Imagen de portada: Fragmento de la obra Abrazo a la utopía. Acrílico sobre seda. Artista Roberto Fabelo

 

 

Apocalipsis paloma sobre nieve (Tinta sobre vitela)

Por Gina Picart Baluja*

 

I

 

Nunca he conocido mi verdadero nombre, pero las monjas, cuando me encontraron abandonada en una zanja, me llamaron Eude. No sé dónde nací y no tengo pasado, porque siempre he vivido en el convento. Crecí entre alabanzas al Señor y las rudas labores del noviciado hasta el día en que tomé los hábitos. Ya desde mi niñez la madre superiora descubrió la atracción que ejerce sobre mí el mundo de los colores y las imágenes. Así me convertí en iluminadora de códices, aunque por mi extrema juventud solo me permitían trabajos menores. Mis marginalia[1] me han valido estar ahora en el scriptorium de esta abadía, frente a unos ojos silenciosos que me escrutan. Yo no bajo la frente, no tengo que sentirme avergonzada por haber sido asignada para ayudarle en su labor. Este monje debería sentirse feliz de que yo, soror Eude, lave sus pinceles, afile sus plumas y alise sus pergaminos en silencio total. Nos han prohibido hablar porque él es hombre y yo mujer, y así será hasta que terminemos de iluminar el manuscrito. Cuando todo acabe, la madre superiora enviará la carreta a recogerme y no volveré a verlo nunca. Se llama Vitale, sus ojos son azules como el manto de La Virgen, y tiene miedo. Yo también: este manuscrito es mi primera encomienda importante, y lo ha encargado un rey.

El prior ha mandado construir para nosotros un mueble completamente nuevo: mesa doble con bancos enfrentados y un estante de doble pared para colocar los rollos y folios de pergamino, con un agujero en su base por donde podremos pasarnos notas y comentarios según vayamos trabajando. Casi nunca nos veremos las caras, pero compartiremos los enseres de escritura y las hermosas tintas. Un novicio se encargará de calentarlas, pero seré yo quien las prepare. Tengo fórmulas que nadie conoce, mezclas de hierbas, resinas y animales pequeños con polvos de metal triturado y algo de plata y oro. Otros novicios rascarán y alisarán los pergaminos que he elegido. Tengo un tacto muy fino y sé encontrar los más delicados, los más claros y suaves que den mejores luces para esta copia que ha de llevarnos muchos meses[2]. Ahora llega el invierno como una virgen bella y velada; a su paso aúllan los lobos y los árboles se van volviendo blancos, pero sé que veremos el mismo paisaje muchas veces antes que demos fin a esta tarea. Vitale de Ravenna y la monja Eude van a ilustrar los Comentarios al Apocalipsis de Juan, que un hombre santo, Beato de Liébana, escribió hace siglos en su lejano monasterio español. El mundo es pequeño como una bellota.

El fuego arde en la enorme chimenea del scriptorium, pero el frío es tan intenso que los dedos endurecidos se niegan a moverse. Tenemos las uñas lívidas y los pies insensibles. Vitale es pálido y tose de vez en cuando, volviendo el rostro para escapar de mi contemplación, pero es inútil, no hay nada en el mundo capaz de sustraerse a mi avidez de líneas y de formas. Mi pupila es profunda y posee una memoria implacable que atrapa el aspecto de todas las cosas como si las hundiera en el fondo de un pozo, y allí se quedan, intactas, permaneciendo con la misma tozudez con que se asientan los recuerdos, germinando como semillas de color que con el tiempo crecen y se transforman en belleza.

Vitale tiene miedo y así lo voy a recordar cuando mis sienes encanezcan. Sus grandes ojos temerosos van de mi rostro hacia los ventanales, cual si tratara de encontrar alguna semejanza entre la piel de mis mejillas y la capa de nieve purísima que cubre la tierra. Yo sé cuántas imágenes están pasando por su mente en este instante, pecaminosas, cálidas, auténticas tentaciones delatadas por el temblor de su nariz tan fina como un cálamo. Es un joven hermoso, pero el miedo altera su semblante dándole el aire torturado de un huérfano. Dicen que fue el discípulo dilecto del gran Magius, monje magister de iluminadores y fiel guardián de tradiciones, hombre temeroso de Dios que murió sin cabellos, cubierto de verrugas y con un diablo incrustado en sus pulmones, envenenado —dicen— por los vapores mefíticos de algún color. Su fama se ha extendido por el mundo veloz como una gaviota.

Creo saber por qué Vitale está asustado. Corre el año de gracia de 999 y a estos monjes, como a toda la Cristiandad, les han asegurado que en la Pascua se acaban los tiempos; que viene el Anticristo y Dios luchará contra él por la definitiva posesión de nuestras almas. Habrá un reinado de mil años, y después el gran Juicio Final donde todos seremos juzgados. Los monjes dibujan al revés el número del año y obtienen 666, la cifra de la Bestia, y murmuran sin saliva entre sus dientes: “¡Vade Retro!”, y ya no siguen arrojándose migas ni intercambiando guiños ni acariciándose bajo la túnica los muslos trémulos. A estos hombres que se han retirado de la vida les espanta la certeza de morir. Si yo pudiera hablar les contaría que el Concilio de Roma ha condenado a siete años de penitencia al Rey Roberto y a muchos de sus súbditos herejes. Les diría que los arquitectos venecianos han preparado hermosos planos para reconstruir su ciudad consumida hace dos años por el fuego; que en Colonia preparan los festejos del 24 de diciembre, la Pascua justamente, para recibir a su nuevo Arzobispo, y yo misma, Eude, he visto a la madre superiora de mi convento suscribir contratos con los albañiles por veinticinco años de servicio no más ayer. Reyes y emperadores saben muy bien que todo seguirá como hasta ahora: los campesinos sembrando nabos, los nobles persiguiendo jabalíes, la guerra matando, los lobos buscando refugio entre las ruinas de los vencidos, las mujeres pariendo y los monjes copiando manuscritos para la eternidad. Rotación del anillo sobre el dedo per saecula saeculorum. Pero Eude no puede hablar. Eude está condenada al silencio.

El novicio se acerca con un rollo de tiras de lana y hace ademán de vendarle las manos a Vitale, pero yo lo despido y me ocupo. Las manos de Vitale quedan suspendidas en el aire como aves congeladas en pleno vuelo, paralizadas por el asombro. El contacto con las mías estremece tanto al monje, que cuando le toca vendarme su temblor se lo impide y yo termino vendándome sola. La clave de un buen vendaje está en no apretar demasiado las tiras de lana alrededor de los dedos para que la sangre, helada, no deje de fluir inmovilizando al escribiente. Nos distribuimos el trabajo señalándonos el número de páginas que va a ilustrar cada uno. Vitale, generoso, me ha concedido el inicio, pero yo elijo de la mitad hasta el final[3]. En realidad me hubiera conformado con cualquier parte del texto, pero la madre abadesa, aunque me ha advertido que me comporte con recato y discreción, también me ha repetido varias veces que yo no estoy a las órdenes de los varones, por muy santos y sabios que sean, sino de Dios y Jesucristo[4]. Debo mostrar que tengo voluntad.

