Por Baldomero Sanín Cano · Fuente: Desde Abajo*

 

El cariño fraternal, originado en una comunidad inexplicable de ideas y sentimientos, el respeto a la memoria de una inteligencia casi genial, de grande influjo en mi propia formación, y el temor de que al hablar de su vida y de su obra me viese forzado a hablar de mí mismo, me han disuadido más de una vez del arduo empeño de explicar a las generaciones nuevas el significado de la vida y la obra de José Asunción Silva. No el significado moral e intelectual, sobre cuyos aspectos acaso las generaciones de hoy tienen mejor entendimiento que nosotros, los contemporáneos de Silva. Los pocos jóvenes de hasta treinta años, los hombres que no habían nacido a la muerte del poeta, tienen de aquella obra una comprensión más amplia que los hombres de treinta años en la época del “Nocturno”. Silva fue un precursor y está escrito con sangre que la incomprensión es el más digno homenaje rendido al genio innovador por los hombres de su época.

Parece una exageración decir que había mucho de genio en la inteligencia temeraria, eminentemente comprensiva, completa en sus numerosas rami­ficaciones y fastuosa en su ornamentación interior, de José Asunción Silva. Hubo sin duda fasto en la naturaleza cuando propuso crear la personali­dad de Silva. Derramó sus dones con tan estupenda liberalidad que hizo de él una criatura demasiado sensible a las pequeñas miserias cuotidianas y le inhabilitó para desenvolver todas sus cualidades en el medio donde le hizo nacer. Toda la tragedia de su vida se explica en una imposibilidad matemá­tica de adaptación. El puritanismo liberal que se prolongaba con la tenacidad de las vidas endebles en un ambiente nuevo de hipocresía y de fraude mo­ral y este ambiente mismo se oponían con vigor de fenómenos telúricos a aceptar en su seno una inteligencia vigilante, capaz de comprenderlo todo, impermeable al engaño, finamente organizada para percibir los contrastes de la vida, disocian las ideas básicas de un medio espiritual en que la supo­sición tenía méritos de realidad y la farsa se entronizaba como imperativo social, político y económico.

A esta distancia los que no fueron sus contemporáneos apenas alcanzan a verle como un excelso poeta, a lo sumo como un autor de pequeños bo­cetos en que la vida aparece con todas sus contrariedades, encubriendo lam­pos de belleza inmarcesible. Sus contemporáneos, capaces de comprenderle, veían en él una inteligencia de innumerables facetas, un talento incoercible nacido para vivir en lucha constante y desesperada con el ambiente físico y moral de su tiempo, con la historia de su raza y las preocupaciones de sus más conspicuos contemporáneos. En una bella poesía necrológica Víctor Londoño le señaló como ambiente propicio los tiempos de la antigua Grecia. Fue una adivinación. Los vicios fundamentales de la cultura apolínea, sin ninguna de sus grandes virtudes, hacían de la capital de Colombia un simu­lacro en pequeño de aquella vida ateniense, en que la emulación sorda, la envidia convertida en régimen social, producía hombres como Sócrates y Alcibíades para destruirlos complacientemente. En opinión de Burckhardt, el penetrante observador de la vida griega, fue la envidia, elemento destruc­tor por excelencia de aquella inolvidable cultura no sobrepasada desde en­tonces en la historia del humano florecimiento.
Silva fue el tipo avanzado de la cultura fáustica, en un medio donde ape­nas se tenían vagas sospechas del concepto apolíneo de la vida. Era la inte­ligencia completa, que aspiraba a lo infinito y comprendía lo ilimitado, sumergida en un medio estrecho, circular y ufano de su carácter reentrante. Era la infinitud de la parábola, obligada a expresarse con la ecuación limi­tada del círculo.

Le conocí, diré más bien que le escuché por vez primera, en dos horas de admiración silenciosa, una noche de las postrimerías melancólicas de 1886 en casa de Antonio José Restrepo, en la entonces aldea destartalada y re­mota que llevaba el nombre de Chapinero. Llegaba Silva de Europa. Su inteligencia había recibido en uno o dos años de permanencia en París, en Londres, en Suiza, todas las influencias de que era susceptible una sensibili­dad refinada y riquísima y una capacidad receptiva de alcances ilimitados. En su conversación ágil y abundante, recamada de frases pintorescas y de palabras luminosas como piedras talladas, iban pasando visiones precisas y fascinadoras del bulevar endomingado; del Strand suntuoso, iluminado por la luz argentina del verano londinense; del “silencio blanco” del ventis­quero suizo o la abundancia cromática de las playas de moda en las costas de Francia. Como su auditorio, en donde figuraba enhiestamente su her­mana, parecía capaz de seguirle en sus apreciaciones de arte, de cuando en cuando la pintura de los impresionistas, la novela de los naturalistas, las conferencias de algún filósofo, la crítica literaria de Taine, la crítica histó­rica de Renán, aparecían en ese panorama que para mí era la revelación de un mundo nuevo.

