Imagen destacada: Obra del artista Edwin Pizón

 

Una nueva oportunidad para el intelectual colombiano a partir del Acuerdo Final de La Habana

 

Por Philip Potdevin* · Fuente: Le Monde Diplomatique 

 

 

Una de las leyes de la acción dramática es que a la estrella debe enfrentársele un antagonista que se oponga a sus designios. En La tempestad, la mejor de las obras de Shakespeare y la más incomprendida, el invasor Próspero ha esclavizado a Calibán, el habitante originario de la isla. Éste no se doblega ante el atropello de Próspero. Al contrario.

Calibán: Tengo que comer. Esta isla es mía por mi madre Sícorax, y tú me la quitaste.

Próspero tiene un vasallo, el espíritu Ariel, que busca alcanzar la libertad siendo servil al dominador que ha despojado de la isla a su dueña, la hechicera Sicorax.

Próspero: …salvo el hijo que ella parió aquí, un pecoso engendro, ningún humano había honrado esta isla.

Ariel: Sí, su hijo Calibán.

Próspero: ¡Torpe! ¿Quién, si no? Calibán, que ahora está a mi servicio.

Éste lo ha sometido a la condición de enemigo y monstruo. Calibán se rebela; un auténtico revolucionario que a ojos de su dominador es un:

Próspero: …¡ponzoñoso esclavo, engendro del demonio y tu vil madre!

Calibán: Entonces te quería y te mostraba las riquezas de la isla, las fuentes, los pozos salados, lo yermo y lo fértil. ¡Maldito yo por hacerlo! Los hechizos de Sícorax te asedien: escarabajos, sapos, murciélagos. Yo soy todos los súbditos que tienes, yo, que fui mi propio rey; y tú me empocilgas en la dura roca y me niegas el resto de la isla[1].

Oprimido-opresor; identidad; soberanía; resistencia ante la injusticia, distintas palabras podrían resumir lo descrito por el dramaturgo inglés en estos pasajes. Lo novedoso de todo ello es que solo hasta hace medio siglo, gracias a la relectura realizada por Fernández Retamar de La tempestad y del Ariel de Rodó es cuando los latinoamericanos descubrimos en Calibán el símbolo del insumiso espíritu latinoamericano; el antagonista por excelencia. Y, desde esta perspectiva es posible vislumbrar un rol activo de la cultura, al lado de la política y la economía con el objeto de transformar la sociedad.

En este sentido, hoy, como en épocas pasadas, se replantea un tema siempre vigente: el papel que la cultura debe tener en la lucha por la inclusión, la dignidad social y el respeto a los derechos humanos. En particular, en sociedades en abierta disputa política, la cultura se torna relevante toda vez que Próspero, con su ropaje actual, influye en la desinformación mediante la censura, a veces abierta, a veces velada; y aun así, debe dar paso a las múltiples voces de Calibán para que la memoria de miles de desaparecidos perdure, así como la de las víctimas de varias décadas de confrontación armada.

En ese reto, y en abierta confrontación con un modelo económico y social que desprecia la más amplia inversión social por sometimiento a dictámenes económicos multilaterales, toman vigencia preguntas nacidas desde el quehacer cultural como: ¿De qué forma la estética, el arte y el pensamiento crítico pueden participar, hoy, en la constitución de un activo y renovado liderazgo social que contribuya a poner freno a las derivas totalitarias, clasistas, racistas y segregadoras que anuncian el gobierno de Trump en Estados Unidos, el ascenso de la ultraderecha en Europa, la vuelta del fundamentalismo neoliberal a América Latina, y los aires cada vez más fuertes de venganza y de exclusión política y social en Colombia que podrían cerrar la ventana de esperanza –de resolución de su largo conflicto interno– que empieza a entreabrirse?

Pero también, ¿Qué papel puede jugar hoy la cultura en la batalla por el liderazgo y la dignidad social? ¿Cómo la producción cultural puede contribuir a articular antagonismos sociales frente a la extensión del neoliberalismo? ¿De qué modo, en definitiva, podría la cultura crítica contemporánea contribuir a la articulación y extensión de una imaginación política antagonista, que nos permitiera vislumbrar nuevas formas de ser en común y abriera el camino hacia la construcción social de otras lógicas de vida?[2]

 

¿Para qué una cultura antagonista?

