Por Martha Cecilia Herrera C. y Carlos Alfonso Low P.**

Fotografias: Aldo Brando León

 

Virginia Gutiérrez de Pineda nació en Socorro (Santander), estudió en el Instituto Pedagógico Nacional e ingresó en la Escuela Normal Superior (1940-1944), institución decisiva en su formación, donde estudió ciencias sociales y etnología. Pionera en los trabajos sobre la familia en Colombia y de antropología médica, sus invaluables aportes han sido reconocidos ampliamente por el mundo intelectual. Se ha hecho merecedora al otorgamiento por el gobierno nacional de las condecoraciones “Camilo Torres”, “Orden Presidencial del Mérito” y medalla al mérito “Ester Aranda”. Sus treinta años de cátedra universitaria han sido coronados con la categoría de “Profesora Honoraria de la Universidad Nacional”.

Después de largos días de espera, por causa de las múltiples tareas de Virginia Gutiérrez de Pineda, mujer prodigiosa que ha sabido combinar sabiamente las funciones de esposa, madre, ama de casa, investigadora, docente y conferencista en los más importantes foros internacionales y nacionales sobre la mujer, hemos llegado a su casa, proyectada con una arquitectura particular, en donde se advierte la mano del antropólogo en la réplica de diseños indígenas. A través Virginia Gutiérrez de Pineda, de una distribución espacial de varios niveles, ascendemos a su estudio y, rodeados de su extensa biblioteca, iniciamos en medio de la penumbra esta cálida charla.

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Virginia, quisiéramos que nos contara sobre su formación intelectual y su trayectoria, los motivos que la llevaron a vincularse a la Escuela Normal Superior y el significado que esta institución tuvo en su vida.

Parece que el doctor José Francisco Socarrás iba a los colegios de bachillerato buscando personal idóneo para realizar su proyecto. Entonces las mujeres que queríamos seguir carrera y que en esa época encontrábamos la universidad cerrada a estas aspiraciones, recibimos información de que podíamos estudiar en la Escuela Normal Superior, donde existía desde 1936 la coeducación. Yo dudaba mucho entre matemáticas, ciencias sociales o medicina, porque el bachillerato es todero. Era muy buena en matemáticas, pero sin una consejería académica no sabía qué camino coger. Entonces Ester Aranda, la directora del Instituto Pedagógico Nacional, donde hice mi bachillerato – que era una mujer muy inteligente y muy graciosa -, me dijo: Las ciencias sociales son las ciencias del porvenir. No se ha empezado a estudiar al hombre ni a las sociedades. Estas son disciplinas nuevas. Además, a matemáticas no ingresan sino mujeres muy feas (era el concepto entonces). A ella le pareció que no estaba tan feíta para estudiar sociales; por lo tanto, me sentí halagada por esas dos razones y me metí a estudiar sociales sin saber qué futuro me esperaba.

Nos seleccionaron a unas tres, y yo, ni corta ni perezosa, aproveché la ocasión. En la Normal Superior me encontré muy a gusto, ya que no sentí la transición entre un bachillerato estricto y muy exigente y esta institución rigurosa y de alto nivel académico. Además, para tranquilidad de nuestros padres, que veían a sus niñitas de provincia en la ciudad y por primera vez metidas con señores, era una garantía la figura de Socarrás, porque Socarrás, pese a los detractores que tuvo, era la figura más sacra en el respeto dentro de la relación de los sexos. Fue él quien nos enfiló hacia el camino de la amistad del hombre y la mujer, porque en esa época la mujer tenía o novio, o amante, o hermanos, padres o hijos, pero no podía tener amigos. Al llegar a la Normal y encontrar compañeros con los que no teníamos atracción de sexo ni de parentesco, se nos creó un nuevo lazo, un nuevo territorio afectivo. Nos dimos cuenta de que con el hombre se podía dialogar, discutir, competir, y así lo hicimos.

Competimos, nos quisimos, nos apreciamos y nos respetamos. Después vino el reto académico, pues las calificaciones eran sumamente estrictas. Se necesitaba 3,6 para poder pasar. Llegar a cinco, i olvídese! Cuando más, llegábamos a 4,8 y era con trabajo teórico, práctico y de investigación. Nosotros tuvimos que aprender a enseñar y a investigar. Socarrás recalcaba que uno no podía ser como el Catecismo del padre Astete, siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta: “¿Sois cristiano?”. “Sí, por la gracia de Dios”. ¡No! Uno debe hacer siempre nuevos programas de clase. Por eso yo me acostumbré tanto, que en la Universidad Nacional presentaba unas guías de cátedra cada año y las quemaba en diciembre, para hacer unas nuevas el año siguiente; de otro modo, uno se siente como un disco cantando el mismo bolero.

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Detalle del retrato que Roda hozo del Virginia Gutiérrez en 1965

¿Cómo podría definir la orientación en los contenidos de las ciencias sociales en los que ustedes se formaron?

Nosotros tuvimos la suerte de recibir una formación que nos vino directo de Europa. En ese momento era más teórica, no tan empírica como la que recibí posteriormente en la Universidad de Berkeley, en California, en donde el hecho tenía que dar respaldo a lo que usted hipotetizara. En la Normal tuvimos la influencia de la escuela francesa en etnología, más filosófica, más para lucubrar, racionalizar y sugerir que para demostrar, y empezamos a voltear los ojos hacia el país, ya que en el bachillerato sabíamos más de Europa, Asia, África y Oceanía y poco de Colombia. Yo tuve una buena formación en el Pedagógico; de tal manera que cuando entré a la Normal Superior ya muchas cosas las sabía. Pero para la época estos planteamientos eran nuevos, no sólo los contenidos sino la metodología. Por ejemplo en la geografía, el profesor Pablo Vila nos enseñó la asociación entre lo físico y el hombre; cada pueblo con un hábitat determinante de sus actividades; la vinculación entre el clima, la fisiografía y la vegetación, y todo con la producción humana. En este sentido, se veía la geografía en forma dinámica y lógica, y no como lista de lugares y productos. En historia empezamos no a ver fechas, nacimientos, muertes, matrimonios ni nombres de héroes, sino pueblos en movimiento.

