Obra de portada del artista Walter Tello

 

 

Un cuento de Alejandro Bravo*

 

Desiertos los barracones donde dormían los soldados, desiertas las aulas de clase y los patios de entrenamiento, desiertas encontramos las oficinas y las covachas de los oficiales. Sobre el piso enladrillado un océano de uniformes, cascos, botas, fusiles, magazines, municiones y presente en todas partes, desprovista ya de todo poder, la foto del dictador sonriente. Registramos entonces, sin la tensión que antecede al combate, por la mera curiosidad de verificar por uno mismo si era cierto lo que el pueblo rumoraba que existía en el bunker del dictador. En uno de los garages militares situado a la orilla de la Calle Colón lo vimos. Aferrado a la malla ciclón que rodeaba las instalaciones militares, mirando con asombro el rojo y negro que el pueblo desbordado hacía flamear y escuchando la gritazón de PATRIA LIBRE O MORIR que retumbaba por toda la ciudad. Los compañeros pensaron que se trataba de algún guardia leal al tirano que con un espíritu de espartano que aparecen en los libros de historia se había quedado en la mezcla de apartamento neoyorquino y campo de concentración que era el lugar ese que por tanto tiempo había aterrorizado al país.

Se le capturó violentamente y cuando empezamos a interrogarlo y vimos sus ojos de pescador antiguo, sus manos de prestidigitador y su voz gangosa de cantante jamaiquino de blues, algunos creyeron que se trataba del más antiguo preso político que habitara las mazmorras somocianas. Nos habló de su juventud entre recuerdos de burdeles blufileños donde era aclamado por lindas putas de todo el Caribe a quienes predecía un futuro halagador leído en las líneas de la mano izquierda para luego encerrarse a fornicar gratis con la dueña de la mano recién leída. Su voz gangosa detalló los campamentos de huleros por los que pasó con una baraja española metida dentro de una bolsa plástica pronosticando casamientos con bellas mujeres, viajes y dinero a montones para aquel grupo de hombres endurecidos por la selva y el alcohol. Reveló los terribles secretos del manejo de la hierba llamada camotillo aprendido en un palenque misquito a orillas del río Wawa donde la hija del jefe de la tribu se enamoró de él, allí aprendió también a leer el porvenir en las vísceras de animales recién sacrificados.

El compa Sergio le preguntaba a cada rato que qué hacía allí y cuál era su relación con la guardia. El negro no le ponía atención a las preguntas y seguía haciendo desfilar ante nosotros el paisaje selvático de la Costa Atlántica, su niñez de pescador en la bahía de Bluefields, la tristeza de los blues que cantaba Ernest Wilson cuando ya estaban borrachos los dos en una calle de Old Bank. Una prostituta le sugirió que viajara a Managua ya que un adivino de su categoría no merecía la suerte de andar gastando sus días en esos andurriales. Mientras hablaba cobraban brillo sus ojos y las arrugas sobre su rostro moreno daban la impresión de ir desapareciendo. La Managua de los años cincuenta apareció ante nosotros, los lugares que no alcancé a visitar y conocí por boca de otros, la ciudad chata, con algunos edificios de cuatro o cinco pisos, autobuses destartalados, mercados malolientes donde se corría el riesgo de toparse con uno de los carteristas más hábiles del continente, los taxis Hillman llenando de bulla y humo las calles angostas. Se consiguió una casita en el barrio Santa Ana, cerca del cementerio para impresionar y en una radio pregonaban Profesor Jackson, su pasado, presente y futuro conózcalos donde el Profesor Jackson, experto en cartomancia y quiromancia. Visítelo de la Iglesia Santa Ana una cuadra a la montaña y media abajo, frente al tope.

