por Carlos Eduardo Maldonado

Fuente: Milmesetas

Hay obras que quieren durar años, centurias, acaso para siempre. Es el delirio de sus autores o padres. Las obras que quieren durar centurias quieren ser apreciadas por miles y millones Y hay también obras que sólo duran minutos. O un par de horas. En el mejor de los casos, unos días. Ahí se sitúa el graffiti. Borrados poco después por empleados públicos de limpieza, o por la policía, o por los servicios de seguridad privada. Obras que sólo alcanzan a ser apreciadas por unas cuantas personas.

Es justamente con respecto a obras de alta caducidad y poca permanencia cuando entra en juego y cobra todo su valor el análisis de Walter Benjamin: “La obra de arte en la época de la reproducción técnica”. Pues bien, es gracias a los registros que la obra pasajera se hace duradera en el tiempo.

Un ejemplo diáfano: el teatro; pero también la danza. Y esas formas que son el performance, los happening, las video-instalación, los juegos de rol, las citas del arte, los flashmob, y sí: con total seguridad, el graffiti. Arte perecedero, arte del instante, el instante siempre, por definición, pasajero.

Pero viéndolo bien, no hay nada infame en esto. Si no, vale recordar los famosos jardines zen en Japón, Corea y China (principalmente). El arte y la estética zen en los que, en este contexto, cabe resaltar el ikebana, el origami, varios de los budō, y ante todo los jardines zen (“karesansui”). Jardines secos. Arte que se destruye para poner en evidencia la futilidad de la vida humana.

En otro plano y parámetro, Sartre: “El hombre, una pasión inútil”. Sí, pero pasión, al fin y al cabo.

Pues bien, el graffiti, nacido en metrópolis y grandes urbes, en barrios de hacinamiento y marginalidad, en calles nocturnas con ambientes opacos, es como una contracara del espíritu zen. Eso: contra-cara.

Nueva York o Brasilia, México D.F. o Caracas, Bogotá o Buenos Aires, por ejemplo, esconden incluso calles de graffiti, y se organizan ya circuitos académicos y turísticos alrededor de ellos. Cabe echar una mirada a una avanzada conspicua de la estética del graffiti: Banksy.

Banksy: un nombre. Durante un tiempo, el misterio de un equipo, el sueño de un colectivo, acaso como en matemáticas el caso de Bourbaki. Un grafitero que crea un lenguaje, un arte compuesto de altos y finos ingredientes.

Veamos la pintada que acompaña a este texto. Sobre una montaña de armamentos, una pareja de niños —la inocencia y el futuro—, cada uno abrazado a su muñeco de peluche favorito, conversan. Así como sólo lo saben hacer los niños. Con esa facilidad y esa espontaneidad única en la existencia. (¡Se hacen amigos tan fácilmente entre los niños! Los adultos no aprenden de verlos…). Y un globo en forma de corazón, en rojo naturalmente, para marcar el contraste, se eleva, inhiesto, por el aire. Sensibilidad fina. Una síntesis perfecta de nuestro mundo… y la vida. El futuro que emerge y se contrapone al pasado y al presente.

Banksy-untitled

La técnica es conocida y de elementos económicos: pinturas con aerosol, con tiza, esténcil, materiales urbanos. Sin título, enmarcados en el paisaje urbano mismo. (Al tiempo rápido del graffiti y a la economía de sus medios no faltará quien diga, con algo de acierto, que el graffiti se corresponde con los tiempos y la cultura del fast food. Bueno: fast food y, por tanto, junk food).

Arte del graffiti. Toda una expresión alternativa, una contracultura. Los muros como páginas de la ciudad. El aerosol como el pincel del cemento y el ladrillo. Y siempre el color. En fin, los muros, el lienzo urbano por excelencia.

Los muros como el caballete improvisado y aprovechado. Las calles de la ciudad, usualmente impersonales, se convierten, intramuros, en voces que claman y quieren ser escuchadas. La voz anónima de muchos grafiteros cuya firma sólo es conocida por los “insiders”. Para los “outsiders” es “un grafitero más”. Eso: anónimo. El autor no importa: análogamente a como en la Edad Media. Antes que se inventara al individuo, y por tanto al autor, o al artista.

Los muros son el terreno de controversia y debate entre la publicidad oficial y mercantilmente correcta, y la reacción y resistencia de quienes aguantan y no se dejan vencer. Quienes verdaderamente afean nuestras ciudades, calles y muros son las compañías, medianas y grandes, que, para decirlo de manera breve, generan contaminación visual. Contaminación e hiperconsumismo. Hiperconsumismo y dependencia.

