Obra destacada: El rito del maestro Augusto Rendón

 

 

Lección de lenguas vivas

 

Por Raúl Vallejo*

 

Oh primicias de este único menester!
Mi frente airada, Amor, los ayes, ¡oh cuenca eterna de salivas!
De moradas me regalan.
Y tu vientre abierto en mi pesadumbre de caricias.
E! labio sumo mío cae de los siglos, a tu boca concebida,
¡A la herida declarada de tus senos!

Alfredo Gangotena, Tempestad secreta.

 

 

Me sentirás extraña, lejana de todo, al momento de esa explosión del universo en el vórtice de mi entrega. Si contemplas las aguas del Tomebamba que lamen las piedras dormidas en el lecho del río, sentirás igual que yo esos lengüetazos infinitos que se extravían en nuestras madrigueras húmedas. Te quemará, María Joaquina, el aire veraniego que se extiende entre las calles asoleadas de la ciudad.

Todos necesitamos un motivo para sentir que nuestra vida es extraordinaria. Llámalo si quieres una angustiosa escapatoria de aquella cotidianidad que nos abruma entre el encierro de una oficina y el transito de automóviles hostiles. Odio ese momento del día en que las calles se repletan de comerciantes de todo tipo, de objetos pirateados que se asocian con la pobreza estacionada con sus lastimeros ruegos en cada semáforo.

Esa calentura que incendiará tu cuerpo es la misma fiebre que se instala en esta cama que ahora es nuestra cama. Es distinta de la calentura que días atrás me envolvió junto a ese hombre que elegí en medio de la algarabía noctámbula de la urbe percudida por la prisa de triunfar en los negocios. Fui yo la que so seleccionó, pero dejé que él creyera que sucedió al revés.

Tu sabes que para la cama prefiero hombres que charlan acerca de mundos exóticos, que conocen la manera de evocar la poesía sin ponerse melancólicos y que se toman las horas necesarias en el lecho para que la vida tenga sentido. Me aburren aquellos que hacen del silencio lo mejor que pueden decir. Me gustan los que están dispuestos al aprendizaje de los placeres que una encuentra en cada cuerpo sin que caiga en la jactancia.

Me deprime comprobar que la gente se acopla por costumbre y estoy harta de aquella mecánica burda que sustituye al amor. En una de mis exploraciones nocturnas descubrí las delicias agazapadas en los rincones ocultos de un cuerpo. Lo doméstico se volvió más llevadero por que intuí entonces que tú existías y que los hombres, esos seres extraños que gustan de explicaciones para cada cosa, pasaban a ser objetos suntuarios.

Ay, amiga, los hombres no tienen idea de cuál es el órgano más poderoso que poseen a pesar de que siempre lo utilizan para dominar el mundo con la palabra de su poder. Yo les enseño cómo hay que usarlo, pero me cuido mucho de que lo sepan. Los que se dan de inteligentes dicen que es el cerebro, y el resto está convencido sin más de que se trata de aquel colgajo de carne que llevan entre las piernas. Aquí, entre nosotras dos, creo que únicamente los sibilinos gatos conocen ese secreto cuya revelación disfruto contigo.

El hombre de aquella noche —¿se llamaba Daniel?— se portó, al principio, lo suficientemente dócil como para aprender. Se desnudo rápido y solo, como si estuviera en el consultorio de un médico, y me mostró con orgullo se pene erguido. No era el momento para reprocharle nada, así que le enseñe algo del arte de la espera con el ejemplo: sin desvestirme, me acuclillé frente a él de tal forma que mi boca engulló con naturalidad su ansioso miembro —tal vez no, porque Daniel es travieso y aquel hombre se erguía como si su honor estuviera en juego—. Lo chupé, con la misma lenta devoción que le pido a tus labios, hasta convertirlo en un exquisito mazo nervudo y brillante.

Obviamente que no desprecie aquel instante. Llevé al hombre —¿era Jean Paul?— hasta el lecho redondo de aquel motel escondido en las afueras y conduje sus manos hasta que me quitara el calzón aun que me quedé con la falda puesta. Así. Desnuda bajo la falda, me ofrecí a el como si fuera una perra cualquiera. Me pareció que era una manera placentera de sentirme domada.

