Topografía

 

Ésta es la tierra estéril y madrastra

en donde brota el cacto.

Salitral blanquecino que atraviesa

roto de sed el pájaro;

con marismas resecas espaciadas

a extensos intervalos,

y un cielo fijo, inalterable y mudo,

cubriendo todo el ámbito.

 

El sol calienta en las marismas rojas

el agua como un caldo,

y arranca el arenal caliginoso

un brillo seco y áspero.

La noche cierra pronto y en el lúgubre

silencio rompe el sapo

su grita de agua oculta que las sombras

absorben como tragos.

 

Miedo. Desolación. Asfixia. Todo

duerme aquí sofocado

bajo la línea muerta que recorta

el ras rígido y firme de los campos.

Algunas cabras amarillas medran

en el rastrojo escaso,

y en la distancia un buey rumia su sueño

turbio de soledad y de cansancio.

 

Ésta es la tierra estéril y madrastra.

Cunde un tufo malsano

de cosa descompuesta en al marisma

por el fuego que baja de los alto;

fermento tenebroso que en la noche

arroja el fuego fatuo,

y de esas largas formas fantasmales

que se arrastran sin ruido sobre el páramo.

 

Ésta es la tierra donde vine al mundo.

-MI infancia ha ramoneado

como una cabra arisca por el yermo

rencoroso y misántropo-.

Ésta es toda mi historia:

sal, aridez, cansancio,

una vaga tristeza indefinible,

una inmóvil fijeza de pantano,

y un grito, allá en el fondo,

como un hongo terrible y obstinado,

cuajándose entre fofas carnaciones

de inútiles deseos apagados.

 

*

 

Danza negra

 

Calabó y bambú.

Bambú y calabó.

El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.

La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.

Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.

Es la danza negra de Fernando Poo.

El cerdo en el fango gruñe: pru-pru-prú.

El sapo en la charca sueña: cro-cro-cró.

Calabó y bambú.

Bambú y calabó.

 

Rompen los junjunes en furiosa u.

Los gongos trepidan con profunda o.

Es la raza negra que ondulando va

en el ritmo gordo del mariyandá.

Llegan los botucos a la fiesta ya.

Danza que te danza la negra se da.

 

Calabó y bambú.

Bambú y calabó.

El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.

La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.

 

Pasan tierras rojas, islas de betún:

Haití, Martinica, Congo, Camerún;

las papiamentosas antillas del ron

y las patualesas islas del volcán,

que en el grave son

del canto se dan.

 

Calabó y bambú.

Bambú y calabó.

Es el sol de hierro que arde en Tombuctú.

Es la danza negra de Fernando Poo.

El alma africana que vibrando está

en el ritmo gordo del mariyandá.

 

Calabó y bambú.

Bambú y calabó.

El Gran Cocoroco dice: tu-cu-tú.

La Gran Cocoroca dice: to-co-tó.

 

*

 

El llamado

 

Me llaman desde allá…

larga voz de hoja seca,

mano fugaz de nube

que en el aire de otoño se dispersa.

Por arriba el llamado

tira de mí con tenue hilo de estrella,

abajo, el agua en tránsito,

con sollozo de espuma entre la niebla.

Ha tiempo oigo las voces

y descubro las señas.

 

Hoy recuerdo: es un día venturoso

de cielo despejado y clara tierra;

golondrinas erráticas

el camino azul puntean.

Estoy frente a la mar y en lontananza

se va perdiendo el ala de una vela;

va yéndose, esfumándose,

y yo también me voy borrando en ella.

Y cuando al fin retorno

por un leve resquicio de conciencia,

¡cuán lejos ya me encuentro de mí mismo!

¡qué mundo más extraño me rodea!

 

Ahora, dormida junto a mí reposa

mi amor sobre la hierba.

El seno palpitante

sube y baja tranquilo en la marea

del ímpetu calmado que diluye

espectrales añiles en su ojera.

Miro esa dulce fábrica rendida,

cuerpo de trampa y presa

cuyo ritmo esencial como jugando

manufactura la caricia aérea

el arrullo narcótico y el beso

-víspera ardiente de gozosa queja-

y me digo: Ya todo ha terminado…

Mas de pronto, despierta,

y allá en el negro hondón de sus pupilas

que son un despedirse y una ausencia,

algo me invita a su remota margen

y dulcemente sin querer me lleva.

 

Me llaman desde allá…

Mi nave aparejada está dispuesta,

a su redor, en grumos de silencio,

sordamente coagula la tiniebla.

Un mar hueco, sin peces,

agua vacía y negra

sin vena de fulgor que la penetre

ni pisada de brisa que la mueva.

Fondo inmóvil de sombra,

límite gris de piedra…

¡Oh soledad, que a fuerza de andar sola

se siente de sí misma compañera!

 

Emisario solícito que vienes

con oculto mensaje hasta mi puerta,

sé lo que te propones

y no me engaña tu misión secreta;

me llaman desde allá

pero el amor dormido aquí en la hierba

es bello todavía

y un júbilo de sol baña la tierra.

¡Déjeme tu implacable poderío

una hora, un minuto más con ella!

 


 

Acerca del autor: Luis Palés Matos (Puerto Rico, 1898 – 1959). Es el poeta mayor de su isla y uno de los más destacados cultores de la poesía negra o afroamericana. (Tomado del libro: Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea)

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