Graffiti: manchas y gritos, espasmos de pintura e hiperventilación visual y colorida.

Graffiti con plantillas prediseñadas, en cartón o plástico. O una idea concebida algún tiempo antes y plasmada en la pared, o en el piso. O un marasmo y suspiro largo aprovechando el momento, haciendo de la oportunidad una eternidad pasajera.

Arte que, en el caso de Banksy, se hace en cuestión de largos segundos o cortos minutos. La transgresión tiene su propio tiempo oportuno. El tiempo oportuno: ese tiempo que no tiene tiempo.

Y ese rasgo desafiante de Banksy, la inmensa mayoría de sus personajes —adultos o niños, mucamas o policías, ratas o textos— miran de frente, sin ambages, al espectador. Interpelación directa y sin dilaciones. La bola cae en el campo del espectador: le corresponde a él o ella jugar ahora. Claro, si entiende el juego. ¡La mayoría de la gente (ya) no juega!

Bien vale la pena, aunque de manera rápida, echar un vistazo (detenido) por varios de las pintadas de Banksy.

El protestador que se cubre el rostro con un pañuelo y lanza flores —verosímilmente— contra la policía. La niña que abraza una bomba, y la ama, aplacando así la destrucción de la bomba. Los dos policías hombres —el símbolo de la fuerza y la machía en el mundo— abrazados, besándose, declarando su amor en sincero abrazo. El policía que “snifea” un hilo largo de cocaína a lo largo de muchas calles, atravesando el espacio público. El guardia de policía de la realeza dejando su fusil a un lado y capturado in fraganti orinando, mirando a “la cámara”. O el mismo guardia trazando la clásica “A” en círculo de los movimientos anarquistas, o escribiendo, en otra escena, “Dios salve a la reina”, un graffiti, a su vez.

La mucama que oculta la mugre bajo un mantel, de manera furtiva pero mirando al espectador, acaso en actitud desafiante. O el empleo de carteles, sellos y signos oficiales para invertirlos autorizando el área para lugar de graffiti. Y claro, otros grafiteros interactuando, dialogando, consecuentemente. O las diversas “área de picnic”, “área de protestas”, en lugares inverosímiles y prohibidos. La inversión del orden. Inversión completa: upside-down. Las áreas de recorte para oponerse a muros y valladas, a lugares sucios e inmundos, por ejemplo.

La vida cotidiana y privada, el momento histórico y la conciencia ecológica, la tecnología y la política, los movimientos sociales y la iniciativa personal; son muchos los motivos de la obra de Banksy. Porque, en el caso de este artista, así se llama ya: obra. Con los elementos —a veces cuestionables— de lo que hace una obra en la línea de los estudios de Danto.

Y mucha sensibilidad también. Buen humor, sensibilidad y cultura: los ingredientes o marcos de una buena inteligencia.

Sin embargo, lo que hay en Banksy es además una fina sensibilidad que va más allá —bastante más allá, de hecho— del estilo, del tagging o hitting o del throw up. En estilo formal, el de Banksy es una mezcla de art graffiti y lema.

Un ejemplo de la sensibilidad puede apreciarse en esa pintura de una niña, en perfil blanco y negro a la que el viento le arrebata un globo rojo mientras su mano se extiende en dirección a la esfera que se escapa. Pero con seguridad el contraste más fuerte se puede ver en algún poema de Banksy (love poem) o en alguna de las breves historietas, como la de la abejita laboriosa y el oso mielero. Para no mencionar esa clase de aforismos que el artista plasma ocasionalmente aquí y allá. “La clave para hacer buen arte consiste en la composición”, por ejemplo. O: “Preocúpate por las estupideces” (Mind the crap), significativamente pintado a la entrada de la muy prestigiosa galería Tate.

Hay humor en Banksy, mucho humor. ¿No se ha dicho que la buena inteligencia siempre va acompañada de buen humor, y que es lejana al espíritu adusto y de gravidez? Los ejemplos aquí son numerosos. Basta con echar una mirada, desprevenidamente a su obra. A propósito, ese estupendo libro que es Banksy. Wall and Piece (2006). Paradigmática-contradictoriamente publicado por Century, una división editorial de Random House. El libro contiene menos graffiti del que está disponible en internet. El establecimiento. Personalmente no veo ninguna incompatibilidad. La justificación queda para otro espacio. (El sitio es en realidad la respuesta a un mal video que circula por internet de/sobre Banksy mismo).

