Cuento por Salvador Fleján*

 

Para Maritza, quien me lo contó con música.

 

No fue fácil, no te lo voy negar: cuando Oscar salió de la orquesta los muchachos y yo nos quedamos en el aire. Éramos casi una familia. Una familia con sus problemas de siempre, pero ¿qué familia no los tiene?

El caso fue que aquello nos pegó durísimo. Por supuesto que en parte se debió a los compromisos que ya teníamos firmados, pero también estaba la amistad; un asunto que para mí siempre ha sido sagrado y que también me ha traído muchísimos problemas.

Recuerdo aquellos primeros toques en La Distinción (una cervecería que ya no existe), los ensayos en el apartamento de Culebra en La Guaira, el primer disco del año 72 —un disparate del que es mejor no acordarse y que se salva por Pensando en ti—, en fin, todas esas cosas que ayudaron a unir al grupo. Pero, qué se le iba a hacer, había que salir adelante, ¿cierto?

El problema con Oscar, si lo miras con detalle, fue más bien vulgar, pero en aquel momento teníamos otra visión. No sé si recuerdas la cerveza Zulia. La agencia de publicidad que llevaba esa cuenta quería aprovechar el filón de la orquesta. Teníamos pegado Porque me gusta y el tema les venía como anillo al dedo. Hablaron con Oscar pero no lo hicieron con nosotros. Eso nos molestó un poco. Oscar, en un principio, había prometido repartir entre los muchachos parte de las regalías de la cuña. Yo, particularmente, no aspiraba a nada. Cuando salió el comercial, a mediados del 76, pasaban los días y no sabíamos nada ni del hombre ni del dinero. Era evidente que se estaba haciendo el loco. Entonces nos reunimos a ver qué decisión tomábamos. En el fondo yo sabía que aquello de “tomar una decisión” pasaba por echar a Oscar de la orquesta.

También equivalía al suicidio.

Nada sacamos en claro de aquella reunión. Por otra parte, y para echarle más leña al fuego, Oscar había fallado a dos ensayos y todos andábamos con los nervios de punta. No recuerdo si fue Joseíto o Rojita quien propuso “expulsarlo”; como si aquello fuera un colegio o un partido de fútbol. Apenas escuché esa palabra sentí que algo estaba a punto de quebrarse irremediablemente.

Lo que pasó después lo recuerdo si no como una pesadilla sí como esas evocaciones que suelen tener los que han sufrido un accidente de tránsito. De Oscar sólo supimos dos meses después por intermedio de una carta que nos mandó un abogado. Aquello sí que me pareció excesivo y me llenó de rabia. Se habían invertido los papeles: ahora era él quien reclamaba lo suyo. La verdad es que yo me deprimí muchísimo. Me sentía herido y decepcionado. Los muchachos, que en un primer momento se lo tomaron a chiste, no tardaron en comprender que el asunto iba en serio. Fue un terremoto, qué quieres que te diga. Acababa de salir al mercado no sólo nuestro mejor disco sino el mejor disco de salsa que se ha hecho en este país. Tú lo debes recordar. ¡Quién no lo recuerda! Un señor disco. Y eso que en nuestro anterior elepé estaba Llorarás, un himno. Pero éste era mejor, sin duda. Por otra parte, en ese disco Oscar se empeñó en grabar una composición de él. Un tema que en un principio metimos de relleno, a última hora, y que a la larga resultaría profético. Parecía que el hombre ya se estaba despidiendo cuando me mostró por primera vez la letra de Sigue tu camino.

En la contraportada de ese disco creo que está una de las últimas fotografías que le hicieron al grupo original. Era de noche, y si no me equivoco, fue en una Feria del Sol en Mérida. Estamos en la tarima, ninguno tiene más de treinta años y le sonreímos al futuro que se nos abría como una flor. Yo apenas me veo, algunas sombras me tapan.

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¿Qué vino después?

Con Andy tuvimos un respiro que nos volvió a meter en la pelea. Pero antes sí que nos las vimos negras. La disquera tenía guardado un material que habíamos hecho a principios del 76 y en donde, como era lógico, Oscar interpretaba casi todos los temas. Se empecinaron en sacarlo a la calle. El disco no estaba mal, ya con Divina niña y Don Casimiro el disco pagaba su valor. Lo único estúpido era el nombre de la producción: “En Nueva York”. Ese disco lo hicimos en un estudio en la Alta Florida. Sin embargo, ese trabajo se vendió de maravillas. Sólo un inconveniente nos trajo: la gente en los shows no lograba entender el porqué Llorarás (y los otros temas, claro), en vez de cantarlos Oscar, los cantaba el “Gordito”. El “Gordito” era Argenis, el reemplazo de emergencia que metimos para tapar el hueco dejado por Oscar. Yo creo que Argenis se comportó a la altura, demostró el artista que es. Pero el público en ocasiones suele ser cruel. Le decían cosas en los conciertos que a cualquiera hubiera desmoralizado. Con todo, Argenis se mantuvo firme. Asumió el reto con profesionalismo. Sin embargo, era conciente de que reemplazar a Oscar no iba a ser tarea fácil. Apenas pudo grabar un solo disco con la orquesta. Un disco de transición que sin embargo dejó un tema para la historia. Un tema que —y esto es lo más irónico—, años después salvaría mi vida.

 

Andy se marchó en su mejor momento. Él nos prolongó la vida y le dio un brillo internacional a la orquesta. Ya éramos casi una leyenda y él pensó que ya había cumplido su ciclo con nosotros.

