Obra de portada del artista plástico Nicolas De la Hoz

 

 

La desaparición…

 

Por Luis Carlos Muñoz Sarmiento* · Especial para El Magazín de El Espectador

 

A mi padre, como siempre, no a su memoria…

A mi madre, su Chatita, por su lealtad hacia él.

A mis hijos, Santiago & Valentina, dignos herederos de las virtudes de aquéllos…

Y a Lisandro Duque, por su lealtad hacia Fernando, su hermano.

 

 

Ese día, como siempre en los últimos nueve años, él se había levantado muy temprano, afeitado y bañado gracias a la colaboración de su hija menor y de su hijo preferido, desayunado y salido a la calle. Solo. Se había dirigido a la tienda, donde le había pedido a don Jorge, ya que no cargaba dinero en sus bolsillos, que le fiara unos pielroja sin filtro, los únicos que fumaba desde que lo había perdido todo, desde aquellos lejanos días en los que podía escoger entre chester, picadilly, camel, todos también sin filtro. Cogió sus cigarrillos con la misma felicidad con que su nieta recibía un chocolate del papá o su nieto un favor de la mamá. Prendió un cigarro y echó a andar… Cogió por donde siempre lo hacía, por costumbre, es decir, por la carrera 13, desde la calle 45, hacia el sur. Su hijo, que a menudo lo acompañaba, esta vez no pudo hacerlo pues tenía que atender unos asuntos personales urgentes relacionados con su ingreso a la universidad. De manera que esta vez, solo, él, un hombre de 61 años que por un accidente automovilístico había pasado los últimos nueve enfermo, se dirigía ahora sin saber muy bien adónde pero, eso sí, seguro de que no había un camino sino de que se hace camino al andar, de que al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… Lo que en este caso se habría de cumplir con estricto rigor, no a causa de la simple retórica poética. Que, a decir verdad, también en este caso, no era simple retórica poética pues se trataba de la del inmortal y bienamado por él, don Antonio Machado, a quien tanto debía… Pues como don Antonio, él podía decir que a su trabajo acudía, con su dinero pagaba, excepto esta vez, sí, que no había tenido para los cigarrillos, pero de todas formas con su dinero pagaba el traje que lo cubría y la casa que habitaba, el pan que lo nutría y el lecho donde descansaba. Como don Antonio había creado un mundo de poesía con sus manos, él había trabajado la tierra con las suyas. Como don Antonio, él tampoco sabía si era un clásico o un romántico aunque igual hubiera querido dejar sus versos como el capitán deja su espada: famosa por la mano viril que la blandiera, no preciada por el docto oficio del forjador. Igual que don Antonio conversaba con el hombre que siempre iba con él y cuyo soliloquio era charla con ese buen amigo que le enseñó el secreto de la filantropía. Eso sí, no de la que tanto se publicita y detrás de la cual se esconde el crimen, se agazapa la traición, se confiesa la carencia. Carencia de la que él, como don Antonio, valga la tautología, carecía… Todas sus carencias, mientras caminaba, se reducían a una, la falta de dinero. El que en otras épocas había tenido de sobra, pero de las cuales era mejor no acordarse, como se aconseja no acordarse de la juventud cuando se es ya viejo. Y aunque él no se consideraba viejo pues bien sabía que la edad no está en el cuerpo sino en la cabeza, de todas maneras no era tonto para no darse cuenta, como tantas veces se lo dijo a su vástago predilecto, que por su enfermedad ya era un viejo. Un viejo que caminaba por las calles de la ciudad que lo había acogido hacía muchos años y en la que había gozado y sufrido, levantado del suelo y caído al piso, forjado una familia de ocho hijos de los cuales a la postre le quedaron siete, todo, claro, gracias a la complicidad de una mujer fiel y leal que lo admiraba tanto como él a ella. Ciudad en la que muy bien sabía que cuando llegara el día del último viaje y estuviera presta a partir la nave que nunca ha de volver, se le encontraría a bordo ligero de equipaje, tal cual había venido al mundo, despojado de ropas, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Tan ligero como iba ese día que se había levantado temprano, como siempre, para ir en busca de su destino, destino que sólo él conocía. Caminó y caminó sin tregua ni pausa hasta que ya cansado se detuvo… cogió el camino de regreso a casa pero al llegar nuevamente a la 13 con 45, antes de cruzar la calle, decidió subirse a una buseta de la ruta 127 y cuyo pasaje no se sabe cómo canceló pues ya se dijo que no llevaba dinero consigo. Atravesó en ella la ciudad, se bajó en el paradero de Boita, lugar al que por primera vez en la vida iba y, como es lógico, se perdió allí… Mientras tanto, al otro extremo de la ciudad y dado que no había vuelto a su casa, la familia en pleno se preguntaba dónde podría estar él. Luego de averiguar en todas partes por si alguien sabía dónde estaba, un hermano del hijo amado con voluntad honesta, salió a la calle, dispuesto a ir en su búsqueda. Cogió un taxi y lo primero que hizo al subirse al vehículo fue mostrarle la foto de él al conductor y preguntarle si lo conocía… lo que viene bien podría hacer parte del catálogo fantástico, aunque en la práctica sólo pertenezca al territorio de lo posible, no necesariamente de lo divino como tanta gente para su infortunio cree: el señor del taxi, luego de hacer una carrera en el sur, había visto en el parque de Boita al señor de la foto que el hermano del hijo dilecto le acababa de mostrar… “¿Qué hacer?”, se preguntó éste como tantos años antes lo había hecho Lenin con otros fines, no se sabe si más o menos altruistas. Pero, la cosa era más simple que política, así que rápidamente el chofer del taxi y el otro hijo de él se dirigieron al único objetivo no sólo posible sino probable de hallarlo. El trayecto, como podrá imaginarse cualquiera, fue tan tedioso como desgraciado a causa de los problemas de desplazamiento. Lo difícil no fue llegar a la carrera décima, vía obligada de acceso al lugar de destino, sino avanzar por ella… sobre todo a partir del momento en que el chofer del vehículo de servicio público perdió sus gafas a manos de un raponero. En medio de la barahúnda el señor persistía en continuar al volante, pero cuando se convenció del peligro, entonces decidió cederle su puesto al otro hijo del señor que buscaban. Sin embargo, aunque éste último era lo que se podría considerar un as del volante, las circunstancias no permitían demostrarlo. El taxi avanzaba a un promedio de diez minutos por cuadra, si es que existe una medida tal para vislumbrar lo que pasaba… De manera que para no darle largas al asunto el trayecto se cubrió en poco más de dos horas. Dos horas que dadas las circunstancias equivalían a una eternidad para los tres: para el taxista, para el hermano del hijo preferido y para…

