Un cuento breve de Manuel Mejía Vallejo*

 

Si el viento arrastra la niebla hacia los repechos, o si un recuerdo de verano imprime su expectativa en las hojas, aparece el sol en el cielo paramuno. Sólo entonces llega sobre el cielo un gavilán de dura raza, hermoso el vuelo rapaz, a la medida de su pico y de sus plumas, a la medida de su cuerpo ágil en el aletazo.

Sobre los eucaliptos, bajo el sol desnudo, circunda su vuelo en trance de casería. El gavilán clava los ojos en la sombra, más compacta a medida que se acerca; la mira extenderse rápida en el césped, trepar barrancos, ganar helechales, subir salpicada a la escueta copa de palmas y árboles, saltar de nuevo al césped, juguetona.

-Me gustan los gavilanes, Medardo.

-¿Los que has soñado?

-No sé.

No dejes juntar los gavilanes de tu sueño con los del cielo de los farallones.

El gavilán disminuye la altura de su vuelo en acecho de su sombra. La sombra se recoge en sí misma cuando se le avienta el gavilán que la produce: ensancha contra el suelo su vigor al frenar del aletazo, sacude su miedo contra las yerbas enmalezadas, hasta que el gavilán se la lleva en las garras y en el pico a los más distantes aires del páramo.

-¿Es un gavilán de sueño, o es uno del cielo de los farallones?

 

 


 

 

Acerca del autor: Manuel Mejía Vallejo fue un escritor y periodista colombiano, ganador de los premios Rómulo Gallegos y Nadal. Representa la vertiente andina de la narrativa colombiana contemporánea. Wikipedia

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