Yo tenía otra opinión.

La realidad era que estábamos estancados y él se dio cuenta. La industria no pasaba por su mejor momento, y si exceptuamos lo que estaban haciendo Willy y Rubén, todo lo que se escuchaba era más de lo mismo. Aparte el merengue venía con fuerza.

Entonces vino la bajada.

Ya no recuerdo cuántos vocalistas vinieron después. Muchos. Tantos que ya la gente ni los recuerda, y el público (eso lo sabe todo el mundo) nunca se equivoca. Del grupo original apenas quedábamos unos cuantos. Hasta el sonido que nos caracterizaba y que tanto esfuerzo me costó ensamblar se fue perdiendo. Nos habíamos convertido en un eco desafinado de lo que una vez fuimos. Pero la cosa venía de más atrás: la energía o la magia (eso lo supe desde un principio) nos había abandonado desde el mismo instante en que Oscar se fue.

Nuestra última presentación, lo recuerdo, fue en México, allá por el año 84. Un concierto más bien triste y desabrido. No sabíamos ni siquiera que iba a ser el último. Después vinieron las peleas, las envidias, los rencores. Todos se sentían dueños de la orquesta —pero cuál orquesta, por Dios— y querían llevarse aunque fuera un ladrillito del edificio en ruinas. Yo no aguanté más aquello y me fui. Creo que aún siguen peleándose lo único que quedó de valor del grupo: el nombre.

 

Mucha gente me buscó al saber que yo ya no seguía con la orquesta. Trabajo no me faltó, de hecho creo que tuve en exceso. Estuve en Nueva York haciéndole los arreglos al primer elepé de Willy como solista. Estuve en Puerto Rico asesorando a varias orquestas. Estuve en República Dominicana: el merengue era ya una realidad. Hice de todo. Creo que hasta con Popy, el payaso, trabajé metiéndole mano a algunos de sus discos pedagógicos. En fin, por dinero no me quejaba. Pero yo sentía que me faltaba algo. Sentía, por otra parte, que si seguía así me iba a volver loco. Necesitaba un cambio. ¿De qué tipo? En verdad no lo sabía. Sin embargo, algo me decía que ese cambio no tardaría en llegar.

Y así pasó el tiempo.

Una noche, en un festival de salsa en el Astrodome de Houston, me presentaron a Jairo. No recuerdo si fue Ralfi Mercado o Papo Lucca, uno de los dos, de eso estoy seguro. El hecho es que de inmediato nos hicimos amigos. Jairo era de Cali. También dueño y director musical de una de las orquestas más prometedoras de Colombia. Me dijo que había venido expresamente a Texas a hablar conmigo. Me explicó que hacía poco se le había marchado el arreglista de su orquesta, un tal Lozano, y que me había escogido a mí para suplantarlo. En ese momento pensé que aquel hombre me había caído del cielo. Era más o menos lo que había estado esperando. El cambio que necesitaba. Así que no lo pensé dos veces y le dije que sí, que con gusto, que podía contar conmigo.

En Colombia había estado unas cuantas veces, aunque si te soy franco, era bien poco lo que conocía de ese país. Pero la gente de Cali es muy parecida a la de Venezuela y eso me hizo sentir como en casa. Recuerdo que llegué un 17 de enero. Cali es una ciudad grande, bonita y peligrosa. Peligrosa en todos los sentidos: una ciudad que tenga un restaurante llamado “El Palacio del Colesterol”, no es cosa de juegos. Pero yo me crié en Sarría y el colesterol siempre ha sido un invitado de honor en mis análisis de laboratorio.

Jairo me había conseguido un apartamentito en una buena zona de la ciudad, sin muchos lujos pero cómodo. Sin embargo yo no me sentía feliz ahí. Me hacía falta el barrio, como quien dice. Yo me dije: “Bueno, Albóndiga, si tú no vas al barrio, entonces que el barrio venga a ti”. Y así fue como poco a poco me fui haciendo amigo de gente, sobre todo músicos, que vivían en San Marino, Petecuy, Alfonso López, sitios que a cualquiera le hubieran parado los pelos de punta, pero que a mí me recordaban los sitios donde crecí y en donde probablemente moriré. Con estos nuevos amigos sí que me sentía a gusto. Era gente talentosa a la que nadie nunca había dado una oportunidad. Tal vez por ello fue que no pude negarme cuando me pidieron un favor. No era nada del otro mundo (o eso pensé entonces) lo que me pedían: habían armado un “vente tú”, un combito un poco silvestre pero que sonaba bastante bien. Tenían un talento musical que se perdía de vista y eso, también, puede que me haya impulsado a ayudarlos. Me explicaron que en tres semanas tendrían un toque en una hacienda por Medellín y que estaban necesitados de repertorio, arreglos y, sobre todo, dirección musical. Por bromear les pregunté si no necesitaban algo más y fue entonces que me pidieron que los acompañara con mi trombón.

Por esas fechas mi trabajo con la orquesta de Jairo había estado un poco descansado. Recién habíamos terminado de grabar algunos temas para el próximo elepé —en realidad eran viejos éxitos a los que yo les metí mi “veneno”: los puse en clave y les cambié los mambos. Mientras los mezclaban en Nueva York, Jairo nos dio unas semanas libres para nuestros asuntos. Así que aproveché aquel break y me puse a trabajar en serio con los muchachos.

