por Carlos Eduardo Maldonado* · Fuente: Palmiguía

 

La teoría cuántica es, sin lugar a dudas, el fundamento de absolutamente todas las tecnologías actuales que nos rodean y hacen posible nuestra existencia.


 

La más sólida, robusta, testeada, verificada, falseada y probada de todas las teorías científicas es la de la física cuántica. En realidad, cabe decir la teoría cuántica, pues ésta no se reduce a la física. Existe también una química cuántica, una biología cuántica, y se estudian los efectos y comportamientos cuánticos también a nivel del cerebro, e incluso a nivel de los sistemas sociales humanos en general, por ejemplo.

Un capítulo medular de la teoría cuántica es la mecánica cuántica. Que, en realidad, consiste en el estudio de los comportamientos de las partículas con ayuda de un muy técnico y robusto aparato matemático destinado justamente a explicar los comportamientos de tipo cuántico. Hay que decir que al lado de la mecánica cuántica existe igualmente la mecánica de ondas y los fenómenos de entrelazamiento, todos los cuales constituyen verdaderas puntas de investigación y de conocimiento.

Pues bien, en el marco de la mecánica cuántica, las partículas sólo aparecen cuando interactúan con otra cosa, y entonces se localizan en un punto. Mientras no interactúen, sencillamente no están en ninguna parte. Se dice entonces que, cuando están solas, se abren en una nube de posibilidades. Exactamente en este sentido se dice que en la teoría cuántica se estudian los fenómenos sólo en tanto hay interacciones, o lo que es equivalente, se estudian sus efectos.

En otras palabras, una partícula que no tenga ningún efecto, esto es, literalmente, que no afecta, no existe y no se encuentra en ningún lugar. Es, en el mejor de los casos, una probabilidad. Dicho genéricamente, las cosas sólo existen en cuanto nos afectan. Antes o después son simplemente probabilidades.

En un sentido preciso, el tema de trabajo ya no consiste, como en la física y la filosofía clásicas, de saber qué son las cosas. Ya W. Heisenberg, con mucha precisión, estableció que si podemos determinar el lugar de las cosas, no podemos saber hacia dónde se dirigen, y viceversa. Exactamente en este sentido, la física cuántica pone de manifiesto que la realidad es un tejido relacional, mucho antes y mucho mejor que las versiones populares de esta idea, como son el pensamiento sistémico, por ejemplo.

En otras palabras, dicho de forma más directa, el mérito de la física cuántica consiste en poner de manifiesto que el interés ya no es el de establecer qué le ocurre a un sistema físico, sino, tan sólo, cómo un sistema físico incide en otro. Así, la física ya no se ocupa, como en el pasado, de decir lo que es el mundo, la naturaleza o la realidad, sino qué tanto sabemos sobre los mismos, o lo que es equivalente, cómo suceden las interacciones, o cómo un fenómeno incide en otro. Pues, mientras no haya incidencia o afectación, simplemente no existe.

Dicho en términos filosóficos, lógicos o epistemológicos, lo anterior quiere decir que las cosas que están solas son sencillamente nubes de probabilidades, pues una cosa sola es equivalente a que no es nada. Las cosas existen tan solo en la medida en que interactúan, y en el modo mismo de la interacción. Es justamente por esto por lo que la física cuántica en particular, y la teoría cuántica en general, ha sido convenientemente llamada una segunda revolución científica —después de la historia que conduce de Kepler a Newton.

La mecánica cuántica, pues, no describe objetos, a diferencia de la mecánica clásica. Antes bien, describe procesos y acontecimientos que interaccionan entre procesos. Es en este sentido como, en otro contexto, R. Feymann, entre otros, llama a la necesidad de desarrollar una teoría general de procesos. El mundo ha dejado de ser un tejido de objetos e incluso de relaciones entre objetos, para ser comprendido como un fenómeno esencialmente variable, interactuante, cambiante.

Pues bien, las interacciones entre partículas quiere decir que éstas se aparecen en tanto interaccionan con otras, y cuando dejan de interactuar, desaparecen. Más ampliamente, las cosas aparecen y desaparecen, y son significativas en la medida en que afectan a otras. Una vez que la afectación ha cesado, sencillamente ha desaparecido. Este es todo el meollo del famoso debate de Copenhaguen entre Einstein y Bohr. Y dicho de forma más técnica, en esto exactamente consiste el problema de la medición en física cuántica.

Einstein, determinista, sostenía que las cosas existen por sí mismas, independientemente del observador. Bohr, por el contrario, indeterminista, afirmaba que la observación del fenómeno modifica el comportamiento mismo del objeto observado.

El mundo y la realidad, la naturaleza y las cosas están hechas de vibraciones y pululación, de interacciones y acontecimientos. Más exactamente, el mundo y la realidad son esencialmente probabilísticos, y se trata, en verdad, de la probabilidad de que un sistema físico afecte a otro y cómo. De esta suerte, la humanidad aprende la incertidumbre, la cual no tiene, en absoluto, un componente o un significado emocional o cognitivo. La incertidumbre, por el contrario, pertenece a la realidad misma, y significa que las cosas aparecen, afectan y luego dejan de afectar y desaparecen. Ni más ni menos.

La teoría cuántica es, sin lugar a dudas, el fundamento de absolutamente todas las tecnologías actuales que nos rodean y hacen posible nuestra existencia. En medicina o en astronomía, en la vida cotidiana o en los más sofisticados escenarios.

Sorprende, sin embargo, la distancia que aún existe, más de cien años luego de ser formulada originariamente por M. Planck, por Einstein mismo, por los años dorados que fueron 1924–1926, entre la base de la sociedad y el avance del conocimiento. Mucha gente sigue pensando y actuando como si lo importante fuera lo que son las cosas, cuando, en realidad, las cosas no son nada por fuera de su afectación sobre nosotros. El sentido y el significado sólo existen en la medida misma en que hay efectos. Cuando dejan de haberlos, el mundo es un haz de fenómenos solitarios, inexistentes.

 


 

 

*Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor: carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

*Artículo publicado por primera vez en Palmiguía

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