Vitale ahora está leyendo y toma notas con su pluma de ganso. Tiene modales nobles. Habrá nacido en el siglo, en la ciudad o en un castillo, y se ha ordenado tarde; probablemente ha sido un disoluto a quien su padre quiso alejar de la familia para guardar la honra del nombre. Tiene los rasgos finos de alguna antigua estirpe. Dicen que desciende de Galla Placidia y Valentiniano. Si eso es verdad, Vitale lleva sangre de emperadores. Debería ser más atezado si tiene ancestros romanos y creció frente a los vientos del Adriático, pero es blanco como un godo, o como si nunca hubiera visto el sol. Alba la carne, rojo el cabello, azul en los ojos y rosa en los labios… Un icono de Ravenna.

Las miniaturas de Beato son magníficas, será difícil igualar su belleza. Esas imágenes de ojos inmensos, casi tan grandes como la almendra del rostro, perpetuamente horrorizados como quien mira en sucesión dramática todo el catálogo de las desgracias pasadas, presentes y futuras del mundo; y esas manos, tercas, huesudas, que parecen asirse con desesperación a la escuálida vida que aún palpita bajo los magros pliegues de sus túnicas… Todos los personajes miran perplejos el arca de Noé y la paloma que sujeta con su pico una rama de olivo; miran hacia las siete iglesias, suntuosas como joyeles de reina; miran al Cordero mostrándose a los Justos con su abundoso vellón de animal bien nutrido; miran cenar a los Apóstoles con su hambre de pescadores paupérrimos; miran al Tetramorfos anunciando desde su trono el advenimiento de la Jerusalem celeste, rodeada de doce puertas con arcos de herradura. Miran y miran con sus inmensos ojos espantados. Y mientras miran, tal vez recuerden que solo un número insignificante de humanos —ciento cuarenta y cuatro mil— podrá cruzar el majestuoso umbral de salvación. La ciudad áurea es solo para elegidos. Nadie se atreve a preguntarse de qué tamaño es Jerusalem ni a cuántos justos podrá albergar cuando llegue el final de los tiempos, pero se sabe, aunque no se comente, que únicamente aquellos sobre los que recaiga la Gracia podrán acogerse detrás de sus muros. El destino del resto es bien confuso. Yo, Eude, siempre me he preguntado: si Cristo murió en la cruz para lavar los pecados de todos los hombres y todas las mujeres, ¿por qué la Jerusalén celestial será exclusivo refugio de unos pocos? Las Escrituras no dicen nada que pueda convencerme de que eso es justicia. Hasta hoy muchos monjes se han inclinado sobre sus pergaminos para pintar las visiones de horror donde la tragedia del mundo llega a su fin, pero ninguno se atrevió a preguntar, a pedir argumentos. Quienes nos hemos consagrado a los libros somos peores que los esclavos y los siervos. Nuestros ojos se consumen en la lívida luz, nuestras espaldas se encorvan en plena juventud, se deforma la caja del cuerpo, padecemos sed, hambre y frío, y en la noche, cuando tratamos de conciliar el sueño sobre el jergón que nunca se calienta, nos atormentan las visiones que de día no pudimos plasmar sobre los folios con el poder de nuestras manos; imágenes propias que sean heraldos de nuestros verdaderos pensamientos. ¿Por qué hemos de obedecer sin permitirnos jamás una idea propia?; ¿por qué tenemos que aceptar que nada nuevo puede ser añadido a lo que ya fue escrito? ¿Acaso un monje inteligente no es capaz de hallar significados nuevos en los textos que copia? ¿Acaso el mundo es lo que encierra un pergamino entre sus tapas de marfil y nunca ha de cambiar? ¿Acaso los hombres y mujeres del siglo, y de todos los siglos venideros, estamos encerrados en lo que ya fue escrito como dentro de una jaula inmutable nombrada Eternidad? A eso le llaman fidelidad al texto primigenio.

¡Eude, no pienses, no pienses más, que ofenderás a Dios! La vida es una copia interminable del ayer.

IN NOMINE DOMINI NOSTRI IHESV CHRISTI INCIPIT LIBER REVELATIONIS IPSIVS DOMINI NOSTRI IHESV CHRISTI , escribió el copista en las Preliminares. Vitale y yo hemos leído el texto más de una vez y lo conocemos de memoria. Si el monasterio ardiera y todos los libros del scriptorium se convirtieran en cenizas, sospecho que podríamos rescribir unos cuantos y comenzar la biblioteca otra vez. Pero nosotros no somos únicos. Los monjes nunca olvidan los libros que han copiado, porque están adiestrados para recordar lo que leen. Somos como cráteras humanas destinadas a contener conocimiento que fue de otros, vertido en esas vitelas que acariciamos con la ternura y el deseo que no podemos entregar a ningún ser viviente.

Eude, calla, o te condenarás al fuego del Infierno.

 

II

 

Vitale está pintando el trono de Dios rodeado de los cuatro evangelistas. Arden a los pies del trono siete lámparas, y su vivo resplandor baña los cuerpos del águila, el león, el toro y aquel que tiene rostro de hombre. Vitale siente tanto pavor de que Dios pueda fijarse en su persona y descubrirlo entre todos los mortales, que en el lugar del rostro divino pinta una esfera dorada, sin ojos. Coloca con destreza las finas láminas de oro batido, y bruñe tan bien la esfera que parece un pequeño sol auténtico. Prosternados sobre una alfombra roja, veinticuatro ancianos alaban al Señor y se humillan ante el Cordero, el león de la tribu de David, único a quien Dios dará poder, cuando llegue el momento, para rasgar los sellos del libro y conocer su contenido. El Cordero —quien, según dice el texto, ha sido inmolado en sacrificio—, exhibe en la pintura de Beato sus vísceras latiendo en la caja del cuerpo, y Vitale, sin titubear, reproduce fielmente la imagen. Por señas le pido que se detenga. Vitale se limpia las manos en su túnica sucia de colores y me mira. Empuño mi rasorium y en un instante extirpo del Cordero la mancha roja del corazón. A Vitale le falla la calma y sus mejillas palidecen más de lo acostumbrado. Escribo en mi tablilla: “¿Por qué el Cordero tiene vísceras henchidas de sangre? No debería, ya no es criatura carnal”, y se la paso con sigilo. Vitale lanza una rápida ojeada en derredor y descubre cerca de nosotros a los monjes guardianes; oculta la tablilla en su escapulario y sigue dibujando como si nada hubiera sucedido. Yo sé que la leerá cuando se encuentre a solas en su celda. Ahora tengo la certeza de que a partir de hoy escuchará cuanto yo diga, aunque lo devoren temblores amargos. No me va a denunciar al prior. ¿Por qué? Quién sabe.