¿Quién les dictaba historia?

El profesor Rudolf Hommes, inolvidable, nos dio historia y economía. Nos abrió un mundo que nosotros no entreveíamos antes; por ejemplo, lo que era el pueblo romano en su dinámica; lo que fue la cultura griega; la Edad Media nos la hizo vivir, nos la entregó activa y atractiva. Luego nos dio teoría de las doctrinas económicas, lo que ensamblaba una cosa con la otra. Nos dieron sociología por primera vez, con Martínez. También etnografía, que nos permitía ya no ver las comunidades de afuera sino lo que estaba ocurriendo aquí. Vino el profesor Justus Wolfrang Shottelius, investigador y sabio. Con estos y otros profesores, una se sentía en una atmósfera nueva, aunque muy discriminada socialmente, porque las ciencias sociales y la Escuela Normal Superior no tenían el prestigio que luego sus obras les dieron. La Escuela fue aislada por los gobiernos conservadores, porque allí se practicaba la coeducación y porque cuestionábamos todo el tradicionalismo -la colonia, propiamente- y además porque su gestor y director había sido un hombre con ideas de izquierda, abierto a todos los influjos: José Francisco Socarrás.

Haciendo un paralelo, yo veo que en el alboroto de la universidad colombiana en la década del sesenta faltó una enseñanza seria, científica y racional que les diera a los estudiantes “peso en la cola “; es decir, ciencia y reflexión. Ellos se llenaron de doctrina política, quizás solo de eslóganes y fanatismo, que no pudieron estructurar dentro de la misma vida social, económica y cultural del país, porque no se les dio su conocimiento, y así lo foráneo político lo tragaron entero, sin asimilar. En la Normal no ocurrió esto. Recuerdo, y esto no es un chiste, que un día el profesor Hommes puso un trabajo de investigación en religión. Ese estudio de las religiones nos abría horizontes a nosotros, que no conocíamos sino la católica. Estudiamos las creencias y valores de la religión mahometana, el confucianismo, el sintoísmo y algo de culturas criollas. Cada alumno estudiaba una fe y hacíamos una especie de seminario en el cual cada estudiante exponía las similitudes y diferencias halladas en cada creencia, su percepción del hombre y la mujer, sus principios y sus valores, lo que nos daba mucha apertura mental, nos permitía hacer análisis comparativos. Entonces un día, cuando uno de los estudiantes que exponía hizo una afirmación de ateísmo muy abrupta -además éramos adolescentes y rebeldes-, el profesor lo paró en seco y le dijo: “Usted no puede ser, como científico, un ateo vulgar: usted debe ser, y eso se lo respeto, un ateo racional; tiene que darnos razones serenas, lógicas, no subjetivas, bien expresadas y con respeto”.

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¿Quién les dictaba sociología y filosofía?

Sociología nos la dictaba el profesor Manuel Martínez Mendoza, egresado de la misma Normal Superior. Rafael Bernal Jiménez era el profesor de filosofía, era nuestro rincón oscuro. Propiamente el no nos enseñó filosofía, sino vidas de filósofos. Nosotros queríamos algo mejor y empezamos, entre Roberto (mi esposo) y yo, a cuestionarlo hasta que lo sacamos de quicio, pero nos dio un – tatequieto – con la amenaza de “rajarnos”, el único, porque, imagínese, en esa ¿poca un profesor que te pusiera un cero … Pero en la Normal Superior había libertad académica y uno podía hacer toda su exposición contrariando al profesor, aunque eso sí, respaldándose con hechos, con documentos. El profesor evaluaba nuestro escrito, que se leía en clase, se hacía la discusión y se volvía foro participante. Uno sentía que salía triunfante o iluminado, rebatido pero nunca derrotado sino con el pensamiento aclarado y con nuevas inquietudes.

¿Y cómo eran las clases con el etnólogo Paul Rivet?

Eso fue otra cosa. Etnología fue una licenciatura regular que tuvo la suerte de contar con los aportes de Paul Rivet y Justus Wolfrang Shottelius, aunque ya en el país había tenido un inicio con Gregorio Hernández de Alba. Se fue formando el equipo y se creó el Instituto Etnológico Nacional. De manera que nosotros hicimos dos carreras: etnología y ciencias sociales y económicas. Paul Rivet tenía una personalidad muy generosa, muy del espíritu francés de aquel entonces. Después, cuando fuimos a los Estados Unidos ese espíritu quedaba cuestionado con el énfasis en los hechos que hacían los norteamericanos. La ciencia francesa se basaba más en el raciocinio y la especulación. Muchas hipótesis, especulación y poca comprobación en y con los hechos reales.

¿Ustedes hacían trabajo de campo en la Escuela Normal Superior? ¿Con Paul Rivet cómo trabajaban?

