por Raúl Vallejo · Fuente: Acosos textual

 

No me alcanzan los versos para el inventario

de tanta muerte en la memoria

viva; no me alcanza el aliento poético

y me asfixio, ya sin cielo,

pero aspiro una bocanada de aire

en los campos enverdecidos por la vida.

Y habrá reconciliación y justicia y sanarán las heridas.

 

Patricia Ariza, del grupo de fundadores del Teatro La Candelaria, conoce, debido a su propia práctica artística alternativa y su militancia política desde los sectores populares, aquello que significa ser una sobreviviente de la violencia instalada en su patria como espectro de una historia de muertos y desaparecidos. La noche del lunes 14 de marzo, ella dijo que anhelaba que Guadalupe, años sin cuenta, la icónica obra del grupo, fuera una obra cuyo tema, muy pronto en estos tiempos, perdiera finalmente vigencia. Patricia, que fue parte del equipo que investigó y montó la obra en 1975, bajo la dirección de Santiago García, expresó también que tiene la esperanza de que la violencia por motivos políticos, de que la persecución y los crímenes de Estado sean, más temprano que tarde, episodios de un pasado que ya no habrá de repetirse.

Pero todos sabemos que la voluntad de los espíritus no es suficiente para sanar a los cuerpos heridos. Las condiciones sociales, atravesadas por la inequidad y la sed de justicia, son las semillas para que germine la violencia y sus flores de luto sin tregua. La realidad de los pueblos olvidados, aquellos que habitan en la marginalidad y luchan por el pan de cada día, aquellos que crecen sin participar de la renta de la nación, es la más antipoética de las líneas que el poder de los grupos hegemónicos cincela en la infame piedra de la injusticia. Esa injusticia que Miguel Hernández, retrató así en “Vientos del pueblo me llevan”: “Empieza a vivir, y empieza / a morir de punta a punta / levantando la corteza / de su madre con la yunta. // Empieza a sentir, y siente / la vida como una guerra, / y a dar fatigosamente / en los huesos de la tierra”.

La violencia tiene su origen en un fallido pacto nacional incluyente, en la exclusión social, en un sistema económico que ha privilegiado la voracidad de la acumulación capitalista antes que el buen vivir de las personas y una sociedad para la que los pobres son un obstáculo para el progreso y no la consecuencia de la inequidad. Los trabajadores nos recuerdan, cada Primero de Mayo, que lo único que añade valor en cualquier modo de producción es el trabajo del ser humano. El pan recién horneado, cuya fragancia solidaria invade la mesa, es el alimento que fortalece las bases para erigir la vida de una comunidad en paz. Sin el pan compartido, difícilmente alcanzaremos la cena de la paz.

 

No me alcanzan los versos para tanta violencia

pero sí para la alegría de tu gente

buena, la de la arepa fresca

en la mesa del ajiaco y de la rumba;

tus negros del Chocó, tus indios de la Guajira,

tus ruanas de Nariño, tu pueblo.

Y habrá reconciliación y justicia y sanarán las heridas.

La poesía se ha vuelto tantas cosas que cualquier cosa que sea posible es poesía. Hay poesía para los gustos clásicos y para aquellos que desgranan el lenguaje mediante la dolorosa experimentación de las palabras rotas; hay poesía para la íntima deconstrucción y recomposición del sujeto posmoderno escindido para siempre en la historia, y para aquellos que todavía tiene fe en el poder seductor del poema. Hay poesía para el pan, para los tiempos de la guerra y para el momento de la paz. O, como escribió Neruda en su “Oda a la poesía”: “Yo te pedí que fueras / utilitaria y útil, / como metal o harina, / dispuesta a ser / arado, / herramienta, / pan y vino, / dispuesta, Poesía, / a luchar cuerpo a cuerpo / y a caer desangrándote”.

