Por Álvaro Restrepo Betancur*. Fuente: Le Monde Diplomatique

 

“Lo que permanece lo fundan los poetas”
Hölderlin

 

El lenguaje es otra arquitectura. Gabriel García Márquez, caballero de la imaginación, fue el arquitecto, el fundador de un universo literario con un estilo muy particular. Pese a las múltiples influencias (Sófocles, Faulkner, Virginia Woolf, Hemingway, Kafka, Camus, Graham Greene, Fernando González (¡he visto en algunos textos de Gabo un humor fernandino!), García Márquez forja una manera propia, auténtica, de hacer narrativa. La suya es una prosa poética muy rica en imágenes e intuiciones que nos permiten penetrar con magia y hondura en la realidad. También hay en sus escritos una dimensión metafísica que no ha sido explorada lo suficiente. Temas como la muerte, la soledad, la existencia, la incertidumbre, el tiempo y la repetición están presentes en sus obras. Sobre este último tema, la repetición, categoría filosófica, que ocupa un sitial de honor en pensadores como Kierkegaard o Deleuze, y que Gabo expresa desde lo narrativo, basta pensar en la solitaria imagen del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, haciendo y deshaciendo pescaditos de oro, o en las interminables, repetidas y siempre nuevas, novedosas, idas del coronel hacia el muelle, cada viernes, rumbo al correo, para ver si ha llegado la tan esperada carta en anuncio de la anhelada pensión, en esas bellas y esperanzadoras páginas de –a juicio de este lector– la más bella y grande de sus novelas: El coronel no tiene quien le escriba.
Esa repetición es inmanente al acto mismo de la creación. Pienso en Heidegger, quien, refiriéndose al poeta Georg Trakl, afirmaba que todo gran poeta es el creador de un solo poema. De la misma manera, García Márquez dice en sus conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, en El olor de la guayaba, que “un escritor no escribe sino un solo libro”. El universo gabiano es uno solo, cíclico, repetitivo, esférico, como el ser parmenídeo, cerrado sobre sí mismo. En este sentido, estamos ante una obra total como jamás se haya visto. Hay ejemplo de ello en otros autores, como él mismo lo menciona en las citadas conversaciones, refiriéndose a Balzac, Conrad, Melville, Kafka y Faulkner, en su orden; pero es en Gabo en quien esto se ve reflejado en profundidad. En efecto, estamos ante un escritor y una obra total. García Márquez es el creador de una atmósfera, de un clima y unos personajes que vuelven, que aparecen permanentemente en cada una de sus obras, con otros nombres, con nuevos rostros y nuevos matices, en un “espacio íntimo” (son sus palabras), en un espacio vital y mítico llamado Macondo (representación del continente latinoamericano), espacio éste pleno de sentido, acaso inexpresable. Yo veo ahí, en este rasgo característico, su plena aceptación, su alcance universal.
¿Dónde se origina este universo macondiano? ¿Cuáles son sus fuentes? Es cierto que hay elementos autobiográficos. Ya se ha hecho alusión a las historias de sus abuelos (Nicolás y Tranquilina). Sin embargo, la magia narrativa de García Márquez no hubiera sido posible sin las influencias literarias que hemos mencionado; pero, además, no hubiera sido posible sin el diálogo, sin los encuentros literarios con el llamado Grupo de Barranquilla (La Cueva), sin esa amistad literaria, amigos a quienes inmortaliza en El Coronel no tiene quien le escriba (Álvaro, Germán, Alfonso, refiriéndose al grande Álvaro Cepeda Samudio, a Germán Vargas Cantillo y Alfonso Fuenmayor). También sabemos lo edificante que fue su paso por el Colegio Nacional de Zipaquirá, donde estudió bachillerato, y su afortunado encuentro con el profesor Calderón, quien lo orientó hacia la narrativa y lo puso en contacto con los libros de caballería y los escritores del Siglo de Oro español. A diferencia de otros, que se forjaron contra la escuela, como es el caso de Estanislao Zuleta, Gabo reconoce que es lo que es gracias al bachillerato. García Márquez es, para utilizar una expresión de Neruda, muchos caminos. Sin ser un teórico ni un intelectualista (no era su interés), ya había leído a los grandes referentes de la literatura universal, nutriéndose de ellos. En La hojarasca, por ejemplo, recrea el tema del muerto insepulto que encontramos en la Antígona de Sófocles (en manos de Gabo, este tema se torna actual, contemporáneo; es algo que nos concierne, que habla de nuestras pasiones y nuestra deleznable contingencia).
