Imagen destacada: Fotografía de una instalación del artista plástico Cai Guo Qiang, llamada Head On*

 

Texto por Michel Le Bris* · Fuente: Le Monde Diplomatique (Edición Colombia)

 

¿Repartidor de hielo, pescador de ostras, cazador de focas? Sí. ¿Un ciclón, un torbellino de vida, un gigante “bigger than life”? También. ¿Comunista, socialista, racista, imperialista? Es verdad. Pero antes y por encima de todo, Jack London debe ser leído como lo que es: un escritor inmenso.


 

“Prefiero ser un soberbio meteoro, con cada uno de mis átomos brillando con un magnifico resplandor, que un planeta dormido. La función del hombre es vivir, no existir”. ¡Vivir! Sentir la sangre hirviendo en las venas, cabalgar la tempestad, llevar la vida como “galopando al mismo tiempo cuarenta caballos furiosos”, vivir cada instante en su plena intensidad, como si fuera el último: “No desperdiciaría mis días intentando alargar mi vida. Quiero quemar todo mi tiempo”. Y ya empiezan los malentendidos…

Por momentos maleante, por momentos vendedor de diarios, barrendero, repartidor de hielo, obrero, pescador de ostras, informante de la policía, cazador de focas, estudiante, militante socialista, buscador de oro en Klondike, escritor, ranchero, trotamundos, periodista de los abismos, quemando su vida, persiguiendo furiosamente la gloria, la fortuna, dispuesto a todo para triunfar, su vida se volvió una leyenda, al punto de absorber su obra. Y sí, fue un gigante “Bigger than life”, un ciclón, un torbellino de energía, una galaxia en expansión continua. Pero fue también un tejido de contradicciones sobre las cuales pasamos un poco de prisa, tan violentas que quienes lo alaban no saben muy bien por donde encararlas para hacer que su héroe quede a pesar de todo presentable. Militante comunista, anunciador de Mayo del 68, ecologista avant la lettre en su rancho de Glen Ellen, antepasado por qué no de los beatniks en tiempos de los vagabundos de las vías, inútilmente se intenta enmarcarlo en categorías convencionales: las desborda en seguida. ¿Comunista? ¿Socialista? Acaso sí, pero reivindicando como única religión “la cultura física y la ley del más fuerte”. Racista, también, y virulento, cantando la superioridad de la “bruta rubia anglosajona”, despotricando contra los negros, los amarillos, los mestizos, los mexicanos, empezando por sus héroes Pancho Villa y Emiliano Zapata, “ni pez, ni ave, ni mamífero, como todos los seres de razas mezcladas”, ni hombres blancos ni indios, poseedores de “todos los defectos de las dos razas y ninguna de sus virtudes”. Pregonando la guerra bacteriológica en “La invasión sin paralelo” como medio radical para acabar con el “peligro amarillo”. Imperialista, machista, cantor del regreso a la tierra y a los sanos valores de los pioneros al mismo tiempo que escribe “Al sur de la grieta”, himno al socialismo. Se lo cepilla de un lado, del otro, se barren algunos de sus textos debajo de la alfombra para hacerlo entrar en marcos tranquilizadores, “civilizados”. En vano.

Quizás ya sea tiempo, dejando de confundir ecología, orden moral y literatura, de considerarlo finalmente como escritor. Un escritor inmenso. Y partir de ahí para finalmente leerlo. La edición en dos volúmenes de La Pléiade de una parte de su obra, bellamente introducida por Philippe Jaworski, debería poder contribuir a ello[1]. Porque al fin de cuentas, sino se le deja de amar, de leer apasionadamente a pesar de sus execrables derivas, sus aseveraciones escandalosas, sus vueltas y sus dobles discursos, es porque está la obra, enorme, proliferante, que excede las ideologías contradictorias, con frecuencia simultáneas, de su autor: la evidencia fascinante de algo más que se abre paso de libro en libro, de una potencia en el trabajo con la que el autor parece estar peleando, a la que invoca pero que en seguida lo hunde, lo alza, lo atraviesa ahí mismo cuando cree que lo domina –una potencia inquietante, perturbadora, venida de no se sabe dónde, quizás del corazón del mundo, pero que él supone suya, sin embargo, y que escribiendo, intentando volverla manifiesta en forma de relato, él dibuja y descubre su propio rostro-. Y ese algo más, claro está, lo que lo vuelve tan cercano para nosotros, tan emotivo: la exploración, por Jack London, del misterio que él era para sí mismo – y en ese sentimiento, al leerlo, de que ahí se juega algo esencial en cuanto a las potencias de la literatura, a su capacidad de ponerle un rostro a lo desconocido de lo que viene-. Sí, quizás sea tiempo de dejar nuestras grillas de interpretación, que nunca han sido más que los barrotes de las prisiones detrás de las cuales nos gustaría tenerlo, y correr el riesgo de retomar todo a partir de lo que en Jack London se evade para hacer obra.

