Ilustración tomada de (http://organizacionwayuumunsurat.blogspot.com.co)

 

Relatos ancestrales (5 de 5)

 

El viaje al más allá*

Eurídice Guajira

 

Eeshi wance wayuu chii ouktüsü nierüin,

ni’alajaka weinshi süchiirua…

Un indio guajiro lloró durante mucho tiempo,

tanto tiempo,

a su esposa muerta

que ella tuvo piedad de él.

 

Una noche vino hacia él,

en un sueño.

Tenía apariencia humana.

Parecía viva.

 

Ella avanzó hacia él.

– ¡Esposa mía! ¡Esposa mía! ¡detente!

¡Estoy allá! ¡No me dejes!

gritó el guajiro, levantándose.

Ella no respondió.

Cruzándolo, apuró el paso.

 

El guajiro partió en su persecución.

Corría,

pero no la podía alcanzar.

Estaba cerca de ella,

y sin embargo no llegaba a asirla…

 

Al día siguiente, al alba, ella le habló.

– ¿Por qué me persigues tú?

Estoy perdida, he llegado a mi fin.

Soy una sombra en la noche…

¡Pero ven conmigo si quieres!

Ven conmigo ya que lloras…

 

Ella lo tomó sobre sus espaldas

y partieron muy lejos,

hacia el centro del mar,

en dirección de Jepira,

la tierra de los guajiros muertos.

 

Ella avanzaba sobre el agua,

muy rápida,

como un pelícano.

Muy pronto llegaron a la otra orilla.

– ¡Sígueme! ¡apúrate!

¡Tengo sed! dijo ella.

El guajiro se apuró.

 

Encontraron entonces a Alcaraván,

el guardián del agua.

– El agua que beben los yoluja está en un terreno cercado.

Alcaraván cuida su entrada–

 

Alcaraván estaba allí parado.

– ¡Tú debes quedarte aquí!

dijo la mujer a su esposo.

El guajiro sediento miraba.

 

Se precipitó.

Alcaraván le hizo tomar primero.

La mujer bebió en seguida.

 

Continuaron su camino…

 

– Es con ella con la que yo había soñado,

dijo después el guajiro viendo una puerta.

La puerta se abrió por sí sola.

 

El guajiro se precipitó para entrar él primero.

Su esposa corrió para intentar impedírselo.

-¡Ven detrás de mí!, exclamó ella

Pero ya él se había adelantado.

 

Continuaron caminando…

 

Al alba,

habían llegado cerca de una montaña.

Era allí donde la mujer habitaba.

Antes de llegar a la cima,

atravesaron un terreno movedizo y cenagoso.

 

Se escuchaba gentes ebrias hablar.

Comidos tras del entierro de un muerto,

Un toro mugía, las cabras balaban…

Y sobre los caballos muertos, galopaban los yolujas ebrios.

Una vez que llegaron allí,

cuando el sol apuntó,

las gentes que habían muerto hacía mucho tiempo saludaron al guajiro.

 

– ¡Cuñado! le dijo uno.

– ¿Cómo estás amigo?, le preguntó otro.

– ¡Primo! exclamó un tercero…

Todos eran yoluja.

Sólo el guajiro tenía aspecto de viviente.

 

Allá comía el melón y la patilla.

Cada mañana,

una marmita y alimentos preparados lo esperaban.

 

Así, durante muchos días se quedó con ella…

 

En la noche,

cuando su mujer quería compartir el lecho,

ella suspendía una hamaca.

 

Pero cuando aquél se aproximaba a ella,

dispuesto a tomarla,

ella desaparecía.

El guajiro caía boca abajo al suelo

y la volvía a encontrar de pie,

a su lado.

 

Ella no quería dejarlo que se juntara con ella.

Durante mucho tiempo hizo eso…

 

– Me han venido a buscar para ir a bailar,

pero tú, quédate aquí, le dijo ella un día.

– Se había organizado una danza yonna.

Todos los yoluja habían sido invitados-.

– ¡Yo voy contigo! le dijo el guajiro.

El quería seguirla.

– ¡Allá me harán cosas que no te gustará ver!

 

Los lugares del baile estaban iluminados.

Un gran número de personas vestidas de rojo danzaban.

Todo aparecía rojo.

Alguien tocaba tambor.

 

Los bailarines se detuvieron, para descansar.

Algunos se dirigían a una casa.

En las hamacas, podían reposar.

