(Cuba 1903, Estados Unidos 2000) Sus temas más constantes, después del inicial paisajismo de Trópico (“Naturalezas reducidas a geometría”, Le llamó Alfonso Reyes), Han sido por los común de naturaleza elegíaca: la soledad, los recuerdos y las evocaciones, el amor perdido o no encontrado, el anhelo de serenidad, los impulsos trascendentes o religiosos. (Tomado del libro: Antología de la poesía hispanoamericana contemporanea 1914 – 1970)

 

 

Estrofas a una estatua

Monumento ceñido

de un tiempo tan lejano de tu muerte.

Así te estás inmóvil a la orilla

de este sol que se fuga en mariposas .

Tú, estatua blanca, rosa de alabastro,

naciste para estar pura en la tierra

con un dosel de ramas olorosas

y la pupila ciega bajo el cielo.

No has de sentir cómo la luz se muere

sino por el color que en ti resbala

y el frío que se prende a tus rodillas

húmedas del silencio de la tarde.

Cuando en piedra moría la sonrisa

quebró sus alas la dorada abeja

y en el espacio eterno lleva el alma

con recuerdo de mieles y de bocas.

Ya tu perfecta geometría sabe

que es vano el aire y tímido el rocío;

y cómo viene el mar sobre esa arena

con el eco de tantos caracoles.

Beso de estrella, luz para tu frente

desnuda de memorias y de lágrimas;

qué firme superficie de alabastro

donde ya no se sueña.

Por la rama caída hasta tus hombros

bajó el canto de un pájaro a besarte.

Qué serene ilusión tienes, estatua,

de eternidad bajo la clara noche.


 

Nocturno II

 

Porque te miro y no sé de qué esquina del cielo me llegan las palomas,

se adormece la luz y se hunde el recuerdo más allá de la arena donde duermen los barcos asfixiados;

y si alza palabras de tu boca el ensueño distante

es como si la lluvia me cayese en un fondo amarillo de soledades muertas.

 

Con aquel palpitar de mariposas encendidas de ocaso

me suben desde el fondo del sueño tus manos con una esencia de violetas de nieve;

y todo el sabor inquieto que destiló tu boca

Está aquí, más ardiente, en el vaso de vino rojo y en remordimiento de tu partida inútil.

 

Porque estaba desnudo el cielo y sorda la pulsación de las orillas

cuando me sentí como un niño, solo en la mitad de la selva caliente;

y si echaba a rodar mi grito fuera de lágrimas y miedos

lo veía tornar a mí, rotas las alas, a hundir el pico en mi garganta.

 

 

Fuerza, fuerza para responder a cada luz con un gusano pequeñito;

fuerza también la que me obliga a verte con un suspiro exangüe entre las manos;

y más fuerza para decir que las estrellas están aún vivas,

cuando se sabe que ya no hay otra cosa que esperar más que la muerte de los árboles.

 

Se dormía la voz, inútil ya como los lirios de los muertos;

A cada atardecer pasaban sin razón la sombra inquieta de las golondrinas.

Cuánto adiós despedazado, cuánto espera por los balcones interiores

Frente a un sol de fantasmas y restos de suspiros y manos enlazadas.

 

No me imagino sino después de haber sentido entre los dedos los esqueletos de las hojas

Cuando se ponen a llorar bajo la luna por la caricia de los pájaros;

Ni me duelen tampoco estos clavos de anhelos

que se hunden para viajar entre los ríos de mi sangre.

Así me espanta la claridad que va llegando

si me encuentra sin más ocasión de gritar que la que duerme al pie de las estatuas indefensas;

y ese horror de estar vivo, lejos de aquellas rosas,

y ese miedo de sentirme apagar entre los yelos de tu olvido.

 

Por el camino caminar sin ver qué nubes cantan la ausencia de luz;

porque hasta ayer nada más tenía el mundo un destino de morir en tus ojos,

y toda la blancura de los cisnes se ha puesto a arder estremecida

con esa triste claridad que llega al cielo

cuando aún no se pintaron de azul las vestiduras de los ángeles.

 

Todo este sueño que está volando ciego

no sabe cuándo se aquietarán las aguas que llegan a buscar los caracoles desmarados.

Y aún más: como me duelen tanto las espinas del alba,

se echa a cantar tu vida lejos de mí para que se alimenten mis oídos con el recuerdo de tus senos.

 

Pero no quiero saber la propia fiesta de canciones desnudas;

no, no quiero tu engaño desde el mar ni la compasión de tantas azucenas

cuando estoy aquí solo, con el olvido de las lágrimas,

hundido tu recuerdo entre las manos para sembrarlo lejos de mí, por las auroras infinitas.

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