confrontación que no tiene sentido. Entre los poetas de la generación sin nombre había más humor fino y erudición que preocupación social, pero en El canto de las moscas hay opinión y sensibilidad, como una requisitoria que subyace donde todos podríamos ser culpables, por complicidad, por omisión o por simple indiferencia. El himno nacional tendría que ser el murmullo de las moscas que levantan su música desde las fosas comunes y los cadáveres putrefactos de cientos de miles de colombianos que han sido convertidos en carroña a pesar de su deseo de vivir y ser felices. El canto de las moscas es un recuento, un documento, un llamado de atención para los colombianos de ahora y de luego y está escrito con síntesis. En pocas líneas, como en un haikú, nos evoca imágenes y situaciones de una realidad compleja que zumba en el ambiente.

María Mercedes Carranza no escandalizó a sus congéneres, como lo hicieron los nadaistas, sus contemporáneos. Pero su revuelta movió fibras y su decepción tocó fondo. No era una mujer para morirse de aburrimiento o para sepultarse en la poltrona de una vida cómoda; había nacido para ser poeta, para existir, para sacar adelante proyectos aparentemente imposibles, como la Casa de poesía Silva. Sus detractores o sus contrincantes poéticos no pueden negar la importancia de su labor y la responsabilidad con la que asumió los distintos momentos de su existencia pública y literaria. En esta casa cuyos muros guardan el estallido ahogado de una bala que se disparó José Asunción Silva en pleno corazón, María Mercedes Carranza nos acompaña llamada por el fuego de la palabra. Esta noche ella es anfitriona y señora de la palabra. Los fantasmas de Jorge Gaitán Durán, Eduardo Cote Lamus, Eduardo Carranza, Leopoldo Panero, Félix Grande, Mario Rivero, Elkin Restrepo, Raúl Gómez y centenares de poetas se alzan desde el silencio de los despojos para darle a la poeta evocada un lugar de honor en este ambiente que no tiene ningún decorado fúnebre y que más bien transpira fuerza viviente porque el verbo, como la materia, es perenne y se transforma.

Bogotá, julio de 2013


Juan Carlos Moyano

*Juan Carlos Moyano, director escénico y escritor, se dedica al arte teatral desde hace 40 años. Entre los montajes puestos en escena se destacan: Los ritos del retorno o Las trampas de la fe (Sor Juana Inés de la Cruz), El Enano (Par Lagerkvist), Mayakovski, poema trágico para circo y teatro, Los Demonios (F. Dostoievski), Memoria y olvido de Ursula Iguarán (versión de Cien años de soledad), Sexus (Henry Miller), La Vorágine (José Eustasio Rivera), La montaña de los signos y más de media centena de espectáculos que han estado programados en giras, temporadas y festivales de teatro.

Como escritor ha publicado los siguientes libros : Espectros (poemas), La pasión de las lunas, Guía de sonámbulos y en La línea beduina (relatos), Punto de fuga (novela) y Arte de labranza (obras de teatro y ensayos para conmemorar los 25 años del Teatro Tierra).

*Este escrito sobre María Mercedes Carranza tuvo como origen una charla que hizo Juan Carlos Moyano en la Casa de Poesía Silva


Libro de Cuentos más reciente de Juan Carlos Moyano. (Clic en la imagen para adquirir el libro)

Juan Carlos Moyano libro cuentos

Anuncios