En la Normal hacíamos trabajo de campo y de investigación bibliográfica en todas las materias. Con Paul Rivet utilizamos mucho tiempo para aprender los basamentos teóricos y luego aplicarlos. Hicimos estudio de grupos sanguíneos y de antropometría en diferentes comunidades, pero tocaba investigar de acuerdo con las limitaciones, haciendo grupos sanguíneos dentro de la misma Escuela Normal o en las pequeñas poblaciones cercanas, para que la plata del traslado nos alcanzara, porque éramos bien pobres. También hicimos trabajo antropométrico en algunas comunidades indígenas. Yo fui a donde los motilones en esa forma. Los que eran afines a la arqueología se dedicaban a “escarbar”, Yo no, porque les tengo alergia a la tierra y a los huesos; no me gusta escarbar en las ruinas.

¿Cuando Paul Rivet viene a Colombia ya tenía estructurada toda su teoría sobre el origen del hombre americano?

Sí, a nosotros nos la dio de primicia y creo que aquí se publicó. Tenía su teoría totalmente elaborada, pero él hizo trabajos de campo para corroborar algunas cosas. Fue al Ecuador y allegaba todos los testimonios etnográficos, arqueológicos que podía. Creo que esta visión múltiple es lo que le da modernidad y respaldo a sus planteamientos, al complementarlos con datos de lingüística, etnografía, arqueología y paleontología. Por eso se hicieron muchos estudios de grupos sanguíneos, tratando de ver el factor Diego, que parece es un indicador de sangre polinésica. Los trabajos realizados en el Tolima y en Venezuela señalan que hasta allá llegaron ciertos grupos asiáticos que luego se mezclaron. Se estudió también la Sierra Nevada; Milcíades Chaves estudió a los pijaos y Roberto y yo estudiamos la Guajira.

El profesor Jaime Jaramillo Uribe -también egresado de la Normal Superior- parece decir que la escuela antropológica que trajo Rivet en esa época había sido ya un poco revaluada, ¿Estaría de acuerdo con esto?

Sí, eso es lo que quiero decir, era más nueva la de Shottelius. Por eso hicimos una etnografía más avanzada con él. Parangonando la escuela francesa de Rivet con el pensamiento de Boas, Kroeber y Lowie, de esa misma época, Rivet era atrasado. Por eso cuando salimos a especializarnos en Estados Unidos, se nos amplió el horizonte académico y cuestionamos y renovamos nuestra alforja académica.

¿En la actualidad qué quiere ser la antropología. Qué escuela es más avanzada o más actualizada en este momento?

Tenemos enseñanza de antropología en Medellín, Popayán y dos centros en Bogotá, pero no hay escuelas antropológicas, desafortunadamente. Y si me deja ser terriblemente franca, a lo santandereano, nuestra enseñanza no está formando el antropólogo que el país y la ciencia necesitan. Con visión nacional e internacional, la antropología afronta tres retos de urgente respuesta: una metodología obsoleta, como el corsé de las abuelas para las adolescentes de hoy. Con ella estamos abocados a expresarnos en adjetivos, y es urgente que podamos cuantificar los fenómenos culturales. Ello exige que seamos capaces de manejar la tecnología del computador y de las matemáticas. Con adverbios de cantidad no se puede presentar un rasgo diciendo que es más, un poquito más que otro con el que mantiene relación. O establecerla, verificarla, analizarla. Sin verificación cuantitativa, nuestros hallazgos pierden validez académica y son inservibles ante las necesidades institucionales. Con la metodología tradicional somos incapaces de asumir el estudio de las sociedades modernas, y creo que ahora ni las más elementales. Y el país está pidiéndonos a gritos que le demos los estudios de sus estructuras institucionales. Que le demos los perfiles de sus grupos regionales, por ejemplo; intento que está llevando a cabo mi esposo en el ICAN. Forzar a los jóvenes a que se comprometan en estudios modernos, dejando el picoteo superficial de las comunidades indias, o el “guaquear” sin un criterio muy profundo en los planos nacional y teórico de la ciencia arqueológica en todo el país. No generando pequeños y aislados feudos que nada dicen académicamente, como visión estructurada nacional. Finalmente, necesitamos capacitarnos para echar mano del apoyo de las demás ciencias sociales. No podemos aislarnos de ellas, sino saber utilizarlas. Pero ello requiere una preparación rigurosa y avanzada del estudiante en estas ramas del saber, una actualización permanente y una autocrítica profunda. ¿Algo más? Mucha modestia.

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¿En dónde estudió usted antropología médica?

En los Estados Unidos, en Berkeley (California). Pero cuando retorné sabía mucha teoría, y estaba muy pobre de conocimiento de la comunidad colombiana. Estaba dando esa cátedra en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, y cada vez que estudiaba en el terreno de la provincia la familia, combinaba su estudio Con análisis regionales de antropología médica, para poder dar ejemplos nuestros que ilustraran lo que planteaba la teoría antropológica. Así les exponía: En la región tal se presenta tal fenómeno “doctores” que está asociado con las diarreas infantiles, con la desnutrición, magia, religión, economía, con cada actitud cultural, y les preguntaba: ¿Y usted, “doctor” de dónde es, dónde está su tierra, se presentan allí tales prácticas? ¿Cuáles otras? Algunos eran del litoral del Cauca, de los Santanderes, no faltaban paisas, boyacenses ni nariñenses o vallunos, estaba todo el país, y por tanto todas las posibilidades de ejemplarizar las creencias médicas populares patrias, confrontándolas con los principios teóricos. Traté de repetir con ellos lo mismo que los profesores de la Normal motivaron en mí: la reflexión y el análisis crítico. Motivarlos para que dirigieran la inquietud al conocimiento de lo propio, no tragar lo foráneo sino usarlo para aplicarlo en nuestro campo, para interpretarlo y sacar partido. Tengo unos discípulos médicos, muy lindos. Enseñé ocho años en medicina en la Universidad Nacional y después en la facultad de medicina de la Universidad del Rosario a dos generaciones de psiquiatras, enseñándoles antropología de la familia, ubicando los cambios y los traumas de la personalidad. Ellos traían fichas clínicas y las explicaban con síntomas específicos que interpretábamos a la luz de la cultura como determinante de muchas patologías. Venían a mi casa, trabajábamos y hacíamos el seminario en el cuarto de música.