Con mis rodillas asentadas al borde de la cama y mi grupa elevada, sentí las embestidas metódicas de mi hombre —no, era Jean Paul porque Jean Paul era un existencialista, como su nombre lo indica, y aquel hombre, en cambio, se desnudó como lo haría todo un cartesiano—. Él, moviendo su cadera como todo un autómata que entra y sale de algún sitio sin ningún cuidado, alcanzaba a tocar con su pene ese punto en lo profundo de mí cuyo roce me pierde. Pero tú conoces que no es eso lo que en tales momentos apetezco. Ya no me dejo llevar por la primera sensación placentera que se me presente por intensa que sea. Más bien, he aprendido la manera de guiar aquella sensación hasta la explosión que busco de antemano.

Lo que hago con los hombres en las noches inconfesables de la ciudad, conlleva una ligera basurita que ensucia el deseo igual que la neblina invades sus calles andinas. Esos hombres actúan como sementales de riguroso oficio y, la mayor parte de las veces hasta lo hacen bien; pero al final, a pesar de lo placentero que puede resultar el orgasmo con ellos, me quedo vacía y triste. Ahora que estamos juntas, María Joaquina, esta ciudad es una urbe de novela con final feliz, en la vida y en la muerte. No es que se hayan esfumado sus miserias sino que las ciudades son para cada uno lo que el amor que vivimos en ella ha sido. Tu amor es suave, moroso, se da tiempo para amarme, me toma, brota dulce de ti, me abre, se entrega olvidado de sí porque al momento de darse es como si para ti solo yo existiera.

El hombre del que estoy hablando, amiga, era un cuerpo sin rostro, un ser cuya identidad es para mí tan lejana como el nombre de Adán. Durante mis búsquedas he aprendido a sentir la faena de los hombres como el trabajo de una placentera maquina de carne húmeda. Desde adentro de mí siento bajar un vapor expansivo que transforma los labios cerrados de mi vagina en una mojada portezuela entreabierta. Me imagino una entrada brillante en donde se mezclan a torrentes la saliva y los jugos de mi entrega. Y el hombre siguió siendo un ser anónimo.

Enseguida, igual que en este momento junto a ti, la pepita gloriosa que corona la entrada deseante de mi entrepierna emergió endurecida. El hombre de aquella noche permaneció aplicado a ella con su lengua traidora. Era el jolgorio de la piel expuesta a la caricia. ¡Oh primicias de este único menester! Mi frente airada, Amor, los ayes, ¡oh cuenca eterna de salivas! Era también la evocación de la tempestad secreta que azota los páramos desolados.

Pero ese hombre, al final, se comportó como un mal aprendiz y cuando me sintió empapada paro de golpe la deliciosa tarea de su lengua que, en el momento crucial, careció de constancia. Fue como regresar al tráfico pesado del mediodía. Bruscamente desapareció la borrasca clandestina que reventaba dentro de mí y la caricia de aire que bajaba de la montaña se desvaneció. Sentí que me había paralizado, que todo el placer que había acumulado durante aquella sesión desapareció de pronto, si hizo humo y yo me quedé medio chamuscada, sin posibilidad de encenderme. Mis hombres no entienden todavía que la lengua es enemiga del apuro, que pudieran esclavizarme de verdad si es que fueran capaces de lamer sin cansancio.

Este Adán hizo lo que todos los hombres hacen cuando ya no piensan más que con la cabeza erguida de su miembro a punto de descargarse. Se entrego furioso a su destino de gozo mientras yo me iba secando por dentro sin que él lo notara de tan ocupado que estaba de sí mismo. Lo que pudo ser un vuelo de cóndores por los cielos esplendorosos de los Andes, se convirtió en un acoplamiento apresurado más, en una de las tantas cópulas ebrias que ocurren durante las juergas nocturnas y comencé a llorar de furia. El hombre habrá creído que mis lagrimas eran provocadas por las embestidas sin ton ni son en las que se empeñó antes de venirse dentro de mí.