Hay un primer libro de cuentos que da comienzo a este universo mágico que es García Márquez. Son cuentos poéticos, repletos de imágenes y expresiones hiperbólicas –como es la constante en su obra–, cuentos de “metafísica pura” (Rafael Díaz Icaza). Se trata de Ojos de perro azul. Este libro de cuentos cortos es el borrador para lo que, años después, será la novela que lo inmortalice: Cien años de soledad, de la misma manera como los cuentos de El llano en llamas lo ha sido para Pedro Páramo, la novela de otro inmortal de la literatura, el mexicano Juan Rulfo. Basta leer uno solo de estos cuentos, el titulado “Eva está dentro de su gato”, que crea una atmósfera, un clima de incertidumbre que se respira en muchas de las obras de García Márquez. Hay en este cuento, absolutamente metafísico, una serie de elementos (la belleza, el insomnio, el miedo, el recuerdo de un niño, la posibilidad de reencarnarse en un gato, la mutación, que permite que se borren las nociones de tiempo y espacio, la relación naturaleza-espíritu, la lucha contra la gravidez de lo cotidiano, el esfuerzo por trastocar y superar o perder la identidad), elementos, algunos de ellos, que se abordan desde lo que pudiéramos llamar un procedimiento, muy propio de Gabo, por alteración, en el cual la belleza se transforma en algo negativo, en una especie de enfermedad, de cáncer, en una tortura (que no deja dormir a Eva). Elementos y trastocamientos o alteraciones de esta índole aparecen en la narrativa gabiana. “En el personaje de la mujer que, en lugar de disfrutar, sufre por su hermosura, hay anticipos de la bella Remedios” –comenta Rafael Díaz Icaza, en su prólogo a la edición de Ojos de perro azul (Editorial Ariel, 1974). En efecto, si se leen detenidamente estos cuentos, descubriremos que allí están las semillas, el germen para la obra posterior de García Márquez, ante todo para su célebre Cien años de soledad.
¿Es esta obra de Gabo, este universo macondiano, fantasía, imaginación o, como se expresa reiteradamente, realismo mágico? Encasillarlo en una expresión, que muchas veces no se entiende o no está dotada de contenido, es caer en el simplismo, en el cliché. “Yo no inventé el realismo mágico. Yo soy un simple notario de la realidad”, le escuché decir a Gabo en una de tantas entrevistas. La misma realidad es mágica, asombrosa, desmesurada, ha dicho Gabo, y lo dijo también en su momento el argentino Julio Cortázar, como queriendo cancelar cualquier discusión o debate al respecto, y cualquier posible objeción frente a un supuesto alejamiento de la realidad, ante todo de la realidad social. Los filósofos nos han enseñado (ante todo Heidegger) que la imaginación nada tiene que ver con la fantasía, en el sentido peyorativo, negativo, del término. La imaginación es, en este sentido, inmanente a la realidad; tiene que ver con esas imágenes, con esas mostraciones que nos hace el ser de lo existente, que nos muestran su trasfondo. Sólo quien sabe ver puede penetrar en ese trasfondo de la realidad, navegar en las oscuras-luminosas aguas de la imaginación. Hay un sentido ontológico, metafísico del término. García Márquez es el visionario que, cabalgando en la magia de las palabras, nos hace penetrar en esa plenitud de la realidad. Desde tal perspectiva, la imaginación no es una facultad del escritor; es la realidad misma que emerge mágicamente. No creo que sea “un simple instrumento de elaboración de la realidad” (como expresó el propio Gabo en sus conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza). La imaginación es la realidad misma, e inmanente a ella. Como afirma, no sin contradicción, el propio Gabriel García Márquez en la entrevista citada (El olor de la guayaba): “Pero la fuente de la creación al fin y al cabo es siempre la realidad”. ¡Y qué mejor manera de acceder a la realidad que por vía del lenguaje poético! La poesía es esa síntesis luminosa de la realidad. Sólo lo poético perdura. La inmortalidad de su prosa narrativa proviene de su alto vuelo poético. Se habla de García Márquez como de un genio de la narración. También tendremos que referirnos a él como a un gran poeta. “Cuando yo escribí La hojarasca tenía ya la convicción de que toda buena novela debía ser una transposición poética de la realidad”, dice Gabo en la entrevista de Plinio Apuleyo (El olor de la guayaba. Editorial Oveja Negra. 1982).
