Editorial del Suplemento Cuerpo de Letras Nº 2 del Periódico Desde Abajo

 

Imagen destacada: Maestra vida camará, Guache

 

Por Sofia

 

Desde, al menos, el siglo XIX la literatura vive bajo los efectos de la mercantilización del arte de la escritura. Charles Dickens era un apasionado de las multitudes; algunas de sus obras se vendían en una tarde, en medio del clamor de sus lectores. Hizo de la conferencia un medio extático de entrega al público de masas. En el “Prólogo en el teatro” del Fausto de Goethe se controvierten los intereses entre el empresario teatral y el poeta. El empresario exige obras para entretener, hacer reír y llorar. Walter Benjamin advierte las significativas cifras entre un poeta consentido por los lectores como Lamartine y un marginal como Baudelaire. En Las ilusiones perdidas de Balzac se pone de presente la temprana especulación de la compra de los manuscritos de las novelas, incluso para no comercializarlas y matar así el escritor en ciernes. Los abusivos talleres literarios de los Dumas especulaban, ya abiertamente, con sus nombres y sus temas “medievales”. La nostalgia vacía por la sociedad feudal del público de la época del Segundo Imperio de Napoleón III, alimentó esta pretensión literaria y el afán de lucro –sin medida- de los autores de El conde de Montecristo.

En lengua española Benito Pérez Galdós, gracias a su ciclo de los “Episodios Nacionales”, llegó a conquistar un público impresionante de 20.000 lectores en las dos Españas. Pérez Galdós era el editor de sí mismo –tenía una imprenta en su casa– y publicaba una novela cada dos meses. Era pues una máquina literaria. Esta mercantilización fue criticada por Rubén Darío, quien a su vez no escapó del contagio, como corresponsal de “La Nación” de Buenos Aires. En el Modernismo se perfila el escritor por profesión en Hispanoamérica, ya no el ocasional. Profesión quiere decir: dominio del material literario, no de la chequera. Solo hasta el llamado “boom” de los años sesenta, se puede hablar de una auténtica “desromantización” del escritor latinoamericano, una entrega a la pesada industrial editorial, al marketing, a despecho de la calidad literaria, de la literatura. Miguel Ángel Asturias fue acaso el primero que supo conscientemente explotar la nostalgia exotista del público europeo para obtener su Premio Nobel. Gabriel García Márquez mismo sucumbió tempranamente al demonio del enriquecimiento, bien o mal habido. Como el comandante de “La viuda de Montiel” se contaminó de “la fiebre del oro”, a partir de Crónica de una muerte anunciada. Los demás secundan el ejemplo; todos ganan, autores, editores, distribuidores, impresores, diagramadores, libreros, menos el lector.

Colombia entró con Kataraín y la compra de la Oveja Negra, a finales de los setenta, a este ciclo comercial de capitalismo rampante. La idea no fue literaria: era comercial. Se quería prevenir la piratería nacional. Ofrecer libros tan baratos que no compitieran con el natural socio: Morgan. Fueron Morgan disfrazados y terminaron hasta auto-pirateándose. Folclore tropical en la era del imperialismo y la abundancia. Uno de los últimos episodios –efecto de la globalización en las letras de los países eternos postulantes al desarrollo en forma– lo tenemos con la decisión de Norma de suprimir la sección literaria. No es rentable. Leamos la opinión del editor César Cardozo:

“El grupo editorial Norma, que desde los años 60 ha publicado títulos en diversos campos, y que gracias a la presencia en otros países, podría ser considerado como uno de los más importantes en nuestro ámbito, ha decidido cerrar sus áreas de ficción y no ficción en todos los países donde tenía filiales. La decisión responde al interés de enfocarse exclusivamente en el desarrollo de productos vinculados con el mercado de la educación. Este anuncio reciente, y que por cierto ha recibido escasa difusión en los medios, responde al interés de la empresa de reorientar el negocio empresarial. Aunque desde el punto de vista financiero sea una decisión ‘racional’, supone, desde el punto de vista literario, una gran pérdida. El grupo continuará trabajando con sus colecciones de literatura infantil y juvenil, y los títulos editados bajo licencias, y hasta diciembre de 2012 distribuirá y venderá el ‘inventario’ de sus colecciones de ficción y no ficción.

Valga decir que no hace mucho Norma decidió apostar fuerte para fortalecer su catálogo de escritores de ficción, por ejemplo, contratando por una importante suma a William Ospina, que hace poco había tenido un éxito de ventas con su novela histórica Ursúa, y que había adquirido también los derechos de algunas de las obras de García Márquez para ciertos territorios. Además contaba con autores de autoayuda, otra de las líneas afectadas con la decisión, que para nuestro medio podrían ser considerados como superventas, a saber Santiago Rojas o Walter Riso. Por eso resulta ahora desconcertante que no mucho tiempo después hayan decidido dejar de apostar por estas líneas editoriales, a pesar del renombre de algunos de sus autores.

La razón parece ser evidente en estos tiempos de grandes conglomerados y de feroces exigencias de rentabilidad, algunas líneas editoriales no dan el suficiente margen de ganancia o no pueden cubrir con sus ventas la inversión (un mal generalizado hoy en día en la práctica editorial, los elevados anticipos para autores de renombre) que se realiza para publicarlos.

Estos tiempos en los que, como dice el conocido editor André Schiffrin, “los editores verdaderos han sido arrinconados por los departamentos financieros y de marketing” se hace inevitable sentir nostalgia de un oficio que gozaba de reconocimiento en las esferas culturales, que estaba comprometido primordialmente con la calidad de los textos que se publicaban, y que podía incluso llegar a influir en los procesos culturales de la sociedad, y que ahora se ve relegado y convertido simplemente en agente de los intereses comerciales y con la imperiosa necesidad de ser rentable para evitar desaparecer. Hace ya años, cuando estaba al frente de Pantheon Books, uno de los sellos que posibilitó la entrada de los grandes autores europeos al mercado americano luego de la Segunda Guerra Mundial, Schiffrin quedó atónito cuando los contables de Random House, uno de los grandes conglomerados y que había comprado a Pantheon, le preguntaron que quién diablos era Sartre que solo vendía 25 000 ejemplares al año.

El cierre de Norma tiene y tendrá sus consecuencias en el ámbito cultural y del libro en un país. Si a esto se le suma que las bibliotecas públicas no pasan de ser estructuras arquitectónicas llamativas donde escasean los libros (se dice que en el caso de Bogotá, con el número de ejemplares que hay en todas las bibliotecas públicas, no se podría asignar ni siquiera un libro por habitante) cualquiera podría preguntarse cómo se formarán nuevos lectores en un ambiente plagado de problemas y con una oferta editorial reducida e incluso cuestionable.”
Dígase lo que se quiera: si algo hace falta en Colombia –no son negociantes– sino editores responsables; y ahora escritores con conciencia.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

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