Al llegar al sitio, el hermano del hijo predilecto agradeció a la vida que no fuera él quien hubiera perdido las gafas a manos de los ladrones, aunque al verlo ya no estaba seguro de si él era su padre. Y no estaba seguro pues éste se encontraba calcinado por el sol, sin el saco de paño con el que había salido y que no se sabe cómo había perdido, en definitiva, casi desnudo, como los hijos de la mar. Perplejo por la conciencia de saberse perdido, al encontrarse con uno de sus otros hijos, él, que era tan locuaz, no pronunció palabra alguna, aunque pudiera decirse que en ese momento, más que nunca, adquirían inusitada vigencia las palabras del poeta según las cuales qué bueno es estar triste y no decir nada… Aunque bien podría decirse que para entonces decir algo tampoco serviría de mucho. En ese instante, las palabras sobraban, como sobraron para explicar los pormenores del “milagroso” evento cuando él regresó a casa. Pormenores que, no obstante, debido a la elocuencia implícita del relato hecho por el taxista a los familiares del protagonista, terminaron por convencer a todos de que, en efecto, se había tratado de un milagro, un milagro, eso sí, causado por las leyes de probabilidad de Hume, según las cuales todo es posible por el cruce de múltiples variables que al cabo determinan el cumplimiento de un hecho, o por la ley del azar de Buñuel, según la cual primero está eso, el azar, luego viene la necesidad. Y la posibilidad de recuperarlo a él, dependía del azar más que de aquella. Tras su muerte el 20 de junio de 1999 en la ciudad que lo había acogido, en la que había sufrido, gozado y se había reproducido, a la vez empezaba a dormir un sueño profundo, tranquilo y verdadero. Larga paz a sus huesos. No obstante, el día que el hermano de su hijo dilecto lo había encontrado, había comenzado la desaparición del padre del autor de este relato…

 

Bogotá, 13 de mayo de 2009

 

 


 

Ver cuento siguiente:

(2) El juego del olvido

 


lucar

Acerca del autor: Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Realizador y locutor de Una mirada al jazz y La Fábrica de Sueños: Radiodifusora Nacional, Javeriana Estéreo y U. N. Radio (1990-2004). Fundador y director del Cine-Club Andrés Caicedo desde 1984. Colaborador de El Magazín de El Espectador. Colaborador de diversos medios internacionales: Agulha Revista de Cultura, Brasil; Argenpress, Argentina; Fronterad, España; Aurora Boreal, Dinamarca, Milinviernos, Colombia. Corresponsal en Colombia de la Revista Matérika, de Costa Rica. Autor del libro Cine & Literatura: El matrimonio de la posible convivencia (2014), editado por la U. Los Libertadores. Espera la publicación de sus libros Ocho minutos y otros cuentos, El crimen consumado a plena luz (Ensayos sobre Literatura), La Fábrica de Sueños (Ensayos sobre Cine), Músicos del Brasil, La larga primavera de la anarquía – Vida y muerte de Valentina (Novela), La sociedad del control soberano y la biotanatopolítica del imperialismo estadounidense, en coautoría con Luís Eustáquio Soares. Hoy, traductor y coautor, con LES, de ensayos para el portal Rebelión.  E-mail: lucasmusar@yahoo.com

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