Toda sociedad, del tipo que sea, requiere de voces críticas, y el espacio necesario para que las mismas tengan eco; voces sin las cuales el autoritarismo de los colores más diversos, pueden tomar forma. Sueño y reto de democracia radical que permite precisar que una cultura antagonista es aquella que, en la vena de Calibán, se opone y presenta alternativas viables de información, de entretenimiento, y de pensamiento a la cultura hegemónica que impera en un lugar o una época determinada. Una que se atreve a decir la verdad, así sea incómoda y, sobre todo, molesta a los grupos hegemónicos porque no la pueden digerir con facilidad[3].

Siendo así, ¿por qué es necesario propender en Colombia por una cultura antagonista en los días que corren? El país tiene una larga historia de control social, político, económico y educativo que se origina en el nacimiento del Estado en el siglo XIX, consolidada con la entrada del país en la denominada Modernidad. Larga historia que explica y resume parte de los niveles de exclusión y negación de la disidencia conocidas por el país, las mismas que no encontraron otra vía que la armada para ser escuchadas.

Es dentro de esos niveles de exclusión y control social que la biopolítica, como forma específica de gobierno que aspira a la gestión de los procesos biológicos de la población, tuvo, desde hace un siglo, claras manifestaciones en nuestra sociedad. Basta recordar el debate vivido en 1920 en torno a la tesis impulsada por dos intelectuales, López de Mesa y Jiménez López, sobre una supuesta degeneración de la «raza» colombiana que pretendía, en últimas, la aprobación de una ley en el Congreso para «blanquear» nuestra población, imitando las caducas teorías de «civilización o barbarie» impulsadas en el sur para auspiciar la inmigración de centroeuropeos.

La derrota de la tesis degenerativa dio lugar a otra forma de control social, esta vez a través de la medicina e higiene pública cuando se pasó a proscribir la chicha en favor de la cerveza, que comenzaba a ser producida por grupos económicos de ascendencia alemana, así como por otras prácticas relacionadas con la higienización de la población: el indio, el individuo de las clases populares se consideraba «sucio», mientras que se estimulaba el ideal del aseo. Como dice Bolívar Echevarria, se propugnaba un ideal de «blanquitud«», más que de blancura en la piel[4].

La educación, que desde la Regeneración –y antes– se entregó por el Próspero criollo en monopolio a la Iglesia católica, apenas si dejó espacio a una presencia minoritaria de enseñanza no confesional.

Desde el aspecto político, el bipartidismo de hecho, establecido por una única élite económica y política, cruzó el cerrojo para impedir el acceso al poder de cualquier engendro de Calibán, movimiento social, progresista, anarquista, obrero o revolucionario, al punto que su influencia perdura de facto aun después de la extinción del Frente Nacional. La prueba es que medio siglo después no ha existido un presidente que provenga de afuera de los partidos tradicionales.

El control social sobre la economía ha sido igual de persistente, a través de propiciar altos niveles de endeudamiento para la adquisición de vivienda, del despojo sistemático de la tierra a campesinos, colonos e indígenas. Como lo expresa Foucault: “No es la sociedad mercantil la que está en juego en este nuevo arte de gobernar […] La sociedad regulada por el mercado en la que piensan los neoliberales es una sociedad en la que lo que debe constituir el principio regulador no es tanto el intercambio de las mercancías sino los mecanismos de la competencia.”[5]

Así las cosas, ¿cómo no propender, ahora más que nunca, por una cultura antagonista que se oponga a esa permanente reinvención de los dispositivos de biopolítica por parte del sistema capitalista bajo el que vivimos? Un sistema que busca dominar y controlar el tiempo libre en el cual desarrollamos nuestras prácticas culturales, no solo para extender y ahondar su apetito comercial, sino para ahogar cualquier intento de sublevación por parte de las mayorías sociales. El teléfono inteligente es el anzuelo de la adicción de estar «conectado» las veinticuatro horas y, al mismo tiempo, el testigo y registro de todos los pasos, gustos, búsquedas, mensajes y conversaciones de su usuario.

