Lectura de la poeta Graciela Maturno en la inauguración del 26º Festival Internacional de Poesía de Medellín.

Video por Desorbita

Graciela Maturo nació el 15 de agosto de 1928 en Santa Fe de la Vera Cruz, capital de la provincia de Santa Fe, la Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es Licenciada y Profesora en Letras por la Universidad Nacional de Cuyo y Doctora en Letras por la Universidad del Salvador. Fue Investigadora Principal del Consejo Nacional de Investigaciones (CONICET) entre 1989 y 2003, y durante varios períodos allí, miembro de la Comisión Evaluadora de Filología, Lingüística y Literatura. Fundó en 1970 el Centro de Estudios Latinoamericanos, en 1989 el Centro de Estudios Iberoamericanos de la Universidad Católica Argentina y en 2009 el Centro de Estudios Poéticos “Alétheia”. Fue directora de la Biblioteca Nacional de Maestros (1990-1993) y pertenece a distintas instituciones: Asociación Argentina de Fenomenología y Hermenéutica, Centro de Estudios “Eugenio Pucciarelli”, Centro de Estudios Hispanoamericanos de Santa Fe, Asociación Argentina de Estética, Asociación de Poetas Argentinos, etc., y también a la Cátedra Vaticana, constituida en el marco de la Universidad Católica Argentina, quien la ha designado Profesora Consulta. Es cofundadora y vicepresidente de la Comisión Argentina del Instituto de Estudios Coloniales del Cono Sur. Ha actuado como Jurado en concursos universitarios, y de concursos literarios nacionales, provinciales y municipales, así como del Premio Internacional “Rómulo Gallegos” en 2009. De entre las numerosas distinciones recibidas, destacamos el Premio Ensayo Provincia de Santa Fe (1967); Premio “Discepolín” (1983); Premio “Esteban Echeverría” (1995); Premio al Mérito de la Universidad de Zulia (2008); Premio de Honor de la SADE (2008). Fue incluida en antologías nacionales y latinoamericanas y poemas suyos han sido traducidos al francés, gallego, griego e italiano. Algunos de sus libros en el género ensayo son “Claves simbólicas de García Márquez” (1972; segunda edición ampliada en 1977); “Introducción a la crítica hermenéutica” (1983); “La mirada del poeta. Ensayos sobre el conocimiento y el lenguaje poético” (1996; segunda edición ampliada en 2008); “Marechal: el camino de la belleza” (1999; Premio Fondo Nacional de las Artes); “La opción por América. Ensayos sobre la identidad cultural de América Latina” (2009); “Cortázar: razón y revelación” (2014); “La poesía. Un pensamiento auroral” (2014). Publicó los poemarios “Un viento hecho de pájaros” (1960; Premio “Laurel” 1958); “El rostro” (1961; segunda edición en 2007; Premio Municipal Mendoza 1960); “El mar que en mí resuena” (1965; segunda edición en 2003; Premio de la Sociedad Argentina de Escritores); “Habita entre nosotros” (1968; Premio Bienal de Literatura 1965-1966); “Canto de Eurídice” (1982; Mención de Honor de la Organización de los Estados Americanos 1967); “El mar se llama ahora con tu nombre” (1993); “Canto de Orfeo y Eurídice” (1996; Premio “Leoncio Gianello” de la Asociación Santafesina de Escritores 1997); “Memoria del trasmundo” (1996; segunda edición en 2000); “Cantata del Agua – Habita entre nosotros” (2001). Además, en 2008, con prólogo de Enrique Corti, el Fondo Nacional de las Artes editó su “Antología poética”, y en Venezuela, con prólogo de Enrique Arenas Capiello, en 2009 se editó su “Bosque de alondras. Obra poética, 1958-2008”. (http://www.festivaldepoesiademedellin.org)

 

 

Selección de seis poemas de “El mar que en mí resuena”

 

por Graciela Maturo

 

 

II

Ardo despacio y puedo

contemplar mi llama.

Mis manos de rara estirpe que entrelazan las flores

y dibujan las cifras.

Mi exacta piel, mis ojos

que recogen la luz para inventar las formas.

Ardo despacio

lumbre de amor de sangre de misterio.

Este es mi valle nocturno.

La jaula de hechizos desde donde creo

que alguien sueña por mí.

·

IV

Los signos me acompañan

mis extraños amigos

fieles a una desconocida arquitectura

a la que estoy uncida desde el hueso.

Me miran rostros, pájaros, ramajes,

altas constelaciones.

Una piedra sellada por la música

es un signo de amor indescifrable.

Siento el pavor de un reino que no me pertenece

pero busco sus huellas.

Señales, talismanes,

estamos anudados por un pacto secreto.

·

X

El ritmo me consuela, me atormenta.

Siento el hondo vaivén de los telares

la gran respiración de los animales del espacio.

Caigo hacia dentro y muero en cada instante.

Me divido y reúno,

vuelvo a erigirme en alguien que responda a mi rostro

a buscarme en palabras

perdida, recobrada,

descendida hasta el centro de vértigo y espanto que

me cava los huesos

crecida hasta los cielos en mi dulce marea.

Uncida a otros silencios, a otras voces,

alzando,

destruyendo.

Sintiendo el fiel latido de la tierra que vive,

del engañoso día que abre y cierra sus puertas.

Cuándo cesa este ritmo que es mi hermoso castigo.

Mis manos trazan signos que borrará la lluvia.

·

XI

Un sol extraño sube

desde el fondo del sueño

Una espuma de sal mezcla sus turbias flores

al polvo de mi frente. Débil, sola,

centella la verde

raíz

naciendo y ya mirada por los ojos

sin pausa de la muerte.

Paso junto a la luz

fantasmal de unos árboles.

Una abeja me zumba en el alma,

hoja vellosa y suave

lengua ardiente.

Soy la ola que rueda desde un nudo brillante

y la semilla, condenada a ser.

Arde la nuez de fuego

espléndida y atroz en su violencia

rodando hacia la arena del mar enamorado.

·

XII

Aguardo en las tinieblas

la voz que ha de llamarme por mi nombre,

la llama que trascienda mis huesos y me arrase.

Entretanto vivir, esta costumbre.

Alzar en cada día las cenizas ardientes

donde se purifican la sangre y el orgullo.

Vienen los verdes brotes y confunden

las aguas inmutables.

Giran las hojas, las constelaciones.

Caída entre las palmas giro también, a ciegas.

Del lado de la luz arden hermosamente

los niños con su cruel inocencia, los objetos

que guardan en su brillo algo de nuestras manos.

Mirada, flores, alas,

talismanes que ruedan

en tanto un dios me habita y permanece

y entreteje mi sombra con su sombra.

·

XIII

Qué amor voraz acecha nuestras barcas

las dulces aguas de la tierra

sus metales pacientes

Las flores cantan su mortal delirio,

arde la hierba suave

y una espiral secreta en mi oído recuerda…

Bajo el hondo rumor de la fábula terrestre

gran ataúd de leños y de flores

quebrado, a la deriva

cantando hacia su muerte.

·


Poemas tomado de Festival Internacional de Poesía de Medellín

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