Nosotros encontramos que una de las primeras cosas que empiezan a hacer ustedes es estudiar al indígena colombiano, que hasta ese momento se veía de manera peyorativa. Se decía que la degeneración de la raza se debía a que éramos de origen negroide e indio.

Toda dominación conlleva principios de etnicidad para el vencido. Y en el régimen de dominación española, indios, negros y sus mezclas sufrieron este proceso que se percibe social y culturalmente hasta hoy. Yo he oído, en foros nacionales e internacionales, a compatriotas pedir que se abra la inmigración de sajones y germanos “para mejorar la raza”. En la Normal Superior se hizo consciente esta problemática. Por la orientación etnográfica de la antropología en aquel momento y queriendo dar los perfiles reales de los llamados despectivamente “indios”, mi esposo y yo hicimos nuestras primeras armas con estudios entre los motilones, los guajiros y los noanamas. Mis compañeros antropólogos pasaron también por la misma experiencia. Todavía el ICAN sigue estudiando las comunidades americanas. Pero, como lo comprobara allí mi esposo, después de más de treinta años de sucesivas “entradas” de antropólogos a las culturas americanas, no somos capaces de mostrarle al país su realidad objetiva. El inventario que Roberto logró acopiar, me ha dicho muestra mucha pobreza. Mea culpa y la de mis colegas, en esta carencia.

Superada la etapa etnográfica y reencauchada con antropología social en Estados Unidos, nos lanzamos a abrir campos para nuestra ciencia. Roberto y Chaves se proyectaron en el estudio de comunidades campesinas y produje ron con Guhl y otros, los atlas departamentales que ustedes conocen. Luego abrió caminos a la antropología en vivienda, en el Inscredial, donde muchas directrices actuales fueron trazadas por él. Culminó en la OEA con el Sindu y su sistema de información, creación suya. Está tratando de hacer del lCAN una alma máter científica para la antropología; estimulando sus estudios campesinos, regionales y los de arqueología con criterio nacional, con hipótesis vertebradas, no piezas sueltas al impulso del capricho individual. Yo me especialicé en dos áreas: familia y antropología médica, con los trabajos que ustedes conocen.

El negro padece parecida discriminación, seguramente más profunda por sus condiciones raciales y diferentes estatus con que se estableció entre nosotros. A excepción de los estudios de Jaramillo, Friedemann y Arocha, no existen análisis objetivos que muestren lo que trajo; lo que logró crear y lo que hoy podemos denominar negro.

Se puede decir también que ha habido movimientos indigenistas más que africanistas. Los primeros aparecieron permeados de posiciones políticas, cuyas corrientes aún pueden sentirse en las luchas que las comunidades americanas están empujando para el alcance de una mejor ubicación sociocultural, como la que se libra en el Cauca. Algunos de estos intentos de mis colegas tienen un contenido mesiánico en el que perdura la posición del encomendero o la del cura doctrinero, no una posición objetiva, académica. Algunos asumen liderazgos jugando a los blancos del paseo frente a la comunidad nativa, a finales del siglo XX. Creo que para indio y para negro aún no hemos sido capaces de revaluar totalmente su imagen, y permanecen vivos muchos principios de etnicidad.

Una de las hipótesis que nosotros manejamos en la investigación sobre la Escuela Normal Superior es que allí se formó una elite intelectual bajo unos valores modernos que contrastaban con los de la época.

Ya algunos se los he señalado; por ejemplo, la posición racionalista ante los hechos vertidos hacia el conocimiento del país, no de lo foráneo; apreciar en su valor real las propias estructuras y las personalidades; borrar hasta donde podíamos los estigmas de etnicidad; revaluar los conceptos del hombre colombiano tratando de dar un perfil más objetivo; hacer un inventario de la realidad nacional en sus pros y sus contras; no sólo decir que Colombia es el país del café, las esmeraldas y el oro, sino el país de tantas cosas positivas latentes y negativas vigentes.

¿Qué relación percibe en este momento entre lo que era el régimen liberal y la formación de ustedes como intelectuales en unos nuevos valores?

Yo sí creo que lo liberal era la libertad de pensamiento solamente controlada por los principios racionales y la responsabilidad de la afirmación. Mientras que lo otro era el enclaustramiento y la permanencia en el pasado. Nunca me he detenido a pensar en eso, pero creo que eso era: lo secular se aceptaba sin cuestionamiento: acepta, traga entero y muévete en esa línea. En esa época todo estaba tocado de sagrado, y en nosotros, estudiantes de la Escuela Normal Superior de Socarrás, era atrevernos a cuestionar lo tabuizado, ¿Pero quién se atrevía antes a cuestionar sobre religión, sobre sexo, para mencionar dos temas que eran tabúes en la cátedra?

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¿Qué sintió cuando la Escuela Normal Superior fue desmontada? ¿Usted estaba aquí en el país?

Como a quién le apalean la madre, con una profunda sensación de frustración y de incapacidad para defender lo propio, creo, no sabría explicarlo. Nos encontrábamos en Colombia y perseguidos a morir.

¿Cómo se expresaba esa persecución?

