Imagen destacada: Twisting girl, John Currin

 

por Carlos Eduardo Maldonado · Fuente: Milmesetas

 

El cuerpo fue inventado, o descubierto, en Occidente, gracias Peter Paul Rubens, en los límites del Renacimiento. Sin embargo, muy pronto es oculto y relegado a lugares secundarios. Hasta entrado el siglo XX, cuando el cuerpo se convierte en una realidad propia. Entre tanto, en Europa se vivió desde el Ancien Régime esa historia que corre hasta la era victoriana. El cuerpo es re-descubierto o re-inventado en el marco del descubrimiento de la vida cotidiana, de la interculturalidad, en fin, el descubrimiento de la mujer como sujeto de derechos. Al cuerpo le es concomitante una estética propia, que ya no es idealista.

John Currin, pintor norteamericano, nacido en Boulder, Colorado, inspirado en motivos y con técnicas renacentistas —véase, por ejemplo, El árbol color de rosa (1999) o Las tres amigas (1998)—, con un refinado estilo técnico pero trabajando sobre la cultura popular y la moda, se caracteriza por un fino sentido de la ironía y la sátira. Un evidente sentido de ligereza se plasma en su pintura.

Hay en Currin una nota de humor y de sarcasmo, y por tanto de independencia y liberación de lo pop, lo banal y lo cotidiano. En marcado contraste con Roy Lichtenstein —quien elabora un arte iconográfico del pop y la cultura, por tanto, altamente acrítico; de pasada, digamos: sólo un cabello distancia a la obra y la actitud de Lichtenstein de la estética de Jeff Koons—. Al fin y al cabo el cómic es ícono del siglo XX de la era vulgar.

Currin, quien encuentra en la estupidez humana un buen motivo para la pintura, pinta a una joven en apariencia seductora con el título de “La tullida” (The Cripple), o coincide en motivos, pero sin acentos, en ese otro cuadro que es Jaunty and Mame (1997), o El almacén de brasieres (1997). Entre estos cuadros y el que nos ocupa —Twisting girl (1996)—, hay una familiaridad de temas, tratamientos y motivos. Un mismo lenguaje.

La estupidez humana, un mundo hipersexuado, la banalidad de la apariencia, el tiempo reducido a presente puro. Currin puede ser llamado el chico malo de la pintura norteamericana, pintura maldita, como existe la literatura maldita. El Charles Bukowski de la pintura. En cualquier caso, siempre pintura políticamente incorrecta. “Il faut épater le bourgeois”, el grito que secunda la obra de Beaudelaire y Rimbaud, A. Privat d’ Anglemont. De Paris inconnu et Paris anecdote, pasamos a la vida privada, al mundo urbano, anecdótico y desconocido. Ese que se ve y no se ve, que existe y no existe, que se afirma y se niega.

Observemos el cuadro que hemos elegido: La joven torcida (Twisting girl). Una chica joven, girando alrededor de los veinte años. “La chica torcida” camina, aparentemente, mientras voltea su cabeza. Pudiera pensarse en una joven hermosa a primera vista. Y si no es hermosa, con seguridad, eso sí: es llamativa. Y ahí aparece justamente el primer elemento de la estética de Currin. Lo llamativo, como en el mundo nuestro —el mundo “real”—, tanto como el mundo que aparece a través de fotos, videos, televisión, moda y publicidad: lo bello se asemeja a lo llamativo, y lo llamativo se superpone a la mirada como lo bello mismo. Y no que el tema de la estética, como tampoco del arte, sea la belleza. Ya no. Ya no, y nunca más, en contraste con la historia clásica del arte y de la estética.

¿La joven torcida, re-torcida? Qué contraste, en la propia obra de Currin con ese otro cuadro más “realista” que es Mademoiselle (2009), ella sí proporcionada y sin exageraciones. Aquí la sátira se desplaza de foco.