Por la noche duermo mal. Eude, torturas a un inocente.

Amanece. Cuando llego al refectorium busco a Vitale entre los monjes. Está sentado en un rincón, la capucha sobre el rostro; apenas logro percibir sus ojeras oscuras Seguramente no ha dormido, pero en el scriptorium su mano vuelve a mostrarse diestra mientas aplica las tintas radiantes. Poco a poco se van formando bajo los toques de su pincel los ángeles de las siete iglesias de Asia: Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodisea. Durante una semana Vitale pinta un ángel cada día, y en el séptimo se hace a un lado para que yo pueda observar las láminas conclusas. El ángel de Laodisea tiene mi cara. Y yo recuerdo que este ángel dice en el texto palabras crueles: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! / Porque eres tibio y no frío ni caliente te vomitaré de mi boca./ No conoces que tú eres un cuitado y miserable y pobre y ciego y desnudo…”. Ya no dudo que leyó mi mensaje y me está acusando de soberbia intelectual. Vitale podría denunciarme al prior; me devolverían a mi monasterio y a él le asignarían otro monje iluminador; pero no lo hará… porque está comenzando a pensar.

Yo, Eude, no me arrepiento.

Empiezo a iluminar la Jerusalem celeste.

Juan de Patmos termina su libro amenazando con castigos terribles a quien reste o sume una palabra a su profecía, pero la esencia de la profecía es el advenimiento de la Ciudad perfecta después que todo el Mal haya sido lavado del mundo, y eso yo, Eude, jamás lo he dudado. Es en otros detalles donde la lógica me obliga a disentir de Juan. Y la sed de justicia. Por ejemplo, la Palabra siempre hace reo de maldad a las mujeres; sin embargo, toda mi vida he visto que el Mal proviene del varón: la mujer da la vida y el varón la siega. Así que a esta Mujer, en quien encarna Juan desde el inicio todas las abominaciones, la dejaré para el final; no sé por qué, pero intuyo que es por algo relacionado con Vitale y la fidelidad que me ha guardado con su silencio. No la voy a pintar hasta que yo no sepa qué significa esta figura en mi pensamiento.

Nuestro asistente, un novicio con fragancia de ajos en el aliento y grandes orejas de murciélago, viene y va de continuo al calefactorium para calentarnos las tintas, que se han helado durante la madrugada. Por la ventana ojival puedo ver el bosque cubierto de nieve. No se escucha el canto de las aves. Una liebre salta como salida de la nada y huye veloz perdiéndose de vista en un instante. Cuánto me gustaría salir, pasear por los senderos y ver las hojas de los árboles duras y blanqueadas como fíbulas de un manto interminable. Quisiera oler las bellotas y la fragancia que exhala el cuerpo caliente de una ardilla, lamer la ríspida corteza de los troncos, mirarme en el cristal de un arroyuelo aquietado entre las piedras… Pero Eude está confinada en un mundo de tintas y colores, un pergamino plano donde cualquier camino que se elija puede llevar hacia esos mundos desconocidos poblados de monstruos y bestias, de pecados y llamas de fuego que todo lo devoran; y al final de todos los caminos no hay nada más que culpa, o nada más que Dios.

Poseo un tarro con negro de humo, otro con púrpura, otro contiene minio. He preparado agalla de encina y polvo de hierro mezclados con vitriolo para que la tinta tome muchos matices: lila, sepia, marrón, terra rúbrica, amarillo cinabrio; he triturado malaquita, y lapizlázuli para los mares y el cielo; purpurina para dorar y hojas de estaño para platear, aunque las lunas de estaño con el tiempo se oscurecen, lo mismo que cuando la lluvia las vela entre nubes. Me gusta el bistre marrón cálido con su dejo amarillento; con él, y no con púrpura, voy a teñir los folios donde estará la ciudad que baja de los cielos. Siete granos de polvo mineral, diez de nueces de agalla trituradas, una parte igual de goma arábiga, agua de manantial, mortero y balanza, y donde ahora todavía no hay nada, pronto nacerá un universo de colores que alegren el alma con su canto sublime a la belleza. Ah, Vitale, mis tintas serán tan hermosas que harán palidecer tus iluminaciones.

¡Eude, Eude!, eso es pecado de vanidad.

Mi Jerusalem no tendrá planta cuadrada, como afirman los textos que habrán de verla los elegidos cuando haya bajado a la Tierra, sino redonda como el Huevo del Mundo seccionado, que es como Dios la concibió en los cielos. Hay demasiada miseria en este mundo, demasiadas lágrimas, y yo no voy a engañar a los hombres haciéndoles creer que la dicha está cerca. Juan de Patmos erró. La ciudad celestial no será por muchos siglos más que un sueño, una esfera flotante inalcanzable. Yo no voy a mentir como un obispo desde su púlpito. Yo pintaré la verdad, y que los hombres luchen por conseguir algo mejor. Le abriré más de doce puertas. ¿Por qué habría de limitarla así? ¿Por qué solo podrán entrar los ciento cuarenta y cuatro mil elegidos sobre cuyas frentes Dios escribirá su nombre, si todos somos sus hijos por igual? Si nos ha concebido, ¿cómo puede premiar a unos pocos con el acceso a la Ciudad? Eso no es justo: lo justo es que el recinto acoja en su seno a todos los vivientes, pues para eso tiene doce mil estadios de largura y anchura, y un muro de ciento cuarenta y cuatro codos, que Cristo podría multiplicar al infinito como hizo con los panes y los peces en las bodas de Caná. Jerusalem celestial debe pertenecer a todos los seres creados del barro. Jerusalem es de todos los hombres por derecho. No temo condenarme por pensar así. Más bien me sentiría indigna si aceptara en silencio lo que no comparto.

Al caer la tarde, cuando los monjes abandonan el claustro después de la misa para ir al refectorium, tiro tan fuerte de Vitale que al pobre no le queda más remedio que seguirme. Lo conduzco en la oscuridad hasta una poterna que ayer descubrí en la muralla, y lo empujo para hacerlo salir. Le digo por señas que nos vamos afuera a caminar bajo la luna, pero Vitale me rechaza y se escurre, huyen de mí sus ojos de estrella moribunda. Sin embargo, algo me dice que él también quisiera escapar. Lo sé por esa forma en que suspira tantas veces, con el pecho que se le abomba y luego se viene abajo como la cúpula de una catedral que se derrumba. Siento que añora la campiña tanto como yo, que le oprime la altitud de estos muros tanto como a mí. Nuestro novicio murciélago nos espía como una alimaña que vigila desde su cueva en la pared. También este pequeño suspira como Vitale y se muerde los labios como yo me los muerdo hasta hacerlos sangrar. ¿Bajo cuántas de estas sotanas alentará el anhelo de escapar? Solo nos ata el amor por los códices y las pinturas. El espíritu colmado impera sobre el cuerpo, que se desangra por obra —y no por gracia—del deseo.