Hoy vivimos, dice Byung-Chul Han[6] un exceso de positividad. La sociedad neoliberal no tiene cabida para la negatividad, tan necesaria. Y precisamente, esta negatividad es la que debe fungir como antagonista al protagonismo del que goza el culto a la positividad, al éxito en la isla de Próspero. La cultura dominante impulsa la frenética persecución del «alto rendimiento». Es una constante global. La que vivimos no solo es la sociedad de la trasparencia (la intimidad derrotada) sino también del cansancio ante la presión sin pausa. O se es exitoso o simplemente se fracasa, parece ser el dilema que acosa al individuo. Por ello, las cuatro enfermedades modernas surgen de la privación de la negatividad. La depresión, el síndrome de déficit de atención con hiperactividad, el trastorno límite de personalidad y el síndrome de desgaste ocupacional son las respuestas del individuo a la intolerante sociedad del alto rendimiento[7].

Lo anterior va ligado a la invasión de la intimidad hasta hacer que ésta se desvanezca del todo. Así es la sociedad de la trasparencia, aquella que no admite velos, muros o puertas. Todo es trasparente: desde los ventanales de los gimnasios, hasta las fachadas de cristal, pero lo más grave, la vida íntima desaparece y se convierte en espectáculo, bien sea por una paradójica voluntad exhibicionista del individuo o porque la sociedad capitalista invade, viola, y transgrede cualquier intento de privacidad.

El modelo social dominante, en sus variables sociales, culturales, políticas, económicas, mantiene así unos patrones de sometimiento al individuo para que no tenga forma de expresar su inconformidad; para anestesiar su dignidad y solapar cualquier intento de antagonizar contra el sistema. La incongruencia es que el mensaje detrás del consumismo de “sé auténtico” es en realidad una invitación a permanecer dentro del rebaño, a uniformizarse en la forma de vestir, de pensar, de educarse, de ingerir alimentos, de esparcirse.

La sociedad hegemónica tiene su propia verdad y la impone, a través del dominio que ejerce sobre las formas mediáticas que controla. El ciudadano termina por aceptar lo que recibe por los medios como el reflejo de la realidad. En el mejor de los casos, intuye que la información que recoge es sesgada o filtrada por los intereses de los grupos de poder, pero son pocas las opciones para encontrar versiones distintas a las que pueda confiarle su credibilidad.

 

Decir la verdad y el rol del intelectual

Es a la cultura antagonista a quien cabe la misión de decir la verdad, lo cual no es fácil ni sencillo. Brecht afirmaba en 1934 que existen cinco dificultades para quien quiere decir la verdad y luchar contra la mentira y la ignorancia: 1. Debe tener el valor de decir la verdad. No debe doblegarse ante los poderosos, pero tampoco debe engañar a los débiles. 2. Debe tener la inteligencia necesaria para descubrir la verdad, pues no siempre es fácil lograrlo. 3. La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben. Es el arte de hacer la verdad manejable como un arma. 4. Hay que tener la capacidad de discernimiento para poder confiar la verdad, la cual no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos. Y, 5. Se debe proceder con astucia para poder difundirla[8].

Sobre esto último, el escritor acude a la alegoría, trastoca tiempos y espacios para decir lo vedado. Piglia, en plena dictadura argentina, publicó Respiración artificial para atacar veladamente el régimen militar, apelando a hechos ocurridos cien años atrás. Así las cosas, el intelectual, cuando está alineado con la causa de los oprimidos, es el personaje más incómodo para las hegemonías culturales, políticas y económicas de cualquier país. Ya Said había afirmado que el intelectual tiene un rol de antagonista en la sociedad. Desempeña el papel de francotirador, de “amateur”, en el sentido que ejerce una actividad «impulsada por la solicitud y afección, más bien que por el provecho, el egoísmo y la estrecha especialización»[9] y de perturbador del status quo. Su deber es hablarle claro al poder.

Por su lado, Gramsci habló del intelectual orgánico en función del grupo social al que pertenece. El de la clase o grupo hace las funciones de organizador y de dirección de todos los niveles de la sociedad, mientras que el de la clase que aspira a conseguir el poder, puede cumplir y cubrir distintas funciones, y en momentos de crisis política ejercer todas. En cualquier caso, el intelectual juega un rol especifico en la organización de la cultural[10].

En consecuencia, el intelectual es mirado con sospecha, máxime si está en función de francotirador y no de organizador de la cultura dominante. Al intelectual, cuando funge como tal lo etiquetan como iluso, estúpido, desconectado de la realidad o simplemente no se le escucha, pues hacerlo implicaría un grave peligro para el status quo.