Pues bueno, buena parte de ese humor tiene que ver con la burla al sistema de control y espionaje de las cámaras y los circuitos cerrados de televisión. Frente a la sociedad y al estado panóptico antes, e incluso más radicalmente que, la protesta, está la burla. La burla y la ironía. Los poderes siempre, históricamente, han sido impotentes frente a ambas. Véase esa magnífica historia de Banksy sobre los dos pintores de la corte.

De Sócrates a Voltaire, de Shakespeare a Banksy; para no hacer aquí una lista.

El graffiti y Banksy, la voz de los sin voz, la presencia de los invisibles, la belleza de lo subterráneo. La irrupción de lo inesperado. Una reencarnación de Heráclito, el Oscuro de Éfeso. Con Banksy y los grafiteros, en efecto, cabe recordar a Heráclito: sólo quien espera lo inesperado hallará. Pues el modo de existencia es exactamente ese: la sorpresa y el asalto, la irrupción y la emergencia. La novedad y lo inesperado. Frente al mundo regular, estable, controlado y predecible de la normalidad. En donde, en rigor, estrictamente, ya no hay vida.

No en vano, la casi omnipresencia de las ratas en muchos de los graffiti de Banksy. ¡Las ratas, esa maravilla de la adaptación por lo demás! ¡Enorme ventaja selectiva, por tanto! (Es inevitable pensar en este contexto en Paul Auster, en esa pequeña joya que es El país de las últimas cosas, por ejemplo. Humor y contingencia).

El graffiti, el distanciamiento (análogamente como en Brecht) del aburrimiento. Del espíritu de pesadez, de esa insoportable levedad del ser (Kundera), o del desasosiego (Pessoa). En fin el graffiti, ese arte maldito; exactamente en la misma longitud de onda de la literatura maldita (Genet, otro de ellos, olvidado o proscrito, a veces).

Las ratas, esa especie maldita, justamente, y que si alguien reivindica como actor propio, ni siquiera como alusión o evocación, es Banksy. Las ratas, como bien diría Nietzsche, ese animal que produce rechazo e histeria en las mentes afeminadas —en el fuerte sentido nietzscheano, justamente—. Ratas que pintan o advierten, que juegan o irrumpen, ratas o ratones transgresores; esa especie tan mal comprendida sólo porque no es una especie carismática. Excepto, claro, cuando son objeto de investigación en los laboratorios. En fin, las ratas, el anagrama del arte.

El graffiti en una palabra: ese arte del desparpajo. Facilidad para esparcir, en este caso, mensajes y formas, expresiones y gritos, composiciones y espacios. Esparcir, regar al viento, dejar que las cosas germinen a su ritmo. Tiempo propio, ausencia de desespero. Juego con la aporía, en realidad: libertad de las paradojas. La antípoda del pensamiento analítico y jerárquico, clasificador y formal.

Como bien sostiene el propio Banksy, el graffiti es peligroso tan sólo para tres tipos de personas: los políticos, los ejecutivos del mercadeo y la publicidad, y los escritores o pintores de graffiti.

Y por otra parte, “algunos se hacen policías porque quieren un mundo mejor. Otros se hacen vándalos [grafiteros] porque quieren que el mundo sea un mejor lugar para ver”.

El graffiti significa y comporta la vez, la importancia y el significado de la emergencia. El significado y la importancia de la autoorganización. Unos grafiteros que superponen trazos a pinturas anteriores.

Política, estéticamente, el graffiti es la mejor expresión de la iniciativa de la sociedad civil. Pues la policía siempre va a la zaga. La policía y los servicios de pintura y lavado de fachadas.

Arte político, en efecto, pero no de política militante, sino política de vida. Que aquella instrumentaliza y es pasajera. Esta se proyecta en el tiempo, como el tiempo mismo.

Las izquierdas del mundo no llegaron en el pasado nunca, y no han llegado aún, a reconocer el carácter libertario, revolucionario, libre e ilimitado del movimiento de los grafiteros. La izquierda tradicional, con sus métodos de organización anquilosados y siempre tayloristas y fordistas, contradictoriamente. Esa izquierda de carné y militancia. La estética de los grafiteros la superaron: lo cual supone para aquella actualizarse y nutrirse de más y mejor pensamiento.

