Por Carlos Eduardo Maldonado* · Fuente: Palmiguía

 

En ese trabajo único de H. Arendt sobre la banalidad del mal, sobre el cual por lo demás Margarethe Von Trotta hace una magnífica película en el 2012, queda de manifiesto que el mal consiste, simple y llanamente, en gente que sigue órdenes y se integra en organizaciones e instituciones, sobre lo cual no tiene absolutamente ningún remordimiento. El argumento de que “sigo órdenes” banaliza el mal, pero con ello mismo abre las puertas de par en par, para toda clase de desmanes y despropósitos. No existe el mal, existe gente obediente y que acata las órdenes sin más.

Capturado en Buenos Aires en 1960, Eichmann es sometido inmediatamente a juicio en Israel. H. Arendt publica su libro en 1963.

Prácticamente en paralelo, en otro lugar del mundo, el psicólogo S. Milgram adelanta en la Universidad de Yale un experimento que habría de arrojar luces enormes y sorprendentes sobre los seres humanos. Milgram estaba, naturalmente, siguiendo las noticias del juicio a Eichmann, y estudiando las implicaciones y consecuencias de lo que sucedía en Jerusalén.

El experimento, repetido numerosas veces hasta la fecha, y por tanto confirmado y falseado cientos de veces, pone en evidencia que los seres humanos son aptos para la obediencia, sin límites, hasta el extremo de llegar a asesinar a otras personas, si se les ordenara. El artículo de Milgram es clásico: “Behavioral Study of Obedience”, cuya versión original aparece publicado por la Universidad de Columbia.

Sobre este experimento existe un video, elaborado por el propio psicólogo, para efectos pedagógicos. (Ver video).

La conclusión evidente de los trabajos, distintos entre sí, pero perfectamente vinculados por su interés por la obediencia por parte de Arendt y de Milgram es que la gente que acata y sigue órdenes sin más, lo hace simple y llanamente porque no piensan. Es gente que se niega a pensar o que no puede hacerlo porque no sabe hacerlo. Fueron formados con la noción de acatamiento y de normatividad, lo que les facilita enormemente la vida, pues pueden dejar de cuestionarse acerca de las cosas y del decurso del mundo y de la sociedad.

Esa es la gente normal.

No tienen que ser desalmados, sanguinarios, ni tener ideas preconcebidas o ideologías extremistas. Estos son, por el contrario, casos de patologías que también han sido estudiadas en otros contextos.

La gente normal no se hace problemas con la obediencia. Alguien o algo más, “allá arriba” o “allá afuera” ha ordenado las acciones, y acaso sean ellos los que, si acaso, deban responder. Es más, si, se dicen los obedientes, ellos no llevan a cabo las acciones comandadas, igual alguien más las llevará a cabo. Estas son algunas de las pequeñas elaboraciones que pueden hacer, pero no implican, en absoluto, un proceso de pensamiento o de reflexión.

Así las cosas, la violencia simplemente necesita de gente que no piensa y sea por tanto obediente. Gente que no cuestione y que tenga un sentido normal —eso: normal— del acatamiento. Cualquiera que sea la expresión misma de la violencia. Con una condición, como queda en evidencia de los trabajos mencionados, y es que no haya contacto visual entre la víctima y el victimario. Algo que se puede resolver sin ninguna dificultad. La tortura y el crimen son llevados a cabo, en su inmensa mayoría, por gente normal: “como usted y yo”, como gustan decir los norteamericanos.

Pues bien, en condiciones de obediencia por múltiples razones: por miedo, por costumbre, por pasividad, por seguimiento de las normas, o por amor a la noción misma de autoridad —digo, en condiciones de obediencia semejantes la importancia del desacato, de la desobediencia, por ejemplo, desobediencia civil—, de la insumisión e incluso de la insurrección, no pueden ser menoscabadas en modo alguno.

En contraste, las empresas y las instituciones de todo tipo lo que más exaltan e impulsan no es la formación de criterio propio, sino el sentido de pertenencia. Cuyo epítome es la lealtad y la fidelidad. Como resulta, luego de un estudio cuidadoso de las organizaciones mafiosas, sobre lo cual existe una amplia bibliografía, la lealtad y la fidelidad, la obediencia y el sentido de pertenencia son rasgos distintivamente mafiosos. La Yakuza, la mafia Calabresa, la mafia Siciliana, la Cosa Nostra, la Mafia Roja, el mundo del Don, o del Patrón, por ejemplo.

También la mafia tiene su ética y sus mandamientos.

A los ojos de la Institucionalidad, resultan sospechosos los llamados o invitaciones a la autonomía, a la reflexión propia, al buen juicio, a la libertad, a la formación de criterio propio. Las cosas se rigen, según parece, por planes, misión, visión, objetivos y metas. Y todos a una con ellos. Mecanismos directos y explícitos o indirectos y pasivos de sumisión y formación de gente obediente, sin más.

H. Arendt es conocida tan sólo por pequeños círculos de especialistas. Y mucho más sucede con S. Milgram. La gran base de la sociedad, aquella gente que vive con base en el sentido común, poco y nada sabe. A la gente normal no hay que forzarla a nada. Basta con hacerlos normativos. Y los mecanismos de normativización son, en verdad, numerosos, y se refuerzan entre sí de forma positiva.

Milgram como Arendt se sorprendieron con sus propias investigaciones y descubrimientos. Pero, al parecer, hay otros que los usan con toda la carga y conocimiento. Precisamente en contra de esto último hay que subrayar permanentemente la capacidad de que la gente tenga la posibilidad de juzgar por sí mismos. Incluso con el riesgo de que puedan equivocarse. Juzgar por sí mismos implica un tiempo de elaboración y reelaboración de tareas, órdenes, mandamientos, preceptos, normativas y otros imperativos semejantes. Y de mucho cuestionamiento y duda.

Es cuando la duda y la skepsis resultan necesarias y liberadoras.

 

 


 

 

carlosmaldonado

Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

*Artículo publicado por primera vez en Palmiguía

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