¡Santo Dios! Desde todos los frentes. Botándolo del puesto, de cualquier sitio y no dejándolo hacer nada. Nos cercaron a todos. Nos quitaron el derecho al trabajo. Sobre todo porque teníamos un estigma: normalistas; vale decir comunistas, manera de lanzarnos a las tinieblas exteriores. Es que hoy decir que se es de izquierda es un crédito positivo, no en aquella época. Hoy da estatus a la persona. Decir: este profesional es de izquierda -y se espera que los jóvenes lo sean- es común; en cambio, decir: este estudiante es “godo” es como raro. Haber sido normalistas, era un inri que nos perseguía. Un día de estos le decía yo a Roberto -mi marido-: ¿qué epíteto existe hoy para denigrar a una personalidad? porque no vale ni homosexual, ni comunista, ni guerrillero, ni ateo” ¿No es cierto? Tal vez que sufre de sida. Así era por lo menos el ostracismo social que padecimos.

 

¿Y a ustedes cómo los señalaban?, ¿cómo normalistas?

¡No! como comunistas. El hecho de estudiar ciencias sociales era cosa peligrosa, estudiar la problemática era tabú, y más si nos atrevíamos a develar críticamente la realidad nacional. Hoy en día quién no lo haga no está “in”. Aunque lo importante ahora, y todos lo sabemos hasta el hartazgo, es plantear soluciones ante los grandes conflictos del país, porque su realidad ya es evidente.

 

Para nuestra investigación hemos mirado mucha información de prensa, y hemos encontrado desde 1946 y en el mismo 9 de abril de 1948 publicaciones de El Siglo de este estilo: “Comunistas sabotean las clases en la Normal”. ¿En la Escuela Normal Superior había grupos de saboteadores?

 

Ni de saboteadores ni de comunistas. ¡No! Estudiantes que pudieran manejar una ideología que se llamara comunista, ¡no! había grupos minoritarios cercanos a esa ideología, pero ellos no permeaban la cátedra en el sentido de boicotearla o destruirla. Si planteaban su posición, lo hacían con mucha lucidez y se cuestionaba y se discutía sin caer en el grito escueto, en la ofensa, o en la revuelta, como en el sesenta en la Universidad Nacional. Nunca fuimos anárquicos. Sí nos ponían a leer El Capital de Marx y estudiábamos la teoría del valor, sin que por eso fuéramos objeto y sujeto de la demagogia verbal. Por eso un día en clase, con tanta habladera de los muchachos sobre el cambio de estructuras, al fin dije: ¡Paremos esta clase, que no tiene sentido! Vamos a escribir en el tablero: ¿qué es estructura? Nadie lo sabía. Al fin, ayudando, empujando y obligando, logré que en la clase siguiente cada uno me trajera una definición de estructura desde el punto de vista sociológico y antropológico. Luego definimos cambio. ¿Qué vamos a cambiar, “doctores”? ¡Todo! Bueno, empecemos por todo, pero como no se puede cambiar todo al tiempo. ¿Cuáles cambios primero? La tenencia de la tierra. ¿Cómo está caracterizada en nuestro país? Claro, nadie sabía. Posteriormente, estando en México, uno de los institutos de altos estudios de allí proyectó unos seminarios dos veces al año con un profesor alemán, especializado exclusivamente en Marx. Por relaciones de amigos, pude entrar en esos cursos. Nos enseñaba cogiendo cada punto de la teoría, cogiendo cada definición, especulando, proyectando y jugando con ella a la manera weberiana. Entonces me decía: este es el “tatequieto” que los muchachos de la Nacional necesitan. Esto lo hemos debido saber todos los profesores para poder catalizar y dirigir las inquietudes de nuestros muchachos. No es que ser de izquierda, maoísta, “mamerto” o lo que sea fuera pecado. Era un pecado que los profesores no supieran enseñar; los muchachos pidiendo cuerda, y los profesores como unas piedras que no alcanzaban a dar cuerda. Ese es el problema: no sabemos enseñar, ni tenemos qué enseñar. Estamos huecos, vacíos.

 

¿Por qué cree que están tan “vacios ” los profesores ahora?

 

Porque no los formaron, y si quiere lo digo en primera persona del plural: porque no estudiamos, porque no nos actualizamos, porque no investigamos. Fíjate que cuando sabes una cosa y la trajinas y la “muerdes y la comentas, la lanzas y la recoges, ahí no eres vulnerable, o cada vez eres más modesto, porque al ahondar cada vez sabes menos queriendo saber más. Pero puedes dar algo cuando enseñas. Hay una mística que te empuja, un sentido de responsabilidad que tanto te martillaron Socarrás y Ester Aranda. Ellos nos inculcaron estos sentimientos y que la gratificación está en la entrega al discípulo y al país.

Estamos de acuerdo con usted en ese sentido; hay en todos nosotros un conformismo impresionante.

Tal vez en nosotros los profesores. No en los jóvenes que sí quieren saber. Lo lindo de esa generación nuestra, tan inquieta, era también su cuestionamiento. Lo malo fue que al momento social dado de la Universidad Nacional no podíamos responder a sus interrogantes. A nosotros sí nos respondieron, porque en la Escuela Normal Superior, cuando nosotros inquiríamos al profesor, él tenía atrás, en la maleta de su trasfondo mental, un bagaje cultural grandísimo y nos encendía el fuego de nuestra inquietud o nos lo apagaba con la respuesta precisa. Pero cuando al muchacho no hay quien le dé la respuesta sigue preguntando, o se pierde una inteligencia. Como cuando en el niño empieza el despertar del sexo y pregunta por qué crece una barriga. Entonces le dice la mamá que porque tiene lombrices, pues no puede o es incapaz de responderle con la verdad que inhibimos o ignoramos. Esa era más o menos la angustia de esos muchachos del 60 y 70 en la Universidad Nacional, una generación bellísima sin duda. Yo decía que allí llegó también la elite del talento nacional como llegó a la Normal Superior, pero que, a diferencia de ésta, faltaron mentes que la guiáramos a más fértiles destinos. Ellos los de la Nacional, no tuvieron un Socarrás y un equipo de profesores como el nuestro.