 

– ¡Espérame aquí! dijo la mujer.

Pero el guajiro insistió en seguirla.

Juntos, dieron unos pasos más,

hasta otra casa.

– ¡Ahora, tú te quedas aquí!

¡Yo te traeré la comida!

 

Esta vez el guajiro la dejó partir…

 

En seguida de ello,

los jóvenes se acercaban a ella,

la abrazaban.

La besaban en la boca…

 

El guajiro se aproximó, para ver mejor.

Le chocó mucho.

Dio media vuelta y se regresó a la casa.

 

La mujer cambió de vestido,

y se regresó a bailar.

Su marido no le quitaba la vista…

 

Hacia el mediodía,

ella le trajo un gran melón.

– ¡Come conmigo! le dijo.

– No, no quiero nada, ya he comido.

Aquél insistió,

ella compartió su almuerzo en el interior de la casa.

Luego, se marchó y se puso de nuevo a bailar.

 

El guajiro estaba sentado,

pero nadie se acercaba a él.

 

Cuando la noche cayó,

aquél se precipitó al baile.

Pero cuando quiso bailar,

todos los que estaban allí se fueron,

porque estaba despierto,

porque estaba vivo.

 

Su esposa bailó toda la noche.

El la buscó,

pero no la encontró.

 

Las mujeres estaban tendidas,

con las piernas separadas…

Toda la noche estuvieron así.

 

Al alba, el guajiro encontró una mesa,

cubierta de toda clase de alimentos preparados.

Le parecía que habían llegado allí solos,

sin que nadie los hubiese cocinado.

 

Se le mostró la mesa.

Y se le dijo que se sirviera,

pero él prefirió comer solo,

solo en su casa.

Por el contrario,

su mujer se dirigió a la mesa…

 

Cuando el sol se ocultó,

nadie se había acercado todavía a él.

 

Entonces, vio llegar a un hombre,

aquél que había sido el primero,

– una sola vez –,

en poseer a su esposa antes de su matrimonio.

El hombre se acopló con ella,

mientras que otros,

los que la habían tomado a continuación,

la penetraban por todas partes:

el uno por aquí,

el otro por allá…

por la oreja, por la nariz…

 

El guajiro estaba muy contrariado.

y partió al alba.

 

Pero el camino por donde habían venido se bifurcaba.

El guajiro se equivocó.

Escogió el camino que llevaba a Juyá.

 

Perdido,

durante una luna entera, caminó.

 

Iba recogiendo las auyamas, las frutas de cardón,

las frutas de semeruco y de caujaro.

Ellas estaban allí para él,

y podía comerlas hasta saciarse.

 

Cada mañana,

las vacas lecheras de Juyá venían a su encuentro.

Por la tarde, de regreso,

pasaban de nuevo delante de él.

Una de ellas era muy vieja.

Tenía muchísima leche,

y se quedaba atrás.

 

– ¿De dónde vendrán?

se preguntaba el guajiro.

Un día,

aquél atrapó la cola de la vaca vieja.

Así llegó donde Juyá.

 

Juyá lo veía venir.

– ¡Allí está mi nieto!

dijo, estrechándolo.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí?

– ¡He caminado!

¡Siéntate en mi banco!

– Pero si es una boa,

se dijo a sí mismo lleno de pánico.

– ¡Vamos, siéntate!

– ¡Si debo morir, moriré!

El guajiro se sentó contra su voluntad.

El banco se enrolló en seguida…

 

– ¡Anda y búscame una patilla,

para que coma mi hijo!

ordenó entonces Juyá.

El guajiro cortó la fruta,

una sola tajada le fue suficiente para saciarse.

 

– Aquí, hay mucha caza;

perdices, conejos, corzos, venados…

Primero anda a buscar a los corzos,

¡porque quiero comer!

le dijo Juyá.

 

El hombre partió en busca de un corzo.

Encontró a un indio Kusina.

Este tenía en la mano una flecha

y llevaba una corona de corteza de cují,

y plumas de gallo superpuestas.

– Y bien, ¿cómo vas? le preguntó al guajiro.

– ¡Buenos días!

– ¡Busco a los corzos! dijo el guajiro.

– ¡Busca, busca!

El guajiro no encontró ningún corzo.

Cansado, se regresó.

– Entonces, ¿Qué has encontrado? le preguntó Juyá.

– A un hombre llevando una flecha y una corona en cují.

– ¡Es él! ¡fléchalo!