 

Calibán en Latinoamérica

Fernández Retamar puso en su lugar en los años sesenta a Rodó y el Ariel publicado en 1899. Rodó propendió por un intelectual latinoamericano de carácter espiritual para enfrentarse al pragmático monstruo consumista norteamericano que denominó Calibán. Equivocó los nombres, pero no el enemigo, comentó alguna vez Benedetti. Retamar se encargó de revelar que el verdadero personaje no es el aéreo Ariel —en verdad un lacayo de Próspero—, sino el rebelde Calibán. El salvaje dispuesto a mestizar la blanca raza de Próspero engendrando miles de nativos en su hija Miranda.

El Calibán[11] de Retamar es el llamado a un pensamiento y a una filosofía latinoamericana con voz propia; que se aleje de las influencias y alabanzas eurocéntricas, que denuncia a los intelectuales “ventrílocuos” que repiten de manera mecánica el discurso que viene del otro lado del Atlántico. Promueve, en la misma línea de la filosofía de la liberaicón, un pensamiento crítico con mentalidad emancipadora y fuertes vínculos con la cultura y el pensamiento popular.

Se trata, dentro de ese reto, de auspiciar y proteger, entre otros, unos medios de comunicación que propicien el debate al poder existente. Una forma es a través de un sistema nacional de comunicación alternativo, que suponga la «articulación de una base de significados y relaciones producidas desde la práctica de la comunicación social y humana natural; pero orientada a la construcción del hecho comunicacional». Es decir, se trata de generar una conciencia crítica que elabore desde la experiencia popular, alternativa y comunitaria, para transformar la realidad: un sistema no orientado a promover versiones oficiales, ni procurar la institucionalización de los proyectos comunicacionales, sino a favorecer la decisión de particulares, de comunicadores populares en su pluralidad[12].

¿Cuál es la oportunidad? Generar nuevas subjetividades que se alineen con los movimientos sociales para oponerse a la cultura hegemónica; «subjetividades solidarias, colectivas, cooperativas, y democratizadoras de los espacios de organización y de la toma de decisiones»[13]. Valorar lo que construye la sociedad siempre marginada, a través de la diversidad de sus procesos organizativos, realzando esas otras voces, imágenes, creaciones, subjetividades todas ellas que, sin duda, podrían contribuir al surgimiento y consolidación de otra Colombia, una en igualdad, justicia y paz.

 

Posibilidades y manifestaciones de una cultura antagónica en Colombia

El Acuerdo Final entre el Gobierno y las Farc permitió aflorar muchas de las realidades del país: entre ellas, la falta de una distribución equitativa de la tierra, la continuidad de la concentración de la riqueza, la pervivencia de una democracia formal y la falta de oportunidades y garantías para ejercer una oposición política. También explicitó algunas de las realidades sociales y culturales que explican, no solo los orígenes sino el por qué de la persistencia del conflicto.

Esto es importante dado que el asunto cultural es el eje del Acuerdo. No es sorpresivo que la palabra cultura aparezca más de cien veces, en especial, en el punto relativo a la participación política y la apertura democrática para construir la paz. Allí se afirma la necesidad de garantizar una cultura de convivencia, tolerancia y solidaridad, que dignifique el ejercicio de la política y brinde garantías para prevenir cualquier forma de estigmatización y persecución por motivo de sus actividades políticas, de libre opinión o de oposición; de una cultura de respeto por la diferencia.

A propósito de lo anotado a los medios alternativos, es significativo que el Acuerdo establezca: «[…] en un escenario de fin del conflicto, los medios de comunicación comunitarios, institucionales y regionales, contribuirán al desarrollo y promoción de una cultura de participación, igualdad y no discriminación, convivencia pacífica, paz con justicia social y reconciliación, incorporando en sus contenidos valores no discriminatorios y de respeto al derecho de las mujeres a una vida libre de violencias»[14].

Así las cosas, creemos que más que un Acuerdo para deponer las armas y cesar un conflicto armado es una hoja de ruta para resignificar el país en clave de convivencia, armonía y justicia social. Están dadas las condiciones, al menos en el papel, para que surja y se consolide una cultura antagonista opuesta a esa otra cultura descrita aquí como hegemónica y dominante, y que está, en gran parte, afianzada por los grandes medios de comunicación y sus instrumentos mediáticos. Cabe entonces, al intelectual orgánico, desarrollar, en conjunto con las «nuevas subjetividades», colectivas y populares, estrategias culturales, comunicativas, de expresión, que puedan ejercer un contrapeso en la opinión pública al logrado por los medios oficiosos en vastos sectores de la misma, como el logrado, hay que admitirlo, por la derecha que detentó el poder entre 2002 y 2010 y hoy se erige como el principal enemigo del Acuerdo Final.

