Imagen destacada: Graffiti de Toxicómano

 

Por Manuel Hernández Benavides* · Fuente: Le Monde Diplomatique*

 

En este artículo su autor se pregunta por lo que queda en una memoria del año de la publicación de la obra, tocando la dolorosa experiencia de la Matanza de las Bananeras y forzando a imaginar los muertos y la condición humanitaria en Colombia a la luz de las obsesiones del Nobel y de algunos filósofos contemporáneos como Derrida.

 


 

¿Cómo podría uno imaginarse el mundo en 1967?

 

La revolución cubana no tenía diez años y al año siguiente un oscuro escritor de la isla generaría un cisma entre el boom de escritores latinoamericanos respecto a la libertad de expresión en Cuba.

 

Estos autores agrupados por el prestigio y las facilidades de viajar, más la última edad de oro de una excelente relación entre periódicos y editoriales, los había beneficiado. Al repasar la biografía de Gabo de Gerald Martin uno encuentra que el año 67 fue de viajes y comentarios y asombros entre colegas por la magia del libro. Fue el año de la guerra de los Seis Días, el 5 de junio; también fue el momento en que ése escritor colombiano –nunca profeta en su tierra– recibiría en agosto, en el teatro del Instituto Luca de Tella, una ovación que según el testigo presencial y gran escritor Tomás Eloy Martínez describió como “que la fama bajaba del cielo, envuelta en un deslumbrador aleteo de sábanas, como Remedios la bella y dejaba caer sobre García Márquez uno de esos vientos de luz que son inmunes a los estragos de los años”.

 

En efecto, la fama lo cubrió y el escritor estuvo totalmente preparado y al mismo tiempo todo lo contrario, para recibirla. En la revista Visión de México afirmo que todo libro terminado es un león muerto, recordando al amado Hemingway.

 

El glorioso y envenenado final de la Segunda Guerra Mundial y las bombas de Estados Unidos sobre Japón eran apenas trece años anteriores a la revolución cubana y a la inminente crisis de los misiles. Gabo era Nasserista. Me lo refirió personalmente en México en 2003. Gamal Abdel Nasser líder egipcio había propuesto una liga de naciones no alineadas con los dos enemigos de la Guerra Fría: capitalismo y comunismo. Esa liga de países llamados así los No Alineados prestarían un servicio enorme a la causa mundial de la paz disminuyendo la toxicidad que para América Latina tenía la tal Guerra Fría y sus consecuencias en el subcontinente: la invasión a Cuba, el asesinato de J.F. Kennedy y el ascenso de Allende al poder en Chile en 1970. La denuncia del escritor cubano Padilla sobre la situación dictatorial de Castro con los escritores partió el Boom. Gabo y Cortázar se pusieron del lado de la revolución cubana y el resto gradualmente en contra. El libro de Vargas Llosa sobre Gabo Historia de un deicidio se dejó de imprimir por orden del autor y así se termina la década del sesenta.

 

Faltaban años para destapar los secretos de Estados Unidos, del informe Hersch sobre los daños horripilantes de las bombas atómicas sobre Japón y la perdida de una bomba de hidrógeno en el mar del Norte. No sobra referir que Gabo le había hecho un reportaje en los cincuenta el padre Arrupe, sacerdote jesuita vasco, papa negro, y quien por razón de sus menesteres estaba en Hiroshima el año de la bomba.

 

Asturias dijo que “cien años” era un plagio de una novela de Balzac por las reminiscencias alquímicas, Neruda dijo que era el Quijote de América y una novela de Caballería y Borges en privado, con sorna, comentaba , como lo hizo conmigo en el 80, en Buenos Aires, que le gustaban más los primeros cincuenta años. El –hasta ese momento– íntimo amigo y compatriota de Gabo, Plinio Mendoza, publicaría una novela premiada por la editorial Plaza y Janés, Años de Fuga y de su desvaído recuerdo queda que era sobre Camilo, el comienzo de la guerrilla del Eln y los pasos santandereanos y caraqueños de todos ellos.