 

De los puños a los libros

Venía de tan lejos… Nació en San Francisco en 1876 sin saber él demasiado bien de qué padre, crecido como un gato salvaje en el gueto de Oakland, en su cabeza no tuvo desde su infancia robada más ideas que la de escaparse, irse, al precio que fuera. “Si muero va a ser luchando hasta el último respiro, y el infierno va a poder estar orgulloso de su nueva incorporación. Si fuera mujer me prostituiría con todos los hombres de ser necesario, para triunfar. En una palabra, triunfaré”.

Con sus puños, al principio el garrote o el gancho marinero y probablemente incluso peor, alcohólico a los 15 años, preso a los 18, transformado en Frisco Kid después de mil trabajos, miembro de una banda de maleantes, saltando de tren en tren, participando en peleas para sobrevivir entre los más miserables, robándoles llegado el caso, hasta comprender que ese es un camino sin salida.

Con los libros después, y los estudios. “Vivía en el subsuelo de la sociedad y no me gustaba. Con sus cloacas y sus cañerías, el lugar era malsano y el aire irrespirable. Sino podía vivir en el piso de los salones, podía intentar en el hatillo. Y así tomé la decisión de no vender más mis músculos sino mi materia gris. Entonces empezó la loca carrera del saber…” Devorando todo con furor, inscripto en el liceo de Oakland, después en la academia de Alameda, de noche peón para poder sobrevivir, logra en cuatro meses de una orgía de dedicación frenética, en vez de los dos años habituales, pasar al examen de ingreso a la Universidad de Berkeley. Para descubrir que nunca va a ser de ese mundo y de esos códigos sociales –de un mundo sellado que nada sabe, considera, de lo que ruge, afuera-.

¿Otra vez atrapado? Prisionero del gueto, responde Eric Miles Williamson, él también proveniente de los bajos fondos de Oakland, en un bello ensayo, Oakland, Jack London and Me[2], y, es quizás en efecto una de las claves de su obra: “Quería salir del gueto, pero el gueto no quería salir de él”. El gueto, con sus miedos, sus oídos, sus reflejos, su violencia, que se queda adherido a la piel para siempre…

Queda quizás pensarlo, para volverlo un arma. Devora a Charles Darwin, Adam Smith, Herbert Spencer, Karl Marx, y es como si lo que ha vivido hasta entonces de repente hubiera cobrado sentido: “Otras mentas más bastas que la mía habían elaborado, incluso antes de que yo naciera, todas mis ideas y además muchas otras. Me enseñaron que yo era un socialista”. Lo que él comprende: que todo está regido por las leyes, que “todo está unido con todo, desde la estrella más lejana en el espacio infinito hasta las miríadas de átomos que componen un grano de arena en la playa”. Y que la embriaguez suprema era unirse a esa fuerza que acciona en el mundo. Veamos como describe su experiencia de los tiempos en que, grumete aún, cazador de focas, se encontró al timón del Sophia Sutherland en un clima de tormenta: “Había hecho mi trabajo en el timón, llevando con mis propias manos centenares de toneladas de madera y hierro a través de miles de toneladas de olas y viento. Cada una de mis fibras temblaba de alegría”. La cuestión de saber si es del más puro marxismo quedará abierta.

 

El verdadero tesoro

Milita un tiempo en el Partido Trabajador Socialista, multiplica los mitines, publica artículos políticos en el Oakland Times, y muy rápido se cansa. ¿Qué saben sus camaradas de esos pobres que quieren defender? Él los conoce: es uno de ellos. De los animales dirá algunos años más tarde, cuando le venda a un editor la idea de un libro sobre los bajos fondos de Londres, Gente del abismo: “Eso es lo que son, animales […] sí, bestias, iluminadas de tiempo en tiempo por relámpagos de trascendencia”.

Pero antes, salir de ahí, cueste lo que cueste. Intenta ubicar poemas, ensayos filosóficos, nouvelles, todo y lo que sea –fracaso en toda la línea, con una rabia inmensa en el corazón–. ¿De nuevo obrero?