Se ha dicho que mi amistad con Silva ejerció sobre él determinadas in­fluencias. No puedo lisonjearme de tanto: es la recíproca la que resulta evi­dente. Desde la noche a que me he referido no volví a tratarle hasta pasado mucho tiempo, acaso uno o dos años. Mis preocupaciones de esa época es­taban muy lejos de la literatura y el arte. Mi formación intelectual de la escuela y del colegio fue por desgracia, falsamente científica. Me interesa­ban las ciencias físicas y naturales, las matemáticas ejercían sobre mí fas­cinaciones irresistibles. Desdeñaba la novela; la poesía me parecía labor su­perflua de espíritus descentrados, y no me habría acercado a la una y a la otra a no haber sido por el contacto forzoso que me imponían los estudios lingüísticos a que era muy aficionado. Leí los clásicos españoles tediosa­mente para profundizar el conocimiento de mi propia lengua. Recorrí los ensayos de Macaulay en el original buscando modelos de buen decir inglés. Interpretaba las poesías de Heine, las de Schiller y sus dramas para apren­der alemán. Nunca pensé, ni aun leyendo esos modelos, que la inteligencia humana tuviera digno empleo en hacer versos, en imaginar novelas, o en combinar sucesos y sentimientos para componer un drama.

“Parecía más maduro”

He tenido que hablar de mí mismo para desvanecer una leyenda y reparar una injusticia. No puedo lisonjearme de haber influido sobre la formación intelectual de Silva. En cambio, cuando empezó la amistad estrecha entre los dos mi concepto de la vida se modificó sustancialmente. De Silva recibí la iniciación en las corrientes literarias de la época. Stendhal, Flaubert, los Goncourt, Bourget, Lemaitre, Zola, me fueron conocidos, en volúme­nes graciosamente encuadernados que él trajera de París. La iniciación prendió con la rapidez del incendio. No había gran diferencia en nuestras ideas. Parecía yo mucho más maduro, porque mi juventud y mi adolescen­cia habían sido oscuras y melancólicas. Un concepto puritánico y profun­damente triste de la existencia me hizo conocer el frío de la vejez antes de llegar a la plenitud de la edad madura. Pero la noción plácida de la vida en Silva, su alegría de vivir, el concepto fáustico de las relaciones humanas y del fin de la inteligencia, trastornaron absolutamente mi tabla de valores. El hombre frio, melancólico, exento de interés en las cosas de arte, se fue apasionando insensiblemente por los aspectos bellos de la existencia. Fue la obra de Silva. Nunca podré expresar la gratitud que me inspira el haber experimentado por su causa aquella transformación.

Nuestra apasionada amistad tuvo su base en el estudio. Recuerdo con un placer sobrehumano la voracidad con que nos lanzamos uno y otro a la tarea de atesorar conocimientos. Mientras Silva me ofrecía liberalmen­te el caudal de nociones y de ideas para mí enteramente nuevas que ence­rraban los libros de Taine y de Renán, yo le procuraba algunos filósofos ingleses contemporáneos. Nuestras conversaciones eran orgías ideológicas en que se ensanchaba considerablemente el horizonte sensible. El empe­ñado en ingratas labores de comercio, yo en la prosaica tarea de adminis­trar un tranvía de sangre y llevar cuentas por partida doble, volvíamos a la realidad en ágapes modestos o en preambulaciones nocturnas a la luz de la luna, hablando de Verlaine o de Mallarmé, comentando a Gran Allen, o haciendo esfuerzos temerarios para reducir los aforismos de Nietzsche a una filosofía sistemática.

Su espíritu, capaz de todas las nociones y de reducir a un claro diagra­ma las teorías más abstrusas, se completaba a mi vista con aquellos estu­dios, como una bella obra arquitectónica. Convertía en sustancia intelec­tual propia las ideas ajenas mediante un poder asimilativo de que hay pocos ejemplos en los anales de la producción literaria y del pensamiento colom­biano. Con todo su saber, Marco Fidel Suárez daba siempre la impresión del expositor no del hombre de pensamiento propio. Su estructura mental se negaba a recibir las ideas que pugnaban con doctrinas aceptadas por él sinceramente o por una convención acogida en contra de la razón. Era un erudito, no un pensador. De artista no tenía sino un vago presentimiento na­cido de las armonías de la frase en algunos autores de los muchos que fre­cuentaba.

En Silva las ideas, la forma, la armonía entre las unas y la otra, eran un pretexto para sentir la belleza y para crearla. Los sistemas abstrusos en él tomaban apariencias de claridad y armonía sin perder el fondo de verdad que contuviesen. Más de una vez le oirían los frecuentadores de su pensa­miento decir que no hay distancia ni siquiera separación entre la idea y la forma; la idea tiene una sola forma adecuada y cuando no se expresa en la que le compete, la belleza queda sin realización. De este concepto irrefuta­ble son testimonio luminoso sus mejores poemas. “El día de difuntos”, “Un poema”, “La respuesta de la tierra”, “Egalité”, “El Nocturno” que empie­za: “Una noche, toda llena … “, tienen el valor imperecedero de aquella concordancia, hasta en los más sutiles detalles, de la idea con la forma.