Nos mostró el proceso de preparación de los filtros de amor, nos enseñó a rezar los padrenuestros al revés para causarle mal de ojo a nuestros enemigos, hizo desfilar ante nosotros los carros lujosos que frecuentaron su barrio buscando la suerte en los negocios que sólo el podía prodigar. Amó a una colegiala de ojos verdes que nunca se le rindió a pesar de un hechizo de seducción que preparó para obtener su amor. En el calor sofocante de abril se llevó la sorpresa de su vida cuando llegó una patrulla de la Guardia sin mediar palabra lo sacaron de su «consultorio» y lo montaron al jeep. Al principio creyó que lo llevaban preso para que puesto tras las rejas lo chantajeara algún oficial, pero el jeep subió a la Loma de Tiscapa desde donde entre el temor y la pompa se gobernaba a Nicaragua. Lo llevaron a la presencia del viejo Tacho quien con una sonrisa y palabras zalameras le hizo saber que su fama de adivinador había llegado hasta sus oídos todopoderosos y que quería que como a un mortal cualquiera le adivinara el futuro leyéndole las cartas.

Tendió los naipes luego que el General cortara con la mano derecha enjoyada y aparecieron el poder, el dinero y la muerte. Toda una conspiración para acabar con la vida del fumador enmedallado y gordo que tenía enfrente. Tacho le dio las gracias y un billete de a mil que tenía impreso su propio rostro sonriente. Jackson a los días vio en los diarios publicadas las fotografías de los hombres que habían aparecido en, los naipes y un relato detallado de la conspiración. La metida de las armas al país, los camiones con hombres armados tras la huella de Somoza y la imprudencia de fumar en el operativo que fue la que los delató. La persecución de los Báez Bone a través de todo el país y las historias truculentas de torturas y muerte a los complotados. Ese día fue el fin de la libertad de Jackson. Somoza lo mandó a encerrar en una jaula de oro y cada crisis política lo mandaba a llamar para que le dijera lo que le deparaba el futuro, y siempre aparecía la sombra de la muerte rondando al viejo Tacho.

Le dijo de pactos con sus enemigos, de elecciones ganadas, de rebeliones debeladas pero se guardó lo de la sombra mortal que luego reconocería en la foto del poeta Rigoberto López Pérez que publicó Novedades al dar la noticia del atentado que le costó la vida a su carcelero. Jackson creyó que su libertad llegaba, yo odiaba las paredes del Campo de Marte, pero supo, para desilusión suya que Tacho Viejo lo había incluido en su. Testamento como uno de los objetos más preciados que heredaba a su hijo Tachito, y así éste supo por el arte de sus cartas de los nuevos pactos, nuevas rebeliones, de un terremoto y de capitales enormes amasados a la sombra del poder. Los norteamericanos le regalaron en un cumpleaños al General de West Point una computadora que predecía el futuro y Jackson fue desplazado por la máquina y olvidado por el Tirano. Deambuló por años en las nuevas instalaciones militares donde fue transferido sin saber nada del mundo exterior y olvidando él mismo su arte de predecir el futuro a fuerza de no practicarlo hasta que un día despertó y vio que todo mundo había desaparecido. Se encontró solo en medio de aquel enorme complejo de poder y de muerte oyendo un griterío que no comprendía hasta que llegamos nosotros. Cuando terminó de hablar parecía transformado en un hombre nuevo, más joven, como si contando su historia se hubiera despojado de su pasado. No atinamos a decirle nada. Le franqueamos el paso y lo vimos desaparecer entre el gentío que gritaba saludando la libertad recién estrenada.


 

Sobre el autor: Alejandro Bravo (Granada, Nicaragua 1953) . Hijo de Carlos A. Bravo, uno de los fundadores de la narrativa nicaraguense.   Poeta y escritor. Es abogado, pero no lleva juicio alguno y no redacta cartas de venta ni autoriza escrituras públicas. Es municipalista (forma de subvertir el orden establecido, sin caer en el delito). Fue diputado en los años de la Revolución Sandinista, también vendió aguacates y seguros de vida. Trabajó en dos editoriales universitarias y es profesor de vocación. Más del autor aqui: Negro Bravo

*Cuento tomado del libro El océano en un pez, selección y prologo de Emmanuel Tornés Reyes. Colección ALBA Bicentenario, Editorial Arte y Cultura.

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