Y en el otro extremo, puede decirse, esos grafiteros de tiza en el piso; más artísticos a plena luz del día. Para no mencionar, la pixação brasileira, que merece, dada su riqueza, un espacio propio, aparte.

Como bien lo ha señalado Bajtin: los graffiti son heteroglósicos. Dependen del contexto. Es acción local en el horizonte del mundo. Por eso mismo el graffiti de una ciudad o país no se entiende enteramente en otro país o ciudad. Incluso no de una época o momento al otro. Con lo cual cabe perfectamente hablar ya, como es efectivamente el caso, de una historia del graffiti.

No hay nada qué hacerle: el graffiti es, efectivamente, clandestino y subversivo, contestatario y alternativo. Pero no por sí mismo; sino, como sucede siempre en la sociedad, por los modos normales de la cultura. La normalidad y la institucionalidad son la madre del levantamiento y la protesta, de la subversión y la resistencia.

“La gente que se levanta temprano en la mañana son causantes de guerras, muerte y hambrunas”, afirma Banksy. Comprender que nuestras acciones, todas, tienen consecuencias, consecuencias de largo alcance, generalmente imprevistas. Eso se llama Karma.

Siempre los muros. Arrugados o lisos, cerrados o anónimos. Sin olvidar jamás, después de la caída del Muro de Berlín, el muro que rodea al territorio palestino: motivo de numerosos graffiti: necesariamente.

Un lugar propio merecen esos agujeros de luz y espacio en los muros, allí donde no existen, creando la sensación (no ilusión) de libertad y negación de la facticidad. Esa es una de las mejores posibilidades del arte. Contra los muros de la infamia.

En cualquier caso, el graffiti significa la distancia con respecto a obras de arte (relativamente) icónicas. Contra el arte elitista y la elitización del arte. Cuyo cenit es la llamada obra de arte única e irrepetible. (Un tema ciertamente difícil). Y también una distancia contra la posesión única del arte, y los coleccionistas. Cuando la gente va a las galerías de arte, se trata en realidad de turistas que están mirando el gabinete de trofeos de los millonarios, sostiene con agudeza el artista.

No hay nada que hacerle: mientras el cine ha sido perjudicado por la televisión, y la pintura por la fotografía, el graffiti, sostiene Banksy, permanece inalterado por el progreso. Con el tiempo, en el caso de Banksy, varias de sus obras se venden en subastas en Sotheby’s, o han comenzado a entrar en colecciones permanentes —que es una puerta de entrada para tantos, numerosos grafiteros en el mundo entero—, mientras siguen siendo considerados como tolerancia cero. Y muchos de ellos asesinados por los cuerpos policiales y las evidencias alteradas.

Mientras tanto, Greenpeace ha usado alguna obra de Banksy para sus campañas. Es arte con impacto social; una esfera más amplia y fuerte que el simple impacto académico, científico o artístico. Que es lo mejor que le puede suceder a un artista o autor: ser, en el mejor de los sentidos, usado. (En la academia existe un eufemismo para lo mismo: ser citado).

Hay tanto graffiti como barra o pandilla (gang), grupo o calle (casi). Desde esos tiempos idílicos de West Side Story. Y hace de los muros y paredes su lienzo y caballete. Las paredes y muros que son siempre símbolos de límites y fronteras, de distancia y anonimato, de defensa y seguridad. Sin olvidar incluso, como en el caso de Banksy, a las vacas pintadas. Vacas y cerdos. Y cubiertas de barcos. Rocas y cuadros inventados en lugares adustos. La superficie en fin convertida en calidez y significación. En mensaje y medio, en medio y fin.

El graffiti es la transvaloración de la pared y el muro, de la superficie misma. Transvaloración que, en este caso, apunta al arte, y a la vida.

Lo que molesta del graffiti a las buenas conciencias no son las pintas en las paredes —“que las ensucian”—, sino que es una estética de vandalismo simbólico.

Y los consejos acerca de la pintura con esténcil. No precisamente técnicos: es, si cabe, el manifiesto político del graffiti. O una propuesta. Exactamente en el espíritu y la letra de Anonymous.

De la pintada a la pintura. Ulteriormente, el graffiti como una de las bellas artes.


 

Más de Banksy: www.banksy.co.uk/

Sobre el autor:

carlos.maldonado@urosario.edu.co
@philocomplex
www.carlosmaldonado.org

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