 

III

 

Vitale ha terminado de pintar los ángeles de los siete sellos del Libro abierto por el Cordero, y las siete plagas, y ahora se ocupa de las siete trompetas y sus efectos sobre los ríos y el mar. Ha pintado las aguas con una tinta violeta de aspecto nauseabundo, probablemente para mostrar que están envenenadas por la maldad de los hombres. Las figuras se ahogan pataleando como fetos dentro de un útero anegado; caen desnudas desde sus torres sacudidas por el estruendo y se van al fondo del océano, entre fragmentos de chozas y palacios, a reunirse con los barcos partidos por la potencia del sonido. Vitale trabaja sin alzar sus pupilas hacia mí. Del otro lado de la mesa trabajo yo sin dejar de observarle entre trazo y trazo. Es tan lóbrego su fondo marino, y él se ve tan triste y apagado que escribo en mi tablilla: “Pinta sirenas”, y la deslizo entre los pergaminos. Los monjes guardianes hacen la ronda. Vitale, cazándolos con el rabillo del ojo, recibe mi mensaje sin ser visto y lo lee de una ojeada. Enseguida niega con la cabeza, raspa las palabras con su cuchillo afilado y me devuelve la tablilla susurrando como un ladrón: “¡Son híbridos, demonios! ¡Para magister Magius estaban malditas!”. Todos tienen miedo de la Mezcla. Todos quieren ser puros, de una sola y única naturaleza. Tienen pavor de descubrir que poseen más de un alma, o una sola, pero con muchas facetas, como una joya tallada por orfebres. Yo, Eude, soy monja, soy casta, he hecho votos y creo en Dios, no como me han predicado que es, sino como yo lo imagino, pero a pesar de mis hábitos quisiera pasear con Vitale por un bosque donde estaremos solos y nadie sabrá jamás si rompo mi juramento de silencio. Si susurro una frase en su oído el viento la llevará tan lejos que nadie lo sabrá, y aunque Vitale, en su ignorancia de mi alma, me amenace con escupirme de su boca porque soy tibia y no ardo, yo sé que tengo un fuego en mi interior, y ese fuego desea liberarse bajo la oscura noche, y volar desde mi pecho a las estrellas. “Las sirenas cantan”, vuelvo a escribir con mi estilo sobre la cera fría, y un intercambio de tablilla se establece entre nosotros como un flujo de ríos vertiginosos:

“Las sirenas no persiguen. Esperan”, le escribo.

“Las sirenas hieren con sus garras”, me responde.

“¿Y por qué han merecido las alas?”, contraataco.

Vitale se encoge de hombros como quien admite su ignorancia. Le renvío una sola palabra en mi tablilla: “¡Piensa!”.

“Son demonios malditos. Está escrito”, me devuelve.

“No te conformes, ¡piensa! —replico yo. —Si te descubren, diles que ha sido Titivillus quien pintó a las sirenas”[5].

Los monjes custodios se acercan despacio lanzando miradas a su alrededor. Vitale oculta mi tablilla en su escapulario y finge pintar ensimismado. Yo lo imito y los guardianes pasan de largo sin sospechar.

A la mañana siguiente, cuando regreso a nuestra mesa, Vitale no está. Encuentro su dibujo del mar al que alguien, durante la noche, ha agregado unas figuras: en el fondo legamoso, revueltas con cuerpos de hombres desnudos, cascos de barcos, peces, algas y almenas destrozadas, nadan unas sirenas con cola de pescado, mientras encima de la tierra, otras, con cuerpos emplumados como aves, acompañan con sus cantos luctuosos los vendavales del Juicio Final. Es mi victoria, pero su sabor es más amargo que un fruto verde, porque la ausencia de Vitale transforma mi jornada de trabajo en unas horas mustias.

El novicio me ronda y sus orejas de murciélago tiemblan cada vez que sus manos rozan las mías en el intercambio de los tarros de tinta. Sus ojos me buscan sin cesar, hasta que se decide y me cuenta entre susurros que los monjes guardianes hallaron sobre el cuerpo de mi compañero la tablilla con mi último mensaje; le han encerrado por negarse a confesar quién se la ha escrito, y Vitale arde de fiebre en su celda desde la madrugada, repitiendo en sus delirios sin cesar: “Y el tercer ángel tocó la trompeta/ y cayó del cielo una estrella grande,/ ardiendo como una antorcha,/ y cayó en la tercera parte de los ríos, y en las fuentes de las aguas,/ y su nombre era Ajenjo,/ y muchos hombres murieron por las aguas, porque las sirenas las hicieron amargas”. Se me vuelca la tinta sobre las puertas de la ciudad de Dios; entra y corre por sus calles como un torrente caudaloso y anega su interior, mientras yo, Eude, siento lágrimas hirvientes rodar por mis mejillas. Vitale está luchando por creer en mí, que es como aprender a creer en sí mismo y descreer de todo lo que ha escuchado desde que vino al mundo; ansía liberarse, ¡pero es tan fuerte la costra de lo aprendido y tan intenso el miedo de traicionar las enseñanzas de su magister…! Yo debo ser amarga como el ajenjo o mi naturaleza destila algún veneno singular, pues yo no siento que deba fidelidad a esas pinturas y versículos que otros monjes hicieron siglos antes de que yo fuera concebida en el vientre de mi madre[6]. ¿Por qué aceptar a ciegas las visiones del desterrado de Patmos? Juan dijo que Dios le habló, ¿es suficiente para creer que es Dios quien también le habla ahora a Vitale, y no la calentura de sus sienes? ¿Y si Juan fue la invención de otro desterrado? ¿Y si enloqueció de soledad mirando siempre un mar cuya otra margen le fue vedada para siempre? ¿Por qué no pudo Beato de Liébana poner ideas de su pensamiento entreveradas con los versículos auténticos? ¿Cómo se puede estar seguro de que los hombres que tradujeron a Juan no hayan errado en su búsqueda de la palabra exacta? Me han dicho que pierdo mi alma si pienso diferente de lo que enseña la madre Iglesia. Pero la Iglesia no existía cuando Jesucristo predicó y Pedro puso su espalda como primera piedra. Y hoy Cristo está sentado a la diestra de Dios Padre, acaso como premio por haber disentido de los fariseos y demás sacerdotes del Templo. ¿Cómo puede Dios castigarme por pensar, si Él mismo hizo a mi barro capaz de pensamiento?

El novicio vuelve a encimarse sobre mi oído y destila, suspicaz, la oferta de su cuerpo para servir de portador si quiero hacer llegar algún mensaje hasta la celda del confinado. Su carne, dice, podría resultar el pergamino más seguro. Me anuncia que él también conoce la poterna y se reunirá conmigo a la caída de la noche, en el bosque[7].

