Imagen destacada: Margarita Isaza, Éramos pocos y ella estaba de espaldas, mixta, carboncillo y acrílico sobre lienzo

 

El estilo no es el hombre

 

Por Sophie Divry · Fuente: Le Monde Diplomatique*

 

“Encontrar su estilo” constituye para el escritor, al mismo tiempo, un mandato, un objeto y una moral. La sentencia de buffon que data de 1753 tuvo mucha repercusión: “El estilo es el hombre mismo”. El escritor que aspira a ocupar un lugar entre los grandes intenta pulir un estilo muy personal para ser a la vez identificado y distinguido. El summun de lo chic es ser reconocido en pocas líneas. El escritor que no lo logra contrae un complejo: ¿será mediocre, diletante o esquizofrénico?

Se diría que la idea de “encontrar su estilo” anima al artista a crear su propio lenguaje. Pero sucede con frecuencia que termina degradándose en lo que el escritor Jules Lahougue llamaba el “postulado identitario”: un llamado a quedarse temerosamente en un nicho estilístico etiquetado.

Pues bien, hay una gran diferencia entre inventar una lengua para traducir la singularidad de su punto de vista y la voluntad narcisista de tener un estilo reconocible marcado por “la huella digital de su alma”[1] (Lahougue).

Al comienzo se trata de introducir en la lengua propia una visión particular, hasta hacer brotar del interior “una suerte de lengua extranjera”, como decía Marcel Proust. Es una de las especificidades de la experiencia literaria: estar embarcado en una relación con un lenguaje que nos arranque del lenguaje de todos los días. Se puede pensar en Claude Simon, pero también en Arno Schmidt o en Clarice Lispector. En cada uno de los libros de estos autores, encontramos una cadencia original.

No todos los escritores cuentan con estos recursos, y el proyecto literario de un artista puede situarse en otro plan sin decaer. Pero como de todos modos es difícil renunciar a esta ambición, algunos quieren encontrar un estilo a cualquier precio. Esto se traduce en libros con la distancia necesaria como para distinguirse tanto de sus colegas como del común de los mortales. Habrá quien escriba verbos al comienzo de la frase. Otro colmará su texto de repeticiones. Otro usará anáforas. El resultado no irá más allá de lo esperado. Hay que ser original, pero no marginal. La jugada está hecha y, para los demás, ese será su estilo.

Sin embargo, para qué ocultarlo, al comienzo de su práctica, un escritor no tiene ninguna idea de cuál es su estilo. Se ve envuelto en una batalla entre las convenciones de la lengua nacional, y su visión de artista. De este esfuerzo nace un manuscrito. Este primer texto es una etapa en su combate con la lengua, y necesariamente toma una forma. Esta forma, clásica o inédita, es una mezcla de influencias, de odio o de amor de las palabras, de un acuerdo pactado con la puntuación, etc.

Se imprime el texto y los hechos se imponen: este libro, es él, es ella quien lo escribió. Bueno, la mayoría de las veces, la primera novela no se vende. El joven autor se lanza directamente a la batalla con la lengua y crea otro texto, a veces baja otra forma. Pero un día, un editor, un amigo o un crítico le dice algo como: “Con este libro, por fin te has encontrado”. Entonces el tratado pasado con la puntuación deviene la Tabla de la Ley. El autor se repliega sobre su fortín. Habría que estar loco para partir hacia nuevos parajes estilísticos cuando llega el reconocimiento. Y además, ¿no es verdad que “un escritor escribe siempre el mismo libro?”

En realidad, no negamos que estabilizar un estilo es una manera de estabilizar una verdad sobre uno mismo (si ella es duramente encontrada), y de lograr provocar un efecto particular (si no puede ser producido de otra manera). Pero forjarse a cualquier precio un estilo pretendidamente original es también una manera de respetar el juego literario…

Para un escritor, hay tres ventajas de permanecer en su nicho estilístico: la felicidad de reproducir el mito del gran autor portador de un estilo reconocible entre todos; la vanidad de creerse único; la certeza de que nadie vendrá a invadir su terreno.

Para los lectores, es una ganancia de tiempo. Perdidos en la librería, saben qué libro adquirir para encontrar el mismo placer de lectura. A las primeras líneas, reconocerán a su autor (a) preferido (a). Eso evita las compras azarosas.

Para los editores, el postulado identitario es fuente de ganancias. Los intereses de las editoriales están ligados a cierta estabilidad estética. A un plazo más o menos largo, los autores deben ser rentables, ya sea financieramente (por las ventas) o simbólicamente (por el prestigio de tenerlos en el catálogo). Las editoriales tienen interés en presentar productos reconocibles y distintivos en un mercado muy competitivo. Pero hace falta estabilidad para que un patrimonio dé sus frutos.

Las Éditions de Minuit, desde los años 1990, por un efecto bien conocido de institucionalización de la vanguardia, se han vuelto, sin duda, la empresa más caricaturesca de la editorial-estilo. Da la impresión de que seleccionan sus autores en conformidad con las pautas editoriales, con el riesgo de que los escritores, a pesar de ser presentados como nuevos, aparezcan más bien como productos derivados de una gran marca-estilo.

