Lectura del poeta Pablo Montoya en la inauguración del Festival Internacional de Poesía de Medellín. Sábado 18 de junio en el Parque de Los Deseos.

Video por Desorbita

Pablo Montoya nació en Barrancabermeja, Colombia, en 1963.
Es poeta, cuentista, novelista, ensayista, músico y profesor Universitario. Libros de poemas: Viajeros; Cuaderno de París; Trazos; Sólo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto; y, Programa de mano. Libros de cuentos: Cuentos de Niquía; La sinfónica y otros cuentos musicales; Habitantes; Razia; Réquiem por un fantasma; El beso de la noche; Adiós a los próceres; y, Adagio para cuerdas. Novelas: La sed del ojo; Lejos de Roma; Los derrotados; Tríptico de la infamia. Ensayos: Música de pájaros; Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso; Un Robinson cercano, diez ensayos sobre literatura francesa del siglo XX; y, La música en la obra de Alejo Carpentier.
Ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Premio del Concurso Nacional de Cuento “Germán Vargas”; el Premio Autores Antioqueños; Premio de cuento Alcaldía de Medellín y el Premio Rómulo Gallegos.( www.festivaldepoesiademedellin.org )

 


 

Poema por Pablo Montoya

 

Visitaciones 

Hay ángeles que resplandecen en el aire
Rainer Maria Rilke

1

Se produce un crepitar de la mesa. La silla sobre la que estoy sentada se estremece. No reacciono. Mi cuerpo continúa detenido ante esta animación súbita de los objetos. Empujada por una orden íntima, cierro los ojos. El fuego de las dos velas, que he encendido, traspasa mi voluntaria penumbra. Un olor a sosiego surge de algún lado. Y su halo es tan intenso que abre mi mirada.
Entonces la veo. Suspendida en el aire. Ajena a la forma y atravesada por la condición del fulgor. No sé dónde están sus ojos porque los veo aquí y allá e inmediatamente se desvanecen. Ignoro si en su contingencia confluye la visibilidad. O si es su color, disperso y a la vez concentrado, el que irradia sobre las cosas. Pienso en los élitros de los abejorros al ver el tornasol que brota de sus flancos. Y es como si mi perplejidad estuviera contenida en su inaudita natura.
Quiero incorporarme. Rozar con mis labios sus cabellos que tienen el matiz de las nubes irisadas. Pero es él o ella quien se adelanta para inclinarse. Dice una palabra que no entiendo. Me quedo sin aire. El corazón desbordado en mi pecho. Por un instante la sangre congelada. Ahíta de incomprensión y delicia. Después un fuego transcurre por mi cuerpo en explosiones sin pausa.
  

2

Hay un chapoteo. Grave y sostenido y agigantado por el silencio que envuelve al agua. El cauce es una lámina acerada. La vara de pescar se tensiona un poco y no hay necesidad de levantarla. Una cierta ligereza en el aire se presenta. Como si una totalidad, incorpórea y repentina, la sostuviera. A mis pies ha caído un animal de tonos diamantinos. Tiene unas aletas tan anchas que parecen alas. Sus ojos son redondos y blancos. Su boca, poblada de pelos largos, respira a tropiezos el aire que en mi nariz pasa sin dificultad. Nos miramos. Oímos nuestros suspiros en la detención del río. Hace un movimiento sinuoso, como si no fuese un pez sino una lombriz, que termina arrojándolo de la barca. Quiero tocarlo sabiendo que en tal acto está la esperanza acumulada de mis días. Al quedar solo yo miro mis manos. Guardan un reflejo de las aletas azuladas.

 

 3

Vi unas escaleras trazadas en el muro. Podría ser un simulacro como hay tantos en la zona donde vivo. Recordé al transeúnte de sombrero de copa que abre su maleta y una avalancha de rascacielos se desparrama por la pared. Mi conjetura se fue diluyendo mientras comencé a subir. No sé durante cuánto tiempo lo hice. Aunque a veces parecía bajar porque el suelo me atraía con fuerza. Casi al final del recorrido una sombra se abalanzó sobre mí. El empellón fue brutal. Rodé a lo largo de los peldaños. No sé cuándo me di cuenta de que no estaba solo. Fue como si despertara de un sueño y me encontrara con un puño. Y ese puño se hundió en mis ojos. Y el otro y yo manoteábamos con desesperación. Y movíamos las piernas. Y nos salpicábamos de saliva. Pero no podíamos vernos. Estábamos tan aferrados que parecía que lucháramos contra nosotros mismos. O que en estos gestos se asomara un extraño perfil del deseo. Resultaba increíble que yo pudiera pensar de este modo cuando lo que sucedía era que los dos seguíamos rodando por las escaleras. Al final caímos frente al muro del inicio. Un amanecer de pequeñas lluvias se asomaba por entre sus ojos. Le pregunté quién era. Su apariencia estaba cubierta de andrajos. Una nariz como un puñal sin filo emergía de la capucha. No vi en su cara ojos ni boca ni orejas. Pero entendí que debía irse. Eres valiente, dijo, porque te has enfrentado conmigo. Su voz fue similar a un papel inmenso rasgado por manos temblorosas. Y emergió de sus miserias un extenso plumaje erizado. Una brisa me golpeó cuando se fue. Sus patas, al saltar, parecían las raíces de un viejo árbol.
  

 4

Un techo en la pradera. Lo delimitaban una extensión sin forma, la oscuridad que precede al amanecer y mis ojos insomnes. Lo miré en medio de la frescura del rocío. La luz que exhalaba era un fragmentado vaho de hojas.
En segundos se puso a arder. La figura era un cirio que abrazaba el espacio circundante. Y no se preocupaba de consumirme a mí, que era lo único propicio a la inmolación.
Estiré las manos para tocar la corteza. Hallé un rastro del sereno que anticipa el advenimiento del alba. Seguí contemplando su radiación. No había viento, ni canto de pájaros, ni ninguna huella de alimañas. Me recosté junto al tallo. Aspiré el aire frío. Y dejé que me cubriera la penumbra.
  

5

Hace un tiempo eras nadie. Una figura sin contornos que aparecía y desaparecía en la vigilia. Ahora atraviesas todos mis instantes. Estoy sediento de tus huellas. Las trato de seguir y no puedo. Desde cuándo me esperabas, me pregunto. Y yo, que transito expectante, no sé qué responder. Señales nunca percibí porque no era la hora y estaba en otro sitio. Auscultando otras sombras. Contemplando el alba desde una orilla del tiempo ajena a ti. Toda espera es, sin embargo, un espejismo. Eres como un sueño. Así como el aire que mi mano busca en el vacío y de inmediato se deshace.

Fráncfort del Meno, noviembre de 2013


 

Poema tomado de Festival Internacional de Poesía de Medellín

 

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