 

IV

 

La nieve es blanda bajo la luna y mis pies se dibujan sobre ella como la marca del pulgar en la vitela recién alisada. Estos caminos del bosque serpentean, y en los recodos umbrosos el corazón se agita esperando topar con los cuerpos informes de los aparecidos, pero es el novicio quien sale de improviso detrás de un roble, con las pupilas rojas por el reflejo de su candil. “Yo soy la luz del mundo”, repite mi memoria amaestrada.

Tal vez el chico quiere decirme algo, pero no hay tiempo que perder. He traído conmigo un tarro que contiene titímalo[8], y ya he pensado lo que voy a escribir. Le hago señas enérgicas para que se desnude. Sigiloso, mira a su alrededor como quien quiere asegurarse de que nadie lo espía. Coloca su candil sobre la tierra y se sube a una piedra grande y cuadrada como un altar antiguo[9]. Con gestos lentos, pero precisos, se va sacando por la cabeza su sotana de ruda arpillera. Siempre le había visto con la capucha sobre el rostro y di por hecho que estaba tonsurado, pero ahora, al quedarse desnudo, veo caer sobre su espalda, como un oleaje que se derrama, la cabellera oscura. Su cuerpo virgen, iluminado desde la tierra por la llama radiante, muestra cortantes claroscuros que remarcan el flaco costillar dándole la apariencia de un despojo insepulto, pero la piel es tersa sobre los músculos apenas dibujados. Su piel anaranjada por el fuego. Y en medio de sus muslos la floración del sexo parece dulce, como de niño. Su aspecto me recuerda a un pájaro dormido. Tiende su mano para ayudarme a trepar hasta su vera, y pronto somos dos sobre la piedra, como un mástil de barca funeraria. Humedezco el pincel en la invisible tinta pecadora y comienzo a trazar mis caracteres sobre su piel. La iluminación es suficiente como para percibir la expansión de los poros, que van abriéndose bajo la caricia de las cerdas mojadas. Escribo TE AMO entre sus pectorales, y las tetillas crecen como frutillas en sazón. Sigo escribiendo sobre el abdomen en visigóticas medianas: VÁMONOS HASTA EL MAR Y HUYAMOS EN UN BARCO DE VELAS PODEROSAS. Me queda poco espacio y escribo sobre su vientre: ACUDE AQUÍ MAÑANA CUANDO SALGA LA LUNA. Trato de ignorar los suspiros que escapan de sus labios temblorosos, y como ya no queda más superficie que sus muslos, escribo sobre ellos el reclamo final: TUS SIRENAS TIENEN EL PECHO PLANO COMO LOS MONJES. VEN A LA CITA. TE MOSTRARÉ LOS MÍOS.

He descendido tanto en su anatomía que ya las cerdas de mi pincel se enredan con la vellumbre de sus ingles. El pájaro dormido termina despertando y dirige hacia mi rostro su pico amenazante. Como ninguno de los libros que he copiado enseña lo que una monja debe de hacer en situación tan singular, antes que yo descubra por mí misma que tendría que huir, un cálido chorro de tinta blancuzca se derrama sobre mi boca y mis mejillas. Mi lengua prueba un sabor desconocido que recuerda de lejos carne de fruta podrida. Miro hacia arriba y descubro la faz del novicio alzada hacia al disco lunar con expresión de éxtasis divino, y sus brazos, extendidos en cruz, parecen invocar al Espíritu Santo para que agite las aguas primordiales. El bosque se ha transformado y ahora semeja una ciudad sembrada de columnas. La luna alumbra como un sol frío y diviso una bandada de demonios cabalgando sobre el borde iluminado de un macizo de nubes. Un rayo inesperado baña la escena con su brillo y descubre ante mis ojos el cuerpo cruciforme de un novicio-Jesús embutido en la piel del Cordero inmolado, libro viviente para el pincel de una monja varona. Siento la tierra bramar bajo mis plantas, el cielo desciende sobre mi cráneo como una cúpula abatida y el bosque entrecruza sus ramas nevadas formando un amasijo de venas gigantescas. El espíritu de Dios[10] se agita sobre la noche, rompe a cantar y brotan trastocados de los árboles los versos del Liber Germinationis: “¡Que se apaguen las lámparas del cielo y no separen el día de la noche. /Que no sirvan los signos para distinguir las estaciones, los días y los años,/ y que se apague el firmamento sobre la tierra!”. La niebla irrumpe en el bosque como un espíritu que por instantes va recubriéndose de masa mortal; lo invade todo, lo borra todo, y el mundo deja de existir en mis sentidos fulminados por la revelación.

 

V

 

Paso el día orando ante los folios de la ciudad celeste. Mientras raspo la tinta que derramé ayer, rezo y suplico porque el novicio haya logrado llevar mi mensaje hasta la celda de Vitale y él consiga acudir a mi reclamo. He escondido la pintura del mar donde puso en el fondo a las sirenas, pues si los monjes guardianes la descubren en nuestra mesa, comprenderán de inmediato quién grabó aquella frase en la tablilla que ha incriminado a mi compañero. Para alejar de mí estos pensamientos trabajo aplicadamente sobre la lámina de mi Jerusalem celeste. Ovoide flotante en medio del cenit, la ciudad exhibe ahora sus doce puertas limpiadas con esmero y sus calles relucientes y vacías. Comienzo por pintarle otras muchas entradas con dinteles de oro sembrados de amatistas, topacios, carbunclos y aguamarinas que despiden reflejos cegadores cuando reciben la luz del sol. Encima del ovoide, dentro de la mandorla, debe ir el Pantócrator[11], pero…, decido por mí misma a quién le corresponde custodiar la Ciudad que bajará del cielo para salvar al mundo: será a la Mujer, pero yo, Eude, voy a pintarla semejante a la Virgen, con su hijo en los brazos. Negra, retinta de orín de velas, como la vi una vez representada en un antiguo rollo alejandrino. Me dijeron entonces que era una imagen pagana, la diosa de Isis cargando al niño Horus. Puede ser, pero hasta hoy nadie ha impugnado a la santa María el parecido. Y yo quiero pintarla presidiendo la Jerusalem celeste, porque una mujer que acaba de parir siempre será más piadosa y comprensiva con los que tienen miedo de morir, y dejará que todos traspongan el umbral aunque no sean esos ancianos justos ataviados con túnicas de purísima luz, sino los siervos sucios, ancianos ulcerados, niños hidrocefálicos, rameras putrefactas, brujas desdentadas con narices de bulbo, enanos con barrigas de zurrón, sembradores y príncipes, viudas y reinas, ricos y pobres, listos y tontos, mendigos y doctores, guerreros, sacerdotes, amigos y enemigos, y nadie será obligado a pagar el diezmo de negarse a pensar. La ciudad que custodie la Mujer no será una cárcel de copistas, de repetidores ciegos y mudos de lo que tienen aprendido, sino un jardín atravesado por un río de aguas límpidas de donde todos podrán beber, y en su centro crecerá robusto el Árbol de la Vida, cargado con todos los frutos del conocimiento, y todos podrán saciar su hambre en paz; y la ciudad se llenará de risas y de libros que cuenten verdades, y de gentes felices, y nadie mentirá ni robará ni matará a su hermano, porque todos serán admitidos e iluminados por un mismo sol. Volveremos a construir los palacios y las torres, nuevos barcos tendremos para traer el trigo a nuestros puertos, y el mar será un amigo y Juan podrá, andando sobre las olas, regresar de Patmos para escribir el verdadero final de su Apocalipsis, pues yo sospecho que él también tuvo miedo de confesar lo que añoraba en el fondo de su alma. Y el miedo será La Bestia que mantendremos fuera de las murallas para que nadie sea atormentado por huir de su sombra, y los hombres —no ciento cuarenta y cuatro mil, sino la Humanidad— podrán dormirse abrazados y juntos, serenamente y para siempre por los siglos de los siglos. Amén.