Mademoiselle (2009)
Mademoiselle (2009)

Como sea, en verdad, lo llamativo es, hoy por hoy, lo bello. Son los tiempos de lo vistoso a gran escala, a escala del mercado y de la plaza pública, en todas sus acepciones. Y claro, así las cosas, la estética se traduce como el mundo de la moda, del salón de belleza, de los gimnasios y los spas, los tratamientos quirúrgicos (“cirugía estética”), y las tiendas de farmacia en toda índole con productos de embellecimiento de todo tipo para cualquier lugar del cuerpo, nutrición, y mucho plástico, caucho y silicona. Y siempre, prótesis que obran a la manera de una “estética” y autocomplacencia.

Ser llamativo o llamativa, destacarse, ser visto y no en última instancia saberse a sí mismo(a) como objeto de deseo. ¿Para qué? Para complacerse con el deseo del otro. Todos los mejores motivos de Deleuze y Guattari en Mil Mesetas y en El antiedipo.

La chica del cuadro que nos ocupa es una cosa: el cuerpo como objeto. El objeto del cuerpo: la pura exterioridad. Una chica joven, sus manos así lo indican claramente, tanto como la delgadez del cuello. La piel es lozana. Pero resalta, arriba, su cabello rubio al aire. Ese, por lo que parece sí es un rubio natural (¡aunque ya nunca se sabe!). La boca es pequeña, bien formada, con labios carnosos. Boca semi-abierta, invitación evidente a la seducción, el amor y los placeres. Más abajo, el busto, torcido y aumentado. Talla cuarenta “DD”, fácilmente. Plástico puro, silicona embutida en un quirófano. Y por tanto, dinero detrás: ese dinero que sobra en la vida y que se puede gastar en el propio cuerpo porque alcanza para bastante más que las necesidades básicas. Eso: alcanza para la imagen.

¿Cabello rubio? Inmediatamente salta la asociación con ese clásico del cine: Los caballeros las prefieren rubias (1953) en la inspiración de Adolf Loos. Marilyn Monroe es Lorelei Lee, ambas rubias y tontas, en la pantalla y por fuera de ella. Y sí: una elipsis in extremis: “los caballeros las prefieren brutas” (Isabella Santodomingo). La pseudo-belleza que pasa por lo rubia, natural o tinturada, es tonta: embrutece. Y embrutece por lo trivial y banal. La pura superficie. Esto es, la apariencia. Son, en uno de los extremos de la inculturación, muchedumbres de jóvenes japoneses, hombres y mujeres, tinturados de rubio. Ese Japón contra quien ya Mishima levantara su voz de protesta y les devolviera sus actos en ese acto de suicidio noble que cometiera —acto ritual—, el seppuku. El rechazo a la ausencia de vitalidad y al triunfo consecuente de la vanidad y lo superfluo.

Volviendo a la chica retorcida: posteriormente, encontramos un talle delgado, demasiado delgado, de hecho. De toda la ropa que porta la joven, la cintura es la única parte donde hay arrugas desproporcionadas, salidas de su lugar. Tenemos aquí una cintura casi inexistente, torsión exagerada. En línea descendiente, encontramos un trasero abultado, también, quizás inflado con silicona. Silicona: polímero inodoro hecho fundamentalmente de silicio. Silicio, como los computadores. La silicona: tecnología sellante e impermeabilizadora. No hay sentimientos que entren o salgan, no hay emociones sinceras o puras que atraviesen la piel. La piel: exterioridad enajenada de subjetividad. Finalmente: genitalidad pura, ausencia de erotismo. Una y mil veces más: prótesis que nada tienen que ver con salud, sino con placer propio y objetivismo. (En verdad, otra cosa, muy otra cosa sucede cuando las prótesis afirman salud y se emplean por prescripción médica, para afirmar la vida).

El cuerpo de la joven, produce un giro imposible en la vida real: la dirección del pubis y el vientre puede ser considerado como el punto cero. Los pechos abultados por silicona exagerada se encuentran a noventa grados. Y la cabeza gira otros noventa grados. Total: ciento ochenta grados: una contorsión inverosímil. En ello radica exactamente el tema, o por lo menos el nombre del cuadro: el retorcimiento. De hecho, si se observa con atención, la posición de los brazos y los hombros es sencillamente imposible en el mundo real. Con lo que resulta una cosa clara: el plástico, la silicona, el caucho no están en la chica —por ejemplo en su busto—. Ella misma es una chica de plástico. Bastante menos que lo que varios autores consideran a la modernidad como la era líquida, vaporosa, gaseosa. Currin tiene, con toda razón, su propia conjetura: modernidad es la era del plástico como de lo artificial (contrario sensu a la plasticidad de la danza y el deporte, por ejemplo; plasticidad que, ésta, es grácil y hermosa).