El oro, el oro quizá sea su oportunidad. El 14 de julio de 1897bel Excelsior atraca en San Francisco con quince mineros en harapos a bordo y una tonelada e oro, ¡encontrada en Klondike![3]. En pocas horas la noticia se esparce por todo Estados Unidos. Vagabundos, desempleados, menesterosos, aventureros, iluminados de precipitan de a miles, los puertos de la costa son tomados por asalto. Y la marea crece sin cesar. La época, en crisis, esperaba un milagro, y el milagro se llama “Klondike”. Ente los primeros que partieron, del 25 de julio, Jack London…

El paso de Chilkoot entró después en la leyenda, punto de pasaje obligatorio con el paso White para entrar a Yukón, con sus mil quinientos escalones esculpidos en el hielo, el inviernos, los tres meses necesarios para subir a la cima el equipamiento requerido –una epopeya del sufrimiento, hasta el fondo del horror–. Jack London partió diez días después de la llegada del Excelsior, y pasó sin problemas. Pero, enfermo de escorbuto, no explora, se va a Dawson City. Parte apenas se funden los hielos y en julio del año siguiente ya está de vuelta en San Francisco. Con cuatro dólares con cincuenta de polvo de oro en los bolsillos y en la cabeza un tesoro: las mil historias que escuchó en los bares de Dawson.

Bueno, Klondike pasó de moda piensan los editores a los que él inunda con sus historias. Sin embargo él se obstina por más que muera de hambre: 274 envíos en un año a 74 revista y 21 diarios, ¡con 270 rechazos! Hasta ese 30 de octubre de 1899 en el que la revista Atlantic Monthly acepta “Odisea en el norte”, por 120 dolares… Va a ser recibido como un acontecimiento, una gran bocanada de aire en la atmósfera algo confinada en la literatura de su momento. Y apartid de ahí todo se encadena a gran velocidad, y se lo saluda como el “Kipling del Norte”.

 

Hundirse en las tinieblas

Jack Lonon todavía no lo sabe: es el hombre que la época estaba esperando.

Por que se reconoce con él, hijo de los Estados Unidos en crisis, del gueto, de los campesinos echados de sus tierras, de los blancos en quiebra, de la guerra a los ocupantes; pero hijo también de los grandes monopolios y de los capitanes de industria, de los trenes colosales que destripan las montañas, la época de los Vanderbilt y de los Rockefeller, e Buffalo Bill y de Barnum, de los comienzos del fútbol americano; como si a la fuerza que castiga entonces a los seres, que los condena a la desgracia, respondiese una fuerza que alzase a cada individuo para proyectarlo más lejos, más alto, más rápido: el enorme tumulto de un mundo en parto…

Tres novelas, una tras otra, nouvellas, una crónica áspera, sin concesiones, en los bajos fondos de Londres, Gente del abismo, y enseguida una cita consigo mismo que lo toma por sorpresa. The Call of the Wild

Al principio no iba a ser más que una nouvelle, una simple historia de animales en el Gran Norte. Pero resulta que casi de inmediato se encuentra atrapado en la historia, como si le impusieran su propia lógica, lo llevase mucho más allá de lo que él imaginaba, literalmente lo atravesaba, hablaba a través de él, se volvía suya con una violencia que lo desconcertaba. Intentó resistirse a la marea que lo arrastraba, en vano, ya no se animaba a acostarse de tanto que lo asustaban las imágenes que entonces lo asaltaban. “El espanto reina en mis noches, ¡y qué espanto!”, se quejaba con su gente, que se inquietaba. ¿Era aun él lo que nacía de sus dedos, o algo llegado desde las profundidades sepultadas desde los primeros tiempos de la humanidad? El lobo que se despierta en Buck grita su deseo de carne cruda, de sangre caliente, ese lobo gigantesco que corre bajo las lunas pálidas al frente de su jauría era él, sin embargo, y él lo sabía bien: “Entonces cuando llegan las largas noches de invierno y los lobos salen de los bosques para cazar sus presas en los valles bajos, los vemos correr al frente de la horda, bajo la pálida claridad de la luna, o a la luz resplandeciente de la aurora boreal. Gigantesco, domina a sus compañeros, y su garganta sonora le da el tono al canto de la jauría, a ese canto llegado de los primeros días del mundo”.

De ses libro va a salir quebrado, destruido, recreado: desde entonces será lobo, formara como “Wolf” sus cartas, diseñará un ex-libris en forma de lobo, le llamará Wolf House a la mansión colosal de bloques de lava bruta, de roncos de secuoya que se manda a construir en el Valle de la Luna. El lobo será desde entonces como su mito personal: al mismo tiempo de creación para los griegos, de destrucción para los romanos, los dos reunidos en una misma figura, enigmática. The Call of the Wild: su obra maestra.

