Relatos ancestrales (3 de 5)

 

El árbol de piedra y agua

 

Hubo una vez, hace mucho tiempo, en la que en la tierra no existían peces. Pero por esos días vivía un indígena de la tribu Kofán, un ser muy extraño, llamado Tururú, que conocía acerca de un árbol de piedra y agua en donde habitan diferentes y numerosos peces. La forma como Tururú obtenía su pesca era tirando una red dentro del árbol. Cuando ya tenía suficiente la sacaba y se iba para un río cercano que siempre se mantenía crecido y turbio, y allí en sus orillas la amarraba. Luego el viejo regresaba a la aldea e invitaba a sus hijos, nietos y vecinos para que fueran juntos a pescar. Los llevaba cerca de donde tenía escondido los pescados y por más que la gente trataba de coger algo nunca lo lograban. En cambio Tururú siempre se aparecía con una gran cantidad de esas criaturas de agua, y sus compañeros no dejaban de maravillarse de la suerte del hombre.

Tururú, para empeorar las cosas, regresaba a su casa y se comía todos los peces sin compartirlos ni siquiera uno con los familiares. Él los limpiaba muy bien, les sacaba las tripas, los lavaba y se comía la carne cruda. En el caserío la gente les preguntaba a los hijos y a los nietos de Tururú cómo era que hacía ese hombre para sacar tanto alimento del río, y si era que él conocía algún secreto. Cansados de tanta interrogadera y sin saber qué contestar, al final no se aguantaron las ganas y se resolvieron a averiguar sobre las andanzas del viejo.

Una mañana algunos de ellos vieron salir a Tururú haciendo un cacho de tabaco. Cuidadosamente lo siguieron mientras se dirigía hacia una colina bordeada por un riachuelo que se adentraba en la selva espesa. Ellos no tardaron en ver el inmenso árbol de piedra y agua y cómo era que hacía el viejo para sacar los pescados. Cuando regresaron a sus hogares ellos se reunieron con todos los hijos y nietos de Tururú y, siguiendo el concejo de algunos de los curacas de la tribu, decidieron que lo mejor era matar al viejo para que la gente pudiera beneficiarse de ese alimento tan importante.

Entonces al día siguiente todos se pusieron a trabajar el la construcción de una trampa grande para coger pájaros mochileros, por que ellos sabían que al viejo le entusiasmaba mucho la cacería. Cuando la tuvieron terminada, se fueron a informarle que en tal palo habían visto una trampa llena de pájaros.

Tururú se fue a indagar y se puso muy contento al ver tantos mochileros. Pero él no sabía que ellos en realidad eran curacas de la tribu que se habían transformado, y que sus intenciones eran que el viejo se llevara su sorpresa cuando fuera a cogerlos, pues ellos le iban a picotear los ojos. Y así sucedío. Luego los pájaros-curacas se convirtieron otra vez en hombres. Al principio acordaron llevárselo a una de sus casas, pero después decidieron que lo mejor era transladarlo a una montaña desde donde se divisaba un río muy grande.

Cuando estuvieron todos allí reunidos en la ladera de la montaña, los hijos y los nietos le preguntaron al ciego Tururú si les tenía miedo a los tigres. Y él respondió “No, no”. Luego le preguntaron de nuevo si le tenía pavor a la picadura de la culebra. Y el respondió “No, no”. Luego le preguntaron si le tenía temor a que los Aucas lo mataran con sus lanzas y Tururú les respondió que él ya no le tenía miedo a nada ni a nadie. Entonces ellos le dijeron: “Bueno, vámonos a casa”. Pero lo que hicieron fue guiarlo por una trocha que bajaba de la montaña para tirarlo al río. Cuando llegaron al borde de un peñasco, eso fue lo que hicieron: lo empujaron. Mientras caía todos se pusieron de acuerdo en que lo mejor era que el viejo se convirtiera en un verdadero “TURURÚ”, y fue así como se transformó en una gran piedra redonda cerca del lecho del río.