Eude, tú sueñas. Recoge tus pinceles y ve al encuentro de tu destino.

 

VI

 

El bosque ha vuelto a la normalidad. Ya no percibo la amenaza latente de la noche anterior, y al recorrer de nuevo los senderos blanqueados por la nieve todo a mi alrededor parece inofensivo. Busco la piedra plana donde el novicio se convirtió en demonio. Ahora, a la luz del día, compruebo que se trata de un altar muy antiguo, destinado quizás a los cultos druídicos con sus abominables sacrificios humanos. Su base está hundida en la tierra y cubierta de líquenes musgosos. Me humanos. Me siento encima y espero mientras observo el paisaje. Comienza a nevar y los copos, pequeños, pero densos, se incrustan como flechas en mi cuerpo. La blanda alfombra de agua congelada cruje bajo unos pasos que se acercan despacio. Vitale, demacrado y con enormes ojeras, se aproxima ocultando sus manos entre las mangas de su sotana. Me pongo de pie y lo enfrento. Nos quedamos mirándonos, y por primera vez desde que le conozco empiezo a comprender que la palabra no tiene sustitutos. Siento brotar mi voz de mi garganta, enronquecida, intentando enlazar los sonidos con énfasis absurdos, entrecortada por expiraciones que semejan la exhalación de un alma en fuga. Desisto. Vitale separa sus brazos y me muestra la tablilla y el estilo que ha traído consigo. Se siente tan confuso como yo. Ninguno de los dos tiene claro qué espera de este encuentro.

Vuelvo a tenderme sobre el altar nevado, despacio, muy despacio, sin zafar mis ojos de los suyos. Deslizo mi túnica desde los hombros hasta la cintura —soy tan delgada como el novicio y el tejido pasa sin dificultad sobre mis huesos— y descubro ante Vitale mis pequeños pechos temblorosos. Son como huevecillos corolados con pezones contraídos por el frío. Vitale los contempla y sus labios se agitan como un sediento que bebe un líquido invisible. Cierro los ojos y espero. Nada ocurre y los abro. Vitale sigue clavado frente a mí, pero ahora sus dedos sostienen la tablilla y el estilo dibuja mis senos. Me quedo quieta, y cuando ya no puedo soportar más el frío, vuelvo a cubrirme.

No comprendí que aquél fue nuestro fin.

Andamos juntos en silencio, las manos entrelazadas. Voy adentrándome en el bosque sin rumbo definido. Vitale me sigue con la espalda encorvada y la cabeza hundida entre los hombros. No tiene voluntad. El sol hiende el horizonte dejándole una herida por donde todavía mana luz, hasta que cicatriza y nacen las tinieblas. A lo lejos, más allá de los árboles, brilla el resplandor de unas hogueras. Pronto la aldea surge ante nosotros con su empalizada, su puente sobre el río. El aire viene de allí cargado de alegres risas y de una música inquieta que parece compuesta por pequeños diablillos juguetones. Seguimos acercándonos hasta adentrarnos en el mismo corazón de la danza. Nadie repara en nosotros. A pocos pasos del círculo de luz la noche es densa y nuestros hábitos no son reconocibles. Los cuerpos saltan, se contorsionan, las bocas ríen y fulguran los ojos reflejando las llamas. Muchachos y muchachas tomados de las manos danzan en un anillo de plenitud. Son hermosos y magros, henchidos de una fuerza que me resulta extraña y me conmueve, agita mi sangre y enloquece mi espíritu. Alguien toma mi mano y de repente estoy bailando; arrastro a Vitale conmigo y nos integramos al calor de la lumbre, a la gran exultación de los sentidos. Digo mal: solo yo, porque Vitale parece un hombre de madera. Se mueve porque lo empujan los bailarines, pero su rostro solo muestra estupor. Pasa de mano en mano una calabaza con un licor quemante. Bebo como todos y de repente siento más ganas de reír, de brincar más alto que los otros. No quiero que amanezca, quiero que nadie deje de bailar, que nadie deje de reír y alborotar cascabeles, pero poco a poco la gente comienza a desaparecer en parejas dentro del bosque y nos quedamos solos, sentados junto a unos rescoldos que nadie alimenta. Tomo sus manos, las pongo sobre mi corazón y hago un desesperado esfuerzo por hablar: “¡Vamos al mar —suplico—, a los barcos que nos lleven muy lejos…!”, pero mi voz es un chocar de piedras, un amasijo de sonidos, burdo ruido lloricante que no llega a brotar de mi garganta, un miserable balbuceo. Vitale no me entiende; me mira y baja los ojos. No he conseguido liberarlo. El espectro de Magius gobierna sobre él con más imperio que la vida.

Antes del amanecer regresamos subrepticiamente a la abadía y la encontramos convertida en un avispero. Todos se han congregado en los potreros para no perderse el espectáculo: atado entre dos postes, el cuerpo desnudo y ensangrentado del novicio es azotado sin piedad por un monje verdugo. El bulto exánime cimbra con cada latigazo; con la barbilla hincada sobre el pecho recuerda un Cristo torturado a punto de morir. Siete colas de buey le desuellan las carnes arrancando cada milímetro de mis unciales romanas, mis visigóticas medias. Por las heridas descarnadas asoman tendones y el blancor de los huesos. Todo él está colgando de las cuerdas que lo sostienen para impedir que caiga a tierra. Víctima muda, pende como un andrajo. No quiere confesar quién escribió sobre su piel ni a quién estaban destinadas las palabras.

Vitale no se atreve a revelar su parte en el crimen, pero él mismo se somete a penitencia flagelándose con látigo y cilicio entre las húmedas paredes de su celda. Los monjes cuentan entre murmullos que durante días enteros gime desesperado y se mutila bárbaramente, mientras grita que ha traicionado a su magíster. A mí me encierran en lo alto de una torre. No me acusan, no me hacen preguntas, pero el prior viene a verme y me anuncia que tiene suficientes evidencias de mi culpa. No puedo regresar al scriptorium. Soy una prisionera.