 

Pero Gabo no había quedado tranquilo: quería escribir La novela sobre los dictadores latinoamericanos. Y se fue a Barcelona y se puso en la tarea. Era una larga epopeya sin puntuación que sólo terminaría en el 75 y de la que hablaba interminablemente con Fidel en la casa que la Revolución le había adjudicado. Eran los años de las continuadas luchas anticoloniales en Africa de las que Gabo había escrito crónicas precisas y en las que el Che había participado como parte de su lucha foquista “uno y muchos Vietnam” que lo llevarían a la muerte en Bolivia en octubre de 1967.

 

Cien años de soledad, pues, se transforma en menos de dos años en la piedra de toque de la política continental, de los avatares de la Guerra Fría, de las incógnitas de ésa aldea feliz e infeliz llamada Macondo y en fundamento del alegato anti inventos y progreso más sibilino y cáustico de un escritor. Con el antecedente de Faulkner Primero debe ser la solidaridad y luego el progreso. Se abre así un utopía tan lejana como la aldea traducida y recreada por una pléyade de traductores a todas las lenguas del mundo, para que lo aspavientos de Melquíades fueran escuchados y lamentados en todo el planeta. Se habría de embarcar (1971) en la aventura periodística de la Revista Alternativa. Jorge Villegas la diseñó desde las luchas populares y la habilidad investigativa con Gabo y al poco tiempo se retiró; lo siguieron acompañando los niños bien (hijos de la élite liberal y primos lejanos) que estaban aprendiendo cosas como locos y algunos periodistas sindicalistas.

 

¿Y de la obra en sí misma, qué? El núcleo de los sucesos de las Bananeras

 

Algunos lectores de las Tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin, hemos encontrado que “Cien años” es una enorme metáfora de la fortaleza de la literatura al no permitir que la verdad de la historia sea explicada por triunfalismos infantiles o luchas partidistas materialistas. El olvido, esa peste, y el insomnio ese mal de no poder soñar, van envolviendo a los Buendía en una nube ya no de fama sino de olvido. Y el vendaval propio del Caribe arrasará a los pueblos y de sus historias quedará tan sólo una resiliencia común a la del huracán de New Orleans de 2006 y común a la metáfora de La Tempestad de Shakespeare aplicada a la isla de Cuba, como lúcidamente lo enunció Fernández Retamar en los setentas (Ver Philip, pág. 8).

 

El tren de las alegrías y las calamidades de Macondo, definido como una cocina que arrastraba a un pueblo, será el punctum de las relaciones de producción en la Colombia de la United Fruit Company.

 

Las relaciones entre la Compañía y el Gobierno, las visitas reales de María Cano a la zona bananera, los dolorosos eventos del 6 y 7 de diciembre de 1928 y la condición de empleado de la Compañía del abuelo de Gabo, harán, con el huracán del 27, año de nacimiento del escritor y fuente de la crisis de la United por los tropiezos para cumplir los compromisos de suministro de la fruta, como lo narra la historiadora Catherin Legrand, todo lo anterior culminará con el viaje mortuorio de los cadáveres de los masacrados para ser echados al mar. La imagen dialéctica benjaminiana se cumple a cabalidad: Aureliano Segundo, el que recuerda, no lo hace mediante palabras, lo hace con sus pasos, recorriendo los vagones del tren que ha equivocado su carga, que ya no lleva los frutos de la tierra y el trabajo sino los frutos de la muerte, los cadáveres de la masacre. A contrapelo del sentido del tren finalmente este Aureliano se arroja del mismo y busca una lucecita de vela en la madrugada. Allí afirma que los muertos eran más de tres mil y la señora que le brinda una taza de café lo refuta: “desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo”. Aureliano segundo es el mismo que le regala los minutos que faltan o que sobran a la orden perentoria de los militares de despejar la plaza.

