Imagen destacada: Simon Kochen (Izq.) y John H. Conway. Princeton University

 

 

Por Carlos Eduardo Maldonado* · Fuente: Palmiguía

 

En febrero del año 2009, publicado inicialmente en Arxiv, y luego oficialmente en la revista Foundations of Physics, J. Conway y S. B. Kochen publican El teorema fuerte del libre albedrío (The Strong Free Will Theorem), un texto que, a simple vista, diera la impresión de ocuparse de temas propios de la filosofía. Ambos autores se encuentran en la punta del conocimiento en matemáticas y en teoría cuántica. Dos auténticos monstruos del conocimiento y la investigación.

Un texto de seis páginas a doble columna, se trata de la demostración de un teorema cuyo enunciado no presenta dificultades. Pero cuyas consecuencias son, literalmente, descomunales.

La demostración del teorema dice que, supuesto que los seres humanos disponen de libre albedrío, en el sentido preciso de que nuestras acciones no son el resultado de otras acciones que tuvieron lugar en el pasado, bajo algunas asunciones, lo mismo debe poder decirse de algunas partículas elementales. Dicho sin más: el universo tiene libre albedrío ya desde las escalas más fundamentales de los fotones y partículas elementales. Libre albedrío no es sino el término anglosajón para designar, simple y sencillamente, libertad. Traducido al lenguaje de la psicología y de las ciencias del comportamiento: las partículas elementales se comportan —son agentes libres—, tales como usted y yo.

Pues bien, la posibilidad de que pueda hablarse de las partículas elementales del universo —protones, electrones, gluones, mesones, quarks, leptones, y varios más (todos los cuales conforman el ABC del Modelo Estándar en la física actual junto con otras particularidades)— como dotados de libertad y, por consiguiente, no determinados por el pasado, tiene consecuencias enormes. Las dos más evidentes saltan ante la mirada sensible, a saber: las partículas elementales están dotadas de conciencia, o bien, lo que es equivalente, están vivas.

La primera tesis se denomina el panpsiquismo. La segunda, que es en realidad el equivalente no ya desde el punto de vista de la conciencia, sino de la vida, es el panteísmo. Son pocos, han sido muy pocos los filósofos y científicos que han defendido, abiertamente, el panpsiquismo o el panteísmo —dos caras de una sola y misma moneda.

(El primero en la historia moderna en defender el panteísmo, B. Spinoza (1632–1677), fue objeto de críticas y mantos de olvido de parte de filósofos, científicos y religiones e iglesias. Spinoza, filósofo racionalista, una de las fuentes de las que habría de beber la Ilustración, y con ella, el movimiento Enciclopedista que se tradujo en la revolución francesa de 1789).

Algunos de los científicos y textos que han defendido, con seriedad, recientemente la idea de un panpsiquismo y/o panteísmo son: S. Kauffman (2016), Humanity in a creative universe; H. P. Stapp (2011),Mindful universe: quantum mechanics and the participating observer; J. Gribbin (1994), In the beginning: birth of the living universe. Existen varios otros trabajos con títulos semejantes, pero, científica y filosóficamente, son bastante cuestionables.

Subrayemos esta idea: la libertad no consiste en hacer lo que se quiera. Por el contrario, consiste en el hecho de que el pasado no determina las acciones del presente. En otras palabras, el presente inaugura permanentemente nuevos horizontes y dimensiones, indeterminados, por definición. En este punto la teoría cuántica y las ciencias de la complejidad coinciden y se refuerzan mutuamente.

La libertad fue un tema que tradicionalmente tuvo una atmósfera antropológica, antropomórfica, antropocéntrica. Solo los seres humanos eran libres y solo de los seres humanos podía predicarse la libertad. Concomitante con esta idea, los seres humanos poseían un rango alto en la jerarquía del universo y de la realidad.

En una historia que no cabe contar aquí más que resumidamente por motivos de espacio, esta concepción ha cambiado de manera radical, con avances en numerosas ciencias y disciplinas en tiempos recientes. Hasta llegar a la más fundamental —esto es, básica— de todas las escalas: las partículas últimas constitutivas del universo.

Se trata de los descubrimientos, en orden descendente, según los cuales los primates poseen inteligencia y cultura, análogamente a los seres humanos. O bien, que las aves tienen matemáticas, sólo que con base cuatro o siete, y no con base diez, como sucede en la actualidad con los humanos. O bien, que hay insectos sociales cuya inteligencia y capacidad de aprendizaje supera con mucho, para efectos de evolución, la propia capacidad de los seres humanos. Gracias a ellos, por ejemplo, hemos aprendido un concepto diferente de inteligencia, a saber: la inteligencia de enjambre.

Al nivel de las plantas, hemos llegado a descubrir que poseen veinte sentidos (los seres humanos sólo cinco), y que se comunican, se desplazan, modifican el entorno y aprenden, de tal suerte que se constituyen en el fundamento de toda la vida en el planeta. En efecto, el 97 de la biomasa de la Tierra son plantas.

Asimismo, hemos llegado a saber que incluso las bacterias procesan información de modo inimaginable para los seres humanos, y que poseen una inteligencia propia, perfectamente distinta a las conocidas. Al cabo, toda la existencia en el planeta se debe ulteriormente a la importancia de las bacterias, lo cual ha dado lugar al descubrimiento del bacterioma.

Incluso, un nivel más abajo, hemos logrado saber que los virus —cuyo núcleo de estudio se conoce como el viroma— se comunican con base en estructuras perfectamente estéticas, en términos de quimiotaxis; es decir, comunicación química.

De esta suerte, cabe precisar la importancia del paper de Conway y Kochen. Descendiendo desde los humanos hasta llegar finalmente a las partículas elementales, existe conciencia y vida de formas que ni se fundan ni coincide necesariamente con el modo humano de entender ambos temas. Una auténtica revolución.

Recabemos en esto: trabajando en la combinación entre matemáticas y física cuántica, hemos llegado a saber que la conciencia y la vida son ínsitos a la naturaleza, al universo mismo. Extraigamos la conclusión: no hay vida en el universo, el universo mismo está vivo; no hay inteligencia en el universo, el universo mismo es inteligente. Una conclusión que pone nerviosos a los más conservadores.

 

 


 

carlosmaldonado

Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

*Artículo publicado por primera vez en Palmiguía

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