Al lado y en contraste con la chica re-torcida, bien vale la pena detenerse un instante en ese cuadro en el que se combina la idea de belleza con la idea de conocimiento, que es La lectora (2010).

La lectora ok
La lectora (2010)

Todo parece indicar que la relación más difícil, más conflictiva de nuestro tiempo, no es con los otros y ni siquiera con el poder. A escala cotidiana, es la relación del sujeto con su propio cuerpo. O la relación del sujeto consigo mismo como a través de su cuerpo. Insatisfacción heredada, insatisfacción aprendida. El cuerpo como el escenario de conflictos que se resuelven —falsamente— en autosatisfacción pasajera y en torceduras e imposturas como la chica de Currin. Otro motivo para la biopolítica.

En efecto, la biopolítica y la relación —inexistente hasta la fecha con la estética y el arte— por cuanto hemos accedido, en la era del espectáculo, a la falsa creencia reforzada por los medios y el imperio de lo light de que el cuerpo es propiedad propia, privada. Olvidando que el cuerpo es, él también, un bien común —que supera, por tanto, con mucho, la clásica división entre lo público y lo privado—.

Los ojos de la chica están muy, demasiado maquillados. Las cejas presentan eso que se denomina en la “estética”, maquillaje permanente; han sido recortadas y alteradas. La mirada no se ve, no existe. La mirada, esa que es, según dice el adagio popular, el espejo del alma. Ergo…

Las piernas y la cadera de la joven se dirigen en una dirección, pero la torsión de su tronco va en otra dirección y, peor aún, la de la cabeza indica otra dirección diferente. ¿Responde a un llamado? ¿A un piropo? Nada bueno cabe pensar, en realidad. Nada decente y decoroso.

Pero en el rostro presuntamente hermoso de la joven —nariz respingada, ojos grandes y redondos, pómulos proporcionados, boca de labios sensuales, mentón pequeño pero ajustado al conjunto del rostro— todo ello, digo, el rostro: presenta moretones o contusiones y si nos fijamos bien, incluso los ojos presentan hematomas, claras señales de que la joven ha sido golpeada. ¿Violencia de género? ¡Qué va! Otras clases de desenfrenos caben ser imaginados.

En efecto, al fin y al cabo, las cirugías estéticas son, manifiestamente, una forma de sadomasoquismo. El placer del dolor de la cirugía del tipo que se trate, por el placer de ser visto, y de verse a sí mismo(a) en el espejo. Placer de ser considerado como objeto: objeto de deseo, objeto de relaciones y manipulaciones. Sin pretensiones de psicoanálisis, toda la estética de la silicona se corresponde, plano por plano, con el placer de relaciones sadomasoquistas.

Pero, anatómicamente, hay algo que es evidentemente feo o anormal en el cuadro: los hombros de la chica. O por lo menos el hombro que tenemos ante la mirada, el hombro derecho. Es un hombro demasiado pequeño, que a la vez que traduce el hecho de que jamás ha practicado deporte ni ha realizado esfuerzos físicos considerables. No: en la estética de lo banal el deporte es un anatema, y el gimnasio sólo sirve para conquistar pareja.

La chica no lleva ninguna joya: ni anillos, ni pulseras, ni reloj, ni cadenas, ni aretes. Tampoco lleva ningún cinturón o ropa fina. Las manos, de dedos largos y hermosos no tienen las uñas pintadas. Si observamos bien, su ropa es común y corriente. Casi se diría que es ropa anónima, ordinaria. De hecho el pelo mismo tampoco tiene ninguna hebilla, diadema o gancho. Lo único es el maquillaje: de los labios y los ojos, y de los pómulos también, se adivina, a pesar de los hematomas. En fin, hematomas o maquillaje exagerado —como todo en la chica—, desproporción en la tintura. No cabe la menor duda: la chica del cuadro es una mujer promedio para los estándares norteamericanos, que es donde hay que situar sociológicamente a este cuadro.