 

Mientras tanto Meme, la amante del obrero Mauricio Babilonia que iba siempre perseguido por mariposas amarillas, las que en la vida visual de nuestros ojos de antiguos pasajeros de tren danzaban entre los charcos de aceite de las estaciones ferroviarias y las sedes de las incipientes industrias de la tierra caliente, esa misma Meme, morirá en Cracovia sin volver a hablar como la virgen muda de la catedral de la virgen negra, esa patria chica de Wojtyla el que realmente desarmó a los sindicatos comunistas, con un sindicalista católico a quien no le habría gustado ser comparado con Mauricio Babilonia.

 

¿Cuáles son las ideas de literatura de este escritor?

 

Desde 1947 comienza una obra coherente, signada por la presencia del cadáver, vivo en La Tercer Resignación, a medio morir, como el Coronel, en Cien Años de Soledad o francamente muerto y descompuesto en El otoño del patriarca. Anunciado en La Crónica de una muerte Anunciada o cadáver con caprichos en Memorias de mis putas tristes. El tema de La Hojarasca será el que mejor se entienda con “Cien años”. La referencia a las Bananeras es explícita y en clave. El médico francés de La Hojarasca es el representante de las mores cruzadas o quiasmadas. El hace lo contrario. Contraría al pueblo y sus costumbres y así se acopla con la comunidad. Vence todas las prohibiciones y se vuelve más que indígena. El Coronel, Isabel y el niño lo recuerdan como es: un cadáver insepulto al que el coronel por un juramento sofocleano debe darle sepultura contra la voz del pueblo, ese Creonte.

 

La espina dorsal es la dialéctica casi imposible entre la vida y la muerte. La crisis humanitaria que sofoca Colombia y a la vez le da el ritmo de su respiración, cincuenta años después se convierte en unos acuerdos de paz.

 

Estamos esperando un mañana después de la tragedia pero poseedores nominales de la tierra, como plagiando al maestro Rulfo, Nos han dado la tierra pero es yerma. Acuerdos de paz, que el niño Gabo oyó que se habían realizado en unos buques de la United en los que se abuelo había tenido que ver.

 

De esos acuerdos está saturada la historia nacional. Una Comisión de la verdad, una Justicia especial y una recomposición de la tenencia de la tierra son los cimientos para un país imposible. Los Buendía estamos condenados a cien años de soledad. Vértigo de avalancha o de vendaval, estamos atónitos frente a la fosa común. Desmemoriados, sopesando el agravio del cadáver insepulto y a la vez del desaparecido.

 

A veces me imagino a Jacques Derrida preparando su ponencia de 1993 sobre Los espectros de Marx y seleccionando apartes deLos miserables de Víctor Hugo en la lucha de las barricadas de 1850 y siguientes. Son los mismos cadáveres, son los mismos asedios, el fantasma nos ronda y como le confeso Gabo a Germán Castro en una entrevista del 72 en T.V. a él siempre lo han asediado. Es su miedo a los muertos.

 

Deberíamos los colombianos y los latinoamericanos tenerle miedo a los muertos, al cadáver insepulto del hijo de Clemente Silva, de La Vorágine de Rivera de 1924; a los cloqueantes huesos que trae Remedios de su Guajira natal, niña y mujer. Y también a su metáfora contemporánea, las fosas comunes y los desparecidos para quienes la vida no ha sido sagrada.

 

Cien años de Soledad nos ha dejado semejante legado. Y contando. Otros cincuenta sin cuenta, por lo menos.

 

 


 

*Acerca del autor: Profesor por más de treinta años de literatura colombiana en la Universidad de los Andes, entre otras materias dictó repetidas veces un García Márquez I y II.

*Artículo publicado bajo autorización del periódico Le Monde Diplomatique, edición Colombia Nº 166.

 

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