 

El guajiro se fue y le lanzó sus flechas.

Trajo de regreso a los corzos…

 

– ¡Quiero comer venado!

¡Anda y búscame uno!, dijo Juyá.

El guajiro se encontró a un indio rico.

Este llevaba un cinturón rojo, traje y sombrero.

– ¿Adónde vas? le preguntó el hombre rico.

– ¡Voy a buscar venados!

– ¡Busca, busca!

El guajiro nada encontró.

Regresó cuando se hubo fatigado.

– ¿Entonces? dijo Juyá.

– ¡He encontrado solamente a un indio rico!

– ¡Es él, tírale!

El guajiro se fue y tiró sobre el indio.

Trajo un venado…

 

– ¡Ahora anda a buscarme conejos!

– No he visto conejos,

sino gentes que juegan oulakawaa,

con lianas de waleeru.

– ¡Son ellos! ¡Anda y cázalos! dijo Juyá;

El guajiro fue a flecharlos.

Ellos tomaron en seguida la forma de simples conejos…

 

– Tengo aquí toda clase de plantas cultivadas:

patillas, melones, maíz, auyama…

¿Qué quieres comer?

le preguntó esta vez Juyá

– Me gustaría comer patilla.

– ¡Ve a buscarlas!

El guajiro se fue.

– ¡Yo soy amiga de Juyá! dijo una patilla.

Las patillas hablaban,

ellas tenían forma humana.

– ¡Buenos días! respondió el guajiro.

– ¿Qué buscas?

– ¡Busco patillas!

– Y bien, ¡busca, busca!

El guajiro se volteó.

No encontró nada.

– ¿Qué has visto? le preguntó Juyá.

– He visto gente de piel negra, con sus hijos.

– ¡Es de eso que se trata! ¡Debes acercarte!

El guajiro partió.

 

Trajo una patilla enorme, brillante, jugosa…

– ¿Es ésta?

preguntó a su vez.

– Sí, vas a comértela hoy mismo

¡y entera! dijo Juyá.

 

– ¿Qué quieres ahora?

– Quiero comer auyamas.

– Anda a buscarlas.

El guajiro encontró gentes de vientres dobles,

de vientres enormes.

– ¿Dónde vas? le preguntaron.

– Voy a buscar auyama.

– Y bien, ¡anda!

El guajiro no encontró nada.

Se regresó cuando se cansó.

– ¿Entonces? dijo Juyá.

– ¡No hay nada!

– ¿Qué has visto?

– ¡Unos hombres ventrudos!

– ¡Son ellos! ¡anda a buscarlos!

“¿Qué irá a hacer ahora”? se preguntaba Juyá

El guajiro partió nuevamente.

– ¿Es aquello? dijo al regresar.

– ¡Sí, es ello!

Cortó la auyama en dos,

pero comió muy poco.

 

– ¿Qué quieres ahora?

– Quiero comer maíz.

– ¡Ve a buscarlo!

“¿Cuánta gente de pubis peludo irá a ver?”

se preguntaba Juyá.

 

– ¿Qué has encontrado?

preguntó al guajiro a su regreso.

– He visto gente de pubis muy peludo.

– ¡Es ello! ¡regresa!

El guajiro trajo el maíz.

 

– ¿Tienes melones?

– ¡Allí hay! dijo Juyá.

– ¡Quiero comer!

“¿Qué irá a hacer con los pequeños alijuna?”

se preguntaba Juyá.

El guajiro buscó por todas partes,

pero no vio más que a los alijuna.

He visto sólo a los alijuna

– ¡Son ellos, anda a buscarlos!

El guajiro regresó con los melones.

 

Juyá dijo entonces:

– Tú te quedarás aquí, mi hijo.

Yo me voy ahora,

¡pero tú no te muevas!

No te ocurrirá nada.

Pero, ¡cuidado!

No vayas a pasear allí donde se encuentra mi esposa.

Pülasü tiá:

ella tiene poderes sobrenaturales.

Su casa está cerca de aquí,

en esta dirección.

Delante, hay una gran enramada.

No te acerques,

pues es allí donde vive ella.

– Su esposa era Pulowi.

Püloui nierüin Juyá, Mümüshii:

Pulowi es la esposa de Juyá, dicen los guajiros–.

 

Juyá se alejó.

Iba a hacer llover, en algún lugar sobre la tierra.

El guajiro lo vio partir,

con sus botellas.