Lo que sí me intrigaba un poco eran ciertos detalles de aquel compromiso misterioso. En uno de los ensayos traté de indagar un poco al respecto pero fue poco lo que obtuve. De un “cumpleaños”, según el conguero, pasó a “bautizo” en la versión del pianista. Otras informaciones eran vagas: la dirección de la hacienda, la persona que los contrató y un largo etcétera que, ahora que lo pienso, me llevan a la conclusión de que siempre he sido un ingenuo.

Pero sobre todo hay un dato curioso al que en su momento debí prestarle más atención. Cuando les consulté sobre el número de temas que debíamos incluir en el repertorio, uno de ellos, uno que ni siquiera había abierto la boca, soltó casi distraídamente:

—Como mil.

 

Tuve varios chances de arrepentirme. El último fue cuando pasó a recogernos el autopullman. Era de un lujo insensato, casi grosero. Parecía que en vez de nosotros venía por los Rolling Stones. Eso, no sé por qué, me asustó. Pero los muchachos estaban felices; en sus vidas habían visto algo parecido (igual yo, si soy justo), así que me relajé y me puse a revisar unas partituras. Después me dormí y eso hizo que el viaje fuera más corto de lo que realmente fue. Tuve un sueño. Extrañísimo, pero muy nítido: soñé con la vieja orquesta. Estábamos en vivo en el estudio gigante de Sábado Sensacional. Oscar y Wladimir interpretaban ¿Frutero?, ¿Dolor cobarde?, vestidos con aquellos trajes anaranjados que usábamos en esa época: unos tigres de bengala nos bajan por la bota ancha del pantalón como si sus presas fueran los zapatos de plataforma que nos hacían lucir altos y ridículos. Todo iba bien hasta que Oscar gritó su acostumbrado “¡Albóndiga!”. Esa era la señal que él solía usar para que yo iniciara el “mambo” de la pieza con mi trombón. No alcanzó a terminar la palabra. Su voz se desgarró en un pitido lejano. Algo grave pasaba. Oscar se llevó las manos a la garganta y me vio con una mirada de pánico. Los demás muchachos parecían estatuas de piedra.

Entonces alcé el trombón, miré fijo el reflejo de mi cara en el instrumento y comencé a soplar.

 

Cuando desperté, el autopullman se desplazaba con una rapidez inverosímil por un altiplano húmedo. A pesar del aire acondicionado sentí el fuerte olor de la vegetación. Eso me hizo sentir bien. Optimista, sería la palabra. Curioso que un olor pueda despertar ese tipo sensaciones felices. Ese, en todo caso, sería el estado de ánimo con que minutos más tarde vería a los dos calvos con Uzis custodiando el portón de entrada de la hacienda.

Ya estaba oscureciendo cuando nos franquearon la entrada. El rumor acompasado de los grillos y los sapos me hizo pensar en unos improbables teloneros encargados de abrir el show. El detalle de las ametralladoras no me inquietó tanto como descubrir el motivo de la fiesta: no era un cumpleaños, tampoco un bautizo. Cuando vi al jeque con falsa barba y Adidas carísimos supe de inmediato que animaríamos un baile de disfraces.

También otras cosas me inquietaron: los calvos del portón nos condujeron primero a un ala de la casa para darnos unas instrucciones que en ese momento no entendí. Básicamente nos comunicaron que los patrones querían “sets largos y canciones verracas”. Hasta ahí todo bien; uno a veces se topa con clientes así. La cosa no me comenzó a gustar cuando nos dijeron que la fiesta duraría “tres días, como mínimo”.

—Todo depende de ustedes —agregaron como para darle un toque deportivo al asunto.

Cuando les vi las caras a los muchachos tuve la certeza de que yo no era el único sorprendido.

Pero lo definitivo, lo que en verdad me hizo sentir que tenía una piedra en el estómago o que la tendría en un futuro, fue el comentario que hizo uno de los matones antes de irse:

—A estos manes les hace falta un nombre, ¿no me le parece? —dijo sin reírse—. Yo les tengo uno bonito: “Los Desechables”.

 

En un primer momento pensé que todo era una broma; a veces los colombianos tienen un humor un poco torcido. Y con esa idea me hubiera montado en la tarima feliz y encantado de la vida. Pero se me ocurrió mirar al timbalero: lloraba y temblaba sin vergüenza alguna.

Ahí sí fue verdad que me puse serio. Quería explicaciones, aunque fuera para llevármelas a la tumba. Había llegado el momento de las revelaciones, del “Magical Mistery Tour”, como decía un amigo rockero al que le hice unos arreglos en un disco de salsa-rock que fue un fiasco.

Lo que pude sacar en limpio en medio de la lloradera (la sección rítmica le hacía honor a su nombre: conga, bongó, timbal y piano chillaban al unísono) era que “nos” habían traído engañados. Hablaron de un tal Echeto, un delincuente menor de Petecuy, quien fue que hizo todos los arreglos. Hablaron de dinero o de la promesa de un dinero. Hablaron de apellidos que a mí no me decían nada pero que ellos pronunciaban con reverencia. También hablaron de las fiestas “desechables” (un invento mexicano, según me explicaron), en las que la principal atracción, por lo visto, era darle a putas y músicos el mismo trato que le daban a los cubiertos de plástico.

