Un cuento de Elkin Restrepo*

 

El gato apareció una mañana, dos meses después de la muerte de Ovidio, cuando a Brígida la vida se le hacía algo muy difícil de sobrellevar. El animal aprovechó que la puerta estaba entreabierta y se metió al apartamento, donde empezó a pasearse orondo, como si aquélla fuera su casa. Era negro como el ónix y parecía hambriento. Aunque, en un primer momento, Brígida quiso echarlo, el tono lastimero de sus maullidos la contuvo. Entonces, fue a la cocina, sirvió leche con migas de pan en un plato y lo colocó afuera, en el patio de ropas. El animal se acercó y comió hasta dejar el plato limpio. Brígida jamás lo había visto, en la urbanización estaban prohibidas las mascotas, así que no dejó de pensar que era un gato extraviado, que le traería mala suerte.

Cuando terminó, el animal se puso zalamero y le restregó el lomo en las piernas. A la mujer aquello no le hizo gracia y echó mano de la escoba. El gato la miró con ojos muy tristes y ella sintió que esa mirada le rompía el alma.

Como nadie vino a reclamarlo, ni él se fue, Brígida pronto se desatendió del visitante. Nunca había tenido animales; la verdad, no les tenía simpatía. Cuando era niña alguien le había regalado una boa y el recuerdo de su piel blanda todavía le producía escalofríos.

Octavio había muerto de un infarto a fines de febrero, cuando rayaba los treinta años. Después de la cremación, Brígida tomó la urna con las cenizas y, en lugar de esparcirlas en el campo, como se lo pedía la familia, se las trajo a casa y las colocó encima del nochero. Las quería cerca, pues no podía aceptar que la vida con Octavio hubiera terminado así tan de repente.

Días después mandó a hacer un pedestal de madera y encima colocó la urna. Al lado, sobre una mesa redonda, puso el candelabro. A partir de entonces, le prendió velas y habló con el difunto, reclamándole que la hubiera dejado sola y no la hubiera hecho feliz.

Preocupada con su estado, Elvira, su hermana, convino con una amiga para que se pusiera al cuidado de ella, al menos durante un tiempo. La prima se llamaba Ilse, iba dos o tres veces a la semana, y se ocupaba de que nada le faltara. Más tarde aceptó mudarse, cuando la depresión no dejó levantar a Brígida de la cama.

Ilse tenía diecisiete años, cinco menos que la viuda, y era larguirucha, casi fea, pero tenía gracia, como todas las muchachas a su edad.

Una mañana, sin hacer caso de recomendaciones, abrió ventanas y puso música a buen volumen. Tanta penumbra y silencio, no hacía bien a nadie. Cambió de lugar muebles y objetos y obligó a la viuda a tomar el sol en el patio. Sacó la urna de la habitación y la colocó en un rincón de la biblioteca, donde su presencia no fuera tan aprensiva. Que Brígida lo aceptara, sin reproche alguno, hablaba de lo beneficioso de la medida. Poco a poco, aplicando su propio recetario, la fue rescatando de las fauces de la tristeza. Aunque la viuda persistía en llorar a su marido, al menos ahora aceptaba conversar un poco e interesarse por cosas distintas a su duelo.

Alguna vez la muchacha le habló de sus senos, del tamaño de sus senos, que apenas despuntaban, sin forma aún para acomodarlos en el sostén. Tenía pensado, sin embargo, comprarse unos con el primer pago. Uno rojo, con una blusa transparente, para irse a una discoteca a bailar el sábado. A Brígida, tal candor, le sacó una sonrisa, la primera en muchos días.

Fue Ilse la que insistió en que se quedaran con el gato.

—Devuélvelo al vecindario, los animales no me gustan, su dueño debe estar por ahí buscándolo.

—Brí, no tienes de que preocuparte, yo me encargo de él.

El gato se quedó. Con una ceremonia chistosa, donde asperjó agua sobre su cabeza, la muchacha lo bautizó Nico, sin detenerse a pensar que, viniendo de afuera, tuviera otro nombre. Pero el animal lo aceptó bien y en adelante, sin ningún escrúpulo, Nico pasó a ser parte del hogar, de ese hogar donde todavía el dolor era el huésped mayor.

El gato iba y venía por la casa, atento a las dos mujeres. Aunque jugaba con Ilse, mantenía recelos con Brígida y evitaba su cercanía. Quizás advertía la prevención de ésta y cortaba por lo sano. Por lo demás, sus hábitos eran tranquilos, se notaba que no era un gato silvestre, y sólo maullaba a la hora de comer. Ilse, para que no engordara y su pelo no perdiera el lustre, le servía una comida al día.

Brígida no recordaba cuándo, pero de pronto su tristeza se tornó una carga más liviana. No sabía si era por efectos del tiempo transcurrido, siete meses a la sazón, o porque ya había tocado fondo. Cualquier día, sus remordimientos por no haber sido quizá lo suficientemente buena con Octavio, dejaron de atormentarla. Pensó que eso pasa siempre cuando se pierde un ser querido (así había ocurrido cuando murió su hermano Rubén), y dejó de echarse culpas. Entonces, como si corrieran las cortinas de la casa, la luz también entró en su alma, y aquellos sueños donde Octavio se le aparecía sin reconocerla, ni dirigirle la palabra, dejaron de repetirse.