La otra vez usted contó en la Universidad Pedagógica, en un panel, que la prensa, en la etapa del desmonte de la Escuela Normal Superior, empezó a hablar mal de las mujeres, a cuestionar la moralidad de quienes estudiaban con hombres. ¿Salía algo en la prensa?

Yo no recuerdo si eran editoriales, pero en El Siglo se escribía que nosotras éramos promiscuas solo porque en la Escuela Normal Superior hombres y mujeres estudiaban juntos, y para afrenta sacaban iniciales de las estudiantes. Eran los editoriales más sucios que se puedan imaginar, la manera de extender la deshonra a la institución y acabarla. Eso debió de ocurrir en 1942 ó 1943. Pero nosotros no promiscuábamos; era, hagamos de cuenta, las monjitas adoratrices, en la pureza más completa. Viendo ahora lo que son las universidades y las relaciones hombre-mujer del momento, nosotras éramos las vírgenes del Sol, de acuerdo con las normas del momento. Nosotros queríamos era saber, estudiar, avanzar, y allí no se hacía ninguna rumba. Éramos ascéticos, con votos de pobreza, castidad y obediencia, como se nos inculcaba que debía ser el maestro.

¿Hasta qué punto una de las razones del bloqueo a la Escuela Normal Superior tiene que ver con el acceso que allí se daba a las corrientes modernas del pensamiento, en contraste con una sociedad que no evolucionaba?

Lo que estás señalando es evidente. Eso lo vivimos. Por ello muchos retomaron al pasado y se quedaron en sus puestos. Otros nos fuimos a las tinieblas exteriores. Eso mismo pasó en la generación mexicana de Tlatelolco: a unos se los tragó la droga, a otros los compró el gobierno y otros se perdieron y eran sólo unas elites de talento que cuestionaban un sistema.

Una de las herramientas que ayudó a la formación de ustedes como elite intelectual fue las bibliotecas de la Escuela Normal Superior, que tenía 50.000 volúmenes en 1951, y parece que no existe el inventario y que parte de la colección se perdió.

Cierto, parte de la colección debió de perderse, quién sabe a dónde fue a parar.

Otro egresado que entrevistamos nos dijo que se hizo una purga de libros y que tal vez algunos fueron quemados.

Pues seguramente. Yo, en ese campo, no podría asegurar nada, porque salimos de la Normal y no pudimos ver más, pero eso es muy posible.

Muchos de los libros fueron llevados a Tunja. Unos los botaron, otros los regalaron. Hubo libros de antropología que hablaban de evolución, del origen del hombre, que nunca fueron desempacados de las cajas, que después se perdieron. Por ejemplo, hemos estado buscando una revista que aparece en la ficha catalográfica de la biblioteca y se ha buscado en las estanterías y no aparece.

Se perdieron hasta las fichas de inscripción y todo el registro nuestro de calificaciones.

¿Cómo hacían ustedes para pedir un certificado de notas? ¿Qué problemas tuvieron?

Cuando nosotros nos fuimos a estudiar a los Estados Unidos, pedimos el certificado y no lo pudimos conseguir. Nos tocó llevar como constancia la libreta de calificaciones. Fue un hecho gravísimo. La respuesta era que esas notas no aparecían. Seguramente las quemaron, ¡qué demonios!, lo hicieron.

¿Tenían que ir ustedes a Tunja a pedir sus certificados?

¡Pues claro! Y en todo ese proceso, yo no sé qué hicieron todo. Eso es un suspenso … Luego viene la etapa más aciaga, de la violencia, posteriormente el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla y perdimos de vista el alma máter, mejor dicho, creo que sentí que ya no era, como cuando se le muere la mamá a uno y le ponen una madrastra.

Sí, esa es una de las cosas que más perplejidad nos ha causado: ver la destrucción de una institución tan valiosa.

La pulverizó desde fuera la pugna politiquera, como casi ocurre con la Nacional desde dentro. Se vivían momentos de intenso fanatismo. Lo que ustedes oyeron a Socarrás en el panel de la Universidad Pedagógica fue cierto. Ustedes lo vieron conmocionarse cuando se mencionó el nombre de Laureano Gómez. Desafortunadamente él destruyó la obra de Socarrás, su creación fértil para un país que la necesitaba como el que más. El cierre de la Normal Superior clausuró el mejor comienzo científico del país, experimento que no ha podido repetirse. Desmembraron el alma máter, y su tradición no perduró en ningún segmento. Creo que fue resultado de uno de tantos momentos políticos del país en que la obnubilación partidista de sus líderes puede más que la razón. Era una época de despertar nacional, con una lucha entre fuerzas seculares y vientos nuevos. Y el ayer tuvo más poder. Sobre nuestra generación de la Escuela Normal Superior había renovaciones académicas venidas de Europa que nuestras estructuras políticas no pudieron asimilar. Había un equipo docente con grandes maestros dispuestos a enseñar. Y al comando la mística y la visión de Socarrás, con una juventud común de nuestra patria, que actuó como cera para dejarnos moldear y como esponjas para chupar conocimientos. Éramos lo joven frente a lo viejo y, repito, perdimos la pelea. ¡Qué maravilloso sería profundizar acerca de estos momentos políticos tan nuestros que se repiten cíclicamente!