 

Pensé en soltar varias groserías venezolanas para aliviar un poco la furia y el miedo que sentía. No sabía qué efecto podía causar, por ejemplo: “vayan a lavarse ese culo”, así que me abstuve y me decidí por un discurso que recordaba más bien a un director técnico en un entretiempo adverso. Recuerdo que dije algo que comenzaba con: “Bueno, caballeros, la situación es esta…”. Cuando terminé, hasta yo mismo me sentía mejor. Si la cosa “dependía de nosotros”, entonces se la íbamos a poner difícil. “Nos tienen en salsa”, les dije a los muchachos para relajarlos un poco.

Ninguno entendió el chiste.

 

Al rato, la pareja de calvos regresó y nos llevó al patio de la hacienda. En el trayecto aproveché para echarle un vistazo a la casa. Desde que nos abrieron el portón yo había notado algo extraño. La casona tenía un toque entre mayamero y egipcio, como de película de Walt Disney. Ya adentro la sensación era otra. Un equívoco olor a chicharrón ofendía las narices. Pero era la decoración interior lo que más hablaba de los dueños de casa. Había pieles de leopardo por todos lados, como si esa fuera la guarida de un cazador furtivo retirado. El seibó gigante, atiborrado de cristalería fina e inútil, lucía como abandonado en medio de aquel salón vagamente africano. Vi a un mayordomo chino, con aires de Dr. No, sosteniendo una bandeja con algo que deseé fuera los restos de una azucarera derramada. El tufo a chicharrón se confundía con otros olores que no lograba precisar, pero que vinculé, no sé por qué, con unas risas estruendosas provenientes de un sofá king size humillado por el peso de unas odaliscas demasiado maquilladas. Casi eché de menos las cortinas de satén rojo y el obligado jacuzzi de mármol.

También vi el altar.

Ocupaba casi una pared completa y estaba flanqueado por dos desacreditados elefantes de yeso. En el centro, una figura de Santa Bárbara al natural, trataba de dar coherencia al desorden que se arremolinaba a su alrededor. Me sorprendió la cantidad de globos blancos y amarillos arbitrariamente guindados en todos los rincones. Las frutas, los juguetes y las flores (girasoles, gladiolos blancos, rosas nacaradas) hacían pensar en la mercancía de un buhonero y no en lo que realmente era: humildes ofrendas para los santos. La serigrafía de un Simón Bolívar algo compungido formaba una extraña trinidad al lado de las estampas de Yemayá y Babalú Ayé. San Lázaro, desde un pedestal, parecía decirnos adiós con una mano rígida y esmaltada.

Una alfombra persa nos señaló el camino al patio.

La gallera (donde estaban montados los instrumentos), no me causó tanto asombro como el hecho de que el sonido estuviera ya probado. ¿En qué momento lo habían hecho? Eso lo sabe Dios. El caso era que todo estaba listo y en su sitio en espera de nosotros. Desde mi lugar pude dar con el origen de la peste a chicharrón: nueve puercos, envarados de hueco a hueco, giraban sobre unos tizones cenizos. El Dr. No los adobaba con pericia oriental. “Nosotros también somos nueve”, me atreví a hacer un pequeño cálculo mental.

Mientras distribuía las partituras, me adelanté a un hecho que me hizo estremecer: el repertorio, que yo mismo había preparado, con suerte nos alcanzaría para aquella primera noche. “Como mil”, recordé con horror.

Entonces se me ocurrió un plan.

 

La gallera tenía butacas de terciopelo rojo y manchas de sangre en las barandas. “Los gallos”, pensé a manera de consuelo mientras arrancábamos con la primera pieza. El palenque estaba ubicado muy cerca de unas caballerizas donde consentían a unos caballos de paso fino y grueso precio. De vez en cuando un peón sacaba a uno de los potros y lo hacía danzar al son que estuviéramos tocando. También sacaron a un tigre blanco enjaulado: una clara demostración de poder, como el coñac Napoleón que nos trajo el chino para mantenernos “aleltas”.

A medida que avanzaba la noche, maldecía una y otra vez al que inventó aquello de que la música calma a las fieras. Nuestra música parecía causar un efecto contrario. Cada tema parecía enardecerlos de una manera extraña. Era como si cada pieza les dejara algo incompleto por dentro que necesitara rellenarse con la siguiente canción, y así hasta el infinito. El primer set duró casi cuatro horas.

—Están celebrando un “corone” —me había explicado el pianista en el descanso cuando le pregunté el porqué de tanta euforia, sobre todo de parte del jeque de Adidas biónicos.

—Es el patrón. Estas fiestas sólo las hacen cuando logran pasar algo grande —intentó aclarar—. A eso se le llama coronar. Es como cuando hay buena cosecha, ¿entiendes?

No entendí. O mejor dicho, entendí a medias. La verdad es que tenía la cabeza en otro lado. El primer set nos había dejado bastante agotados y casi sin municiones. El patrón era un señor gordo de bigotes al estilo charro, papada de jabalí y mirada maníaca. El disfraz de árabe no le sentaba bien. El bamboleo de la túnica lo hacía parecer un loco escapado de un psiquiátrico iraní. Los Adidas, por su parte, le restaban cierta majestad al disfraz.

Pero hubo un detalle que sí me preocupó: el hombre no se sentó en todo el set. Fue ahí que pensé: “si el hombre se sienta es porque está aburrido y si está aburrido hasta ahí nos trajo el río”.

