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Por Sofia · Fuente: Desde Abajo

 

En los años sesenta la investigadora, antropóloga y socióloga, Virginia Gutiérrez de Pineda publica un par de libros reveladores en nuestras ciencias sociales, a saber, La Familia en Colombia: estudio antropológico (1962) y La familia en Colombia: transfondo histórico (1963). Una década después, Familia y cultura en Colombia (1975) y ese mismo año Estructura, función y cambio de la familia en Colombia. Estas importantes contribuciones, con todo, pasaron casi desapercibidas para el público colombiano y tuvieron un efecto discreto en el mundo universitario. Hoy se hace forzoso rememorar su nombre y una exigencia elemental sacarlo del olvido. Incluso en las aulas universitarias de todo el país, su nombre “no suena” y su obra, mucho menos, se enseña.

La repercusión de los libros mencionados no se comparó, en esas décadas, con las suscitadas por La violencia en Colombia: estudio de un proceso social (1962) de Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Orlando Fals Borda, por los folletos sobre la pobreza o revolución cristiana de Camilo Torres Restrepo o, algo más tarde, por Introducción a la historia económica de Colombia (1971) de Álvaro Tirado Mejía. Las razones de este disimulado abandono en que quedó la contribución de Gutiérrez de Pineda, pertenece al universo de las conjeturas inviables. Forzar una respuesta, luego de casi medio siglo de solapados desconocimientos y homenajes condicionados, parece una exigencia intelectual y una tarea de la hora.

Una coyuntura cultural, de significación continental y hasta universal, hubiera podido favorecer la primera atención a su exigente y rica obra. Por esas años se publicó, con una resonancia sin precedentes para nuestras letras, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Tras el deslumbrante epos de la familia de los Buendía, el buen lector, nacional y fuera de las fronteras colombianas, tenía el derecho de hacerse la pregunta por la realidad social –familística, cultural- que soportaba la fantasía cautivante de la novela. La pregunta no se formuló y el embriagador círculo mágico de la narración atrapó la atención bajo la exclusiva especie “real-maravilloso”. Lo real maravilloso tenía un “transfondo histórico” inquietante y desconocido que, justamente, la proporcionaba la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda. La estructura social, la función y los hondos resortes religiosos, pero también económico-sociales, se despejaban por la escrupulosa investigadora colombiana.

La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda también se hubiera podido favorecer de los impulsos de los que ella misma procedía: daba respuesta a un anhelo de comprensión de la vida nacional “profunda”, en sus años de la Escuela Normal. Superar el férreo monolito proto-hispánico y cerreramente católico con que había asfixiado la comprensión de Colombia la Regeneración de Miguel Antonio Caro, el país había ensayado múltiples y provisionales respuestas. De Problemas colombianos de Alejandro López a los ensayos de historia social de Jaime Jaramillo Uribe las ciencias sociales habían dado pasos hacia adelante. Virginia Gutiérrez de Pineda regalaba una flor fresca y un fruto maduro a la expectante actualidad colombiana a la altura de las demandas de las ciencias sociales continentales. A la pregunta anacrónica de: ¿Existe una ciencia nacional?, la respuesta estaba al alcance del lector más exigente. No hubo, al aparecer, ese lector. Es decir, el lector que pusiera de relieve que la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda se encumbraba en la mejor tradición continental de las ciencias sociales, a saber, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui, Casa grande y senzala de Gilberto Freyre, Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, Estructura social de la colonia de Sergio Bagú, entre las de mayor significación, y que con ella se consolidaba una tradición científica genuina. Nada de esto ocurrió.

Las siguientes razones son casi adjetivas o perecen serlo, según se piense. 1. La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda aparece en medio de una agitación política y estudiantil –los años del Ché y de Camilo Torres– que concitaron el entusiasmo masivo y apenas dieron respiro para reparar en su importancia. 2. La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda adolece de una extrema aridez prosística, es decir, su prosa obliga concentración y desgaste neuronal, es decir, no es fácil, no es superficial, no hace parte de la amena literatura. 3. La obra de Virginia Gutiérrez de Pineda es, en fin, anacrónica porque ella no habla de las sociedades urbanas de masas, no atiende a los procesos de la traumática transición urbana, que hoy es el paisaje social colombiano dominante, y por ello sus observaciones y estadísticas suenan obsoletas. Las tres tentativas (pesudo)-respuestas a este acertijo se resumen: la universidad no se ha consagrado, con la seriedad que ella demanda, al estudio de una obra que abre horizontes de inusitada actualidad a las raíces multiculturales de la nación. Ninguna obra como ésta formula y postula y demuestra los complejos núcleos culturales o regionales y ninguna ha atendido con tantos detalles y con tanta fineza a los hábitos, costumbres y prácticas de la sociedad patriarcal o rural, base de la vida cultural nacional.

El problema de la inactualidad de la obra de Virginia Gutiérrez de Pineda es solo aparente, no solo porque la metodología empleada para socavar esta información es modélico, sino porque gracias a este fresco de la cultura regional –como se exhibe con maestría en Familia y cultura- se puede reconstruir con seguridad nunca antes lograda, los problemas contemporáneos colombianos. No es hiperbólico afirmar la indiscutible plenitud científica de esta obra; es una vergonzosa deuda de la universidad colombiana y de sus académicos el haber descuidado, rezagado y aplazado, como hasta ahora se ha hecho, una obra magna de nuestra inteligencia continental. Su seriedad es, cierto, intempestiva: es seria, profunda, actual. Hoy, ante la hegemonía del posmodernismo, es contracultura.

 

 


 

 

 

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