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A excepción de los antropólogos, los otros egresados han hecho muy poca mención de la Escuela Normal Superior y otros no volvieron a decir que eran egresados de allá. ¿Qué opina de esto?

Fue por el estigma y la persecución que nos siguieron. Solamente la racionalidad puede revaluar estas cosas. Quiero recalcar que la Escuela Normal Superior fue un experimento insólito para olvidarlo. En la Escuela Normal Superior no habían diferencias raciales, clasistas. Eramos normalistas. Era una institución donde había gente de todas las regiones del país, de todos los estratos sociales: negros, indios, pobres y desharrapados. Muchos de mis compañeros que luego desempeñaron un gran papel, duraron dos años con el mismo traje, y para cambiarse tenían que ponerse el vestido de dril con que llegaron de la tierra caliente. Pero Socarrás no dejaba presentar a un muchacho sin afeitarse; el maestro le decía: “tiene que hacer respetar su imagen; pobre, pero decoroso”. Eso de la ruana y toda esa parafernalia que apareció luego y todo ese caché de los antropólogos jóvenes desgarbados y sucios, como vestidos por el enemigo. ¡No! Cuando fui profesora en la Universidad Nacional, cada vez que dictaba clase iba lo más elegante que podía; para mantener la imagen del maestro que nos inculcó Socarrás, porque el ejemplo educa más que el sermón. Los estudiantes me preguntaban el porqué y yo les contestaba: “Porque tengo mucho respeto por ustedes, y una de las maneras de mostrar a ustedes mi profundo respeto es presentándome no con lujo pero sí decorosamente. Yo no voy a venir como gitana que dejó la carreta, ni con ruana y con sandalias, sin medias, porque eso es de mal gusto”. Esas excentricidades son los bandazos de una generación sin dirección, cuasi adolescente, producto del ambiente social y urbano de unas ciudades crecidas demográficamente, donde se borraron los patrones de comportamiento, donde no aparecieron otras pautas definidas. Al contrario, en la época de la Normal, en Bogotá, una ciudad más pequeña y menos convulsionada, el maestro con menos alumnos era accesible, cariñoso y afectuoso, dentro de unos límites de respeto y distancia, y se proyectaba directa y personalmente sobre nosotros. O esta era su pedagogía.

¿Con qué personas egresadas de la Escuela Normal Superior mantiene usted relaciones en la actualidad? ¿Se acuerda de sus compañeros de promoción?

¡Oh, claro que sí! Nosotros formamos un clan, una tertulia que llamábamos “Seminario”, en la época de mayor violencia política. Ello significó nuestra tranquilidad racional. Para olvidar y estudiar lo que ocurría nosotros hacíamos una reunión cada semana. El grupo estaba constituido por Darío Mesa, Julio César Cubillos, Miguelito Fornaguera, Carlos Trujillo, Milcíades Chaves, Roberto Pineda y yo. Nos reuníamos solos, sin esposas ni compañeras, para discutir tradicionalmente hasta las dos de la mañana. Después tomábamos un chocolate con pan y queso y cada uno se despedía y se iba para su casa habiendo presentado un tema de profundización que había hecho y sometido a nuestro dictamen acerbo.

¿Qué temas presentaban?

Comenzamos con un estudio de Nariño, su economía, sus grupos indígenas y mestizos, sus carencias; luego sucesivamente otras temáticas. En el momento más pugnaz de la lucha política, eso nos reconfortaba ante la violencia y la falta de libertad. Éramos verdaderos hermanos, eran los lazos de amistad más hondos que tuvimos siempre y éramos los mejores censores el uno del otro. Presentábamos el trabajo que se iba a publicar y todos le caíamos como gallinazos a cuestionarlo y tenían que presentar documentos que confirmaran los asertos. Antes de lanzar una publicación la presentábamos ante el grupo intelectual y nos sometíamos a su acerbía.

¿Constituyeron ustedes un equipo interdisciplinario?

Interdisciplinario no, sí una familia disciplinaria, para reflexionar sobre problemas concretos que cada uno estudiaba, o tenía en su mira. Era una especie le grupo literario pero dentro sólo de las ciencias sociales. Repito, eso nos confortó mucho, nos mantuvo vivos. Eran mis hermanos intelectuales y los sigo adorando y respetando a todos ellos.

Hablando de ese tema, alguien nos comentaba que ustedes también hacian unas reuniones, unas tertulias con algunos profesores.

Sí. Por ejemplo, Paul Rivet, Hommes, Cirre, Vila, Martínez, etc., iban a nuestras pensiones de estudiantes pobres. Pero sin embargo, compartían nuestra hospitalidad muy modesta, sin tragos y sin nada; se discutían los temas, se hablaba con cierto nivel intelectual. Esta comensalidad no fue cuando primíparos. Ocurrió cuando éramos un poquito más cuajaditos y nos llevaron sus casas también. De hombre a hombre en el mundo intelectual nos comunicábamos como pares pero con respeto. Nuestros profesores fueron nuestros amigos, nuestros reales amigos.

¿Qué opina usted del profesor Daría Mesa?

Es un hombre maravilloso, es una gran personalidad. El no ha querido publicar siquiera algo de lo que sabe, porque se lo tragó la docencia en la Universidad Nacional, pero la ha hecho con alma, vida y sombrero. Tiene verdaderos discípulos. Mi hijo es creación suya y dice que en Berkeley para su master y su doctorado lo que le sirvió fundamentalmente fue la enseñanza de Darío Mesa. Mi esposo y yo seguimos comentando y discutiendo nuestros trabajos con él y su esposa. El está muy actualizado siempre y sus criterios tienen la validez de lo racional, lástima que se retrae tanto.