Pero la paz, al igual que la poesía, requiere de la palabra que fluye espontánea mas también de que la se instala precisa en el verso. La paz requiere que desarmemos el lenguaje cotidiano de la política doméstica. Requiere, no solo que los dirigentes cambien ese tipo de adjetivación en sus discursos que, como decía Huidobro, “cuando no da vida, mata”, sino que las personas desarmen sus espíritus y los abran hacia el reconocimiento de la Otredad. Hay que desarmar el lenguaje para que desaparezcan los oportunistas de la guerra: aquellos que, con una mezcla de Tartufo y Torquemada, se aprovechan de la violencia del mundo y, así, echan lodo sobre la mesa en donde se trabaja para que desaparezca la violencia de la aldea.

En términos humanos, todos somos LGBTI y es bajo la luminosidad variopinta del arcoíris que la poesía nos entrega su palabra para que seamos un poco más nosotros mismos; para que dejemos de ser aquel ente que procrea la maquinaria procesadora de la cultura del entretenimiento. Como reza Ernesto Cardenal en su “Oración por Marilyn Monroe”: “Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos, / el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo. / Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros / por nuestra 20th Century / por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado. / Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes”.

La poesía habita entre nosotros para que la libertad nazca desde el profundo cuestionamiento al yo, el que se esconde tras la máscara que somos y el que se muestra en el antifaz que vestimos cada día; para que, en medio de la violencia cotidiana, nos enfrentemos reconciliados a la verdad de nuestra insoslayable finitud. Y, sin bien existe la libertad para escribir y leer todo tipo de poesía, sigo cantando como Gabriel Celaya: “Maldigo la poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales / que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. / Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse”.

 

El cadáver de Sucre quedó en un camino de Berruecos, el 4 de junio de 1830; Rafael Uribe Uribe, amigo de Eloy Alfaro, cayó bajo el hachuela enloquecida el 15 de octubre de 1914.Pero no hubo culpables, solo sicarios. El 9 de abril de 1948, Bogotá se pobló de cadáveres durante la tarde y existe un luto que perdura en el asfalto de sangre; el 17 del mes navideño del 86, la palabra de Guillermo Cano fue acribillada pero se mantiene encendida; en un avión, a treinta mil pies de altura, el 26 de abril de 1990, Carlos Pizarro voló por última vez, y su vida se marchitó en plena primavera. Pero no hubo culpables, solo sicarios. Fueron más de cinco mil pero nadie lo cree, más de cinco mil en la bananera del olvido y Bernardo Jaramillo uno de ellos, el cuerpo del 22 de marzo de 1990, un nombre que encierra a todos los nombres; el viernes 13 de agosto de 1999, Jaime Garzón fue desdibujado de seis balazos. Pero no hubo culpables, solo sicarios.

Quiero seguir pero no puedo; puedo continuar pero no quiero. ¿Para qué más sangre? Y, sin embargo, más allá de la cobardía y la mala conciencia del poeta, está la urgencia de la memoria, la verdad que requieren los deudos, la justicia que aplaca el ansia, la reparación que consuela al doliente, la promesa de no repetición que tranquiliza. La memoria es persistencia de la vida y solo con ella habremos de derrotar al olvido, para ya no temer a la muerte.

Guadalupe, años sin cuenta, es la obra paradigmática de un teatro que cultiva la memoria histórica, una propuesta teatral marcada por la confrontación ética con las prácticas políticas de los sectores hegemónicos. La obra es una crítica a los círculos oligárquicos, al poder arbitral de los militares en la sociedad, a la alienante influencia de la Iglesia en el cuerpo social y al abismo que separa el espíritu del campesinado y el de las élites de la capital. Una obra que se ubica en unos años concretos pero cuyo drama se extiende hasta los días presentes: es como si la violencia política fuera un malestar continuo de la sociedad.

Es por lo que nos enseña esta obra emblemática del teatro latinoamericano que, como en “Masa” de César Vallejo, se requiere de la solidaridad de todos los seres frente al muerte, para que aunque sea uno solo de la especie recupere la celebración de la vida: “Entonces, todos los hombres de la tierra / le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado; / incorporóse lentamente, / abrazó al primer hombre; echóse a andar”.