Eso se lo dije al Chapo Olivares, uno de los tres vocalistas que me llevé y que, dicho sea de paso, poseía un color de voz bastante parecido al de Oscar. Pero al Oscar de antes. Al de El cachumbambé. Al de afro y cadenas de oro. Al Oscar sin corregir.

No sé si fueron mis palabras o un nuevo paseíllo del tigre blanco lo que hizo que el Chapo se botara en el segundo y último de set de aquella primera noche. Parecía como si estuviera en el Madison Square Garden ante veinte mil personas. Qué talento tenía ese muchacho. Lástima que lo haya mal aprovechado. Unos años después, cuando ya yo le había perdido el rastro, me enteré de que una salva y no precisamente de aplausos lo esperó a las puertas de una agencia bancaria en Cali. Salía con un maletín en una mano y una nueve milímetros en la otra. Sin embargo, aquella sí que fue la noche del Chapo Olivares. De los ochenta y seis temas que teníamos de repertorio, el hombre parecía multiplicarlos por tres. Alargaba los soneos y los mambos, modificaba y expandía estrofas, hacía “solos de boca” de instrumentos que sólo existían en su imaginación. Tenía lo que hay que tener para seducir a una audiencia. Gracias a él, el Jeque sólo se sentó cuando el sol asomó por entre los cerros que amurallaban la hacienda.

 

Mientras los dos calvos nos conducían en fila india al interior de la casona escuché los primeros acordes de una canción vallenata. Era extraño: no había visto a ningún grupo alistándose para tocar y sin embargo comenzaron a sonar casi de inmediato. Era una canción triste. La letra hablaba de un desengaño amoroso y de la venganza del amante engañado. Fue lo único que alcancé a escuchar antes de que nos encerraran en otra de las alas de la casa a descansar.

Pero yo no descansaría en los próximos dos días.

“Sin repertorio estamos muertos, Albóndiga”, recuerdo que me dijo el pianista apenas entramos en aquel salón donde relucían nueve literas impecablemente tendidas. De los músicos, él parecía el único que se daba cuenta del lío en que estábamos metidos. La situación era como para ponerse a rezar y todos se comportaban como si estuvieran de picnic. Atacaron con desespero un bufé que acababa de instalar el chino (yo no comí), y se dieron el tupé de pedir más. Lo que faltaba era que exigieran champaña.

Entonces le comenté mi plan.

—Creo que yo también voy a comer —fue lo único que atinó a decir apenas concluí, como si masticar y resignarse fueran la misma cosa.

 

En los cuarenta años que llevo en este negocio creo haber hecho de todo. O por lo menos casi todo. De eso me di cuenta cuando le pedí al chino que me trajera lápiz y papel.

“Repertorio”, yo les iba a dar su repertorio.

La verdad es que nunca me he sentido tan solo como en aquel día. Mientras todos dormían, indolentes, yo tenía un problema que resolver. Más bien dos. Mi memoria nunca ha sido buena y con los años ha ido peor. El otro problema era el tiempo. En realidad, el verdadero problema es el tiempo, esa es la tragedia, ¿cierto? Pero algo tenía qué hacer y lo hice. Que por mí no quedara.

Lo que son las cosas, de los tres cantantes que me llevé, el Viejo Piñango era al que menos le tenía fe. No era que tuviera mala voz (o sí, tal vez un poco aguardentosa), pero su gracia indiscutiblemente estaba en el baile. Yo lo llevé básicamente para eso, para que diera espectáculo. Creo que fueron sus pasos de baile, sus “tijeretas”, y no el encanto de su voz lo que impidió que el jeque se diera cuenta de que le estábamos haciendo trampa: parecía hipnotizado en las hábiles piernas de aquel insólito hombre de 63 años que lanzaba patadas de karate, se contorsionaba y hasta parecía flotar como una nube vertiginosa en medio de aquella gallera.

Esto fue lo que se le pasó por alto el Jeque:

Primer set (internacional)

  • Mundo alucinante (16 veces)
  • Un baile de ambiente (18 veces)
  • Estrella distante (19, casi 20 veces)
  • Mi adorada (18 veces)
  • Corazón tan blanco (17 veces)
  • Y viva España (16 veces)
  • La felicidad ja, ja (15 veces)
  • Ahí namá (16 veces)
  • Los mágicos (14 veces)
  • Porque me gusta (12 veces)
  • Vidas imaginarias (20 veces)
  • Nadie más que tú (20 veces)

 

Segundo set

  • Por lo que tienes de ceniza (18 veces)
  • Dulce cantar (16 veces)
  • Sólo quiero que amanezca (16 veces)
  • Tiene coimbre (17 veces)
  • Amores y castigo (18 veces)
  • Cañonazo (18 veces)
  • El bonche (16 veces)
  • Que bailen to’s (16 veces)
  • Las primeras hojas de la noche (19 veces)
  • Aprende conmigo (19 veces)

 

Tercer set

  • La eliminación de los feos (10 veces)
  • Yo soy la rumba (3 veces)
  • Qué pena me da (2 veces)
  • Percusión (1 vez y el Jeque estuvo a un tris de sentarse)
  • Fanfarrón (1 vez)
  • Paseos al azar (8 veces)
  • Arroz con manteca (10 veces)
  • Salsa y control (6 veces, sin pena ni gloria)
  • No me mires así (10 veces)
  • Como si fuera una espiga (2 veces)
  • Velorio alegre (3 veces)
  • En el bar la vida es más sabrosa (4 veces)
  • Mayoral (9 veces)
  • Según pasan los años (2 veces)
  • Bururú Barará (10 veces)

 

Cuando el sol vino en nuestro auxilio, el Viejo Piñango aún tenía gasolina para unas horas más. Su entusiasmo era frenético e infantil, como el de un niño que se niega a irse de una piñata. Había dado lo mejor que podía ofrecer y se sentía feliz por ello. Sin embargo, al llegar a la habitación, entró en un torpor inexplicable, como si alguien de pronto lo hubiera desenchufado. Se acostó en unas de las literas y ya no volvió a levantarse hasta que todo terminó.