Para concluir, algunas de las manifestaciones artísticas y culturales elaboradas durante los últimos años en Colombia se pueden enmarcar dentro de una cultura antagonista. Para comenzar, la obra artística de Alejandro Obregón quien en 1963 ganó el Salón de Artistas Nacionales la pintura Violencia, una obra desgarradora que muestra a una mujer embarazada, asesinada. Su cadáver en descomposición es un grito contra la violencia que afecta a los más desprotegidos. Obregón, había plasmado antes las masacres de estudiantes de 1956. Más reciente, es necesario citar la poesía de Nelson Romero, en obras como Música Lenta, la obra cinematográfica de Cesar Augusto Acevedo La tierra y la sombra, que muestra la explotación, asedio y expulsión de los corteros de sus tierras por parte los ingenios azucareros, la exposición itinerante 300 artistas por la Paz impulsada por Espacio Compartido, y entre muchas obras de la literatura actual, las novelas En esta borrasca formidable y Palabrero del autor de este artículo. En los medios de comunicación alternativa, el periódico y la editorial Desde abajo es ejemplo de una voz crítica e independiente.

No hay duda de que la cultura antagonista en Colombia toma forma cada vez más delineada en el país. Es el momento para hacerlo, justo cuando la paz es frágil y está amenazada por tantos contradictores ocultan detrás de gritos patrióticos que en realidad lo que quieren es preservar sin apertura ni cambio alguno el sistema imperante, para que las mayorías sociales se mantengan anestesiadas y así poder prolongar los demenciales niveles de concentración de riqueza que el país padece, el monopolio del poder político, y en su base, como soporte de todo su dominio, su mismo dominio cultural, soporte de la hegemonía sobre la cual gobiernan.

 

 

 


 

 

 

[1] Shakespeare, W. The tempest, I, 2. En The complete Works, Oxford, 1991, I, 2, pgs. 1172-1173.

[2] Fundación Alejo Carpentier, Universitat de València, (2017) Coloquio internacional Valencia 1937/La Habana 2017, La Habana, 28 al 30 de noviembre de 2017. Intelectuales, polítca y cultura. Convocatoria.

[3] Editorial, (2005) Por una cultura antagonista, ([Consejo de Redacción] octubre 2005), Revista Laberinto, No. 18, Málaga, p.3

[4] Echeverría, B (2010) Modernidad y blanquitud, Era, México.

[5] Foucault, M. (2007), El nacimiento de la biopolítica. FCE, México, p. 268.

[6] Han, B. Ch., (2013) La sociedad de la trasparencia, Herder, Barcelona, ps- 11-13.

[7] Han, B-Ch. (2012) La sociedad del cansancio, Herder, Barcelona, p. 11

[8] Brecht, B., (1934) Las cinco dificultades para decir la verdad, Revista Laberinto, No. 6, Junio 2001

[9] Said, E.W., (1996) Representaciones del intelectual, Paidos Studio, Barcelon, p. 90

[10] Gramsci, A., (1997) Los intelectuales y la organización de la cultura, Nueva visión, Buenos Aires., p. 9-11

[11] Fernández Retamar, R. (2000) Calibán y otros ensayos: Calibán revisitado y Calibán quinientos años más tarde, La Habana, 2000.

[12] Sistema público nacional de comunicación popular, alternativa y comunitaria (2017) en https://investigacionubv.wordpress.com/2012/03/10/comunicacion-alternativa-y-comunitaria-en-venezuela/

[13] ANRed (2003), La comunicación alternativa no es solo contrainformación, es cultura antagonista, en http://www.argentina.indymedia.org/news/2003/01/75851.php

[14] Gobierno Nacional.-Farc (2016) Acuerdo Final, La Habana, p. 46

 

 

 


 

 

 

Philip_Potdevin_desorbita

Acerca del autor: Philip Potdevin es escritor, editor, periodista y docente universitario. En junio de 2017 publicará El juego del retorno, quinteto, un libro de relatos con la editorial de la Universidad de Antioquia.

Blog de Philp Potdevin: El Rinoceronte Ilustrado


 

*Artículo publicado bajo autorización del periódico Le Monde Diplomatique, edición Colombia Nº 166.

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