Sólo en este contexto podemos hablar, en el sentido fuerte del término, de fantasía. El escritor español Vila-Matas, en un lúcido comentario que hace del cuento “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, cita a Dante (La divina comedia) de Italo Calvino, y nos dice que la fantasía es la lluvia. Esas lluvias bíblicas, eternas, que describe Gabo en muchas de sus obras, constituyen la atmósfera propicia de la imaginación, la fuente misma de la creatividad. Nos habla el escritor español (Vila-Matas) de esa lluvia (esa atmósfera poética) que, en el cuento “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”, parece no terminar. García Márquez describe, como sólo él sabe hacerlo, una lluvia que transcurre de un domingo a otro domingo, en un proceso que lentamente va petrificando, narcotizando todo (es la expresión que utiliza el lúcido comentarista). Se describe aquí lo que ocurre día a día, cada nuevo detalle que surge en el transcurso de estos ocho días de incesante lluvia. ¡Cómo olvidar esa poética imagen de la vaca hundida en el barro, petrificada bajo la lluvia! ¡Cómo olvidar la imagen del coronel Aureliano Buendía, en Cien años de soledad, buscando el poema extraviado en la lluvia! Son esos momentos de fantasía e imaginación lo que da cuenta del valor y la grandeza poética de estas obras literarias.
Gabriel García Márquez penetra en la asombrosa y desmesurada esencia de lo existente, gracias a lo que él mismo ha denominado una “transposición poética de la realidad”. Y este es su compromiso fundamental, compromiso que, desde su propia obra, se extiende hacia lo político y social. Novelas como El coronel no tiene quien le escriba, que al lado de la bella novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días, pertenece a la literatura de la violencia política en Colombia, o la barroca y grandiosa El Otoño del Patriarca, sobre el tema de la dictadura en América Latina, son textos narrativos de una gran dimensión política.
Las obras de García Márquez rompen con la lógica de lo cotidiano, trastocan, alteran esa realidad. Este narrador-poeta que es Gabriel García Márquez, este caballero de la imaginación, ha devenido escritor inmortal y universal, queda y permanece, gracias a ese tratamiento poético del lenguaje, tratamiento poético que le permite develar con sencillez, magia y plenitud nuestra realidad en todas sus dimensiones: interior, cultural, social, humana, histórica, política. Se trata de una realidad que García Márquez mira siempre con los ojos inciertos del asombro. Recordemos esa bella entrevista que en sus inicios como reportero le hace, en una visita a su taller de escultor en México, a ese otro colombiano tan mexicano como fue el escultor y escritor Rodrigo Arenas Betancourt. Gabo se asombra –así lo confiesa– ante esas descomunales esculturas que inexplicablemente, paradójicamente, brotan de un físico tan pequeño como el del maestro Arenas.
Como lectores, debemos volver no sólo a las maravillosas e insondables páginas narrativas de García Márquez, a sus artículos y crónicas periodísticas, sino también a los textos literarios de quienes influyeron sobre él y lo formaron como escritor; de sus amigos escritores también, como es el caso de ese otro grande de la literatura colombiana, su entrañable amigo Álvaro Cepeda Samudio, autor de La casa grande y Los cuentos de Juana. Penetrar en este horizonte literario es la mejor manera de recordar a este escritor asombroso que, aferrado a las crines de la imaginación, ha entrado en el ámbito de los inmortales.

 


*Profesor de filosofía política en la Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín (Ulnaua).

 

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