Por Fernando Grissán · Fuente: Desde Abajo

 

El 24 de junio de 1935 murió en Medellín, en la cúspide de su carrera, Carlos Gardel. Sin duda, este suceso trágico contribuyó a la difusión del tango en nuestro medio; tal vez por “esa rara costumbre que tienen los pueblos de querer más a sus muertos que a los vivos”. Las melodías que hoy suenan en el bar de la esquina de cualquier barrio nacieron en los suburbios o arrabales de Buenos Aires; por eso, sobre una base bastante superficial, algunos ven al tango como canción del bajo mundo y violenta; no es extraño que se oiga decir que ya ganó status porque ahora se baila en los salones de Europa, al lado del vals. Pero esto no es más que una manera elitista de ver las cosas, porque este género de música siempre lo tuvo, en cuanto es sentimiento vital, expresión fiel de la vida popular, del más vivo folclor y del sentir de los olvidados.

Como para desmentir aquellas visiones un tanto irónicas, emerge la figura de Enrique Santos Discépolo, un poeta en el tango, no el único, compositor de Cambalache, Tormenta, Uno, Yira, Yira, Alma de bandoneón  , Sueño de juventud, entre otras; cantor del pesimismo, según interpretan unos, si es que así puede llamarse el realismo crudo de quien ha sentido la vida y conocido las limitaciones de la existencia dura, el amor traicionado, el desengaño ideológico y social. No hay mucho que explicar para entender que “vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo, todos manosiaos”, que “es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el mata o el que cura o está fuera de la ley”, que “los inmorales nos han igualao”, que “la gente mala vive, Dios, mejor que yo” o que “se ve llorar la Biblia contra un calefón”.

En sus aportes poéticos no puede olvidarse el lamento romántico expresado en Uno, la del corazón que dí, una de las bellas letras en el género de la canción porteña.

 

 

Canciones silenciadas

Cambalache fue prohibida en tiempos de las dictaduras –cosa que debió funcionar sólo en las emisiones públicas–, confirmando de esta manera el acierto de la crítica cantada y de la fidelidad de la descripción de sus acciones alejadas de un proceder humanista y contrarias a la misión estatal de proteger a los ciudadanos, como lo establece el “contrato social”.

 

Tormenta nunca ha sonado bien a los oídos de la iglesia, porque “lo que aprendí de tu mano no sirve para vivir”.

 

No se pudo escapar a la tentación de transcribir una letra vigente; estarán de acuerdo en que nada ha cambiado. Reina la tramoya, el truquito, la manipulación, el engaño y la impunidad. Una máxima liberal dice que “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”; pero lo cierto es que nace instintivamente animal y la sociedad lo forma en los valores que la inspiran. No se quiere retratar a ningún gobierno de derecha en particular:

 

Cambalache (1935)

Que el mundo fue y será una porquería,
ya lo sé…
en el quinientos seis
y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
valores y dublés…
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo
todos manoseaos…

Hoy resulta que es lo mismo
ser derecho que traidor…
ignorante, sabio, chorro,
generoso, estafador
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!
¡No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao!
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón…

¡Qué falta de respeto,
qué atropello a la razón!
¡Cualquiera es un señor!
¡Cualquiera es un ladrón!
Mezclao con Stavisky va Don Bosco
y “La Mignón”,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín…
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches
se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia
contra un calefón.

Siglo veinte, cambalache
problemático y febril
El que no llora no mama,
y el que no afana es un gil.
¡Dale nomás! ¡Dale que va!
¡Que allá en el horno
nos vamo a encontrar!
¡No pienses más,
sentate a un lao!
Que a nadie importa
si naciste honrao.
Que es lo mismo el que labura
noche y día, como un buey
que el que vive de los otros,
que el que mata o el que cura
o está fuera de la ley.

 

La navidad de 1951 debió ser muy triste para aquellos que lo querían. El maestro murió el 21 de diciembre pero sólo físicamente, porque, como dice Atahualpa Yupanqui, “Cantor que cante a los pobres ni muerto se ha de callar”, lo que se confirma muy bien en su caso.

 


 

Diccionario de Lunfardo

 

Dicen que el primer diccionario de lunfardo lo recopiló un inspector de policía para entender la forma en que se comunicaban los rufianes del bajo mundo. Esta forma de expresarse se fue enriqueciendo con palabras de otros idiomas, traídas por los inmigrantes europeos y también como resultado de pronunciarlas al revés, que es hablar “al vesre” o hablar “verrés”, práctica que también ha existido en otros idiomas (no alcanzo a imaginar a un árabe o a un chino hablándonos al vesre).

Tamangos: Zapatos

Mango: Dinero

Morfar: Almorzar, comer

Yira: Gira.

Cambalache: Compraventa

Laburar: Trabajar

Chorro: Avivato

Dublé: Oro de fantasía

Afanar: Robar

Gil: Tonto.

Calefón: Fogón

 

¡Che! Cuando tengás oportunidad, échale una moneda a Cambalache, Tormenta, Uno o Yira, Yira; Che. Vos te metés a Todo tango (anteriormente solotango.com) y bajás lo que querás.

 

 

 


 

 

*Articulo publicado por primera vez en el periódico desde abajo Edición 135

 

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