“He andado mucha tierra y estimado como pocos los pueblos extraños. Pero …soy rematadamente una criatura regional y creo que todos son lo mismo que yo” G.M

 

 

Desolación

 

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde

me ha arrojado la mar en su ola cae salmuera.

La tierra a la que vine no tiene primavera:

tiene su noche larga que cual madre me esconde.

 

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos

y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.

Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,

miro morir inmensos ocasos dolorosos.

 

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido

si más lejos que ella sólo fueron los muertos?

¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto

crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

 

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto

vienen de tierras donde no están los que son míos;

sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos

y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos.

 

Y la interrogación que sube a mi garganta

al mirarlos pasar, me desciende, vencida:

hablan extrañas lenguas y no la conmovida

lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.

 

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;

miro crecer la niebla como el agonizante,

y por no enloquecer no cuento los instantes,

porque la noche larga ahora tan sólo empieza.

 

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,

que vine para ver los paisajes mortales.

La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;

¡siempre será su albura bajando de los cielos!

 

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada

de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;

siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,

descenderá a cubrirme, terrible y extasiado.

 

 

***

 

 

La mujer fuerte

 

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,

mujer de saya azul y de tostada frente,

que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía

vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

 

Alzaba en la taberna, honda, la copa impura

el que te apegó un hijo al pecho de azucena,

y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,

caía la simiente de tu mano, serena.

 

Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,

y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,

agrandados al par, de maravilla y llanto.

 

Y el lodo de tus pies todavía besara,

porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara

¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

 

 

***

 

 

La bailarina

 

La bailarina ahora está danzando

la danza del perder cuanto tenía.

Deja caer todo lo que ella había,

padres y hermanos, huertos y campiñas,

el rumor de su río, los caminos,

el cuento de su hogar, su propio rostro

y su nombre, y los juegos de su infancia

como quien deja todo lo que tuvo

caer de cuello, de seno y de alma.

 

En el filo del día y el solsticio

baila riendo su cabal despojo.

Lo que avientan sus brazos es el mundo

que ama y detesta, que sonríe y mata,

la tierra puesta a vendimia de sangre

la noche de los hartos que no duermen

y la dentera del que no ha posada.

 

Sin nombre, raza ni credo, desnuda

de todo y de sí misma, da su entrega,

hermosa y pura, de pies voladores.

Sacudida como árbol y en el centro

de la tornada, vuelta testimonio.

 

No está danzando el vuelo de albatroses

salpicados de sal y juegos de olas;

tampoco el alzamiento y la derrota

de los cañaverales fustigados.

Tampoco el viento agitador de velas,

ni la sonrisa de las altas hierbas.

 

El nombre no le den de su bautismo.

Se soltò de su casta y de su carne

sumiò la canturía de su sangre

y la balada de su adolescencia.

 

Sin saberlo le echamos nuestras vidas

como una roja veste envenenada

y baila así mordida de serpientes

que alácritas y libres la repechan,

y la dejan caer en estandarte

vencido o en guirnalda hecha pedazos.

 

Sonámbula, mudada en lo que odia,

sigue danzando sin saberse ajena

sus muecas aventando y recogiendo

jadeadora de nuestro jadeo,

cortando el aire que no la refresca

única y torbellino, vil y pura.

 

Somos nosotros su jadeado pecho,

su palidez exangüe, el loco grito

tirado hacia el poniente y el levante

la roja calentura de sus venas,

el olvido del Dios de sus infancias.

 

 

 


 

Acerca de la autora: Gabriela Mistral, seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, fue una poetisa, diplomática, feminista y pedagoga chilena. Wikipedia

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