Yo también intenté descansar un poco. Me eché en una de las literas pero por mucho que traté no pude pegar un ojo. Soy una persona responsable, qué te puedo decir, toda la vida lo he sido. Aún me quedaba una noche por delante y yo no sabía qué hacer, esa era la verdad.

Aquella segunda noche en poco se diferenció de la primera. Todo parecía repetirse según un orden establecido. Todo salvo por un detalle: las mujeres. Las que vi la primera noche sin duda alguna no eran las de la segunda noche. Algo similar noté con los puercos asados.

También los muchachos de la orquesta, en un alarde de mala educación, repitieron su comportamiento del día anterior. Aquello no era apetito sino gula. Yo apenas si mordisqueé alguna fruta. Todo me sabía a hiel.

Sólo cuando le pedí al chino que me trajera más lápiz y papel sentí un poco de paz en el cuerpo.

 

Como a las seis de la tarde salí afuera a tomar aire y a despejar un poco la mente. “Higiene mental”, decía mi vieja. Uno de los calvos me custodiaba como si yo fuera un niño travieso.

Me fumaba un cigarrillo cuando escuché el estruendo y casi de inmediato sentí la ventolera. Aunque me encontraba a una distancia considerable, pude fijarme con detalle en los cuatro hombres que descendieron con la cabeza gacha del helicóptero. La verdad es que no había que ser un genio para saber a qué se dedicaban por lo menos tres de aquellos hombres. Una vez en Nueva York intenté comprar una camisa similar a la que uno de ellos lucía. Cuando me fijé en el precio supe de inmediato que jamás sería propietario de un Ferrari ni de una camisa de seda como aquella. Los tres fumaban habanos con malévola elegancia e iban esposados a unos acerados maletines que sólo he visto en películas. El cuarto hombre sí que no pegaba con nada. Parecía sacado de un grupo de danzas folclóricas del Senegal. Llevaba con forzada naturalidad un gorrito, puede que musulmán, adornado con lentejuelas y piedras de fantasía. La túnica blanca, abierta en V en el pecho, dejaba ver nueve collares multicolores, acaso su signo más distintivo, si obviamos, claro está, las sandalias con medias deportivas que usaba y que le conferían un aire de turista alemán.

Sin embargo, era la torta que sostenía en las manos lo que en definitiva me turbó. Tenía el diámetro de una pizza familiar y la consistencia de un pastel lóbregamente macrobiótico. ¿Para quién era aquello? Pronto lo iba a saber.

 

Para esa tercera noche me había reservado al que, en mi opinión, era el mejor de los tres cantantes. El Nené Pinto poseía una de las voces más versátiles que había escuchado en años. Sorprendía que a los 19 años pudiera lograr aquellos registros. También poseía algo que no venden en la farmacia: escena, cancha, que en este negocio es tan vital como la voz. Con ese talento me sentía confiado para el cierre. Tal vez la edad me preocupaba un poco, pero ciertamente no era el momento para ponerse exigentes.

 

Antes de salir a la gallera, quise motivar a los muchachos para que le pusieran un extra a la presentación. No alcancé a decir: “la suerte está echada”, cuando el chino entró por la puerta. Empujaba el mismo carrito de siempre, salvo que en vez de comida traía la torta. De cerca no tenía tan mal aspecto y el aroma era de esos que prometen cosas mejores al paladar. Cuando la probé sentí algo extraño, sabía a una combinación de concha de limón en almíbar con remolacha. Pero el fondo amargo se imponía a los demás sabores y eso me hizo desistir de terminar mi ración. Los demás muchachos, al parecer, sintieron lo mismo y dejaron a medio camino sus porciones. Todos menos el Nené Pinto quien, con nostalgia glotona, dijo que la torta le recordaba un pastel navideño que hacía su abuela en Tolima.

En el trayecto hacia el patio unos de los calvos se puso conversador. Eso me dio mala espina. Sobre todo al enterarme de que los tipos del helicóptero eran los “señores de Culiacán”. Qué curioso: “Señores de Culiacán” me sonó en un primer momento a título de gaita jocosa. Fue mientras afinábamos los instrumentos que caí en cuenta de la ecuación Culiacán-México-Desechable.