La chica es una joven hipersexuada. No está en ningún lugar especial, y el espacio no merece, por parte del artista ningún rasgo especial. El cuadro carece de sombras visibles, y predomina en él un tono rojizo-ocre, rojo-alheña, y la atmósfera se llena de terracota. No hay espacio, el rojo terracota lo cubre todo en el trasfondo. Todo en el cuadro es espacio y volumen —estética analítica—. No hay nada en él que haga pensar en música. Por lo demás, la música de esta joven es la típica música light: esa que tarda en promedio tres minutos, y que se funda en el ritmo, manipulación del cuerpo, de acuerdo con un clásico estudio de Platón. Es imposible vincular, en efecto, a esta joven con nada que no sea comercial y pasajero, de moda o transitorio.

Todo en la joven es torcido: las posiciones de los dedos, la tensión de las manos; hasta los rizos del cabello ya no parecen bucles naturales sino que enmarcan lo torcido. Lo torcido: aquello que se entiende como antinatural o malintencionado, retorcido o deshonesto, corrupto o enviciado. Es una estética de lo descoyuntado, la ausencia de lo recto; lo recto y lo correcto. Vale quizás la pena contrastar estas manos con el cuadro, de Currin también, llamado Manos grandes (2010).

Big hands
Big hands (2010)

Mientras que los brazos son delgados, hay una desproporción con el volumen del comienzo de las piernas. (Entre paréntesis, en passant, No hay que hacer ninguna observación acerca del pliegue interior del pantalón entre las nalgas para adivinar ciertas prácticas, gustos o una forma de vida).

Apariencia, vanidad, superfluidad. Tres formas distintas, una sola realidad verdadera.

Tenemos ante nosotros una chica (re)torciéndose, ante las circunstancias y la vida. Sublimando algunas vivencias en la apariencia y la vanidad, el presente puro, el futuro descontado. La chica de John Currin, de un preciosismo técnico muy destacado.

En el cuadro no hay referencias, no hay contextos. El cuerpo que se complace a sí mismo. Es el punto cero de cualquier mapa.

Nos encontramos, aquí, en la antípoda del Kama Sutra; es decir, del encuentro de dios/Dios a través del cuerpo. A través de los placeres corporales y los sentidos, a través del placer y el goce, y no, como lo ha transmitido la tradición platónico-cristiana hasta la fecha, como alejamiento del cuerpo, por considerarlo justamente: como un cuerpo.

En el cuerpo objetivado o cosificado la mirada del otro no existe. Ni como mirada ni otro. Y menos aún el rostro (Emmanuel Lévinas). En el cuerpo de alguien como la chica de Currin, la mirada del otro es en realidad un espejo en el que el cuerpo y la auto-imagen que se ha —literalmente— construido por vías artificiales, y se ve a sí mismo. No existe alteridad ni diferencia. Sino, pura autorreferenciación, autocomplacencia, algo incluso más bajo y básico que el bueno de Onán —Onán Urra, el hijo de Judá, esposo de Tamar— (bueno por sostener su promesa a su hermano Er), en el antiguo mito hebreo. En esta clase de autocomplacencia, el otro queda reducido, incluso a pesar de sí mismo, a un mero voyeur.

Plástico y silicona, hipersexualidad e hiperconsumismo: no es otra cosa que el gozo vanidoso de lo efímero. Asistimos a una estética en la que el cuerpo es lugar de experimentación consigo mismo como con materia ajena todo en aras de la apariencia y la imagen. Ser jóvenes y hermosos, ser objeto de deseo, ser objeto de placer y, si acaso, a través de ello, acumular memorias y algo de dinero (sin moralizar). Pero la verdad es que se trata, siempre, en todos los casos, en este contexto, de un cuerpo deshabitado. Ya no se habita en/el cuerpo, sino, se mora a pesar del mismo o a costa del mismo. Es el puro y más craso de los dualismos. Así, el cuerpo es el lugar mismo de contusiones.