Aquella violencia de tantos años debe dar paso al perdón, a la reparación, a la reconciliación. En el espacio en donde habremos de compartir el pan, sentir la plenitud de la poesía en nosotros, y construir la paz y la justicia para la convivencia nos reconoceremos diversos, distintos, otros, pero, al mismo tiempo, nos sabremos una especie signada por la capacidad de resistir en nombre de la vida y del amor. O, como escribe José Luis Díaz-Granados en “El futuro era hoy”: “Entonces el futuro es este instante / en que volvemos a nacer / un peldaño más arriba de todo, / más arriba de todas las edades, / de los destierros y de los despojos”. Así es como nos reconoceremos sobrevivientes y podremos entender la alegría de la paz en los llamados territorios que no son otra cosa que las tierras de los campesinos; esos pobladores que viven lejanos al entendimiento de los centros de poder, aquellos que requieren tanto de los créditos y el arado como de la semilla de la esperanza.

Recordemos que, en 1959, Roberto Fernández Retamar celebraba la dignidad recuperada de su patria mediante el sacrificio de esos otros que no conocemos, haciendo uso de una palabra que es un homenaje a los que murieron, en otros ámbitos, para que nosotros estemos vivos: “¿sobre qué muertos estoy yo vivo, / sus huesos quedando en los míos, / los ojos que le arrancaron, viendo / por la mirada de mi cara, / y la mano que no es su mano, / que no es ya tampoco la mía, / escribiendo palabras rotas / donde él no está en la sobrevida?”. Y es que siempre resultará más fácil hablar de continuar la guerra cuando a ella van los hijos de los otros, y cuando esta sucede lejos, muy lejos de los clubes exclusivos en donde se habla de aquella frente a un whiskey en las rocas.

En el contexto de estos tiempos, las palabras de Patricia Ariza, aquella noche de inauguración del Festival de Teatro Alternativo, cobran relevancia. Dicen los que cantan nuestras penas: Guadalupe Salcedo es el viento del llano que silba desde la eternidad. Una memoria de fuego y flores. Él es un espectro que sobrevive en estos años sin cuenta pero que debería quedar anclado en el pasado de los años cincuenta, para que el cese de la violencia se instale al fin en la misma sociedad que produjo la guerra y comience una nueva cuenta de años para construir la paz.

No me alcanzan los versos pero me envuelve

la visión de tus parques florecidos,

tus campos regados con semillas de paz;

Colombia, la tierra

de la memoria, del bambuco y las mariposas

amarillas; la tierra del café, la del cacique Sopó.

Y habrá reconciliación y justicia y sanarán las heridas.

 


 

*Este texto fue leído en el XVI Festival Internacional de Poesía de Medellín, el 20 de junio de 2016, en mesa sobre “Poesía, paz y reconciliación”. 

 

Acerca del autor: Raúl Vallejo, Manta, Ecuador, 1959, originario de la cultura manteño – huancavilca, pues creció desde los cuatro años de edad en Guayaquil. Ha publicado, entre otros, los siguientes cuentarios: Máscaras para un concierto (1986); Solo de palabras (1988); Fiesta de solitarios (1992); Huellas de amor eterno (2000); Pubis equinoccial (2013). Las novelas: Acoso textual (1999); El alma en los labios (2003); Marilyn en el Caribe (2015) y El perpetuo exiliado (2016). Los poemarios: Cánticos para Oriana (2003), Crónica del mestizo (2007); Missa solemnis (2008) y Mística del tabernario (2015). Los ensayos: Emelec, cuando la luz es muerte (1988), Una utopía para el siglo XXI (1994); Crónica mestiza del nuevo Pachakutik (1996); Lectura y escritura: manías de solitarios (2010). Es autor de un Manual de escritura académica (2003). De 1993 a 2015 dirigió Kipus, revista andina de letras.

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