Por último, para algunos críticos, la unicidad estilística es muy práctica. Saben por adelantado qué lentes calzarse para leer la última obra de Y o de Z. Si “el estilo es el hombre mismo”, el libro será in fine el hombre o la mujer que lo escribió. Este axioma permite a los periodistas pasar del análisis del texto a la comprensión del autor, a través del retrato o la entrevista. Por eso, la imposición de encontrar un estilo es útil en los negocios. No importa si los escritores se transforman en pequeños rentistas, celosos de su estilo como el Avaro de su cofre.

Los escritores, como todos nosotros son, a menudo, seres contradictorios y buscan escapar a la identidad que se les asigna. Algunos practican lo que se podría llamar una pluralidad estilística. Más que seguir las palabras de Buffon, siguen las de Fernando Pessoa, que en su Ultimatum de 1917, bajo el heterónimo de Álvaro de Campos, reclamaba la “abolición del prejuicio de la individualidad”. Según Pessoa, “el más grande de los artistas será el menos de nido y el que escribirá en el mayor número de géneros con el máximo de contradicciones y de desemejanza. Ningún artista debe tener una sola personalidad. Debe tener varias y cada una de ellas consistirá en la reunión concreta de estados de alma que se parecen, destruyendo así la acción grosera de que él es uno e indivisible”[2].

La literatura nos permite cambiar de estilo según nuestros libros; cambiar de género entre la novela, la poesía y el teatro (a Jacques Roubaud le gusta hacerlo); cambiar de público escribiendo literatura llamada “de género”, literatura para jóvenes, etc. Son las vías plurales que tomaron entre otros Georges Perec, Romain Gary, Antoine Volodine, Joyce Carol Oates. Los autores que viven de la literatura de esta manera van a adaptar su estilo al proyecto tratado en cada texto. No es una desvalorización del estilo esta metamorfosis. Incluso es similar a lo que decía el propio Gustave Flaubert. Su figura, todavía hoy, agobia a los autores franceses con su exigencia. “El estilo es todo”[3], escribe. Si miramos de cerca, la idea del estilo, en Flaubert no está ligada a la expresión de una singularidad personal. Cuando se dice “hombre-pluma”, es para significar que toda su vida está dirigida por la escritura y no para hacer de su estilo una especie de expansión de su yo. Flaubert afirmaba que “cada obra por hacer tiene su poética en sí misma, que hay que encontrar”[4]. No es pues el escritor que tiene su poética en sí mismo, sino más bien el texto en curso. Flaubert, en su exigencia extrema, no buscaba un estilo que correspondiera a su pequeña persona, sino un estilo que correspondiera solo al texto. Y, si a pesar de las permanencias, hay tantas diferencias entre Madame Bovary y Salammbó, es que en el primer Flaubert está la “idea de dar un tono gris”, mientras que en el segundo buscaba “algo púrpura”[5].

En lugar de plantearse la pregunta: “¿Cómo expresar mi yo?”, habría que preguntarse “¿Cuál es el fin estético y moral de mi texto, y cuáles son los medios estilísticos más adaptados a este?”.

Pues, no nos engañemos, por la obsesión de distinguirse de lo vulgar que es lo que une a los artistas siglo tras siglo, los escritores tienden fácilmente de la búsqueda de un estilo a la exaltación de su ego. Esforzarse en una cierta pluralidad estilística permite por el contrario salirse de la vanidad del escritor- yo-mismo-único en-el-mundo.

Sin embargo, la exigencia de ser múltiple sería tan estúpida como la exigencia de ser único. La pluralidad estilística tiene sus límites. Incluso agudizando constantemente su curiosidad, incluso alimentándose de lecturas variadas, incluso bajo seudónimos, un escritor no puedo “renacer nuevo en cada aurora” (Pessoa). La vida nos ha modelado de tal manera que, como el caballo de Florian[6], creemos exiliarnos y somos devueltos a nuestra verde pradera. Pero, puesto que involuntariamente volvemos siempre a nuestras obsesiones, no busquemos voluntariamente el camino.

 

 


 

 

* Escritora, autora de Quand le diable sortit de la salle de bain, Notabilia, París, 2015. Última obra: Rouvrir le roman, Notabilia, 2017.

 

 

 

[1] Cf. la correspondencia entre Jean Lahougue y Jean-Marie Laclavetine, Écriverons et liserons, Champ Vallon, Ceyzérieu, 1998.

[2] Fernando Pessoa, Ultimatum, Mille et nuits, París, 1996.

[3] Carta a Louise Colet del 15 enero de 1854.

[4] Carta del 1 de febrero de 1852.

[5] Journal des Goncourt, nota del 17 de marzo de 1861, Robert La ont, 1989.

[6] Jean-Pierre Claris de Florian (1755- 1794), autor de Fables.

 

 

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