Unos días después, a la salida del sol, veo llegar desde la torre la carreta de la madre superiora, quien por fin ha enviado a buscarme. Al cruzar el claustro diviso, por una de las ventanas que dan al scriptorium, a Vitale inclinado sobre un manuscrito. Parece absorto en su labor y no me escucha cuando le silbo con disimulo. No vuelve la cabeza y continúa dibujando inmóvil como una estatua.

 

VII

 

Han pasado los años y la nieve se ha fundido muchas veces para dar paso a los primeros brotes de primavera. Como abadesa, he debido escuchar en confesión a muchas monjas, novicias y señoras que han buscado refugio en mi abadía, y todas me han hablado del amor. También reyes y príncipes me han enviado versos donde declaran sus sentimientos a mujeres hermosas, y yo, Eude, los he iluminado con mis tintas naranjas, rojas, lilas…; con azules herméticos de lapislázuli, y otros azules límpidos extraídos del índigo y del noglio; blancos de cal; amarillos de oropimente y azafrán; panes de oro y láminas de estaño para alumbrar tantos soles y lunas como los que han blanqueado mis cabellos. Y yo he pensado mucho en mis recuerdos, sin haber podido jamás desentrañar las nieblas de mi alma. No sé si amé a Vitale, aunque sin duda el placer que sentía al contemplar su rostro, tan semejante a un icono, y el deseo que tuve de ver el mundo en su compañía fueron lo más parecido a ese sentimiento que yo, soror Eude, concebí en esta vida. Pude haber huido sin él, y tener una existencia rica en quién sabe qué aventuras, pero no fui capaz. No sé si por lealtad a la lealtad que me guardó, o porque nací con la vocación de los colores y ni siquiera ahora, cuando mis ojos comienzan a velarse, la he perdido. He amado los libros y las letras. Pero si el amor es ansia, insaciable deseo, colmo que nunca se alcanza, acariciar el viento y soñar despierto con lo desconocido, entonces, el sentimiento más grande que yo haya experimentado fue una alegría inexplicable, como un crecer de alas invisibles, y ocurrió aquella noche mientras bailábamos en la aldea iluminada por el fuego: de repente mi pecho se ensanchó hasta dolerme, porque yo descubrí que más allá del bosque el mundo continuaba, y continuaba más allá del mar, y aún seguía después de las ciudades, de campos de batalla, de infinitos sembrados, de desiertos, montañas y de tierras de las que no sabemos nada. Lo supe aquella noche inolvidable, mientras mi cuerpo se fundía en la danza con el calor y el vigor de otros cuerpos ajenos. Supe que el mundo nunca se termina. Supe que habrá muchos milenios, y también hombres que siempre predicarán sobre un final, pero es mentira: el tiempo es infinito. Los cuerpos mueren y se deshacen, se funden con la tierra, mas el alma continúa su vuelo uniéndose a la luz, a las tormentas o al polvo de los astros, pero siempre regresa en otra carne.

Tengo abiertos ante mí los Comentarios al Apocalipsis de Juan, que iluminamos Vitale y yo en aquella copia del manuscrito de Beato de Liébana, hace ya tantos años. Vitale, quien llegó a alcanzar la dignidad de prior y murió en olor de santidad, me lo envió poco antes de entrar en agonía, junto con una breve nota donde me cuenta, en un tono absolutamente impersonal, que aquel novicio sobre cuya piel llegué a trazar los caracteres fatales, fue expulsado de la abadía después de su tormento; se convirtió en cantor ambulante y salteador de caminos, y en el año de gracia de 1006 asaltó la abadía de Iona, de donde robó de la sacristía el Gran Evangeliario de San Columba, aquel Leabhar Cheanannais cuya riquísima cubierta le describí una vez en pago por permitirme usar su cuerpo como sublime pergamino; poco después fue capturado, encontrándosele en su poder el santísimo libro, aunque sin las valiosas tapas. La nota la quemé sin terminar de leerla. No me importa el final de aquel desdichado. Estaba hecho de una sustancia maldita, y siempre lo he odiado por haberme mostrado una hierofanía al revés sobre el altar antiguo del bosque. Aquel novicio era carne del Diablo y como tal terminó[12].

Antes de abandonar mi presencia, el enviado también me contó cómo después que Vitale murió, sus manos fueron cortadas y embalsamadas, como es costumbre hacer con los iluminadores que han alcanzado la excelsitud en su oficio; ahora yacen en un relicario de la abadía, junto a las manos de Magius, su venerado magister.

El libro, nuestro libro, lo tengo abierto frente a mí desde hace horas; he pasado la madrugada insomne hojeando a la luz de las velas, una por una, aquellas páginas que iluminamos juntos. No sé cómo Vitale logró ocultarlo tanto tiempo, y es una historia que ya jamás conoceré. Se han conservado intactas las imágenes; solo las láminas de estaño que utilizamos para platear la luna y las estrellas se han opacado un poco, pero siempre sucede. En las últimas páginas, enmarcada entre lacerías y cenefas de lirios que nunca dibujé, se yergue la Jerusalem celestial con sus cientos de puertas completamente abiertas; una marea humana fluye hacia ella desde todas las partes de la Tierra, y en su mandorla mística la Mujer amicta sole alza su mano y bendice por igual a justos y pecadores, porque todos, por el mero hecho de haber sido creados, merecen refugiarse contra el miedo que amenaza a los hombres desde el comienzo del mundo.

Al final hay dos páginas nuevas. La penúltima, en un estilo muy diferente del que los monjes usan para pintar, reproduce el paisaje de un bosque nevado en cuyo centro se alza un altar de piedra, y encima yace una sirena alada mostrando sus pechos desnudos bajo el brillo lunar. En su semblante reconozco mis rasgos trazados con la misma fidelidad con que los códices herbarios dibujan los detalles de las plantas. Puedo apreciar la curvatura de las cejas, el hilo fino de pestañas naciendo de los párpados cerrados, la línea de los labios apretados, el hoyuelo final de mi barbilla, y mis cabellos esparcidos aureolando el óvalo del rostro como corona virginal. ¡Y yo que toda mi vida estuve cierta de que aquel día Vitale no me había contemplado!

La última página presenta la retícula vacía, lista para escribir el colofón. Vitale, en legado postrero, me ha cedido la última palabra. ¿Significa eso que vencí sobre Magius?

Me estremezco al tratar de imaginar qué destino tendrá nuestro libro: ¿Será quemado para que sus imágenes malditas no contaminen de herejía el mensaje original, o una mano piadosa lo ocultará para que llegue a otros hombres la rebeldía que nosotros sembramos en sus folios? Sé que he sido una mujer obsedida por el libre albedrío, por el deseo de infinitud, y ahora, cuando me encuentro tan cerca de la línea que demarca la Sombra, temo que Dios me pida cuentas por mi alma, pero si recuerdo la mansedumbre que segó las manos de Vitale y el fervor con que viví en mi juventud, no puedo arrepentirme.