Luego los hijos y los nietos se fueron a buscar los peces en el árbol de piedra y agua y cuando ya estaban allí resolvieron que lo mejor era tumbarlo. Entonces ellos trajeron las hachas y se pusieron a trabajar con mucho ánimo. Pero pronto se dieron cuenta de que, no importaba la fuerza con que le daban y le daban al tronco, lo único que lograban eran mellar sus hachas. Aunque ellos trabajaron por varios días con todas sus ganas, no pudieron hacer nada por tumbar el árbol. Entonces llamaron a todos los hombres de la tribu para que ayudaran, pero entre más intentaban abrirle un corte al tronco más se les partían las hachas.

Mientras estaban en ésas, un hombre le dijo a otro que su hacha se parecía al pico blando del pájaro paletón y al instante el hombre con quien estaba bromeando se transformó en ese animal y salio volando. A orto de los hombres el hacha se le partió en curva, entonces alguien le comento que había quedado como el pico de un guacamayo, y al momento el hombre se transformó en ese colorido pájaro y se fue volando y chillando. Un tercer hombre, que estaba vestido con su Kusma negra, le pegó un golpe fortísimo al árbol y su hacha se partió en dos, entonces los otros riéndose le dijeron: “Usted sí que se parece a una ardilla”. En ese mismo instante se convirtió en una y salio corriendo selva adentro.

Los hombres de la tribu continuaron luchando día y noche para derribar el árbol, pero lo único que lograban era dañar sus hachas. Pronto se sintieron muy cansados de tanto trabajar y no lograr resultado alguno. Entonces los hijos y nietos de Tururú, que eran los más fuertes, se pusieron a darle y a darle sin descanso hasta que casi lograron tumbarlo. Aunque ellos ya habían cortado gran parte del tronco, se dieron cuenta de que el árbol todavía estaba guindando desde el cielo por un bejuco. Taita Riusu era quien lo había amarrado.

Entonces los hombres decidieron pedir ayuda a las ardillas y mandaron a una grande para que cortara el bejuco, pero no pudo trozarlo. Luego le pidieron a una ardilla pequeña a ver si se atrevía. Pero ella en un principio rehusó, porque de golpe podía caer y matarse. Sin embargo, a lo último lograron convencerla para que subiera, y cuando ya estaba en el tope se encontró con Tita Riusu. Él le preguntó qué había ido a buscar y ella le respondió que estaba ahí para cortar el bejuco y ayudarles a los hombres. El Taita le dio permiso y le regaló dos clases de semillas. La semilla de inchi era para que los indígenas la sembraran y con sus frutos se alimentaran y la semilla de maní era, según él, para otros hombres que iban allegar en el futuro. La ardilla le agradeció al Taita y se puso en el lado derecho de la boca la semilla que era para los indígenas y en el lado izquierdo la de los blancos. Luego, con sus afilados dientes cortó el bejuco y antes de que el árbol cayera se tiró y quedo como muerta sobre un montón de tierra cerca de donde estaba esperando la gente.

Cuando fueron a ayudar a la ardilla encontraron las semillas en su boca y, más tarde, cuando ella revivió después de intensos cuidados, les contó lo que le había sucedido en el cielo. Cuando cayo el enorme árbol, le salieron torrentes de agua con miles de peces de todas las formas, tamaños y colores. Estos son los peces que se encuentran hoy en día en las lagunas, quebradas y ríos de nuestra tierra.

 


 

*Los kofán son un pueblo amerindio de Colombia.

*Tomado de Hernando Parra (recopilador). Los cuentos de los abuelos. Quito: Abya-Yala, 1997.


 

Ver otros relatos:

(1) La Creación. Mito Kogi

(2) La creación. Mito Uitoto

(4) La formación de los peces. Mito Bakú

(5) El viaje al más allá. Mito Wayúu

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