Nico, por su parte, no parecía extrañar otra vida. Siempre cerca, sentado sobre sus patas traseras, semejaba una pequeña y reluciente divinidad. De divinidad eran la quietud, la ajena complacencia. Humana, si se quiere, la manera cómo, sin forzar nada, se tornó en pieza indispensable de aquel engranaje doméstico.

Un día Brígida tuvo un sueño que la sorprendió. Tenía que ver con su marido, pero, a diferencia de antes, el sueño no le causó pena ni llanto, sino más bien un gran regocijo. Octavio, como si no hubiera muerto, estaba de regreso en casa. Venía de Bogotá, donde había asistido a una feria del vestido y, sin esperar siquiera a descargar las maletas, la tomó por la cintura y la condujo a la alcoba.

Al despertar, Brígida estaba desnuda y tenía el cuerpo arañado y cubierto de moretones, algo muy raro. Como nunca se había sentido tan feliz, tampoco ahondó en preguntas que no podía responder. Lo importante era que Octavio había vuelto, así fuera en sueños, y éste ya no la desconocía.

Los sueños continuaron repitiéndose con alguna regularidad. De cada uno, a Brígida le quedaban estigmas que, luego, frente al espejo, cubría con maquillaje para no despertar suspicacias a la muchacha.

Un viernes, Ilse compró pescado y dos botellas de vino blanco, y entre las dos prepararon la cena. Al gato el olor lo excitó hasta el punto de que, para acallar sus maullidos, debieron compartir la cena con él. Subido a la mesa, se paseó por ella, sin que a las mujeres les importara.

Con el vino, vinieron las confidencias.

A Ilse los senos al fin le habían crecido, un verdadero milagro. Quizás la tranquilidad, la comidas regulares y abundantes, o a que ya era tiempo. Como el roce con la blusa le erizaba la piel y esto le gustaba, había terminado por desistir del sostén. En las noches dormía con el gato, que se metía en la habitación, como un fantasma.

Sirvió otra copa de vino y le pidió a la viuda que le contara un secreto. Brígida le dijo que no tenía ninguno, pero ante la insistencia, no tardó en confesarle cosas que, incluso, no se decía a sí misma hacía tiempos.

Le contó que por la estrechez de la pelvis, no podía tener hijos: eso lo supo cuando a los seis meses de casada tuvo un aborto. De repetirse el suceso, también lo supo, pondría en riesgo la vida. Esto cambió el matrimonio por completo. Desde entonces, Octavio no la volvió a tocar y ella casi olvidó que era una mujer. Ése era el drama que vivían, cuando al marido le sobrevino el infarto.

De repente, atacada por una furia inesperada, cogió al gato del pellejo y lo arrojó al piso. Nico, ofendido, se escurrió bajo la mesa y buscó refugio a los pies de Ilse. Ésta lo cargó en los brazos y allí lo tuvo, mimándolo, hasta que la viuda, ya más sosegada, sin entender la razón de su repentino resquemor con el animal, continuó contándole a la muchacha sus asuntos.

De un tiempo para acá, sus sueños no eran los sueños angustiosos de otras veces. Por el contrario y, aunque seguía soñando con su marido, éste ahora se presentaba más solícito y amoroso, queriéndola compensar por su conducta del pasado. Aliviar sus culpas (con una impetuosidad salvaje), parecía ser ahora su único propósito. La verdad, sus besos y abrazos, su ruda fogosidad, la dejaban sin aliento y con señales imborrables en el cuerpo. Amanecía cada día cubierta de verdugones como si lo acontecido no fuera un sueño. ¡No había sino que ver!

En un gesto inesperado, Brígida se desabotonó la blusa y le mostró los estragos en el cuello y el pecho.

—Frutos del pecado —se ufanó.

Ilse se echó a atrás en la silla. No podía creerlo. Enseguida se levantó el suéter —también tenía algo que mostrarle— y, uno a uno, le señaló los lamparones aquí y allá.

—Ni que compartiéramos el mismo amante —dijo.

En esas el gato saltó a la alacena, con un ronroneo marrullero y feliz. En los ojos tenía una astilla de luz maliciosa, y su actitud, al ponerse a distancia, lo delataba. Ambas, cruzadas por la misma idea, se miraron.

—¡No estarás pensando lo que estoy pensando! —dijo Ilse.

—¡Ni me atrevo a decírtelo, estoy horrorizada! —contestó Brígida.

 

 

 


 

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Acerca del autor: Elkin Restrepo es un poeta, narrador, dibujante, grabador, escultor, editor y profesor universitario nacido en Medellín, Colombia, el 7 de junio de 1942. Perteneció a la llamada Generación Desencantada posterior al Nadaísmo en los años 70. Wikipedia

*Cuento tomado del libro La bondad de las almas muertas, Elkin RestrepoBogotá, Panamericana Editorial, 2009.

*Imagen destacada tomada de internet

 

 

 

 

 

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