La respiración de los cerros desapareció en medio de mi desilusión. Le dije con voz rencorosa que nos fuéramos inmediatamente de aquella habitación, de aquel deprimente encierro de pasiones culposas. Él habrá creído que yo era una ninfómana vagabunda que seducía a los hombres para usarlos y que, apenas me sentía satisfecha, los echaba de mi lado sin remordimientos. Mas no me importó para nada lo que pensara; estaba frustrada y sentía como si mi pubis latiera, así que me fui al baño con el pretexto que tenía que lavarme y ahí, encerrada y apretando mis labios para que ningún gemido que él pudiera escuchar escapara de mi boca, terminé con mi mano lo que él no pudo hacer con su lengua.

Pero tu sabes, amiga de mi ansia secreta, que aquello es una pesadilla lejana que no tiene nada qué ver con lo que me está ocurriendo contigo. A propósito confundo la palabra del poeta Gangotena con el ansia que me moja. ¡Oh cuenca eterna de salivas, mi dulce y perseverante María Joaquina! Sabes bien que no necesitamos de ningún hombre mientras este ignore el poder que su boca encierra. Si te acercas a mí y te refugias en medio de la desnudez de mis piernas, sentirás mi voluptuosa humedad. Los labios abiertos de mi vagina se entregan a tu lengua felina ocupada de mí como el viento de verano besa la ladera de la montaña.

Me estremece la implacable labor de tu boca, ansiosa por succionar el jugo que mana de mi agitación. Una mezcla de salivas se conjugará en tus labios fundidos a mis labios vaginales servidos a tu lengua sibarita. Germinarán como los pétalos de una flor perezosa que se ofrenda a la libación de una abeja ávida de néctar. Me brotaré para ti, María Joaquina, para tu lengua atravesada por ese arete solitario cuya fría cabeza plateada roza sin tregua la dureza mojada de mi perla encendida.

El bramido incesante de la tempestad secreta que se estrella contra las montañas que rodean la ciudad se ha convertido en nuestro cómplice incondicional. No te detengas amor mío, que serás recompensada más tarde de igual manera. No te des ningún descanso que el amor reventará como revienta la furia del aire contra la roca milenaria. No te quites de encima mis manos que agarran tu cabeza y la clavan en medio de la entrega a la que se abandonan mis muslos de marfil.

Distante, olvidado, quedó el asfalto de la ciudad donde solo se corre de un lugar a otro sin tiempo para sentir el pálpito de la propia piel. Contigo ya no tengo necesidad de la ebriedad nocturna que me convirtió en cazadora de adanes; contigo la noche es una ceremonia en la que tu cuerpo me recompensa el trabajo sobre la piedra callejera del día. Aquí, en tu habitación, las sábanas se impregnan de esa frescura de los Andes que nos envuelve y que nos hace sentir limpios de toda culpa. Tú y yo, olvidadas de la torpeza e ignorancia de los hombres apresurados por servirse a sí mismo, María Joaquina mía, sabremos alcanzar la lejana y extraña cúspide a la que conduce esta sabia lección de lenguas vivas.


Acerca del autor: Raúl Vallejo, Manta, Ecuador, 1959, originario de la cultura manteño – huancavilca, pues creció desde los cuatro años de edad en Guayaquil. Ha publicado, entre otros, los siguientes cuentarios: Máscaras para un concierto (1986); Solo de palabras (1988); Fiesta de solitarios (1992); Huellas de amor eterno (2000); Pubis equinoccial (2013). Las novelas: Acoso textual (1999); El alma en los labios (2003); Marilyn en el Caribe (2015) y El perpetuo exiliado (2016). Los poemarios: Cánticos para Oriana (2003), Crónica del mestizo (2007); Missa solemnis (2008) y Mística del tabernario (2015). Los ensayos: Emelec, cuando la luz es muerte (1988), Una utopía para el siglo XXI (1994); Crónica mestiza del nuevo Pachakutik (1996); Lectura y escritura: manías de solitarios (2010). Es autor de un Manual de escritura académica (2003). De 1993 a 2015 dirigió Kipus, revista andina de letras. Más de Raúl Vallejo en su blog: Acoso textual

*Cuento tomado del libro El océano en un pez, selección y prologo de Emmanuel Tornés Reyes. Colección ALBA Bicentenario, Editorial Arte y Cultura.

 

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