Nada que ver con unas “Llamada de la selva” como la traducirá la condesa de Galard en 1906, título lamentable que todavía sobrevive en muchas ediciones francesas –es cieto que espantada por el tenor del libro lo masacró alegremente, sacándole las espinas, es decir, lo esencial, convirtiendo al Lobo Buck-London en un caniche de salón–. Nada que ver tampoco con un “himno a la libertad”, sino la llamada de una potencia salvaje, al mismo tiempo de creación y destrucción, indiferentemente, monstruosa y esplendida, agazapada en el corazón del mundo y que uno tendrá que descubrir en sí mismo para sobrevivir. La ley del “garrote y del gancho” al principio para Buck: “Matar o dejarse matar, comer o dejarse comer, esa era la ley, y él obedecía a ese mandamiento surgido de las profundidades del tiempo…”. Proponiéndoles a las ediciones Phebus una nueva edición del libro, en su versión finalmente completa, yo sugerí como título La llamada de la fuerza; pero, señal de que London todavía molesta, el editor de la época prefirió La llamada salvaje –pero es de fuerza de lo que se trata–. Es a su llamada que Buck, quebrado, sometido a golpes, despojado de todo lo que lo había vuelto domestico, en otros tiempos, moral, amor, piedad, para la oreja regañado –ese canto nocturno, misterioso y siniestro, de sus hermanos lobos, que lo hacen temblar de exitación, “ese deseo de sangre, esa alegría de masacrar […] de empapar la trompa en sangre caliente”, ese éxtasis que “atrapó al artista elevado y transportado fuera de sí mismo en una cortina de llamas; atrapó al soldado, loco de guerra en un campo devastado y negándose a acuartelarse; y se apoderó de Buck cuando dirigía la jauría, haciendo surgir el antiguo grito del lobo”–.

No más Marx acá, no más sabiduría libresca, sino un hundirse en el corazón de las tinieblas, la expresión enloquecedora de una experiencia fundamental, irrefutable e incomprensible, de un misterio abierto entonces a partir de libro en libro, contra el cual las teorías no tendrán peso, y que toca bien de cerca el misterio de la creación, ese misterio que exploran con otras palabras Joseph Conrad, un Roberto Louis Stevenson, un Herman Melville.

A sus amigos socialistas los inquieta ese nuevo London, y más aun cuando aparecerá su siguiente novela, Lobo de mar, que enfrenta al marino Wolf Larsen, rubio bruto escandinavo que sólo cree en la fuerza, con el insignificante Wan Weyden, a quien salvó de un naufragio y que intenta oponerle los valores de solidaridad; inútilmente dice London que ese el heroe positivo del libro y Larsen su contraste. No engaña a nadie, a no ser a sí mismo, un poco.

Respuestas, teorías, salvaguardas, seamos justos, no dejará de buscar, en sus lecturas, Huyendo de los mares del Sur, construyendo como una ancla sólida a la cual amararse la “Casa del Lobo”, devastada por un incendio incluso antes de ser habitada, decidiendo de golpe hacerse granjero modelo para escapar al carnaval espantado de lo que él llama entonces su “lógica blanca”, a esta fuerza que lo destruye, lo disloca, lo sumerge en el tiempo mismo que él creó. ¿Tejido de contradicciones? Más bien búsqueda desesperada de una respuesta que lo libere, pasando de una a otra y cada vez decepcionado, esponja en eso más que ideológico, como si todas las ideas, los impulsos, las impaciencias de la época se chocarán en él. Su destino, entonces, fue encarnarlas todas, y su genio hacer surgir a través de ese magma en fusión, en el que otros se abrían perdido, algo como una forma, un rostro: una obra.

Jack London, es eso, escritor.

 

 

 


 

 

[1] Jack London, récits et nouvelles, Gallimard, col. “La Pléidade”, Paris, 2016. Edición publicada bajo la dirección de Philippe Jaworski, dos volúmenes de 1476 páginas cada uno.

[2] Erik Miles Williamson Oakland, Jack London and Me, Texas Review Press, Huntsville, 2007.

[3] Situada en Yukón, al norte de Canadá.

 


 

*Acerca del autor: Escritor, fundador del festival “Étonnats Voyageurs”

**Traducción: Aldo Giacometti

***Fotografia destacada: Erika Barahona, Museo Guggenhein de Bilbao, 2009.

 


 

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