Todo lo que sucedió a continuación de verdad que lo recuerdo vagamente. Para ser más específico, recuerdo sólo las dos primeras horas de aquella presentación. Fueron magníficas. Me había esmerado en un repertorio de temas cubanos (danzones, sones morunos, etc.) que alterné con algo de charanga y boogalows. La experiencia de las dos noches anteriores me había educado en los gustos y caprichos del Jeque. La orquesta botaba un sonido engranado, limpio, como el de una filarmónica. Creo que en lo que me resta de carrera jamás volveré a escuchar algo similar. Pero tanta dicha no dura mucho y en el caso que nos atañe apenas duró un par de horas, tiempo en el cual los señores de Culiacán no se movieron de sus butacas; se limitaban a darles pequeños sorbos a sus tragos como si se tratara de bebidas muy calientes y a mirar con fascinación al Jeque. Del tipo de los collares y sandalias con medias, ni rastro. Sólo lo volví a ver en el primer intermedio cuando fui al baño a orinar. No sé por qué, pero me pareció lógico que el sitio donde me lo encontrara fuera el altar. Estaba sentado, al estilo sioux, a los pies de la imagen de santa Bárbara (que dicho sea entre paréntesis parecía más la representación del Deseo que de una santidad: tenía mucho busto y mucho labio, como si al artesano que la moldeó hubiera exagerado la dosis de colágeno), y se entretenía con unos caracolitos que lanzaba y recogía como si estuviera jugando una interminable partida de ludo místico.

Mentiría si dijera que me acuerdo de la canción que interpretaba el Nené Pinto para el momento en que ocurrió el desastre. Debe haber sido una charanga. Lo digo porque el muchacho estaba dando unos saltitos, que eran parte de la coreografía, cuando de pronto se puso a dar unos brincos frenéticos, como de canguro. De haber sido sólo eso de repente nadie se hubiese dado cuenta. Pero las cosas malas suelen venir en seguidilla. Casi al final de la pieza y sin que viniera a cuento, el Nené se quedó estático, con la mirada perdida en un punto indeterminado de la gallera. Luego, todo sucedió. Un vómito verde, como una guasacaca espesa, le brotó de la boca y el chorro fue a dar casi íntegro a la túnica del jeque. Los Adidas también llevaron lo suyo. Qué momento más incómodo, vale. El Jeque parecía el sacerdote de El exorcista. Pero lo más extraño fue lo que ocurrió a continuación. Contrario a lo que yo me esperaba, el jeque no ordenó que nos fusilaran en el acto. Más bien daba a entender que el asunto lo divertía muchísimo. Se quitó la batola como si el asunto no fuera con él y mandó a que el show continuara. Entre el Chapo y yo sacamos al Nené del escenario. Estaba helado y tenía los ojos como un animal disecado. Al Chapo le dio por hablar de posesión satánica y comentó que en su pueblo a una niñita le había ocurrido lo mismo. No le quise decir nada, pero yo estaba seguro de que lo único endemoniado en todo esto era la bendita torta mexicana.

El resto de lo que pasó aquella noche lo tengo poco claro. Hasta donde alcanzo a recordar, el Chapo se defendió bien con el micrófono a pesar de no haber ensayado el nuevo repertorio. Pero el Chapo era puro talento y de haberlo puesto a cantar ópera, tango o joropo no dudo que también hubiese salido bien librado. Sin embargo, eso es apenas lo poco que puedo evocar con nitidez; todo lo demás me viene a la mente por pedacitos. Unos pedacitos más bien difusos y algo incoherentes.

Todo brilla con colores que en mi vida he visto y que, me temo, jamás volveré a ver. Siento que el Jeque, los mexicanos, las putas, los calvos y hasta el chino me aman. Yo también, por alguna razón, los amo a ellos. Pero se trata de un amor especial: un cariño suave, despreocupado, como romance de liceo.

Ya no peso los 138 kilos que me agobian y me identifican. Mi trombón adelgaza junto a mí hasta convertirse en la primera flauta dulce con que me inicié en la música.

Mamá, con una voz a la que no le falta autoridad, dice: “Gordo, ve al abasto y tráeme un real de mantequilla, dos maltas y una caja de Lido”.

Todo lo veo espeso, gelatinoso.

Al pianista le da por “jazzear” un tema y el conguero lo acompaña en esa locura. Intervengo para evitar una desgracia. A la final, terminamos improvisando algo de Thelonius Monk que no nos quedó ni mal.

 

El Jeque ríe. Tengo ganas de hacer pupú.

Me miro el pulgar mientras deslizo la varilla del instrumento. Mi dedo es fascinante.

Los puercos mueven la boca. Me parece que hablan entre ellos.

Los mexicanos ríen. Yo también río.

Jairo me debe unos reales. Tengo que cobrárselos.

Otra vez mi vieja: “Si no haces la tarea, no hay Tom y Jerry”.

Cuánto será 9 x 9.

Qué será de la vida de Thelma Tixou.

El chino se acerca a la gallera y le comenta algo al pianista.

El pianista se desnuda.

Estoy a nueve centímetros del piso.

Creo en la paz del mundo y en el ginkobilova.

Magallanes será campeón.

Soy feliz.

El Jeque se sienta.

Me hago pupú.

 