Nunca hizo poemas para hacer poemas. La idea poética surgía completa, orgánica, armoniosa, con su natural estructura. De aquí proviene la sen­sación de laconismo que experimentaban algunos de sus contemporáneos, cultivadores del verso, ante algunos poemas de Silva. En su tiempo, los poe­tas colombianos chapoteaban complacidos en el tembladal del romanticis­mo, con su tendencia insoportable al exceso de desarrollo.
Poseyó en alto grado el sentido irónico de la vida, nacido, no como en Heine, de una disposición morbosa, de un desequilibrio entre el espíritu y el cuerpo, sino de una comprensión entera de la vida de sus infinitas posibi­lidades y de las tristes limitaciones que el hombre le impone. Pero su ironía es sana, fuerte y muy a menudo tonificante. A veces llega a las alturas casi inaccesibles del grande humor, según lo ha analizado con visión de artista y de filósofo el octogenario profesor de Copenhague.

Al estudiar la obra de Silva el crítico no puede substraerse a una sugestión torturante. Su talento no llegó a darnos cuanto podía ofrendar a los aman­tes del arte literario. Terminando la lectura del único volumen preparado por él antes de su muerte, se experimenta la sensación de estar en presencia de un hermoso fragmento de estatua, completo como fragmento, pero apenas indicativo de las infinitas capacidades del autor. En efecto, Silva nos dio apenas un símbolo de lo que hubiera podido ser su obra de madurez y de se­reno empeño. El ambiente nos privó de esa obra definitiva. Bogotá no es campo favorable al desenvolvimiento total de la inteligencia. Hay influen­cias de carácter físico que se oponen a la función sana y completa de la más amplia de las potencias del alma; pero tales influencias son menos poderosas que las otras de carácter moral, cuya presión impide el curso natural de las altas capacidades artísticas o de pensamiento. En los grandes centros cultu­rales como Londres, París, Viena, y aun en algunos focos intelectuales de nuestra América, entre los cuales puedo citar a Buenos Aires, hay una cierta actitud de reverencia o simpatía para con el verdadero talento. En Bogotá la actitud más extendida, no sólo en las cavernas de la mediocridad sino tam­bién entre las gentes colocadas en los altos peldaños de la ciencia y de la filo­sofía, es una de sospechosa indiferencia para el talento que surge, especial­mente si da señales de candor e independencia. Un régimen semisecular se apoya en la estudiada desconfianza ante las manifestaciones del talento superior a las medidas aprobadas por el concepto general, y se complica con una ternura, estudiada por las medianías acomodaticias.

La desconfianza es mayor y toma actitudes de agresividad si el talento se muestra independiente con tendencias a la innovación. El talento juvenil, exento de impulsos renovadores, carece de su razón de ser fundamental y se sacrifica a sí mismo. La vida, la civilización son una serie de renovacio­nes y no hay nada tan propenso a renovar y a renovarse continuamente como el verdadero talento. Bogotá existe por su temor a la renovación. El ré­gimen que desde esta altura se impone al resto de la nación se mantiene en perpetuo estado de reacción contra las manifestaciones de la vida que son fenómenos de renovación. En esta dolorosa inconsecuencia, se encierra la tragedia vital de José Asunción Silva. Pagó su bella y audaz inteligencia al medio en que le tocó desenvolverse. La ciudad es escéptica y burlona. Desconfía de toda superioridad y ríe cuando no entiende o cuando entiende demasiado. Silva, a pesar de su talento irónico, o tal vez por eso mismo, le pagó tributo a su ciudad natal. Sin creerlo, aceptó que la actividad literaria y las preocupaciones artísticas envolvían en el ambiente donde él se agitaba una inferioridad. Pensó vengarse del medio, dedicándose a labores mate­riales, como para demostrar que también en esa esfera del humano obrar era superior a sus conciudadanos. Cualquiera de las ideas que tuvo en mira habría fructificado económicamente (han fructificado después), si hubiera encontrado el apoyo a que tenía derecho. Pero la animadversión que inspira el sumo talento literario crece cuando ese talento trata de aplicarse a otras labores, y en sus tentativas industriales Silva encontró la indiferencia, así como sus obras de soberana distinción literaria suscitaban la ironía baja de los menesterosos intelectuales y la sospecha hostil de quienes podían comprenderlo. Es tiempo de reparar la injusticia. Ya el medio obró sobre el poeta viviente su acción deletérea. Ahora el poeta muerto puede exaltar a sus sobrevivientes ofreciéndoles la ocasión de que muestren la veneración a su memoria en una forma perdurable.

 

 


 

 

*Articulo publicado en el suplemento cultural: Cuerpo de Letras Nº1 del periódico Desde Abajo.

 

Anuncios