Dice un proverbio de la India: “alegra a los dioses lo que alegra a los hombres, y entristece a los dioses lo que hace tristes a los hombres”. Pues bien, en nuestro tiempo, asistimos a la insatisfacción con el propio cuerpo, la insatisfacción con la propia apariencia, la negación del cuerpo como de sí mismos. Y en consecuencia, sí: el imperio de Descartes: el dualismo res cogitans-res extensa.

Tenemos aquí un cuerpo corcovado, sinuoso, torcido y zambo. Es la estética de lo adunco. Que es, hay que decirlo, exactamente la estética del narcotráfico. Pues es sabido que a los narcotraficantes les gusta —y han terminado por imponerla— la figura recompuesta del cuerpo femenino. Himenoplastia y mamoplastia, abdominioplastia y aumento de glúteos, blefaroplastia y rinoplastia, toxina botulínica. Para que al final del día la naturaleza se vengue contra la incontinencia del tiempo presente y el dinero, finalmente mal gastado. Si la obesidad es la malnutrición de los sobrealimentados, la estética de la silicona y la toxina botulínica es la aparienciación de los que ya no saben cómo gastar el dinero.

La apariencia institucionalizada se traduce en verdad como desvitalización del individuo y la sociedad. El mundo como representación, la sociedad como escenificación —¿no era Andy Warhol quien ya en los años 1960s predecía: “En el futuro todo el mundo tendrá sus quince minutos de fama”?—, la vida como objeto de observación, en el más exterior e instrumental de los sentidos. “Más vale despertar envidia que sentirla”, dice alguien de ese talante.

En esta estética, el tiempo se descuenta: sólo cuenta el momento y el presente. La densidad del tiempo se reduce al cuarto de hora de la vida, o al disfrute de lo que se pueda mientras se pueda. Y en un presente que se quiere continuo y que no sabe de futuro ni futuros lo que aparece como real es la pura imagen. La imagen, que aquí aparece en el cuadro —la pintura, que cuando es auténtica y radical, nada sabe de imágenes—. Lo del arte en general no es la imagen, ni, ciertamente, la representación.

El cuerpo de la chica forma lo que pertenece a la geometría simpléctica en matemáticas: formas y variedades simplécticas: formas, líneas y espacios cruzados. ¿Cruzados? Nada, nada nos permite afirmar con plausibildad, después de todo, excepto el acto de fe que hagamos en lo que nos cuenta Currin, que en realidad es una chica torcida. Porque bien pudiera ser lo contrario. No hay un argumento fuerte que se oponga a esta posibilidad. Es, sí, después de todo, el triunfo del mercado: del mercado sobre el propio sujeto, el triunfo del mercado sobre la subjetividad y el cuerpo.

Ponerse plástico es tan absurdo que en realidad es inzensato (con zeta), patétiko (con ka) —para hablar, o leer, en estilo vistoso—, y destacarse o querer ser el centro de las miradas y los comentarios: hacerse vistoso también en el hablar. Como esa gente que dice: “yo llamo a… x”. Y llenan constantemente su lenguaje de eso que en inglés, burlonamente se conoce como el: I, me, myself —el imperio de lo yoico—. El “yo”, el mejor/peor invento de Occidente, esa civilización hoy languideciente.

 


 

*Acerca del autor: Carlos Eduardo Maldonado. Profesor titular de la Universidad del Rosario en Bogotá, Colombia. Autor de numerosos libros, artículos y ensayos sobre ciencia, política y cultura. Ph.D. en Filosofía por la Universidad Católica de Leuven (KU Leuven, Bélgica). Postdoctorados en Universidad de Cambridge, Universidad Católica de América (Washington, D. C.), Universidad de Pittsburgh. Mas del autor:  carlos.maldonado@urosario.edu.co  @philocomplex  www.carlosmaldonado.org

*Artículo publicado por primera vez en la Revista Milmesetas

Anuncios