Antes de que ocurra lo peor, mando a parar la orquesta. Siento un maremoto dentro de mí. Oigo campanas, o algo parecido a las campanas. Estoy cansado y estoy sucio. Pero no me he rendido. Uno, bajo ninguna circunstancia, debe rendirse. Aprovecho para hablar con los muchachos. Con resignación y asco, soportan mi monserga y mi olor. Creo haber hablado muchísimo, pero apenas recuerdo tres palabras: amistad, valor, Dios. Los calvos se aproximan a la gallera, pero ya no tengo miedo. Mando a los muchachos a tomar de nuevo sus posiciones. Siento que el fin se acerca, pero a la vez siento que he cumplido. El tipo de los collares y chancletas con medias por fin aparece. Se sienta a la derecha del Jeque y le comenta algo en voz baja; un gesto canónico de película de Semana Santa. En ese momento, no sé por qué motivo, intuyo que todavía existe una posibilidad. Me da mucha rabia decirlo, pero si esa posibilidad pudo tomar cuerpo fue gracias al pianista. Fue él, con repertorio en mano y dedo tembloroso, quien me señaló la letra de Para tu altar. Quién lo diría. Juro que yo no hubiera podido hacer semejante asociación. Hay gente que sirve para esas cosas, yo no. Pensar que el único éxito que pegara Argenis con la vieja orquesta sería la clave que nos sacaría de aquella pesadilla. Ahora que hago un esfuerzo, me vienen a la mente las circunstancias que rodearon la grabación de esa pieza años atrás. Puedo ver a Joseíto, mi compadre y timbalero de la orquesta, metido de pies y cabeza en aquella onda santera fastidiosísima en la que pretendía involucrarnos a todos. Joseíto vestido enteramente de blanco: zapatos blancos, boina blanca, reloj blanco. Joseíto con su amiga de la época (disfrazada de novia antillana, con turbante blanco y todo). Joseíto y su empeño en incluir esa canción: “esto va a ser un palo, Albóndiga, créeme”. Me parece recordar que entre sus otros argumentos de peso destacaba la palabra “bawalao”. El hecho fue que por no llevarle la contraria al compadre acepté que Argenis grabara el tema. Aunque justo es decir que los arreglos que le hice y la manera cómo monté el sonido y las voces recordaba a anteriores trabajos que ya había hecho con Oscar. Eso trajo su parte mala: el público dejó de referirse al pobre Argenis como el Gordito. A partir de entonces comenzaron a llamarlo “Oscar Meyer”. Como quiera que sea, fue esa canción sencillita y sin mayores pretensiones la que en definitiva nos salvó la vida. Hasta ahí llegan mis recuerdos. El resto puedo completarlo (y esto también me duele decirlo) nuevamente gracias al pianista. En el viaje de regreso a Cali tuvo la suficiente lucidez y aplomo estomacal como para acercarse hasta donde yo estaba y contarme el final de esta historia. Según me dijo, apenas el Chapo arrancó con la primera estrofa de la canción el tipo de los collares entró en una especie de trance. Eso yo no lo recordaba. O puede que sí, no estoy seguro. El asunto es que el hombre babeaba y pedía a gritos que le dieran de beber ron. Luego se serenó un poco y se acercó a la gallera. El pianista dice que en ese instante temió lo peor. Sin embargo, el tipo lo único que deseaba era que volviéramos a tocar la canción. Y así lo hicimos, según el pianista. La tocamos y la tocamos hasta que “un rayo de luz madrugadora nos recordó a todos que las noches no son infinitas”. El resto es más o menos ridículo y no vale la pena dilatarme mucho en esa parte. El hombre, en un acto a todas luces teatral, se quitó los collares que llevaba puestos y nos guindó uno a cada uno, la cosa parecía más bien una premiación de la FIFA. Dijo que le diéramos las gracias a Oshún y que podíamos irnos en paz. Hasta no hace mucho pensé que el tal Oshún era el nombre de uno de los mafiosos.

 

De aquella aventura ya han pasado muchos años. De Colombia me traje muchos recuerdos, algo de dinero y el collar que me regaló el señor aquél. A los pocos días de haber salido del susto de la hacienda comencé a usar el collar. La verdad es que no sé por qué lo hice y, a estas alturas, no creo que importe mucho buscarle una explicación. No me lo he quitado desde entonces. La palabra amuleto no me gusta. Yo nunca he creído en ese tipo de cosas pero tampoco dejo de creer. Me ha ido bien, esa es la verdad. Sin embargo atribuírselo al collar me parece un poco exagerado.

 

En estos días Oscar se puso en contacto conmigo. Tenía años sin hacerlo. Me dio lástima cuando lo escuché hablar de un “reencuentro” con los muchachos de la orquesta original. La gente cuando se pone vieja le da por ese tipo de cursilerías. Le dije que lo iba a pensar. No soy un hombre rencoroso, pero esa fue mi pequeña revancha por el asunto de la Zulia. La salsa ha cambiado mucho desde entonces. Nosotros también, para bien y para mal. Hay personas que no entienden esas cosas.

 

 


Dimensión Latina · Grandes éxitos

 


 

Figura 12

 Cesar “Albóndiga” Monge, el trombon de oro.


 

Acerca del autor: Salvador Fleján (Caracas, Venezuela, 1966). Licenciado en letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV). Es articulista del diario El Nacional y cronista de la revista Todo en Domingo y del periódico El Mundo Economía y Negocios. Ha recibido los premios: Concurso Nacional de Cuentos SACVEN 2003 Y 2008; Concurso Nacional de cuentos de  FUNDALITA 2004;  Concurso Sexo para leer 2008, auspiciado por la revista Urbe Bikini. Relatos suyos han aparecido en revistas y antologías de su país, tales como: Las voces secretas. El nuevo cuento venezolano (2006) y De la urbe para la orbe: Nueva narrativa urbana (2006). Ha publicado los libros de cuentos: Intriga en el Car wash (2006) y Televisión confidencial (2010). “Albóndiga en salsa” vio la luz publica en las voces secretas. El nuevo cuento venezolano.

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Salvador Fleján

 

*(Cuento tomado del libro El océano en un pez, selección y prologo de Emmanuel Tornés Reyes. Colección ALBA Bicentenario, Editorial Arte y Cultura.

 

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