Lectura del poeta Juan Carlos Galeano en el 26º Festival Internacional de Poesía de Medellín.

Video por Desorbita

Juan Carlos Galeano nació en la Amazonía colombiana en 1958. Es poeta, traductor y ensayista. Emigró a Estados Unidos en 1983. Sus poemas construyen mitografías signadas por las cosmologías de las culturas indígenas. Diversas influencias y poéticas dispares, desde la tradición imagista y el surrealismo hasta la subjetividad irónica del presente, se conjugan en su obra de una forma coloquial propia de las narrativas orales para expresar las complejidades de los humanos y el mundo.

Desde 1995, su interés por las narrativas simbólicas de pescadores, cazadores y habitantes indígenas de selvas y riberas lo llevó a viajar por muchos ríos amazónicos. De los trabajos de campo en dicha cuenca surgieron su compilación de mitos Cuentos amazónicos (2005, 2007, 2014), Folktales of the Amazon (2008) y el documental The Trees Have a Mother (2007). Actualmente dirige el programa Learning and Service: Journey into Amazonia de Florida State University en la Amazonía peruana.

Ha publicado los poemarios Baraja inicial (1996), Amazonía (2003,2011), Sobre las cosas (2010) Historias del viento (2013) y Yakumama and Other Mythical Beings (2014). Es autor de Polen y escopetas (1997) un estudio sobre la poesía de “La Violencia” en Colombia, además de libros de traducciones al español de poetas de lengua inglesa como Charles Simic, Mark Strand y otros. (http://www.festivaldepoesiademedellin.org)

 


 

Poemas de Juan Carlos Galeano

 

 

Muchacha

 

Una muchacha que se baña en un río acaba enamorándose de él.

Sus padres quisieran casarla con un automóvil; mejor buscarle otro marido, quitársela a ese río.

“Puede que la relación con ese río incomode a otros en el universo”, dicen algunos.

El viento y otros más famosos se molestan; lo dicen en la radio, los muestran por televisión.

Se molesta el sol que viene con su panero de yuquitas a saludarla en las mañanas.

Se enfurece una nube que trata de meterse por su ventana para llevársela muy lejos.

Pero la muchacha desaparece, nadie sabe para dónde, en brazos de su río.

 

 

Paisajes

 

Una vez había un paisaje que salía con su río, sus animales, sus nubes y sus árboles.

Pero a veces, cuando no se veía por ningún lado el paisaje con su río y sus árboles,

a las cosas les tocaba salir en la mente de un muchacho.

(Unas tortugas se maravillan de que puedan aparecer solas en la mente del muchacho).

Claro que si no aparecen ni el paisaje ni el muchacho, el río se queja, los árboles se quejan, las tortugas y otros animales se quejan…

(Se supo de unos árboles que mataron a una jovencita por desnudarse

en la mente del muchacho).

También las tortugas que salían en su mente, lo acusan de vivir ahora en las nubes.

“Nada más natural que de tanto ir y venir desaparezcan unos ríos, desaparezcan unos árboles”, comentaron unas nubes que vivían muy tranquilas en la mente del muchacho.

 

 

Nubes

 

Mi padre se vino a vivir al Amazonas para enseñarles a los indios

a armar rompecabezas con las nubes.

 

Para ayudar, por las tardes mi hermano y yo

corremos tras las nubes desocupadas que pasan allá arriba.

 

Las nubes aparecen y desaparecen como si fueran pensamientos.

 

Cerca de nuestra casa muchos indios hacen cola

para armar rompecabezas con las nubes que les son más familiares.

 

Aquí unas nubes se parecen a los árboles, y otras les recuerdan los pirarucús.*

 

Por allá los indios buscan una nube para completarle la cabeza a un armadillo.

 

“Con el agua de los ríos y los juegos de ciudad”, les escribe mi padre

a sus amigos, “nuestros indios se divierten y aprenden a pensar”.

 

A mi hermano y a mí nos gustaría mejor que las nubes se volvieran merengues

para comérnoslas con leche a la hora de la cena.

 

* (Arapaima gigas) Pez amazónico de gran tamaño.

 

 

Leticia

 

El sol y las nubes juegan cartas para ver quién se queda con el mediodía.

Las nubes ganadoras dejan caer peces y delfines en las calles de Leticia.

(Si pierden, bajan a tomar el sol con los turistas).

Los peces trabajan de taxistas y al anochecer suben a dormir en las estrellas.

En los patios de las casas los delfines tocan sus guitarras y enamoran a las muchachas.

El corazón ardiente de una nube dice que no puede competir más con el sol.

Se emborracha y se tira con sus ropas al río.

El sol trabaja todas las noches como tragacandelas del circo que viaja por el río

y después se baña con los delfines y las muchachas.

 

 

La espera

 

El que espera mira el paisaje aguardando al que no va a venir.

 

En la distancia se ve muy bien al que no va a venir.

Se puede ver en un bote solitario, en el cielo, en las nubes.

 

Dos árboles estiran sus ramas para brindar por el éxito del día.

 

El que espera sería feliz si los granos de sol entrando por la sala

quisieran convertirse en el que va a venir.

 

El que no va a venir cruza montado en una mosca sin preguntar cómo le va.

 

El que espera quisiera que el bote solitario y las nubes también se preocuparan.

Tampoco estaría mal si los árboles del brindis se interesaran un poquito.

 


 

*Poema tomado de Festival Internacional de Poesía de Medellín

Anuncios