Juyá lleva siempre consigo botellas,

para meter la sangre de los hombres.

Esa sangre no se pierde.

Se la lleva a Pulowi,

para que ella la beba.

Pulowi no come nunca con él.

Ella se alimenta de la sangre de los indios–.

 

Allá, no había nadie.

El guajiro se puso a caminar.

– ¿A qué se parecerá su esposa,

esta mujer de poderes sobrenaturales?

se preguntaba

Este quería verla.

 

El guajiro miró por la ventana.

Vio entonces a la mujer de Juyá,

sin taparrabo,

las piernas abiertas.

Cuando puso los ojos en ella, ésta estalló:

¡Ouu…ooolojolon!

 

El guajiro se precipitó al suelo,

boca a bajo.

Cayó, tieso como un muerto,

al oeste de la cerca.

 

Juyá había escuchado todo.

– ¡Ay! Este hombre no atendió a mis consejos…

Este decidió regresar donde aquél–.

 

Cuando Juyá regresó,

hacía ya un buen rato que el guajiro estaba tendido sobre la tierra.

 

Su vientre estaba hinchado…

Juyá lo agarró y lo puso de pie.

– ¡Qué desgracia, el hombre que no escucha!

¿Por qué has hecho eso?

¡Por tu falta, me regañarán! dijo Juyá.

– ¡Duerme ahora! ¡Duerme! añadió.

Fue donde Pulowi.

 

– ¿Qué le ha ocurrido a mi nieto?

¿por qué ha muerto?

Preguntó Juyá a Pulowi.

– Está muerto porque ha visto,

respondió su esposa.

¿Por qué has ido a buscar a ese hombre?

Debería comerlo,

¡como todo lo que recoges!

– ¡Cómelo si quieres!

 

Con rabia Juyá se había expresado así.

– Quiero cortarlo en dos partes,

¡Mañana comeré la mitad!,

dijo entonces Pulowi.

 

Pero allá vivía Alekerü, Araña.

Era una viejecita de cabellos blancos.

Ella había escuchado todo

y fue a contárselo al guajiro.

– ¡Pulowi te comerá mañana!

Por culpa tuya se han peleado,

y Juyá te ha dejado a ella.

Pero si tú quisieras irte,

yo podría guiarte.

Partiremos de noche.

Al alba llegaremos cerca de dónde tú vives.

Sé de dónde vienes.

porque yo permanezco con Juyá.

Conozco el nombre del lugar donde vives…

– ¡Haré lo que me propones!,

dijo el guajiro.

 

Durante la noche,

fue a ver a Araña.

– ¡Sube a la grupa! le dijo ella.

Aquélla comenzó a descender. Ella hacía una pelota.

Soltando el cordelillo

segregando su hilo,

ella lo depositó al lugar de donde partió,

muy cerca de su casa.

 

Antes de dejarle partir,

Araña le dijo todavía:

– Cuando llegues a tu casa

tu madre y tu hermana tendrán miedo.

Ellas querrán llorarte.

Impídeles que lo hagan.

Ya que si ellas lloran, tú morirás.

No cuentes tampoco lo que te ha ocurrido.

Si guardas el secreto,

podrás todavía caminar mucho tiempo.

Si no, morirás.

 

La cabellera del guajiro era abundante.

Le caía muy abajo.

Su barba estaba larga,

no se había afeitado desde hacía mucho tiempo.

– ¿De dónde vienes?

le preguntaron su madre y hermana.

– ¡Si yo les digo lo que hecho, moriré!

dijo el guajiro.

No les contó nada.

Su hermana lloraba.

– ¡No me llores! le ordenó.

Cuando estaba con ellas,

se cuidaba de no decir nada.

 

Pero un día, este contó adónde había ido.

Cuando terminó de contar su historia, murió.

 

Se fue directamente a Jepira,

la tierra de los yoluja

 

 


 

*Versión de Michel Perrin, en El camino de los indios muertos. Caracas: Monte Ávila Editores, 1980.

*Relato contado por Luuka Iipuana el 23 de diciembre de 1969, y luego el 1º de agosto de 1973. Este hombre de alrededor de cincuenta años, es pescador y criador en Wüinkua, Guajira venezolana


 

Ver relatos anteriores:

(1) La Creación. Mito Kogi

(2) La creación. Mito Uitoto

(3) El árbol de piedra y agua. Mito Kofán

(4) La formación de los peces. Mito Bakú

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