Orlando Fals Borda llamaba a muchos de los egresados de la Escuela. Normal Superior a trabajar en la recién creada facultad de sociología de la Universidad Nacional.

El, un místico de la sociología, tenía mucha claridad en lo que le podíamos aportar. iLógico! yo fui la primera. Trabajaba en el Instituto Colombiano de Antropología de planta y dictando una cátedra de antropología en la Universidad Nacional, y entonces me dijo: “¿Quiere venirse para acá?” y conociéndolo me trasladé. La Universidad Nacional sustituyó mi alma máter, la Escuela Normal Superior, y entonces yo me hice entraña de la Nacional. Yo reconozco la maravillosa tarea de Orlando Fals Borda y le doy mi gratitud a su apoyo. El no censuraba ideas, daba oportunidades dentro de una gran liberalidad de pensamiento. El me ayudó mucho en mis dos primeros libros de familia, que los hice mientras enseñaba, gracias a sus estímulos.

¿Entonces la Universidad Nacional hereda un poco el espíritu de la Escuela Normal Superior?

Yo sí creo. Porque allá vamos a trabajar Roberto Pineda, Darío Mesa, Milcíades Chaves, Jaime Jaramillo Uribe, Blanca Ochoa de Molina, Ernesto Guhl y yo.

Virginia, para finalizar, ¿por qué no nos cuenta alguna anécdota que le haya ocurrido en su extensa vida de antropóloga?

Empezando mi primera investigación, sobre “Organización social en la Guajira,” me encontraba una tarde en la casa de una de las mujeres más importantes de la zona de Maicao, Cristina, recién casada, me contaba con orgullo que su esposo había pagado por ella una dote de cientos de vacunos, mulares, caprinos, más collares, piedras de turne, bolívares, etc.; y mientras hacía alarde de ello, yo como mujer de otra cultura me sentía triste y adolorida de que: todavía en el país existiera la compra de mujeres. Cuando ella terminó se quedó esperando mis elogios, pero yo, que no conocía todavía esa cultura a fondo, ni el significado profundo de lo que oía, guardé profundo silencio. Entonces me preguntó: Virginia, ¿y tú cuánto costaste? ¡Nada! le respondí orgullosa e indignada, y ella sintió una gran lástima por mí: “Pobrecita, no le costaste ni siquiera unas chivas a Roberto”. Después de este suceso se distanció la comunicación entre nosotras. Más tarde, sabiendo más, comprendí que cada una de nosotras veía las cosas desde su cultura y que en este sentido tenía mucho que aprender.

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PRODUCCION INTELECTUAL
Notas de campo sobre los indios motilones, Bogotá, 1945, manuscrito.
“Organización social en la Guajira”, Revista del Instituto Etnológico Nacional(Bogotá), 3, 1948.
“Causas culturales de la mortalidad infantil”. Revista Colombiana de Antropología(Bogotá), 7: 1-125, 1955.
Alcohol y cultura en una clase obrera; Bogotá, en Academia Colombiana de Historia, Homenaje al profesor Paul Rivet, Bogotá, ABC, 1958, págs., 117-168 (Biblioteca de Antropología).
En colaboración con Roberto Pineda Giraldo, En el mundo espiritual del indio Chocó. Miscelánea Paul Rivet, Octogenario Dicadata (México), 2: 435-462, 1958.
El país rural colombiano; ensayo de interpretación. Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), 7- 1-125, 1959.
Tensiones de odio en la pequeña comunidad; antagonismos en los estratos sociales. Revista Colombiana de Antropología (Bogotá). 9: 277-299,1960.
La medicina popular en Colombia; razones de su arraigo, Bogotá, Universidad Nacional, 1996, 117 págs. (Monografías Sociológicas, núm. 8).
La familia en Colombia; estudio antropológico. Bogotá, Centro de Investigaciones Sociales, 1962,86 págs. (Serie Socioeconómica, núm. 7).
La familia en Colombia; trasfondo histórico. Bogotá, Universidad Nacional, 1963,444 págs.
En colaboración con FALS BORDA, Orlando y ZAMORA, J., Las ciencias sociales en la enseñanza y en la investigación médica, en Medicina y desarrollo social, Bogotá, Ascofame. Tercer Mundo, 1964.
Familia y cultura en Colombia. Bogotá, Tercer Mundo-Facultad de Sociología, Universidad Nacional, 1968,415 págs.
Tradicionalismo y familia y trasfondo familiar del menor, Bogotá, Ascofame, 1973.
La condición jurídica y social de la mujer como factor que influye en la fecundidad, Ponencia, Reunión de Países del Hemisferio Occidental sobre Condición de la Mujer, Santo Domingo, 1973.
“Imágenes y papel de hombres y mujeres en Colombia”, en La mujer en América Latina, México, Septentas. 1975.
Estructura, función y cambio de la familia en Colombia, Bogotá. Ascofame, 1975-1976,2 vols.
“Status de la mujer en La familia, en León de Leal”, Magdalena (directora), La mujer y el desarrollo en Colombia. Bogotá, Asociación Colombiana para el Estudio de la Población (Acep), 1977, págs. 317·394
El gamín, su albergue social y su familia. Bogotá, Unicef, 1978,3 vols.
Medicina tradicional de Colombia; el triple legado, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 198: 2 vols.
Antropología médica, Bogotá, 1985.
Medicina tradicional y salud pública. Bogotá, Universidad Nacional, 1986 (Cuadernos de Antropología)
El patríarcalismo, dinámica y conflictos, en preparación.

 

Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.

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