Imagen destacada: Foto de Jules Romains (autor desconocido)

 

 

Por Fabián Espejelen · Fuente: Revista Milmesetas

 

En 1942, el escritor francés Louis Farigoule —mejor conocido como Jules Romains—y su esposa Lise cruzaban la frontera entre Texas y Tamaulipas, luego de haberse exiliado en Estados Unidos debido al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Instalado en la capital mexicana hasta 1946, Romains terminó de escribir los seis libros y medio de su monumental saga Les hommes de bonne volonté (Los hombres de buena voluntad), dirigió el recién fundado Instituto Francés de América Latina, fue electo miembro de la Academia Francesa y se convirtió en el centro de atención de los francófilos mexicanos.

Desde mucho antes, Jules Romains (1885 – 1972) era un autor destacado. En 1908 publicó, bajo el amparo del grupo literario de la Abadía de Créteil, su segundo poemario: La vie unanime (La vida unánime). Dentro de sus versos, Romains sienta las bases de un movimiento estético conocido como unanimismo, que plantea la expresión del “resurgimiento espontáneo de lo real y del alma” a través de la consciencia colectiva. En 1911, publica Mort de Quelqu’un (La muerte de alguien), novela en la que los procedimientos estilísticos expanden y refuerzan la visión unanimista del autor.

El protagonista de dicha novela, Jacques Godard, un maquinista jubilado, viudo y sin hijos, decide subir hasta la plataforma superior del Panteón para contemplar París. Desde las frías alturas, el viejo medita sobre su insignificancia y la sensación de nunca haber vivido. Pocos días después cae enfermo y muere, víctima de una pleuresía. La noticia de su muerte comienza a circular por el edificio en el que vive hasta llegar en forma de un telegrama al Macizo Central francés, de donde era oriundo. Sin embargo, su muerte pasará de ser insignificante a volverse todo un acontecimiento.

A través de su deceso, Godard moviliza las almas de la gente. El portero y los vecinos del edificio, sus octogenarios padres, los participantes de su cortejo fúnebre, los que lo recuerdan en alguna conversación, los que lo ven pasar en la carroza, todos experimentan un contacto con una realidad más pura, inevitablemente arrastrados como hojas por el vendaval de la muerte del viejo Godard. Todos estarán motivados por un impulso en común que va más allá de ellos mismos, respondiendo a un anhelo de existencia colectiva, si bien ésta despertará inquietudes o reflexiones intelectuales y sensoriales distintas entre los personajes.

Esto no quiere decir que Romains se haya propuesto describir una vida idéntica, mucho menos monótona. “Tampoco exalta el imperio de las masas amorfas sobre las fisonomías diferenciadas de la sociedad”, apunta su viejo amigo Alfonso Reyes. La comunión espiritual de los personajes responde a la existencia de los seres colectivos. Romains hace a un lado el solipsismo literario para enriquecer su narración con la vasta y variada conformación de las individualidades en un solo ser que está al mismo tiempo en todos lados y en todos los instantes. La muerte de Godard es el suceso clave que impulsa la ubicuidad como tema escritural de la novela.

… el alma humana, independientemente de las operaciones racionales del espíritu, tiene un poder de descubrimiento poético, de penetración en la realidad […] Muy lejos de cultivar la deformación o el olvido de la realidad, este método de descubrimiento poético constituía a mi juicio una comunión en profundidad con lo real
(Jules Romains, 1944).

La muerte de alguien común y corriente, como Jacques Godard, consolida un modo de existencia hasta entonces desconocido por ignorado. Para conformar su postura unanimista, el autor se vale de dos procedimientos de composición: los conjuntos, en los que, en palabras del propio Romains, “el autor capta y sugiere una realidad colectiva grande o chica, por hacer sentir su estructura, su dinamismo, sus movimientos”, y las simultaneidades, que consisten en la “yuxtaposiciones de escenas o de situaciones que se producen en diversos lugares, en un mismo momento o con ligeros intervalos”.

Las interconexiones anímicas y espirituales entre los personajes mantienen vivo al recién difunto, aunque el tiempo se encargará de desvanecerlo, de igual modo que deshará los estímulos de asir la realidad y penetrar enteramente en ella a través de un acercamiento intuitivo y sensitivo por parte de los personajes. Al final, la pérdida de este impulso vital entierra las posibilidades de existir: entonces ocurre (de nuevo) la muerte de alguien. Si bien el unanimismo fue el pretexto para escribir la mayor parte de su obra, hay entre las páginas del francés algo más que la simple aplicación de una teoría estética. Sería conveniente replantear la etiqueta de autor repetitivo que la crítica de su tiempo le impuso.

Los libros de Romains, y en particular Mort de Quelqu’un, son una lucha constante contra el oscurantismo de los temas complicados, pues proyectan entre las tinieblas “las luces más vivas del pensamiento y la expresión”. De ahí que la crítica, como la que mana de la aguda pluma de Paul Souday, haya insinuado que el novelista confundía unanimismo con insignificancia. Pero las intenciones estilísticas de Romains provenían de un “gusto por la construcción […] en la que la arquitectura propiamente dicha ocupa mayor espacio que el ornamento”. Aquellas naderías se convertirán en los cimientos de futuros tragaluces.

Xavier Villaurrutia lo consideraba como un Lucrecio moderno, por su amor a la naturaleza humana, y un Balzac más lúcido, por la calidad y la gran empresa de su obra novelística. Enrique Díez-Canedo, introductor de la obra de Romains en España, tradujo y difundió sus poemas. La mítica Emecé lo incluyó en la colección “Grandes novelistas” al cuidado de Borges y Bioy Casares. Alfonso Reyes pidió para el francés el premio Nobel en 1957. Pero los alcances de la multiplicidad interna de la vida colectiva se vieron sobrepasados por el auge de la individualidad en la filosofía del absurdo y el existencialismo de dos compatriotas suyos.

Hoy en día Jules Romains es un nombre lejano, prácticamente desconocido, en el ámbito hispanoamericano. Sus libros son casi imposibles de encontrar y los que no apenas son localizables en los anaqueles más recónditos de unas cuantas bibliotecas. Más allá de su corriente estética —pues no hay nada nuevo bajo el sol—, su prosa, su teatro y sus versos son el fruto de un compromiso literario y existencial (≠ existencialista) que tiene como recompensa una incomparable calidad artística y humana. Jules Romains es uno de tantos autores que están perdidos en la fosa común del olvido. Hay que traerlo de vuelta.

 

 


 

 

Acerca del autor: Fabián Espejel (Ciudad de México,1995) es poeta, traductor y estudiante de Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es editor de Cultura y Humanidades de la revista en líneaParadigmas. Textos suyos han aparecido en Literal. Latin American Voices.

*Texto publicado por primera vez en Revista Milmesetas.

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