Imagen destaca del libro: Cien años de soledad, de Gabriel  Garcia Marquez, edición Círculo de Lectores

 

 

Por Luis Carlos Muñoz Sarmiento* · Especial para El Magazín de El Espectador

 

El juego del olvido

 

Todavía recuerdo el día, y no solo porque fuera mi cumpleaños, en que la Viejita se desgonzó en mis manos, mientras desayunábamos con placidez junto a la bella, lúcida e inteligente Marthica. La cosa venía de tiempo atrás, de cuando empezó el juego del olvido, el que por fortuna se prolonga hasta hoy. Al principio, para tratar de recordar, ella armaba todos los días sopas de letras que su hija le compraba. Cuando empezó a olvidar las letras, recursiva, se inventó su propio alfabeto, porque había olvidado el otro, el de siempre: volvió a coger una por una de las 28 letras y las guardó de nuevo en su cabeza. Pero, como nadie recuerda a voluntad y todo el mundo es esclavo de su memoria, cada una de esas letras se le iba disolviendo cual solución, en este caso problema, en su mente. Aun así, la Viejita no se daba por derrotada y, decía, tengo que volver a empezar, sin acordarse, desde luego, del melodramático y oscarizado filme español. En efecto, cada mañana, cual Sísifa, por aquello del género, del que tampoco es que se acordara mucho, arrancaba desde cero y esto era terriblemente cierto porque tenía que reconocer que, pese al esfuerzo, no daba con ninguna de las 28… ¿qué? Bueno, no importaba, porque al tener uno de los libros de sopa de letras entre sus manos, al instante volvía a recordar las letras aunque no pudiera, de momento, precisar el número. Y, entonces, descubría que el lugar donde venden drogas es “droguería” y no “drogueríayperfumería”, como cuando le preguntaban a Turbay por un sinónimo del prefijo hiper. Y perdonarán Ustedes, pero la Viejita, al recordar el chiste, naufragaba de nuevo entre aquellas pequeñas cosas de las que hablaba Serrat y se perdía de cabeza entre Turbay y Serrat y decía chistosa “no más turbay, voy a cerrat este libro, jodet”. Y lo cerraba y agregaba “me voy pa’ la calle”, pero olvidaba que su hija le había tenido que secuestrar la llave (sí, porque hoy se secuestra cualquier cosa, ya ni siquiera cualquier persona…) porque, recordaba, que un día que se había salido sola a Carulla, casi no regresa a casa. Y mientras olvidaba el secuestro de la llave seguía vistiéndose como quien se alista para casarse, porque quién quita que en la calle me encuentre un galán y me vaya con él y así no tengo que volver a esta casa donde aunque no me canse empiezo a sentirme un poco restringida y con principios de estreñimiento, jaja, no, más bien, de diarrea… así que salió directo pa’l baño sin haber terminado de vestirse, pero por el camino ya no sabía si estaba vistiéndose, si iba a salir o si iba para el baño. Entonces, de repente, por el esfuerzo, se dio cuenta de que se había cagado en los pantalones, como solía hacerlo a menudo, pero a ella no le importaba porque estaba convencida de que el mundo no valía la pena, pero tampoco era una mierda, como su hija y su querido yerno decían no sin razones desde su punto de vista. A causa de las circunstancias, se quitó los calzones, los pantalones, todo, pero tuvo la suficiente lucidez de no seguir al notar que si seguía quedaba empelota y de pronto la vería alguien, máxime si tenía que bajar a depositar la ropa en la canasta, así que con todo pudor se tapó con la toalla y, de paso, olvidó que tenía que vestirse de nuevo si quería salir a la calle. Pero, eso no ocurrió porque de pronto la asaltó un ataque de memoria y recordó que no podía salir a la calle porque su llave seguía… ¿qué? Y se le olvidó el participio del verbo que más usan los medios cuando se refieren a la guerrilla y el que jamás utilizan al referirse al Gobierno, pese a que este le tiene al pueblo secuestrada toda su capacidad de disentir, de organizarse, de luchar, a punta de física represión por vía del Esmad y sus robocops. Palabra que en ese momento se le aparecía en la sopa de letras y con la cual daba por terminada, de momento, su tarea de engañar a la cabeza y continuar en el juego del olvido. El que no termina aún y eso que han pasado 15 años, con lo cual ya a la Viejita sólo le faltan tres para llegar a los 103 años, edad que desde hace rato, aunque no recuerde el tiempo exacto, fijó para su muerte. Pero, esto último la tiene sin cuidado porque hace rato que olvidó del todo el juego del olvido y ahora sólo se acuerda de que no puede bañarse sola, vestirse o salir a la calle. “¡Puf, qué nos importa!”, dice, como cada vez que un destello de memoria alumbra su sendero de la rutina por el que cada día aún se desplaza esperanzada en seguir el juego del olvido. El que, eso sí, no se olvida de contraponer a la implacable seriedad del recuerdo que se les impone cada día a su querida hija Marthica y a su siempre agradecido yerno, el autor de este relato que jamás sufrirá de alpiste, entre Alzheimer y despiste, felizmente condenado como está a recordar a las dos personas que siempre estuvieron ahí cuando más lo necesitó para poder seguir haciendo parte del doble juego del olvido y de la memoria, de Sísifo y Sísifa, de Caín y Abel. Pareja que recuerda otra sopa de letras, muy difícil, en la que preguntaban por Caín como “homo faber, herrero que castiga a su hermano con el arma que él mismo elabora”, y la Viejita casi desfallece pronunciando el enunciado, y por Abel como “homo ludens, pastor que vive tranquilo en el campo y muere al recibir el golpe de su hermano”, lo que ya no pudo seguir leyendo la Viejita, al entrar en ese terrible fin del juego del olvido que es la siempre indeseada parca.

Bogotá, 5 abril 2016 (2:59 p. m.)

 

 


 

Ver otros dos cuentos:

(1) La desaparición…

(3) Del campo a la mayor fosa común urbana

 


 

lucar

Acerca del autor: Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Realizador y locutor de Una mirada al jazz y La Fábrica de Sueños: Radiodifusora Nacional, Javeriana Estéreo y U. N. Radio (1990-2004). Fundador y director del Cine-Club Andrés Caicedo desde 1984. Colaborador de El Magazín de El Espectador. Colaborador de diversos medios internacionales: Agulha Revista de Cultura, Brasil; Argenpress, Argentina; Fronterad, España; Aurora Boreal, Dinamarca, Milinviernos, Colombia. Corresponsal en Colombia de la Revista Matérika, de Costa Rica. Autor del libro Cine & Literatura: El matrimonio de la posible convivencia (2014), editado por la U. Los Libertadores. Espera la publicación de sus libros Ocho minutos y otros cuentos, El crimen consumado a plena luz (Ensayos sobre Literatura), La Fábrica de Sueños (Ensayos sobre Cine), Músicos del Brasil, La larga primavera de la anarquía – Vida y muerte de Valentina (Novela), La sociedad del control soberano y la biotanatopolítica del imperialismo estadounidense, en coautoría con Luís Eustáquio Soares. Hoy, traductor y coautor, con LES, de ensayos para el portal Rebelión.  E-mail: lucasmusar@yahoo.com

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