Mis dedos tiemblan. Mojo mi pluma en el tintero y la dejo correr sobre el pergamino teñido de púrpura:

Este manuscrito

fue iluminado en el año de gracia de 999

por frayVitale de Ravenna, discípulo de Magius,

y por la monja Eude que no tuvo magister,

bajo el reinado de Roberto el Diablo,

en la abadía de Casale.

Yo, Eude, he sido infiela la tradición del iluminador

y a la Palabra de Dios,

pero no me arrepiento,

porque mi cuerpo sufrió el rigor del trabajo,

pero mi alma siempre fue libre

y mi mano expresó lo que sintió mi corazón.

Esto es lo que deseo para todos los hombres,

y en mi hora final

bendigo a quienes logren alcanzarlo

†††

 


 

[1] Al monje iluminador se le encomienda dibujar las piadosas imágenes religiosas de las figuras centrales de las láminas, mientras que a los novicios se les encarga los marginalia, comentarios y formas extrañas que se escriben y se pintan en los márgenes de los folios. Los jóvenes juguetones, dejan volar su fantasía al inventar imposibles combinaciones anatómicas. Yo, Eude, he pintado entre otros muchos disparates, un hombre caracol, es decir, una cabeza de hombre con un voluminoso sombrero, que sale del enroscado caparazón de un caracol; un enano con el cuerpo inferior de un cerdo, que toca una especie de flauta; otro hombre que toca una gaita y tiene la cabeza con una venerable barba muy larga y alas de murciélago. Son sueños, pesadilla que acosan a los monjecitos en el oscuro aislamiento de sus celdas; criaturas oscuras que habitan en la parte oscura del alma, a donde nunca llega la luz de Dios. (N de la Autora).

scriptorium
Scriptorium Edad Media

[2] Yo, Eude, me pregunto si la iglesia obra por mandato de Dios y de su dulce Hijo al permitir el sacrificio de tantas reces, criaturas inocentes de la Creación, para obtener los pergaminos sobre los que después se ecribe la Palabra Divina. Yo estuve en la abadía de Iona, frente a las costas de Escocia, y mis dedos recorrieron la cubierta de oro del Gran Evangeliario de Columcille en una noche de tormenta. Yo vi sus iluminaciones magníficas, las más hermosas de la Cristianidad, hecho con negro de las velas, con el rojo brillante del rejalgar, el amarillo de oropimente, el verde esmeralde de la malaquita pulverizada y el costosísimo lapislázuli, traido de las montañas de Afganistán. Trecientas pieles de terneras nonatas fueron necesarias para crear este libro magnífico. Nunca quise saber si apuñalaban a la res antes del parto para obtener la becerra sin vida. No. Eude no quiere saber. ¿De que me serviria? Eude no puede cambiar el mundo. Bien quisiera… (N de la Autora).

[3] Los primeros capítulos de Juan muestran la muerte y la desolación, las siete plagas, las copas del castigo. Yo prefiero ilustrar la esperanza: la gran Jerusalem que desciende del cielo para salvar a los vivientes. (N de la Autora).

[4] Nunca me han dicho cuál es el sexo de los ángeles. (N de la Autora).

[5] ¡Jo, jo!, viva el pequeño demonio a quienes los monjes cargan, desde hace siglos sus errores gramaticales y sus faltas de ortografía. Estoy segura de que lo inventaron los irlandeses para echarle las culpas a su corrupto latín. (N de la Autora).  

titivillus (1)
Titivilus. Pequeño demonio de los monjes copistas de manuscritos, que les incitaban a cometer erratas en los textos que copiaban. (N del editor)

[6] Madre que no conozco y me abandonó. Padre sin rostro. Nunca he echado de menos un apellido, no pertenezco a una familia ilustre, no tengo patria. No tengo cadenas, soy árbol sin raíces. Quiza por eso me comporte así… (N de la Autora).  

[7] Me pide a cambio que le describa el tesoro más valioso que yo haya visto en la Cristianidad. El Leabhar Cheanannais, le digo en gaélico para molestarlo, pero al ver su turbación rectifico: El Gran Evangelio de San Columba. Quiere saber donde encontrarlo. “Pues en la sacristía de Iona, en una isla frente a las costas de Escocia”. Quiere saber si la cubierta es de oro. “De oro, las dos cubiertas incrustadas de piedras preciosas. Vale un imperio”. Sus ojos se vuelven torvos. (N de la Autora).

[8] Plinio jura que el titímalo se obtiene del zumo de lechuga caprina, y cuenta que con su leche, si se escribe sobre el cuerpo de un hombre, al secarse aparecen las letras espolvoreando con ceniza, y “que algunos prefieren dirigirse a las adúlteras así mejor que mediante notas”. Yo he copiado a Plinio. ¿Es Vitale mi adúltera?. (N de la Autora).

[9] Hoy se que el novicio lo había tramado todo y no dejó nada al azar. Sospecho que estudió el lugar antes que mi locura nos reuniera. (N de la Autora).

[10] ¿De Dios…? En verdad no lo sé. He escrito eso por miedo a las blasfemia. (N de la Autora).

[11] …como escuché toda mi vida fuertes disputas entre los monjes sabios, sobre si es Dios o es Cristo ese señor barbado que bendice desde la almendra mística a los justos que van a residir en la Ciudad – y también a lo pecadores, quienes, aunque benditos, se quedaran afuera para ser deborados por el Diablo–; que si es el Dios siríaco sedente, que si el crismón de algunas representaciones apunta a Jesucristo. En fin, como lo veo todo tan confuso… (N de la Autora).    

[12] ¿Por qué miedo? He pensado en el novicio muchas veces. Siempre me ha perseguido aquella imagen de sus cabellos negros derramándose por su cuerpo blanco y desnudo, cubierto de escrituras. Su recuerdo me ha perturbado sin cesar. Tampoco he conseguido borrar de mi memoria aquella bandada de diablos que vi en el bosque, aquella noche, cabalgar sobre las nubes. No lo he contado ni en confesión. Yo creo que Vitale fue el espíritu, y el novicio la promesa de la carne. Quemé la mota para purificarme de un último temblor. (N de la Autora).


 

Acerca de la autora: Gina Picart Baluja (La Habana, 1956) es una de las voces literarias más destacadas que viven y trabajan actualmente en Cuba. Cursó estudios en la Academia Nacional de Artes Plásticas San Alejandro. Se graduó como Asesora Literaria en la Escuela Nacional de Instructores de Arte, (ENIA). Es licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Investigadora.  Guionista de cine, radio y televisión. Ha impartido conferencias y seminarios y dirigido talleres literarios. Se ha desempeñado como periodista cultural en Radio Metropolitana y lo hace actualmente en Radio Ciudad de La Habana. Ha colaborado en los periódicos Granma, Tribuna de La Habana, Juventud Rebelde y en las revistas Somos jóvenes, Caimán Barbudo, Clave, Extramuros y Cine Cubano, entre otros medios. (ver más)

*Imagen de portada: Fragmento de la obra Abrazo a la utopía. Acrílico sobre seda. Artista Roberto Fabelo

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